lunes, 24 de febrero de 2014

Alfredo Stecher/ TRANSGÉNICOS, CIENCIA Y SALUD (2)

El informe de Seralini en 2012 sobre su investigación de 2 años (ampliación de su estudio inicial de 9 meses en 2007) con ratas alimentadas con dietas que contienen maíz transgénico de Monsanto, con y sin el herbicida Roundup y solo con Roundup (glifosato), señala que las ratas hembras en el grupo tratado murieron más temprano y con mayor frecuencia que las del grupo de control, y también desarrollaron tumores mamarios más tempranamente (que podrían transformarse en cáncer). Los machos mostraron niveles de congestión y necrosis de hígado más elevados y nefropatías de riñones. Los autores subrayan que el 76% de los parámetros bioquímicos alterados estaban relacionados con los riñones. Concluyen que son necesarias más investigaciones. Algo totalmente razonable.
Seralini considera, con razón, que la reacción de EFSA reivindica su investigación. Resumo aquí sus comentarios ante la controversia generada, en que refuta las acusaciones más frecuentes:
·         Frente a quienes lo consideran un estudio de cáncer mal diseñado, Seralini sostiene que es un estudio de toxicidad crónica, explícitamente no de carcinogénesis.
·         Afirma que es el único estudio de largo plazo del maíz NK603 y del pesticida Roundup, con el que éste está asociado.
·         El estudio usa la misma variedad de ratas usada por Monsanto, que es además la más comúnmente utilizada en ese tipo de investigaciones. Esta variedad tiene una propensión similar a la de los humanos a desarrollar tumores, que aumenta con la edad, por lo que es también la variedad preferida y recomendada de investigaciones sobre carcinogénesis.
·         Utilizó el mismo número de ratas que los estudios de la industria, solo que por dos años en vez de cinco o seis semanas, distinguiendo los efectos del TG de los del pesticida y midiéndolos con mayor frecuencia que Monsanto.
·         Si su estudio no prueba que el TG testeado es peligroso, con mayor razón hay que aceptar que los estudios de la industria no pueden probar que sea seguro.
·         Los tests habituales más cortos no duran lo suficiente para ver efectos de largo plazo como tumores, daño de órganos y muerte prematura. Los primeros tumores recién aparecieron después de cuatro a siete meses de la investigación.
·         Tanto la industria como los reguladores se equivocan al no considerar biológicamente significativos los efectos tóxicos encontrados en los estudios de Monsanto.
·         Son numerosos los estudios que muestran efectos tóxicos de los TG en animales de laboratorio y de granja y del Roundup (el glifosato de Monsanto) en su sistema endocrino.
Seralini informa que el costo de su investigación ha sido de 3,2 millones de euros.
Hasta aquí Seralini.
Partidarios de los transgénicos denuncian que el financiamiento a Seralini proviene de entidades ambientalistas –David contra los gigantes, lo que, sin que descalifique su investigación, refuerza la exigencia de estudios independientes.
La antes mencionada declaración de nueve científicos de diferentes países en apoyo a Seralini comienza señalando graves antecedentes de hostigamiento a científicos que han publicado estudios de riesgos de alimentos transgénicos (claro que eso no se da solo respecto de los TG). Recuerdan que por ello en 2009 veintiséis entomólogos especializados en maíz recurrieron al inusual mecanismo de enviar a la Agencia de Protección Ambiental de EEUU una carta de queja anónima respecto de la negativa de la industria de TG de permitir el acceso a TG para investigación (ésta se reserva derecho de decidir para qué pueden ser usados sus TG). Ante la presión generada, la industria suavizó ligeramente su posición restrictiva.
Informan que las reseñas en los más prestigiosos medios de difusión científica (Science, New York Times, New Scientist, Washington Post) sobre el artículo de Seralini uniformemente dejaron de balancear críticas al estudio con expresiones de acuerdo o apoyo, minimizándolas u omitiéndolas. Y señalan que muchos científicos publican artículos contrarios con falacias diversionistas, medias verdades o incluso mentiras, cuyo efecto –y a veces objetivo- es sembrar confusión.
Indican que las autoridades –como EFSA, EPA y FDA- tienen una responsabilidad importante al aprobar protocolos de investigación deficientes, con poco o ningún potencial de detectar consecuencias adversas de los TG, exigir pocos experimentos, y éstos solo a cargo de las propias corporaciones o de agentes suyos.
Consideran que los gobiernos se han acostumbrado a usar la ciencia cuando les conviene. Ponen como ejemplo al gobierno de Canadá que, después de haber encargado a la Sociedad Real de Canadá un estudio sobre TG, básicamente ignoró sus recomendaciones.
Señalan que todo esto erosiona la confianza pública en la ciencia y en las instituciones y expone a riesgos a la población. Subrayan, y coincido plenamente, que la confianza pública y la salud humana son dos valores que tenemos que cuidar.
Un problema que encontramos en todo lo relacionado con alimentos es la llamada equivalencia sustancial, que significa que un nuevo alimento o componente de alimentos es considerado sustancialmente equivalente a su similar de origen natural si tiene la misma composición química, y se concluye que por lo tanto puede ser tratado de la misma manera respecto de su seguridad. La industria usa este argumento para evitar que los nuevos genes sean considerados aditivos, lo que obligaría a más estudios y a su mención en las etiquetas.
Esto recuerda la eficaz y perniciosa propaganda de las empresas de lácteos para bebés, indicando que eran equivalentes e incluso superiores a la leche materna, inicialmente quizá de buena fe. La mayoría de los médicos, también de buena fe, hacía suya esa afirmación ingenua o mentirosa, y las empresas bombardeaban a las lactantes desde el hospital o clínica con muestras gratis para inducir el consumo. En algunos sitios lo siguen haciendo. Ha tomado décadas de campañas de científicos responsables y ciudadanos y políticos preocupados el desenmascarar ese error y luego engaño fundamentado en estudios científicos de las corporaciones.
Por supuesto que la existencia de leches industriales más apropiadas para lactantes que la de vaca es un beneficio para madres que no producen suficiente leche –o ninguna, como fue el caso de mi madre, lo que me hizo más propenso a enfermedades infecciosas, pero reemplazar la leche materna por ella es un crimen. Y también para después del destete –ojalá siempre lo más tardío posible.
Tenemos también el caso de las grasas trans artificiales, que de repente han resultado ser, de modo generalizado, sustancias dañinas a ser evitadas, pero que durante décadas han sido usadas (y siguen siendo usadas, en proporción felizmente decreciente) en la fabricación de alimentos, a pesar de crecientes advertencias sobre los peligros que entrañan para la salud.
Las grasas trans aparecen, también en la cocina casera y de restaurantes, con el calentamiento de alimentos a altas temperaturas, en particular con las frituras. En la industria se derivan de hidrogenar las grasas y solidificarlas, para transformarlas, por ejemplo, en la antes supuestamente tan saludable margarina, y para agregarlas a muchos otros productos con miras a mejorar su consistencia y sabor (para aumentar su atractivo para los consumidores) y facilitar su conservación. Así aparecen, con una alta concentración, en muchas galletas, dulces y alimentos congelados, como pasteles y pizzas, entre otros. Incluso en la década del 80, habiendo ya muchas voces críticas desde la ciencia, la industria hizo campañas a favor de las grasas trans como buenas frente a las saturadas –como la manteca- que serían malas (resultaron ser menos malas que las trans).
El consumo de alimentos con grasas trans obstaculiza el paso de nutrientes de y hacia las células y aumenta las lipoproteínas de baja densidad (LDL), o colesterol "malo", lo que eleva fuertemente el riesgo de enfermedad coronaria. Es probable que favorezca la generación de cáncer.
Ya en 1978, hace 35 años, una investigadora norteamericana de lípidos, Mary Enig, fue la primera en publicar datos relacionando el consumo de grasas trans con problemas cardiovasculares y cáncer, solitariamente en contra del amplio consenso científico y médico -expresado en investigaciones, publicaciones y su financiamiento-, que más bien recomendaba el consumo de margarinas en vez de la denigrada mantequilla. Como relata la autora en un ensayo, representantes y asesores de Kraft Foods y Unilever, obviamente preocupados por el prestigio de la ciencia, la visitaron para pedirle que se retractara.
Poco después un investigador de Harvard, interesado en averiguar la verdad, inició un estudio de ocho años de la alimentación de 85000 enfermeras. Encontró que quienes habían consumido más grasas trans habían aumentado el riesgo de una enfermedad cardiaca.
Siguieron décadas de controversia, y poco a poco más científicos y políticos fueron aceptando las evidencias, frente a la tenaz resistencia de la industria y sus científicos, ante campañas de personas e instituciones del mismo tipo que ahora tan “irresponsablemente” cuestionan a los transgénicos. Recién el año pasado la FDA recategorizó las grasas trans artificiales y expresó su intención de prohibirlas o de obligar a disminuir drásticamente su proporción en los alimentos. Y ya son prohibidos en varios estados.


