jueves, 10 de abril de 2014

A MÁS POLICIAS MÁS CRIMEN/ Gustavo Carrión Zavala.

Hace brevísimos días, en el diario el comercio, daban cuenta del crecimiento del crimen en la región tumbes. La nota hacía resaltar que los asesinatos por sicariato, extorsión o rencillas entre bandas criminales se duplicaban año a año. De 15 asesinatos el 2011, subieron a 30 el 2012 y a 60 el 2013, y en lo que va de corrido el presente año, ya se han producido 13 asesinatos, lo que parece ser una tendencia incontrolable.
Estos datos se compadecen perfectamente con las mediciones que tienen efectuadas las agencias de inteligencia del sector interior, las que señalan que Tumbes se ha convertido en una de las regiones en donde el crecimiento del crimen supera largamente la media nacional, especialmente en crimenes violentos y con empleo de armas de fuego.
Lo que resulta realmente preocupante es el hecho, que en este período (2011-2013), han egresado de la escuela des sub-oficiales de tumbes tres promociones, lo que significa algo de 300 policías mas, que corresponde a un incremento de aproximadamente el 75% de efectivos en relación con el número de policías antes del funcionamiento de la escuela.
La relación lógica, sería que a mayor cantidad de policías menor cantidad de hechos criminales. Si esto no sucede, y la realidad nos impone la perversa relación: a mayor  cantidad de policías mayor cantidad de hechos criminales, las autoridades del sector interior deben preguntarse seriamente que es lo que sucede con la policía. Probablemente la desesperación por cumplir metas, solamente cuantitativas, ha provocado la apertura de una diáspora de escuelas de sub-oficiales por todo el país, sin que las mismas estén en condiciones de formar policías profesionales y de calidad. Adicionalmente, en estas escuelas regionales logran ingresar alumnos vinculados a las organizaciones criminales que operan en la jurisdicción, de tal suerte que todos las operaciones policiales fracasan por la divulgación anticipada de las mismas.
Otro aspecto a considerar es la falta de madurez de los sub-oficiales egresados de las escuelas regionales, no es extraño verlos cumplir sus horas de servicio, premunidos de todos los artefactos modernos de comunicación (celulares con internet, audífonos musicales, tablets, etc), que ocasionan una gran distracción y la pérdida de eficiencia en el servicio. Se hace impostergable prohibir el uso de comunicación móvil durante las horas de servicio, debiendo incorporarse el incumplimiento de esta norma como falta grave. Obviamente que algunos servicios, como el de investigación criminal deben exceptuarse de esta prohibición. Paralelamente, la implementación de la red radial troncalizada se hace indispensable para eliminar el pretexto de no tener comunicación con las centrales de conducción de las operaciones.

En cuanto a las escuelas regionales, deben ser evaluadas a través de la evaluación de los sub-oficiales que han formado, a fin de comprobar si los mismos cubren el perfil diseñado para el nivel de sub-oficiales de tercera. De no ser así, y comprobarse que la media no cubre este perfil, deben recesarse estas escuelas, centralizar la formación en pocas sedes que puedan acceder a formación profesional de calidad y no seguir deteriorando el cumplimiento de una función sustantiva para la convivencia pacífica. No deben perder de perspectiva, que los sub-oficiales que vienen egresando de estas escuelas, permanecerán 30 años en el servicio policial, y la coyuntura por la cuál se abrieron estas escuelas se extenderá hasta convertirse en un mal estructural.

miércoles, 9 de abril de 2014

PREVENCIÓN: EL OTRO BRAZO DE LA PINZA (1)/ Carlos Basombrío Iglesias

Cada vez es más notorio que el Perú no cuenta con una estrategia adecuada de seguridad ciudadana. Más financiamiento, leyes drásticas y algunas operaciones aisladas exitosas no la suplen.  El deterioro es constante y la situación está cambiando cualitativamente por los niveles de violencia  y la presencia del crimen organizado.

Se necesita urgentemente consensuar e implementar una estrategia nacional de seguridad. Una que, para plantearlo en términos directos y simples, se puede comparar  con la lógica de una pinza. Es decir que requiere dos brazos que actúen simultáneamente para operar  adecuadamente sobre el problema. VER MÁS... 