Publicado por Grupo Agronegocios

miércoles, 19 de febrero de 2014

Alfredo Stecher/ TRANSGÉNICOS, CIENCIA Y SALUD (1)

Personalmente no me opongo por principio a la manipulación transgénica, expresión de avances en la ciencia, que siempre tienen potencial de aplicaciones de luz y de sombra. Si algún día, en el futuro, un conjunto de investigaciones científicas independientes demuestran que hay transgénicos cuyo consumo no implica un riesgo significativo ni para los humanos ni para el ambiente, lo aceptaré. Pero considero que, al menos en el actual nivel de desarrollo de la transgénesis, de ninguna manera pueden ser considerados seguros los TG en general, porque, con los complejos e imprevisibles cambios que la transgénesis genera a nivel proteico, los efectos en la salud son imprevisibles y requieren de investigación de largo plazo, que incluya estudios epidemiológicos, y, por supuesto independiente de los intereses económicos detrás. Estas condiciones no están dadas actualmente para ningún TG.
Por ahora me concentro en tomar posición respecto de investigaciones y estudios actuales que evidencian la existencia de riesgo en varios de los transgénicos de mayor producción y demuestran que su seguridad para la alimentación es al menos muy dudosa, definitivamente no comprobada, y que, por lo tanto, debe ser aplicado el principio de precaución.
Este tema toca las responsabilidades tanto de las corporaciones como de científicos fuera de ellas y de las autoridades.
¡En cuántos casos ha sido considerado algo como seguro que luego resultó dañino o incluso mortal!
Baste recordar el tabaco, defendido durante muchas décadas por las tabacaleras como inocuo. Tomaré solo un ejemplo adicional pertinente: durante décadas el policloruro de bifenilo (con Monsanto como su mayor productor) fue muy útil a la industria por su estabilidad química, por no ser inflamable y por otras propiedades muy útiles, usado en instalaciones eléctricas y en agroquímicos. Sus efectos dañinos fueron denunciados desde la década del 30 y la industria se resistió durante décadas a admitirlo. Recién fue prohibido a partir de la década del 70, en que había alcanzado su máxima producción anual, 700 mil toneladas. Ha causado y sigue causando inmenso daño a la salud de millones de personas, en especial a fetos, con consiguiente disminución intelectual, además de carcinogénesis y daño hepático, y daños a toda la cadena trófica, en especial de ríos y marina. Al degradarse en desechos es altamente volátil y permanece durante siglos en el agua y sedimentos (según la agencia de las NNUU es uno de los doce contaminantes más peligrosos).
También tenemos otro tipo de controversias científicas, la relativa a la contribución humana al cambio climático, que después de décadas de estudios y discusiones ha sido universalmente aceptada –excepto por muy pocos científicos.
Hay casos contrarios, no pocos, en los que algunos científicos han alertado sobre riesgos que luego resultaron no comprobados. Un caso es el del timerosal, sustancia con mercurio usada para la conservación de vacunas, en particular la hexavalente para niños, motivo de campañas internacionales en contra. En Chile acaba de ser vetada por la Presidencia una ley del Congreso prohibiendo su uso, considerando que no existe evidencia científica que pruebe las acusaciones de que puede provocar autismo y que prescindir de esta substancia encarecería notablemente la provisión de vacunas a la población. Incluso si, aunque improbable, algunos casos de autismo llegaran a ser relacionados convincentemente con el timerosal, muy triste para los afectados y sus progenitores, el beneficio de la vacunación accesible para millones de personas aconsejaría seguirlo usando, hasta que haya otro componente que cumpla la función de preservación a un costo comparable. No usar timerosal implicaría un costo significativamente más alto de las vacunas. Hasta donde puedo entender el tema, parece que el Ejecutivo tiene la razón.
Hace unas semanas me topé en Google con un artículo muy serio sobre la controversia desatada respecto de la investigación del doctor Gilles-Eric Seralini (biólogo molecular francés) y su equipo, sobre alimentación de ratas con maíz NK603 tolerante al herbicida glifosato (Roundup), una de las variedades TG más cultivadas. Un investigador alemán, Hartmut Meyer, de la Red Europea de Científicos para la Responsabilidad Social y Ambiental (ENSSER), Alemania, y Angelika Hilbeck, del Instituto de Biología Holística (IBZ) del Instituto Federal Suizo de Tecnología, y presidenta de ENSSER, informan de su estudio comparativo de métodos aplicados por Seralini, Monsanto y otras 21 investigaciones con alimentación de ratas y de estándares de evaluación de riesgo de éstos aplicados por los investigadores y por la Autoridad Europea para la Seguridad Alimentaria (EFSA). Ambos declaran no tener conflicto de intereses.
El estudio me aclaró algunas dudas y me animó a tocar el espinoso tema Seralini, motivo de encendidos debates entre científicos a favor y en contra. Cuando una semana después quise guardarlo, no pude encontrarlo, a pesar de una larga búsqueda, porque no recordaba los nombres ni el título exacto. Esto me hizo pensar en la conocida manipulación de ubicación de artículos en Google que realizan algunas empresas a través de otras que la tienen como uno de sus servicios.
Finalmente logré ubicarlo por medio de su mención y de un link al final de una declaración de apoyo a Seralini, de inicialmente nueve científicos de diversos países. Para interiorizarlo mejor y para quienes lo aprecien (y me lo pidan) he hecho un resumen extenso en castellano.
Las conclusiones centrales de este cauteloso estudio son que ninguna de las investigaciones es concluyente y que los problemas detectados por Seralini y otros hacen necesarias y urgentes más investigaciones de larga duración y totalmente independientes de las grandes corporaciones de las industrias de semillas, pesticidas, alimentos y medicamentos; que los estudios de Monsanto son más limitados que los de Seralini; y que hay una gran responsabilidad de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) que ha aplicado un doble estándar favorable a Monsanto al aceptar las investigaciones de ésta y no la de Seralini. Critican una parte de la metodología de Monsanto como carente de rigor científico y de justificación legal en el sistema de la Unión Europea para declarar biológicamente irrelevantes las diferencias estadísticamente relevantes entre organismos genéticamente modificados y sus progenitores -organismos de los que se derivan.
Como reacción al debate suscitado, la Comisión Europea decidió proveer fondos para un estudio propio de dos años respecto del maíz NK603, y la EFSA emitió una nueva guía para investigaciones de alimentos con ratas, más exigente, que los autores consideran positiva, aunque encuentran en ella algunas limitaciones. Además decidió dar a conocer en Internet todos los documentos relacionados con la evaluación de riesgo, lo que incluye el informe técnico de Monsanto sobre su estudio de 90 días. Monsanto ha contribuido publicando sus datos primarios. Lamentablemente esto no incluye los de seguridad respecto del glifosato por ser la confidencialidad una regla general para datos de pesticidas. Algo que me resulta curioso. Seralini al parecer aún no ha publicado sus datos primarios.
En 2013 la prestigiosa revista Food and Chemical Toxicology, que había publicado el artículo de Seralini tras su revisión por pares, decidió retirarlo con el pretexto de tener resultados no concluyentes -argumento que invalidaría a muchos otros artículos publicados por ellos mismos-, pero reconociendo no haber encontrado evidencia de fraude o tergiversación de los datos. Publicar estudios no concluyentes, una práctica muy frecuente, estimula la contribución de otros científicos.
Claire Robinson, de GM Watch, anota que la retractación de la revista había sido precedida del nombramiento de Richard E. Goodman, ex investigador de Monsanto, integrante del International Life Sciences Institute, en el recién creado puesto de editor asociado para biotecnología. Imparcialidad garantizada.


Publicado por Grupo Agronegocios

viernes, 7 de febrero de 2014

Alfredo Stecher/ DISCREPANCIA SOBRE TRANSGÉNICOS (III)

Toco en este tercer artículo la ya mencionada entrevista reciente del doctor Alexander Grobman a Materia, revista informática, en Bogotá, en la que aparece con claridad su óptica frente a los problemas asociados con los TG.
¿Por qué dedico tanto espacio y tiempo a las afirmaciones del doctor Grobman? Porque es el más destacado representante de los defensores de los TG en nuestro país.
El doctor Grobman dice con mucha razón que hay un margen de riesgo que tenemos que asumir con cada tecnología que utilizamos, que ninguna tecnología tiene riesgo cero y que la sociedad tiene que aceptar un nivel de riesgo determinado de acuerdo a un beneficio. También coincido en que no podemos esperar a ver cuál es el posible riesgo a cien años.
El ejemplo que pone al respecto sin embargo no favorece su argumentación sobre los TG. Dice que nadie sabe qué va a pasar de aquí a un siglo con la telefonía inalámbrica, pero que sí sabemos cuáles son los beneficios. Esto es cierto. Pero resulta que, después de haber sido declarados seguros los celulares, a pesar de muchas prevenciones iniciales, con base en investigaciones con ratas e incluso estudios epidemiológicos, últimamente han ido en aumento las alertas. Incluso la cauta Organización Mundial de la Salud, después de una nueva revisión de lo publicado en la década previa sobre experimentos y análisis epidemiológicos, recomienda desde hace más de dos años evitar su uso por niños y su aplicación directa al oído, recurriendo a auriculares, y cautela general, lo que incluye, por ejemplo, su uso como despertador cerca de la cama, por precaución ante posibles efectos cancerígenos, en especial en el cerebro – en un nivel intermedio de cinco niveles de riesgo, a la par con plomo y gases de motores. Se considera que éste aumenta con mayor tiempo y cercanía de exposición así como por intensificación de las ondas en espacios muy cerrados, tales como ascensores y subterráneos, y a temperatura más elevada de los aparatos. Muchos productores de celulares transmiten esas recomendaciones en sus instrucciones de uso. Que haya muchos elementos más riesgosos presentes en nuestra vida diaria no es motivo para no cuidarnos lo más posible de aquellos en que el riesgo nos es conocido y posible de evitar o minimizar.
Tenemos como sociedades la obligación de hacer una evaluación de los riesgos y de la relación costo – beneficio de cada nueva tecnología independientemente de los intereses económicos de quienes las producen y de monitorear los riesgos que van apareciendo en la práctica, de modo de contrarrestarlos y de evitar los que son socialmente inaceptables; y que cada consumidor pueda decidir si está dispuesto a asumir, para sí y sus hijos o allegados menores, el riesgo autorizado ya conocido. Velar por esto corresponde al Estado, y a las organizaciones de defensa de los consumidores vigilar su cumplimiento. Ello exige, en el caso de los TG, la indicación en la etiqueta de los productos que los contienen.
No sé si es cierta la afirmación de Grobman de que tenemos moratoria de TG porque el presidente Humala la había prometido en la campaña electoral sin saber de qué hablaba y por eso ha tenido que cumplirlo. Lo que sí sé es que responde a una creciente presión de parte de los consumidores, a las exigencias de las organizaciones de consumidores y de las entidades ecologistas y de la producción orgánica, y al mejor interés de nuestra sociedad y nuestra economía.
En cuanto a la salud, él y otros han ridiculizado la investigación del equipo de Gilles Eric Seralini sobre daño grave por maíz TG NK603 en ratas, que efectivamente no es concluyente, pero lo es bastante más que las investigaciones a favor realizadas por Monsanto y por numerosos otros investigadores, que han llevado a algunos organismos internacionales a declarar a algunos TG, incluida esa variedad de maíz, como seguros. Esto lo ampliaré en otro artículo.
Grobman no entiende la demonización de Monsanto y justifica la actuación empresarial con que tienen muchos accionistas con derecho a un ingreso, como lo tienen otras compañías. En verdad ¡qué pena nos deben dar también los accionistas de las empresas que fabricaban casas con asbesto o medicamentos con talidomida y que sufrieron enormes pérdidas –después de haber ganado muchísima plata- cuando se evidenció también judicialmente el enorme daño que causaban, y que había sido denunciado con pruebas mucho tiempo antes! ¡O de las tabacaleras cada vez más limitadas por prohibiciones y obligación de etiquetado de alerta en su ejemplar lucha por mantener la industria, según ellos, principalmente para satisfacer a los consumidores y mantener el empleo en la producción de tabaco! Conmovedor. Y siguen ganando muchísima plata.
Grobman afirma, también con razón, que en todos los países, mediante un sistema de genética convencional, se han ido cambiando las variedades, y menciona que en Europa ya no se encuentra nada de los trigos antiguos del siglo XIX, que todo son variedades mejoradas. Que se ha perdido la diversidad, pero se ha beneficiado la gente con un mayor rendimiento y –agrego-, legítimamente en principio, a las empresas creadoras de las variedades comerciales sobrevivientes-. Olvida decir que eso ha ocurrido en un tiempo en que había mucha menor conciencia de la importancia de la biodiversidad, y es obvio que lo que se hizo con conocimientos y criterios mucho más limitados y en parte incorrectos no es una buena razón para que hagamos lo mismo. Quién sabe qué mejoras se podría hacer en los trigos actuales si siguieran existiendo esas variedades.
Es aún materia de más investigación y deliberación si, por ejemplo, el maíz TG es una amenaza para las variedades cultivadas y silvestres (propias de nuestro carácter de país originario), pero está fuera de discusión que la conservación de nuestra biodiversidad es importante para nosotros mismos y como servicio a la humanidad. A ese respecto Grobman y otros han hecho enormes aportes que valoro, en la forma de estudios y de bancos de germoplasma y de genes. No debería borrar con la izquierda lo que hizo con la derecha (o viceversa).
Grobman caricaturiza las decisiones de la Unión Europea sobre prohibiciones y restricciones a los TG. Según él se deben (solo) a cuestiones políticas, a la fuerza de los partidos verdes, además de intereses de la industria química para vender más pesticidas. ¡O sea que las grandes empresas ejercen presiones! Se permite aludir a que las ONGs mueven mucho dinero y que hay también ciertos grupos empresariales que patrocinan los cultivos orgánicos, lo que reconoce como legítimo –yo también.
Parece ignorar el muchísimo dinero que corre en Estados Unidos y también en Europa y las presiones a favor de los transgénicos, en el Gobierno y en las instituciones de investigación. Un típico caso de ver la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio.
Y parece no saber que las normativas europeas son en general más exigentes en materia de seguridad nutricional, sanitaria y ambiental que las de otros países, en particular Estados Unidos, aunque lamentablemente bastante laxas en el caso de los TG.
Grobman señala que en Europa los agricultores son más ineficientes y que la UE equilibra estas ineficiencias con los subsidios, que equivalen al 50% de su presupuesto total. Curiosamente los agricultores norteamericanos, efectivamente en promedio más eficientes por la mayor escala y la organización empresarial más moderna de su agricultura, siguen recibiendo enormes subsidios, también los que producen con TG – y eso reconocidamente por una combinación de presiones políticas y de una preocupación por mantener la capacidad productiva nacional que no está en condiciones de poder competir en el mercado abierto sin esos subsidios.
Extiende a nuestro país su afirmación de que se mueve mucho dinero en contra de los TG, afirmando que quince ONGs internacionales tienen gente pagada a tiempo completo. No sé si eso es cierto, sí que sería legítimo, pero me consta que muchas de las personas que yo conozco que más han luchado y siguen luchando por una efectiva moratoria a los TG lo hacen por convicción y casi ad honorem.
Dice no tener ningún conflicto con que empresas estén en el negocio orgánico, y que si la gente quiere pagar dos o tres veces más eso es su problema. Efectivamente es nuestro problema, pero es problema de Grobman exagerar tanto la diferencia de precios. Es cierto que el mayor precio es frecuente, y corresponde al mayor costo y mayor beneficio, pero suele no sobrepasar un 10 o 20% y en muchos casos ser inexistente, de modo que la mayoría de agricultores están en lo orgánico por convicción y no solo por interés económico.
Él plantea que su problema está en que se haga una campaña contra ellos (él y otros, se entiende) diciendo que son malos. Es cierto y lamentable que haya ataques a personas, pero los defensores más serios de los derechos del consumidor y de los productos orgánicos nos basamos en argumentos y no en descalificaciones personales.

Publicado por Grupo Agronegocios digital.