LO BUENO , LO MALO Y LO FEO DE LA MINERÍA INFORMAL/ Ricardo Valdés

A propósito de los últimos acuerdos alcanzados con mineros informales  y del próximo 19 de abril en que se cierra el proceso de formalización ¿qué más podemos decir de este complicado proceso de formalización?
Lo bueno:
 Que duda cabe que en un país donde aproximadamente hasta el 35% del PBI y el 70 % de la PEA provienen de la actividad informal, la minería informal  ha sido y viene siendo una actividad válida para miles de familias peruanas que han encontrado esta forma de ganarse la vida, como otras familias lo hacen en múltiples actividades informales ligadas a la agricultura, la pesquería , la industria textil, el transporte, el comercio o los  servicios por citar unos pocos ejemplos. Nuestra dinámica económica no puede ocultar  esta verdad, ni el dinero que esta produce y moviliza.
 Por otra parte el Perú siempre ha sido un país con actividad minera ancestral y de iniciativas  emprendedoras que no siempre  se acomodaron  a la vida económica formal. Apenas hace un par de años la minería no formal era una y no se distinguía dentro de ellas a la ilegal. Las normas del 2011 recién trazaron la línea entre lo informal y  lo ilegal, al inicio de manera confusa y concentrados tan sólo en Madre de Dios,  para luego corregir su alcance a nivel nacional.
Pero ya eran miles los que estaban en esta actividad y, por lo mismo, emergieron dramáticamente los daños económicos, sociales y ambientales que hicieron necesaria su regulación. Se hacía necesario encontrar una salida y el Estado la abordó desde  lo legal y programático. Ahora contamos con normas y, en principio, con  una estrategia para enfrentar los problemas derivados de la  minería informal y  de  la ahora,   minería ilegal.
Lo malo:
El sinnúmero de problemas sociales y ambientales ( los más dramáticos) asociadas a este tipo de actividad informal son inaceptables. La explotación laboral y sexual, la trata de personas, el envenenamiento de fuentes de agua, la eliminación de bosques, la corrupción, todo tipo de tráfico ilícito y, en fin, varias lacras más han rodeado esta actividad ( como otras , incluso formales, hay que decirlo) y se hace necesario enfrentarlas con energía y con recursos, pues así como está determinado el rol persecutorio del delito, también lo están la prevención y la protección de todos aquellos que se han visto afectados por el mismo.
Hay áreas absolutamente liberadas para la delincuencia y el abuso. La explotación de niñas y niños  se encuentra documentada con  miles de víctimas (al menos más de 10,000 entre Puno y Madre de Dios). Sin embargo también se encuentra documentada la falta de presupuesto para poner en marcha las estrategias de lucha, la incompetencia funcional del Estado y el abandono que nuestro Estado  termina por hacer de sus ciudadanos  y de sus funcionarios.
La estrategia para enfrentar la minería ilegal e informal debe ser integral, debe contemplar a toda la cadena logística de provisión y comercialización para su control y regulación, así como políticas de inclusión social, de incorporación  de las familias dedicadas a la minería a otro tipo de actividad  con visión de desarrollo sostenible. Deben contemplarse también  medidas de inclusión social para todas las actividades que, como "daño colateral" , se asocian a la práctica informal e ilegal de la minería, incluyendo a todas las personas involucrados en este problema complejo.
Lo feo:
No se puede ignorar la dimensión del fenómeno social que se encuentra tras la minería informal  e ilegal. La simple respuesta represiva  desde el Estado es insuficiente, estrecha de entendimiento e hipócrita.  ¿Cómo no dotar entonces de un presupuesto especial a la lucha contra la minería ilegal o la trata de personas cuando el Estado peruano ha gastado  para  hacerse publicidad, solo  en el año 2013, 467 millones de soles?
En este negocio de la minería informal existe una larga cadena de financistas y concesionarios (mineros formales) que están dispuestos a maximizar sus ganancias con el menor riesgo posible. Ellos también se mueven entre la delgada línea de lo informal y lo ilegal. Tanto los que financian, como los que adquieren y  comercializan los productos informales, lo hacen  sin declarar muchas veces este lado del negocio.
Así , algunas empresas  mineras peruanas "prestan" sus concesiones sin importarles los niveles de explotación laboral de la informalidad, mientras  sean estas empresas las que finalmente adquieran la producción informal y se apropian del excedente del menor costo, como consecuencia de la explotación humana, controlando el precio que le pagan al minero informal.

Hay pues demasiados ángulos en este fenómeno social, demasiada gente involucrada en este negocio complejo, así como  demasiada debilidad en las políticas  del Estado y en la dotación de recursos,  como para pensar que se habrán acabado los problemas con este sector a partir del  19 de abril en que se cierra el proceso de formalización.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Una crisis política positiva.