viernes, 31 de enero de 2014

DISCREPANCIAS SOBRE TRANSGÉNICOS (2)/ Alfredo Stecher

En este artículo voy a tocar los comentarios que hizo el doctor Alexander Grobman al mío de setiembre, en esta misma publicación.
Aclaro mi posición personal en el sentido de reconocer la manipulación genética como un avance científico, con resultados ya importantes en materia de medicamentos, y de no tener un rechazo de principios a los transgénicos en agricultura. Sí busco contribuir a la salvaguarda de los derechos de los consumidores a conocer los riesgos y a decidir sobre los que están dispuestos a asumir, a que el nivel de riesgo esté respaldado científicamente por investigaciones independientes, a que se evite o prevenga riesgos ambientales, a que los agricultores no se perjudiquen por prácticas abusivas y a que nuestro país con su agricultura saque el máximo provecho de sus fortalezas.
Coincido con Grobman en que en mucha gente hay temor frente a lo desconocido, en parte irracional, lo que hay que contrarrestar, y que es muy frecuente una actitud de desconfianza o de hostilidad hacia la ciencia y los avances tecnológicos, basada en prejuicios y desconocimiento. Aprecio que Grobman esté incluyendo la agricultura orgánica entre los aportes para encarar los grandes retos del mundo moderno. Concuerdo en que hay problemas frecuentes en la agricultura convencional mal aplicada, que es con frecuencia mucho más nociva que lo que se teme razonablemente de los transgénicos. Las buenas prácticas agrícolas, impulsadas también desde Global Gap (organización internacional de las mayores empresas de comercialización de alimentos al por menor, que BIOLATINA también certifica) y otras instancias, contribuyen mucho a disminuir los daños que puede causar la agricultura convencional. Esto es un avance atribuible a los cambios culturales positivos en el contexto de la globalización.
Estoy muy de acuerdo con la importancia y con los éxitos del fitomejoramiento convencional, por selección e hibridación, al que ha aportado mucho Grobman en su larga carrera, y que incluye la obtención de variedades más resistentes a plagas, sin necesariamente incorporar el factor Bt, y más resistentes a factores ambientales negativos. Si nos hemos estancado en ello no es por cierto por los transgénicos (TG) ni por la agricultura orgánica, sino por ignorancia, miopía, desidia, politiquería y populismo de muchas de nuestras autoridades, que durante décadas han descuidado terriblemente o hasta destruido gran parte de nuestras tan necesarias capacidades de investigación aplicada en agricultura.
Pero estoy en desacuerdo con afirmaciones específicas del doctor Grobman con relación a los TG. Y lamento que trate de descalificar mis argumentos diciendo que obedecen a un interés evidente, por ser presidente del directorio de una certificadora ecológica, interés coherente y legítimo. Por cierto promuevo tanto la agricultura orgánica en general como BIO LATINA en particular por la misma razón de estar convencido de su carácter positivo para nuestra agricultura y nuestra sociedad y economía. Pero insisto en que mis opiniones son personales y no necesariamente coincidentes en todos los aspectos con la normativa orgánica internacional que BIO LATINA aplica fielmente. Destaco que esa normativa es fruto de discusiones científicas y decisiones democráticas tanto en el seno de IFOAM, el movimiento internacional de agricultura orgánica, como en diversas instancias internacionales. Respondo a los argumentos de Grobman y no lo descalifico a él por sus responsabilidades empresariales.
La moratoria a los TG y la obligación de etiquetado no son producto de fundamentalistas, aunque los haya entre sus defensores, sino principalmente de personas responsables pensando en los beneficios para el país incluidas, por supuesto, personas que producen, comercializan o consumen conscientemente productos orgánicos, por convicción y por las reglamentaciones internacionales que siguen. A su generación ha contribuido el Centro Ideas, la ONG de promoción del desarrollo, con 35 años de actividad ininterrumpida, de la que he sido cofundador y presidente y en la que soy miembro del directorio.
En un artículo anterior había sostenido que a nuestro país le conviene la moratoria de TG porque respalda nuestra posición comercial en Europa tanto para productos orgánicos como para la mayoría de los convencionales producidos bajo buenas prácticas, y, crecientemente, también en los Estados Unidos así como en otros países que tienen un porcentaje significativo o hasta mayoría de consumidores que desconfían de los TG. Nuestra geografía agrícola no es propicia para los TG, cuyas principales versiones comerciales actuales normalmente requieren de grandes extensiones de tierras de condiciones relativamente homogéneas para ser rentables.
Y la obligación de etiquetado de los productos importados con insumos TG es una respuesta a la legítima demanda de los consumidores de poder decidir si desean o no exponerse a los riesgos conocidos de estos. Esto significa un pequeño costo adicional para las empresas que los producen, normalmente de gran tamaño y poder económico. Lamentablemente aún no ha sido reglamentada debido a resistencias y desidia en el Ministerio de Agricultura y SENASA.
Claro que un rechazo creciente a los productos con TG puede llevar a una disminución de su participación en el mercado, pero ¿no sería eso resultado de las ventajas de la libre competencia en una sociedad con libertad de elección de los consumidores, que efectivamente es un modelo deseable cuando realmente funciona?
Si estudios verdaderamente independientes de las transnacionales de semillas, alimentos y medicamentos, y por un plazo adecuado, llegaran a demostrar con certeza razonable –nunca total- que los TG en general o algunos en particular no causan daño a la salud ni a la ecología, podremos cambiar nuestra opinión como país y no renovar la moratoria.
Grobman, también Monsanto, plantean correctamente el distanciamiento físico y fisiológico entre cultivos para evitar cruzamientos no deseados, pero no consideran el transporte de polen y semillas por viento, insectos y aves, lo que ha sucedido incluso a distancias considerables, y tampoco el problema real de malezas cercanas que, según varios estudios, en algunos casos ya se han convertido en supermalezas resistentes al glifosato.
Grobman toma a la ligera el problema de la resistencia creciente a los glifosatos. Según él, siempre se ha tenido una respuesta a las resistencias con algún nuevo producto o una nueva variedad lo que, a juzgar por el paralelo con los antibióticos, dista de ser fácil y, aunque puede luego ser muy rentable para una transnacional, antes ha podido arruinar a muchos agricultores.
En su comentario relativo a la salud, solo señala, con razón, que hay herbicidas aún más tóxicos que el glifosato y que una parte del daño que causa este se debe a excesos en su aplicación, que además son económicamente contraproducentes para la empresa agrícola. En la realidad es altísimo el porcentaje de agricultores que no cumplen con las recomendaciones técnicas. Y esto no desmiente para nada los estudios sobre consumo de lo producido aún con las mejores técnicas, que indican la existencia de daños severos en ratas de laboratorio –que, como había señalado, sin ser concluyentes, son serios y preocupantes.
Los temores de consumidores y las prevenciones de científicos y autoridades respecto de los TG también tienen otros componentes muy racionales, dados los antecedentes de grandes corporaciones, incluidas las alimentarias y de medicamentos, de ocultamiento de los riesgos de sus productos y de manipulación de políticos y de los mercados para mantener sus ganancias. Es cierto que hay un sesgo anti Monsanto, pero también que es la principal y emblemática, aunque no única, gran productora de transgénicos y que tiene un historial poco envidiable al respecto.
Es bastante confuso lo que Grobman dice en su comentario respecto del hambre en el mundo y lo que absurdamente llama posición chic mía. Atribuye la mayor demanda y el déficit de alimentos a escala mundial, además del despilfarro, a la superpoblación (como Malthus –más adecuado es decir aumento de la población), al cambio en hábitos de consumo, desastres naturales, incremento de plagas y enfermedades, etc., y menciona al cambio climático, todo lo cual es importante. Pero obvia la contribución a esto de la agricultura moderna en enormes extensiones, crecientemente con TG, en muchos casos previa deforestación, que es disruptiva para la pequeña producción campesina y prioriza la producción agrícola para alimentación de ganado y para la avicultura, la forma menos eficiente de alimentación humana en materia de consumo de energía y agua, así como para producir etanol, combustible cada vez más cuestionado por razones ambientales.
Destaco que según la FAO cada año se pierden unas 1300 millones de toneladas de alimentos, por un valor estimado de 750 mil millones de dólares, en toda la cadena de producción, comercialización y consumo, y que, en opinión de un experto de la FAO, con un cuarto de esos alimentos se podría alimentar a los más de 800 millones de personas que padecen hambre en el mundo (sin necesidad de TG y sin aumento de la superficie agrícola). Esto es otro argumento importante a favor de la precaución, para evitar riesgos innecesarios.

Publicado por Grupo Agronegocios digital.


miércoles, 22 de enero de 2014

PREOCUPACIONES: EL DIFERENDO / Alfredo Stecher

Expreso mi total acuerdo con el artículo de mi amigo Carlos Basombrío, Todo se hizo bien, que resalta como ejemplar el desempeño, con continuidad, de nuestros últimos gobiernos, sus ministros de relaciones exteriores y del equipo a cargo de nuestro alegato, y que nuestra clase política, con pequeñas excepciones, estuvo inusualmente a la altura de las circunstancias.
No se puede decir lo mismo de una parte de nuestra prensa. La revista semanal chilena Cambio 21 (también diario digital) publicó hace unas semanas en primera plana varias fotos de primera página de nuestros diarios La Razón y El Men, que tienen titulares belicistas y absurdos respecto del diferendo marítimo con nuestro vecino. Ambos periódicos nuestros son ejemplos groseros de prensa basura sin un rastro de ética, solo interesados en aumentar tiraje e ingresos. Una sinrazón repugnante y un machismo delirante.
Cambio 21 tiene una temática amplia y principalmente seria, de orientación favorable a la izquierda de la Nueva Mayoría de Bachelet, pero también recurre al sensacionalismo –pero reactivo, no provocador-, y esa primera plana seguramente aumenta sus ventas. Recientes portadas del semanario son Delirio bélico peruano, con muchas fotos de primeras páginas de pasquines peruanos, y Preparados para lo que sea, con alusión a lo que consideraron una actitud provocadora de Alan García. Un 45% de sus lectores se declara a favor de acatar el fallo y un 36% a no implementarlo o a desconocerlo. También en Chile falta mucha pedagogía política.
La prensa sensacionalista contribuye a envenenar el ambiente político, azuzando odios y rencores, cuando necesitamos promover más el respeto mutuo y la paz interna y externa. No es más que la continuación de políticas y actitudes ya más que seculares de fomento del nacionalismo retrógrado, que solo favorecen a populismos y militarismos. Esto se sigue expresando también en la enseñanza de historia en muchos libros de texto y escuelas con una visión chovinista. Cualquiera de nuestros tantos problemas internos es más relevante que ese espacio marítimo en cuestión, por más que sea deseable y que al parecer sería justo que nos den la razón al menos en parte.
Es cierto que nuestro país sufrió mucho por la ocupación chilena y por la pérdida de grandes territorios, pero muchos otros países han sufrido igual o más en tiempos mucho más recientes y sin embargo han logrado superar los enconos, enterrar el belicismo y cooperar de manera sistemática. El mejor ejemplo es la Unión Europea, unión de países con millones de muertos en las dos guerras mundiales, algunos con pérdidas de territorios, de países con mucho menos elementos en común que el Perú y Chile. Y otro ejemplo es la relación entre Estados Unidos y México –que perdió la mitad de su territorio, pero, como nosotros en las últimas décadas, ha terminado asumiendo ese resultado de errores históricos y busca aprovechar lo positivo de su vecindad.
Y hay en Chile frecuentemente conductas soberbias, también en sus relaciones internas, pero nos conviene a ambos morigerarlas y no atizarlas.
Acentuar lo que nos separa genera el caldo de cultivo para quienes quieren pescar a río revuelto, civiles o militares, por intereses subalternos e irresponsabilidad política, o por ceguera. Felizmente el Gobierno y la clase política ofrecen acatamiento y el Consejo de Seguridad Nacional convocado por Piñera llama a no hostigar a los peruanos y ofrece protección a empresas y entidades peruanas, lo que debemos corresponder.
Mi expectativa es que nuestros dos países, cualquiera sea el resultado del diferendo, mantendrán la política de Estado, de acatamiento de la decisión del Tribunal Internacional, y evitarán afectar nuestra amistad e intereses comunes. Habrá más tensiones, pero estoy seguro de que primará la sensatez.
Nuestra estrecha relación parte de enormes afinidades culturales y sociales y de ser vecinos, y es aún más importante ahora por ser ambos partícipes de la Alianza del Pacífico, que podría permitirnos competir y cooperar en mejores condiciones en los escenarios económicos y políticos internacionales. Ojalá se consolide y se amplíe progresivamente al resto de América Latina.

Saludo las iniciativas de intelectuales y de académicos peruanos y chilenos por fomentar la paz y la solidaridad entre nuestras naciones y todo otro gesto en este sentido. Destaco la publicación del libro Las historias que nos unen, de Sergio González y Daniel Parodi, de una treintena de académicos, principalmente historiadores, de ambos países. Comparto el llamado de Basombrío a no caer en el patrioterismo.