Aunque parezca una contradicción en sí misma, la grave crisis política que se generó el viernes pasado con la mayoritaria abstención de los congresistas que supuso no darle el voto de confianza al gabinete hasta el lunes, termina siendo, visto en perspectiva, un momento positivo de la vida política peruana.
Recapitulemos lo que pasó: el gabinete Cornejo -emergido de la crisis absurda y auto generada por el gobierno, y muy en particular, por la desatinada intervención de la primera dama desautorizando a Villanueva el efímero predecesor- decidió adelantar su presentación 10 días antes de que se venza el plazo.
Todo hacía suponer que ya tenían conversados los votos necesarios para obtener la confianza en el Congreso VER MÁS

martes, 11 de marzo de 2014

Alfredo Stecher/ TRANSGÉNICOS, CIENCIA Y SALUD (3)

En lo personal recuerdo que desde mi infancia y adolescencia siempre he preferido los alimentos más naturales a los industriales, teniendo progresivamente acceso a ambos, sin ningún argumento, solo por el gusto: mantequilla frente a margarina, cocoa en vez de Milo, miel de abeja en vez de miel de maple importada, pan fresco en vez del envasado, café pasado en vez de café instantáneo, jugos de fruta en vez de gaseosas, todo lo que ahora sigo aplicando y recomendando. ¿Será instinto? Más tarde, aunque no cambiaron mis gustos, fueron las estrecheces económicas y la disponibilidad de ayuda doméstica eficiente y relativamente barata (aunque comparativamente siempre bien pagada) lo que salvó a mi familia de un exceso de alimentos industriales (cerezas y duraznos en conservas fueron durante mucho tiempo lujos ocasionales muy apreciados).
Los dos ejemplos mencionados, de alimentos industriales dañinos, de la leche para lactantes y las grasas trans, nos recuerdan el enorme, y a veces terrible, poder de las industrias de alimentos y farmacéuticas, y en general de las grandes corporaciones, no solo para influir en la opinión pública, en políticos y en campañas electorales, sino también en científicos, en muchos casos con semi conciencia de la manipulación, en otros claramente guiados solo por intereses crematísticos. No ignoro que las grandes corporaciones hacen esfuerzos económicos, en parte meritorios, al financiar generosamente a laboratorios científicos, think tanks y universidades, además de algunas revistas científicas, pero con el grave y buscado inconveniente de que éstas se sienten muchas veces obligadas a no confrontar los intereses de las corporaciones para no perder ese financiamiento. Triste, pero comprensible. Voces discordantes suelen ser amedrentadas o desacreditadas, y algunas, compradas.
Esto no significa que, por ejemplo, esos centros de investigación no realicen muchas investigaciones serias en diversos temas importantes, incluso algunas relacionadas con TG, útiles para el avance del conocimiento, siempre que sus métodos, datos y resultados sean transparentemente públicos, de modo que otros científicos puedan aprender de sus aciertos y errores y cuestionar éstos. Pero queda claro que su sesgo en algunos temas hace indispensable la investigación independiente.
Debo decir que, como todo, las grandes corporaciones no son pura maldad. Muchos de sus ejecutivos y probablemente la mayoría de sus científicos y técnicos son personas serias, calificadas y bien intencionadas, preocupadas de producir, por ejemplo, alimentos de calidad, con altos estándares de higiene, siempre innovando en busca de estimular, atender y aprovechar la ampliación de la demanda por nuevas necesidades o gustos, pero también atendiendo a preferencias crecientes por alimentos más saludables (o menos dañinos), respondiendo a su demanda por los consumidores. Los laboratorios farmacéuticos buscan medicamentos de mayor eficacia o que les den una ventaja frente a sus competidores. Porque competencia sí hay, claro que, en el caso de las más grandes, tipo oligopolio. Y, por cierto, también buscan lograr que sus productos sean comprados de manera sostenida y cada vez más, aunque sean a la larga dañinos para la salud. Para ello muchas veces minimizan y con frecuencia ocultan datos desfavorables.
La avidez de mantener o aumentar sus ganancias -estimulada y exigida por sus accionistas y por el entorno de las bolsas de valores que propician la codicia sin escrúpulos, así como el objetivo de los ejecutivos de acrecentar sus bonificaciones anuales- ante verdades incómodas, fácilmente nubla su conciencia a los bien intencionados y anula escrúpulos a los que no lo son. Hay muchísimos casos en que, a sabiendas, altos ejecutivos han decidido seguir produciendo y propagandizando algo que sabían es dañino o ineficaz.
Hay que tener en cuenta sin embargo que crímenes pasados no son prueba de delitos actuales –claro que sí indicios fuertes que no pueden ser ignorados. Aunque debería ser al revés –exigencia al menos de pruebas serias de inocuidad, independientes y por lo menos de mediano plazo-, mientras no se pruebe los riesgos asociados a los transgénicos (TG) las empresas tienen derecho a seguirlos produciendo y comercializando, y a crear cada vez más variedades. Por eso tenemos nosotros el derecho de exigir, por principio de precaución y para posibilitar la asunción de su responsabilidad personal por los consumidores, que los productos de o con TG sean etiquetados como tales. Y las autoridades competentes deben promover y financiar investigaciones independientes para comprobar o no su inocuidad.
Que ahora ya haya cientos de científicos que se pronuncian en contra de los TG y miles a favor es un indicador de la urgencia e importancia de investigar más, pero no prueba ni una ni otra posición. En ciencia la búsqueda de consensos es importante y muchas veces útil, pero haberlos logrado no es una prueba de verdad. Muchas veces ha sido un solo científico, hombre o mujer, quien ha terminado teniendo la razón contra el consenso científico imperante. Claro que también ha habido casos en los que el consenso científico no ha cambiado frente a muchos cuestionadores -a veces por error o deseos de figuración, o por búsqueda de ganancias de parte de abogados inescrupulosos dispuestos a medrar del conflicto.
Es clave tanto cultivar el respeto por la ciencia como el escepticismo frente a sus resultados, que nunca son definitivos o solo lo son dentro de determinados límites, y en los que con frecuencia hay además errores. Pero la ciencia -las diversas ciencias- nos brinda un conocimiento cada vez mayor de la realidad, de sus problemas y de posibles soluciones, y cada vez más herramientas para mejorar nuestro mundo y nuestras vidas en él, a través de un tortuoso camino de avances parciales, retrocesos y saltos cualitativos; esto no lo proporcionan las revelaciones ni los prejuicios, y menos las charlatanerías y embustes.

Me irritan por igual dos extremos de ignorancia y petulancia: de personas serias con buena formación científica que afirman, de repente, que la homeopatía es solo efecto placebo o que la agricultura orgánica es expresión de atraso e ignorancia; o, desde el otro extremo, de personas igualmente serias, que sostienen que la medicina moderna, salvo la cirugía, no aporta nada a la salud o que la agricultura convencional es solamente negativa. Quienes siguen caminos diferentes tienen que respetarse mutuamente y aprender unos de los otros– y, aunque de manera insuficiente, crecientemente lo hacen.
En el caso de la homeopatía tenemos el mejor ejemplo de la falacia de la equivalencia sustancial que las corporaciones usan como argumento: quienes la cuestionan, incluso una mayoría de médicos convencionales y científicos serios en otros temas, consideran que las gotas homeopáticas y el agua de consumo son ambas H2O y punto, lo que un análisis químico serio comprueba con facilidad. Pero ignoran que, además de la evidencia empírica seria y sistemática, de ya dos siglos, de efectos diferentes de cada medicamento homeopático, ya hay investigaciones que muestran, a escala microscópica molecular, la formación de cristales muy diferentes según la sustancia que ha impregnado características suyas al agua; así como los cristales de nieve en los copos de una misma nevada suelen ser todos diferentes entre sí. Claro que todos tienen la equivalencia sustancial de estar compuestos exclusivamente por H2O (salvo impurezas).
Es cierto que. a diluciones de potencia elevada -10000 o más- no se encuentra ni una traza de la sustancia que le da su efecto característico, pero ya que cada dilución va acompañada de agitación del líquido, en cada nivel de potencia las moléculas de agua van adquiriendo características ligeramente diferentes, a tal punto que las diluciones de más alta potencia pueden ser las más efectivas para un tratamiento. Es cierto que los medicamentos homeopáticos no curan cualquier enfermedad, como tampoco lo hacen los convencionales, pero no tienen – o mucho menos- efectos secundarios indeseables.

En 2010 un documento consensual de la OCDE estableció que la caracterización molecular por sí sola no es la mejor manera de predecir la seguridad de productos de OGM, y planteó la necesidad de una mejora continua de las técnicas y protocolos de investigación del riesgo. Hasta los caracoles avanzan.
Una alta proporción de lo que consumimos de manera generalizada tiene de manera natural o por su procesamiento componentes tóxicos, carcinogénicos o alergénicos o anti nutrientes, muchas veces desconocidos, como lo evidencian los avances, discontinuos, en su identificación. También esto hace que la sola equivalencia con lo que se conoce actualmente no garantiza que un producto no tenga, además de los mismos, otros componentes perjudiciales – claro que podría tener algunos menos. Y significa también que, si tienen niveles muy bajos, por ejemplo, de efecto alergénico, no tienen por qué no ser aprobados, así como no prohibimos el maní, las nueces o la leche de vaca porque lo tienen. Eso sí, con la obligación de indicar en la etiqueta que los contienen, aunque solo sean trazas, para que los consumidores alérgicos puedan evitarlos.
En la discusión sobre transgénicos, como sobre casi cualquier tema controversial, suele haber unilateralidades y ligerezas –a veces mentiras semiconscientes a favor de la posición preferida-, de ambos lados. Trato de contribuir lo más posible a evitarlas o contrarrestarlas.