domingo, 19 de enero de 2014

DISCREPANCIAS SOBRE TRANSGÉNICOS (1)/ Alfredo Stecher

Como explicación de mi actitud general y como introducción, en este caso, al tratamiento de discrepancias en torno a los transgénicos (TG), quiero recordar mi rechazo a todo fundamentalismo, que, absolutizando verdades parciales de cualquier campo del conocimiento y de la actividad humana, puede causar y muchas veces causa enorme daño. Incluso causas justas pueden ser enturbiadas por la adhesión a ellas de personas con posiciones fundamentalistas al respecto, que con frecuencia, más que reforzarlas, las debilitan. Aplica el dicho ¡Mejor no me defiendas, compadre! Claro que también en esto hay grados y matices que es importante distinguir.
El principal daño que inflige un fundamentalismo consiste muchas veces, aparte de impedirnos ver bien la realidad y de alimentar extremismos, en que, al convertir en antagónicas contradicciones que pueden ser resueltas con el tiempo a través de la investigación, de la acumulación de experiencia y de la discusión, dificultan o hasta impiden ese proceso y generan un ambiente de conflicto agudo que invita a resolverlo por la fuerza y que tiñe también a otras confrontaciones, que siempre existen en toda sociedad. Impiden ver los aspectos positivos y aportes de la posición contraria, la evolución de la propia y posibles compromisos en la práctica.
Felizmente la confrontación entre defensores y cuestionadores de los TG, a pesar de incluir también posiciones fundamentalistas, no llega a los niveles de encono a los que llegan otros conflictos.
En setiembre escribí un artículo publicado en este Foro de la revista virtual del Grupo Agronegocios y lamento haberme demorado en darme cuenta de que el doctor Alexander Grobman había hecho en ella un largo comentario, lo que aprecio, ya que, al fomentar la discusión, facilita la clarificación de las ideas.
Aunque a veces resulte difícil, hay que tomar y valorar las ideas independientemente de quién las formula. Personas que suelen estar equivocadas pueden tener algunas ideas lúcidas y correctas. E incluso las personas más serias y hasta algunas mundialmente famosas en investigación en cualquier tema, a veces cometen errores garrafales, incluso en su propio campo, o expresan opiniones que posteriormente resultan desmentidas por la práctica, lo que no quita mérito a sus aportes. Ejemplos abundan. Y adversarios en un campo pueden ser aliados en otros; adversarios hoy, pueden ser aliados mañana, por cambios en las circunstancias y en las actitudes, sin afectar principios y valores.
Aprecio la actitud y los métodos científicos y la investigación y divulgación científica en todos los campos y las tomo en serio aunque cuestionen o contradigan mis conocimientos, experiencias o creencias previas, que siempre estoy dispuesto a revisar y a cambiar, si corresponde. Por otro lado considero que felizmente han pasado los tiempos en que, como tendencia general, la ciencia, o algunas ciencias en particular, eran como una nueva religión, de verdades inconmovibles e incuestionables, y su peso se ha relativizado, para bien, a la vez que se siguen desarrollando enormemente todas las ciencias y aportando nuevos conocimientos y soluciones técnicas a la vida humana.
A nuestra escala, y volviendo a abordar el tema de los TG, quiero dejar constancia de que aprecio al doctor Alexander Grobman como científico y como persona comprometida con el Perú y su desarrollo, y, lo que considero errores y ligerezas en su posición sobre los TG, no le resta mérito a su aporte en diversos campos.
Tomo alguna información sobre su persona de sus datos en Internet y de una entrevista reciente suya a Materia, revista informática, en Bogotá, en ocasión de Biolatam, encuentro de empresas tecnológicas organizado por la Asociación Española de Bioempresas (Asebio), a la que asistió en su calidad de presidente de Perú Biotec, Asociación Peruana para el Desarrollo de la Biotecnología.
Su currículo es impresionante. Grobman obtuvo el grado de PhD en biología con especialidad en genética en 1962, en Harvard, con la tesis Races of maize in Peru, their origin, evolution and classification (Variedades de maíz en el Perú, su origen, evolución y clasificación), publicada como libro por la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos. Este trabajo fue precedido –y luego continuado- por una intensa labor de colección de toda la biodiversidad de maíz en el Perú, e incluye su estudio morfológico, genético, citogenético, adaptativo y de potencial agronómico. Además emprendió un vasto estudio etnobotánico de colecciones arqueológicas de maíz e impulsó, como fundador y primer director del Programa cooperativo de investigaciones en maíz, un Banco de genes de maíz en su forma original, en la Universidad Nacional Agraria La Molina (UNALM), mi alma máter como economista, banco que actualmente pasa de tres mil ejemplares.
Tuvo una muy destacada y reconocida carrera como investigador y profesor en la UNALM y, en su larga vida, muchas otras responsabilidades y actividades importantes. Destaco las quizá principales: ha sido miembro del plan nacional de la energía nuclear para la aplicación de marcadores radiactivos para trazar la absorción de fertilizantes; director de la División de experimentación del Servicio de Investigación y Promoción Agraria (SIPA); responsable del planeamiento del primer centro de cómputo con una macro computadora 1620 IBM en el SIPA y UNALM en 1967 (para la cual aprendí a perforar tarjetas de cómputo siendo estudiante); presidente de Gentec Data, primer distribuidor de Microsoft y de Redes Novell y de sistemas TeleVideo de cómputo en el Perú; Consultor y encargado del programa de semillas de cebada maltera de Maltería Lima S.A.; gerente de la Asociación tabacalera de investigación científica y tecnológica del Perú, a cargo del exitoso desarrollo de tecnologías de producción de tabaco en Costa y Selva; director de Investigación y desarrollo para América Latina de la gran empresa multinacional de semillas Northrup, King & Co., con énfasis en el sorgo; director general asociado del Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT), en Palmira, Colombia, a cargo del desarrollo de su Unidad de semillas; fundador del nuevo INIA; socio de empresas consultoras agroempresariales; vicepresidente de Concytec; líder de misiones del Banco Mundial como asesor de países; es o ha sido presidente del directorio de Semillas Penta del Perú S.A. (desarrollo de híbridos de maíz y sorgo), Productora Agrícola del Campo SAC, Integradores de Sistemas S.A., y coordinador de programas agrícolas del Instituto Peruano de Economía Social de Mercado (sin fines de lucro); sigue cooperando en estudios arqueológicos y etnobotánicos; es coordinador del área de agricultura en la alianza política Unidad Nacional; tiene muchas publicaciones científicas.
Como se ve, el doctor Grobman es un científico y técnico muy destacado y respetable. Necesitamos muchos de su nivel en todos los campos. Y hay opiniones suyas que comparto. En mis siguientes artículos menciono algunas, seguidas de mis discrepancias.

Publicado por Grupo Agronegocios.