Publicado por Grupo Agronegocios

jueves, 27 de febrero de 2014

FILANTROPÍA Y CAMBIO SOCIAL / Alfredo Stecher

En el siglo XIX, el fantasma del comunismo, ideas potentes encarnadas en los movimientos obreros y políticos socialistas, luego socialdemócratas y comunistas, estimuló enormes cambios en el sistema capitalista (aún mucho más entrelazado con rezagos feudales) y en los sistemas políticos e ideológicos que lo sostenían –y sostienen. Considero que los dos principales fueron el estado de bienestar y de regulación estatal impuesto por el canciller del imperio alemán, Bismarck, en el último cuarto del siglo XIX, que irradió hacia muchos otros países; y el Concilio Vaticano I, convocado por Pio Nono en el mismo período, así como, hacia fines del siglo, la encíclica Rerum Novarum (de los nuevos asuntos, la relación entre el capital y el trabajo), de León XIII, que dieron un giro socialmente más positivo a la doctrina de la Iglesia Católica e inspiraron el socialcristianismo.
Este fantasma fue anunciado y alimentado por el Manifiesto Comunista, de Marx y Engels, de palpitante actualidad en muchos aspectos, tanto en su denuncia de los males y abusos del sistema capitalista como en su reconocimiento de su capacidad de impulsar el progreso. Lamentablemente ellos mismos y luego Lenin creyeron que el capitalismo se había vuelto reaccionario y que solo una revolución socialista podría traer progreso. Lo que esto trajo fue la tragedia de la URSS bajo Stalin, y sus secuelas, y de Alemania y del mundo bajo Hitler.
Efectivamente el capitalismo ha estado siempre aparejado de mucha desigualdad e injusticias, pero también ha seguido trayendo consigo enormes progresos, tanto económicos como sociales. Las desigualdades, medidas con el índice de Gini, después de disminuir un largo tiempo en los países más desarrollados, han vuelto a acentuarse en las últimas décadas. Pero al mismo tiempo han ido disminuyendo a escala mundial, en la medida en que la globalización tiende a nivelar las diferencias de salarios entre los países extremos, a tal punto que actualmente muchas empresas, en vez de invertir en China o desinvirtiendo parte de lo invertido allá, están invirtiendo no solo en otros países en desarrollo sino que han comenzado a relocalizarse en EEUU. Se mantiene y sigue apareciendo mucha pobreza, pero la vida de los pobres de hoy, siendo terrible para muchísimos millones, es incomparablemente menos angustiosa y precaria que la del siglo XIX, también de gran parte del XX, y que, hace solo unas décadas, en el caso de China, India y otros países menos desarrollados.
Constatarlo no es motivo para no seguir luchando contra lacras, abusos e ineficiencias del sistema, por disminuir las desigualdades y eliminar la pobreza, pero sí es motivo para evitar retrocesos reaccionarios y caminos bien intencionados que obstaculicen las tendencias positivas o hasta consigan lo contrario.
Sigue habiendo expresiones perversas y terribles de la codicia sin fin, tan bien caricaturizada en la reciente película El lobo de Wall Street, y con consecuencias tan funestas como la crisis financiera del 2008 y la depresión desencadenada, o la parte oscura, por ejemplo, de corporaciones internacionales de alimentos, medicamentos, semillas y agroquímicos, que denunciamos. Pero una parte aún minoritaria, pero creciente, de capitalistas y ejecutivos, va adquiriendo visiones más complejas y empáticas de la realidad, en consonancia con cambios culturales generales en nuestras sociedades, y comparte la intención de generar un mundo más vivible para todos, con cambios al interior de las empresas, mayor compromiso con la calidad de sus productos y servicios, y en la responsabilidad con su entorno y con sus clientes. Mucho de eso es producto de luchas de trabajadores, consumidores, partidos políticos y diversas instituciones, en parte a través de presiones y regulaciones de los Estados, pero también de cambios en los medios de comunicación, de investigaciones y divulgaciones, y, en general, de cambios en la esfera ideológica. El liberalismo económico extremo está siendo socavado y modificado por ideas políticas liberales y sociales.

Una de las expresiones de esto es la nueva filantropía, otro fantasma (exagerando un poco) que recorre el mundo.
Desde la antigua Grecia la filantropía es el amor a la humanidad, traducido por Jesús como amor al prójimo. Como caridad y solidaridad ha estado siempre presente en todas las sociedades y estratos sociales.
Hay para ello razones sicológicas de nuestra condición humana. La generosidad hacia el extraño en problemas corresponde a algo instintivo, innato: el primer impulso ante la desgracia ajena es a la cooperación, graficada en la escena de San Martín de Tours, en el siglo cuarto, compartiendo una de sus dos elegantes capas con un indigente desnudo.
Además, el sufrimiento ajeno incomoda a la mayoría de las personas (lamentablemente no a todas) y, junto con tratar de ignorarlo, estimula a buscar hacer algo al respecto, aunque con frecuencia sean solo arranques de generosidad simbólicos o muy marginales.
Un estudio sicológico reciente ha demostrado que la empatía, en sentido amplio, produce satisfacción, activando la misma zona del cerebro que en casos de recompensa y placer, el núcleo accumbens. Es decir, también hay un componente egoísta.
En todo caso en todos los estratos sociales el amor por la humanidad o el prójimo ha sido un factor positivo, con manifestaciones diversas.
Por supuesto que, en la inmensa mayoría de personas de todos los estratos y ocupaciones sociales, el impulso a la cooperación es inmediatamente frenado por el instinto de defensa y de conservación de lo propio, que hace que solo un tipo de personas santas (no las autoflagelantes) o de líderes muy sacrificados lo hayan hecho predominar en su vida –algo no necesariamente muy fructífero- y que no sean mayoría quienes son persistentes en el impulso positivo. Pero las minorías más filantrópicas han hecho y hacen mucho por cambiar el mundo para mejor, con sus acciones y con su ejemplo.
Es cierto que las acciones buenas de algunas personas no anulan ni compensan las malas de otras, y que pueden ayudar a enmascarar lacras del sistema imperante, pero también contribuyen a generar fuerzas sociales e ideológicas que se contraponen a ellas en busca de cambios, y con frecuencia a evitar que las sociedades caigan en los extremos más macabros y perversos de espirales de la maldad y de la venganza.
La filantropía en un sentido más restringido se refiere usualmente a personas con grandes recursos que destinan parte de ellos, a veces todo, a fines benéficos, en vez de acumularlos o heredarlos. Muchas veces esto se ha expresado, en combinación con la aspiración a tener entornos más positivos y prestigiosos, por ejemplo, en ámbitos urbanos, principalmente con iniciativas para equipamientos y otros bienes públicos. Y, como todo lo humano en su complejidad, con frecuencia también para lograr indulgencias, para ganar prestigio, para vender más, para ostentar poder, para lograr lealtades políticas, etc.
El mecenazgo, desde la Antigüedad y renacentista, nos ha legado muchas obras de arte maravillosas, teniendo por objetivo inmediato principalmente la satisfacción de las ansias artísticas de los soberanos y sus cortes, y, en gran medida, la función de consolidar un poder simbólico fundamental para su hegemonía. Ha ido evolucionando hacia tener también como objetivo el proveer a la sociedad de bienes públicos, como museos, bibliotecas abiertas, centros de artes musicales, instituciones educativas y de investigación, piscinas y baños públicos, entre otros.
La nueva filantropía expresa el sentimiento empático, generalmente combinado con diversas otras motivaciones, en un nuevo contexto intelectual. Simplificando, la filantropía se ha expresado siempre en la ayuda al prójimo con algún aporte desde la situación personal lograda, a escala limitada, o abandonando ésta, para ayudarlo compartiendo sus penurias y/o sus luchas. Desde el siglo XIX, aparte del mecenazgo, se expresaba además en acciones para formar o fortalecer instituciones progresistas, particularmente en la educación y cultura. La nueva filantropía busca transformar en parte la conciencia social y aspectos de la realidad, directamente o promoviendo lo replicable por otros, o resolver problemas de los menos favorecidos a mayor escala, muchas veces internacional, para mejorar las condiciones de vida y las capacidades de producción. Y esto no solo de parte de empresarios acaudalados sino también de profesionales y artistas económicamente exitosos.
Impresionado por la enorme cantidad y variedad de filántropos en la actualidad, y la poca conciencia acerca de su importancia para el mundo, me propongo ir mencionando ejemplos para contrarrestar esa falencia. No nos debemos alimentar solo de noticias y denuncias sobre crisis, guerras, terror y abusos, que por cierto sí hay que combatir. Debemos ir fortaleciendo una cultura de optimismo constructivo, ver el vaso medio lleno, sin ignorar y sin dejar de denunciar que también está medio vacío, pero también promoviendo conciencia de que es más fácil que se vacíe a que se llene más.

lunes, 24 de febrero de 2014

Alfredo Stecher/ TRANSGÉNICOS, CIENCIA Y SALUD (2)