viernes, 3 de enero de 2014

NELSON MANDELA (2) / Alfredo Stecher

Completo mi homenaje a Nelson Mandela tratando de entender cómo llegó a serlo. Pienso que en él se manifiestan dos influencias tempranas decisivas: su infancia tribal y el sistema judicial inglés.
Mandela, nacido en 1918, cuyo nombre xhosa, Rolihlahla, “el que jala la rama del arbusto”, también significa “alborotador”, creció en el seno de familias destacadas de un clan de la etnia xhosa, en Transkéi, entonces protectorado inglés, posteriormente uno de los veinte bantustanes o reservas bajo el apartheid. Su territorio ocupaba 7% -luego 13%- del territorio sudafricano, habiendo los campesinos negros perdido más de tres millones de hectáreas de sus tierras. Los xhosa, de la familia étnica bantú, al igual que los zulúes, constituyen alrededor de un 18% de la población de Sudáfrica. Son, con ocho millones, la etnia más numerosa después de la zulú.
Su padre, nieto del rey de su sub etnia xhosa, thembu, fue destituido de su cargo como responsable de su pueblo por un conflicto con el magistrado colonial local y la familia vivió desterrada en una aldea, en condiciones de pobreza rural. A la temprana muerte de su padre, Mandela fue adoptado cariñosamente de manera informal como tercer hijo por el regente de los thembu, lo que moldeó su enorme autoestima y confianza en sí mismo así como su calidez personal. Pudo gozar de la buena educación propia de la realeza tribal en un colegio metodista (al que le debe su nombre inglés). Posteriormente, bajo el apartheid, por temor al Vaticano, la única excepción a la segregación fueron las iglesias católicas, a la que pertenecía una pequeña minoría. Quizá el “no matarás” transmitido por los metodistas tuvo en él un peso importante, como el que me hizo declararme pacifista en mi adolescencia, pensar en declararme objetor de conciencia ante un llamado al servicio militar, y considerar más tarde la violencia revolucionaria como un mal necesario en determinadas circunstancias, pero no deseable.
Mandela recordaba haber observado que la actuación de su padre adoptivo en las asambleas tribales se asemejaba a la de un pastor de ovejas que guía a su rebaño desde atrás. También, como relata Ariel Dorfman en una entrevista publicada recientemente, un episodio puntual de su padre golpeando a su madre le hizo entender que la injusticia comienza en casa.
Después de haber terminado brillantemente un college, pudo estudiar derecho en la única universidad que aceptaba a negros, solo hasta 1959, bajo el dominio inglés, menos segregacionista. Pero fue expulsado por no aceptar ser parte del consejo estudiantil al que había sido elegido a pesar de haberse opuesto a las elecciones. Cuando, según las costumbres tribales, le trataron de imponer un matrimonio de conveniencia, Mandela y el príncipe heredero fugaron a la ciudad, Johannesburgo. Allí comenzó trabajando como obrero en una mina y luego, al ser despedido por conocerse su fuga, como amanuense en un estudio jurídico. Formó con un abogado negro el primer estudio de abogados negros, dirigido a la defensa de clientes negros sin o con pocos recursos. En ese trabajo llegó a apreciar la relativa imparcialidad del sistema judicial inglés, atenido a la aplicación estricta de las leyes vigentes y no a los deseos y presiones del gobierno de turno.
Tuvo cierta influencia en él Mahatma Gandhi, también por el liderazgo de un hijo de éste en el Congreso Indio Sudafricano, partido aliado del CNA, quien propugnaba una estrategia pacifista por principio. Gandhi había vivido en Sudáfrica y asumido posiciones racistas respecto de los negros, que posteriormente corrigió. Mandela compartió la estrategia pacifista, pero por razones de eficacia, dada la correlación de fuerzas existente. Más adelante, cuando el Gobierno reprimió sangrientamente toda expresión de protesta y toda manifestación no violenta, Mandela optó por agregar acciones violentas, de sabotaje, principalmente simbólicas, pero siempre preocupado por minimizar la pérdida de vidas.
También influyó en él el africanismo que recorría las élites africanas, un nacionalismo panafricano que en otros países ayudó a acabar con la dominación europea, pero que, en Sudáfrica, dividió al movimiento, formando un partido más radical. En general el panafricanismo tuvo resultados desastrosos por su radicalismo y por la inmadurez política de las naciones liberadas, creación artificial del colonialismo.
Una fuerte pero temporal influencia adicional, de romanticismo revolucionario, fue la del Che Guevara, de la revolución cubana y de las guerras de liberación en Namibia, Angola y Mozambique, cuyo ejemplo sin embargo no copió, aunque lo tentó durante un tiempo antes de su encarcelamiento, en que también estudió a von Clausewitz, Mao Tsetung y la guerra de los ingleses contra los boers. Y propició una alianza temporal con el Partido Comunista, también en busca del apoyo de la Unión Soviética. La justificó comparándola con la de Churchill contra Hitler.
Mandela se adhiere en 1944 a la juventud del Congreso Nacional Africano (CNA) y posteriormente al partido, a cuya vicepresidencia llega en 1952. Sufrió su primera prisión en 1956, por proclamar un cambio radical del sistema de gobierno y por protestas pacíficas contra el apartheid, pero, junto con todos los demás detenidos, fue liberado y posteriormente absuelto en 1961, lo que evidenció la relativa independencia del Poder Judicial heredado del dominio inglés, más la presión internacional. Pero, detenido otra vez en 1961, por su responsabilidad en la formación del brazo armado del CNA y por haber viajado ilegalmente a Argelia para recibir entrenamiento militar, en aplicación de leyes aún más represivas, fue condenado en 1964 a prisión perpetua.
La experiencia carcelaria lo llevó progresivamente al realismo político y al pragmatismo con principios que marcaron su exitosa política de superación del apartheid.
En la cárcel, además de realizar trabajos forzados en una cantera, con daño a su salud, culminó sus estudios de derecho en un programa a distancia de la Universidad de Londres, organizó una universidad política y de cultura general para los demás reos, estudió la lengua, la cultura y los comportamientos de los afrikáner, cultivó un huerto y compartió frutas y vegetales también con sus carceleros blancos, prefigurando las relaciones de solidaridad entre los negros y las interraciales por las que luchaba.
Le costó largos años de pedagogía revolucionaria, con su ejemplo y su argumentación, persuadir a los dirigentes del CNA de que la única posibilidad de lograr la abolición del apartheid sin terribles derramamientos de sangre y empobrecimiento general del país era su estrategia basada en el criterio de facilitar a los blancos una retirada honrosa y ordenada, con garantía de no venganza ni represalias, solo juicios a quienes cometieron delitos graves incluso según la Constitución segregacionista. También le costó años de persuasión en simultáneo convencer a los dirigentes blancos, en particular al presidente de Klerk, de la sinceridad de su propuesta y de la viabilidad de su implementación. Es una señal de madurez del pueblo sudafricano que una inmensa mayoría llegara a aceptarlo.
Mandela impulsó una constitución para todos, con libertades democráticas amplias, derecho de todos al voto, y libertad general de expresión y organización, como herramienta para el inicio del proceso de construcción de una nación conjunta entre blancos y las diversas etnias negras, muchas veces también enfrentadas entre sí. Sudáfrica tiene actualmente 11 lenguas oficiales, incluidos el afrikáans y el inglés.
En su estrategia Mandela usó mucho el peso de los símbolos. El nuevo himno nacional resultó compuesto por el de los afrikáner seguido del revolucionario de los negros. La nueva bandera expresa elementos compartibles por todos. Como se muestra en la película “Invictus”, un momento decisivo fue, en 1994, la asistencia de Mandela a la final del campeonato de rugby, deporte de los blancos, con un equipo blanco al que alentó y que logró ser campeón, ganándose la confianza de la mayoría de los blancos asistentes y dando un ejemplo a las mayorías no blancas. Posteriormente también usó como factor de unidad el campeonato mundial de fútbol.
Poco a poco logró ganar también la confianza del resto del mundo político internacional y de los grandes capitales para que continuaran invirtiendo en el país. Aun así el gobierno norteamericano, como autocrítica tardía y regalo de cumpleaños, vergonzosamente recién en 2008 lo sacó de su lista de terroristas, en la que fue colocado en los ochenta, bajo Reagan.
Retirado ya de la política activa Mandela regresó a vivir en su aldea, en una casa grande especialmente construida para él. También el actual presidente ha mandado construirse una casa en su pueblo natal, pero una mansión a un costo 20 veces mayor, símbolo de la corrupción que ha ido corroyendo al CNA y al gobierno.
En la ceremonia masiva por su funeral, la masa, principalmente negra, ovacionó a Obama, por un discurso muy inspirado, e incluso al ex presidente blanco, y luego vicepresidente, de Klerk, pero pifió a Zuma. Sin embargo los negros siguen apoyando mayoritariamente al CNA. Ojalá Sudáfrica siga por el camino emprendido y logre enmendar sus errores.


PD: En el primer artículo, por un lamentable, pero felizmente obvio, error puse que Obama, en vez de Mandela, recibió con de Klerk el Nobel de la Paz. Obama lo recibió mucho después.