El informe de Seralini en 2012 sobre su investigación de 2 años (ampliación de su estudio inicial de 9 meses en 2007) con ratas alimentadas con dietas que contienen maíz transgénico de Monsanto, con y sin el herbicida Roundup y solo con Roundup (glifosato), señala que las ratas hembras en el grupo tratado murieron más temprano y con mayor frecuencia que las del grupo de control, y también desarrollaron tumores mamarios más tempranamente (que podrían transformarse en cáncer). Los machos mostraron niveles de congestión y necrosis de hígado más elevados y nefropatías de riñones. Los autores subrayan que el 76% de los parámetros bioquímicos alterados estaban relacionados con los riñones. Concluyen que son necesarias más investigaciones. Algo totalmente razonable.
Seralini considera, con razón, que la reacción de EFSA reivindica su investigación. Resumo aquí sus comentarios ante la controversia generada, en que refuta las acusaciones más frecuentes:
·         Frente a quienes lo consideran un estudio de cáncer mal diseñado, Seralini sostiene que es un estudio de toxicidad crónica, explícitamente no de carcinogénesis.
·         Afirma que es el único estudio de largo plazo del maíz NK603 y del pesticida Roundup, con el que éste está asociado.
·         El estudio usa la misma variedad de ratas usada por Monsanto, que es además la más comúnmente utilizada en ese tipo de investigaciones. Esta variedad tiene una propensión similar a la de los humanos a desarrollar tumores, que aumenta con la edad, por lo que es también la variedad preferida y recomendada de investigaciones sobre carcinogénesis.
·         Utilizó el mismo número de ratas que los estudios de la industria, solo que por dos años en vez de cinco o seis semanas, distinguiendo los efectos del TG de los del pesticida y midiéndolos con mayor frecuencia que Monsanto.
·         Si su estudio no prueba que el TG testeado es peligroso, con mayor razón hay que aceptar que los estudios de la industria no pueden probar que sea seguro.
·         Los tests habituales más cortos no duran lo suficiente para ver efectos de largo plazo como tumores, daño de órganos y muerte prematura. Los primeros tumores recién aparecieron después de cuatro a siete meses de la investigación.
·         Tanto la industria como los reguladores se equivocan al no considerar biológicamente significativos los efectos tóxicos encontrados en los estudios de Monsanto.
·         Son numerosos los estudios que muestran efectos tóxicos de los TG en animales de laboratorio y de granja y del Roundup (el glifosato de Monsanto) en su sistema endocrino.
Seralini informa que el costo de su investigación ha sido de 3,2 millones de euros.
Hasta aquí Seralini.
Partidarios de los transgénicos denuncian que el financiamiento a Seralini proviene de entidades ambientalistas –David contra los gigantes, lo que, sin que descalifique su investigación, refuerza la exigencia de estudios independientes.
La antes mencionada declaración de nueve científicos de diferentes países en apoyo a Seralini comienza señalando graves antecedentes de hostigamiento a científicos que han publicado estudios de riesgos de alimentos transgénicos (claro que eso no se da solo respecto de los TG). Recuerdan que por ello en 2009 veintiséis entomólogos especializados en maíz recurrieron al inusual mecanismo de enviar a la Agencia de Protección Ambiental de EEUU una carta de queja anónima respecto de la negativa de la industria de TG de permitir el acceso a TG para investigación (ésta se reserva derecho de decidir para qué pueden ser usados sus TG). Ante la presión generada, la industria suavizó ligeramente su posición restrictiva.
Informan que las reseñas en los más prestigiosos medios de difusión científica (Science, New York Times, New Scientist, Washington Post) sobre el artículo de Seralini uniformemente dejaron de balancear críticas al estudio con expresiones de acuerdo o apoyo, minimizándolas u omitiéndolas. Y señalan que muchos científicos publican artículos contrarios con falacias diversionistas, medias verdades o incluso mentiras, cuyo efecto –y a veces objetivo- es sembrar confusión.
Indican que las autoridades –como EFSA, EPA y FDA- tienen una responsabilidad importante al aprobar protocolos de investigación deficientes, con poco o ningún potencial de detectar consecuencias adversas de los TG, exigir pocos experimentos, y éstos solo a cargo de las propias corporaciones o de agentes suyos.
Consideran que los gobiernos se han acostumbrado a usar la ciencia cuando les conviene. Ponen como ejemplo al gobierno de Canadá que, después de haber encargado a la Sociedad Real de Canadá un estudio sobre TG, básicamente ignoró sus recomendaciones.
Señalan que todo esto erosiona la confianza pública en la ciencia y en las instituciones y expone a riesgos a la población. Subrayan, y coincido plenamente, que la confianza pública y la salud humana son dos valores que tenemos que cuidar.
Un problema que encontramos en todo lo relacionado con alimentos es la llamada equivalencia sustancial, que significa que un nuevo alimento o componente de alimentos es considerado sustancialmente equivalente a su similar de origen natural si tiene la misma composición química, y se concluye que por lo tanto puede ser tratado de la misma manera respecto de su seguridad. La industria usa este argumento para evitar que los nuevos genes sean considerados aditivos, lo que obligaría a más estudios y a su mención en las etiquetas.
Esto recuerda la eficaz y perniciosa propaganda de las empresas de lácteos para bebés, indicando que eran equivalentes e incluso superiores a la leche materna, inicialmente quizá de buena fe. La mayoría de los médicos, también de buena fe, hacía suya esa afirmación ingenua o mentirosa, y las empresas bombardeaban a las lactantes desde el hospital o clínica con muestras gratis para inducir el consumo. En algunos sitios lo siguen haciendo. Ha tomado décadas de campañas de científicos responsables y ciudadanos y políticos preocupados el desenmascarar ese error y luego engaño fundamentado en estudios científicos de las corporaciones.
Por supuesto que la existencia de leches industriales más apropiadas para lactantes que la de vaca es un beneficio para madres que no producen suficiente leche –o ninguna, como fue el caso de mi madre, lo que me hizo más propenso a enfermedades infecciosas, pero reemplazar la leche materna por ella es un crimen. Y también para después del destete –ojalá siempre lo más tardío posible.
Tenemos también el caso de las grasas trans artificiales, que de repente han resultado ser, de modo generalizado, sustancias dañinas a ser evitadas, pero que durante décadas han sido usadas (y siguen siendo usadas, en proporción felizmente decreciente) en la fabricación de alimentos, a pesar de crecientes advertencias sobre los peligros que entrañan para la salud.
Las grasas trans aparecen, también en la cocina casera y de restaurantes, con el calentamiento de alimentos a altas temperaturas, en particular con las frituras. En la industria se derivan de hidrogenar las grasas y solidificarlas, para transformarlas, por ejemplo, en la antes supuestamente tan saludable margarina, y para agregarlas a muchos otros productos con miras a mejorar su consistencia y sabor (para aumentar su atractivo para los consumidores) y facilitar su conservación. Así aparecen, con una alta concentración, en muchas galletas, dulces y alimentos congelados, como pasteles y pizzas, entre otros. Incluso en la década del 80, habiendo ya muchas voces críticas desde la ciencia, la industria hizo campañas a favor de las grasas trans como buenas frente a las saturadas –como la manteca- que serían malas (resultaron ser menos malas que las trans).
El consumo de alimentos con grasas trans obstaculiza el paso de nutrientes de y hacia las células y aumenta las lipoproteínas de baja densidad (LDL), o colesterol "malo", lo que eleva fuertemente el riesgo de enfermedad coronaria. Es probable que favorezca la generación de cáncer.
Ya en 1978, hace 35 años, una investigadora norteamericana de lípidos, Mary Enig, fue la primera en publicar datos relacionando el consumo de grasas trans con problemas cardiovasculares y cáncer, solitariamente en contra del amplio consenso científico y médico -expresado en investigaciones, publicaciones y su financiamiento-, que más bien recomendaba el consumo de margarinas en vez de la denigrada mantequilla. Como relata la autora en un ensayo, representantes y asesores de Kraft Foods y Unilever, obviamente preocupados por el prestigio de la ciencia, la visitaron para pedirle que se retractara.
Poco después un investigador de Harvard, interesado en averiguar la verdad, inició un estudio de ocho años de la alimentación de 85000 enfermeras. Encontró que quienes habían consumido más grasas trans habían aumentado el riesgo de una enfermedad cardiaca.
Siguieron décadas de controversia, y poco a poco más científicos y políticos fueron aceptando las evidencias, frente a la tenaz resistencia de la industria y sus científicos, ante campañas de personas e instituciones del mismo tipo que ahora tan “irresponsablemente” cuestionan a los transgénicos. Recién el año pasado la FDA recategorizó las grasas trans artificiales y expresó su intención de prohibirlas o de obligar a disminuir drásticamente su proporción en los alimentos. Y ya son prohibidos en varios estados.


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miércoles, 19 de febrero de 2014

Alfredo Stecher/ TRANSGÉNICOS, CIENCIA Y SALUD (1)

Personalmente no me opongo por principio a la manipulación transgénica, expresión de avances en la ciencia, que siempre tienen potencial de aplicaciones de luz y de sombra. Si algún día, en el futuro, un conjunto de investigaciones científicas independientes demuestran que hay transgénicos cuyo consumo no implica un riesgo significativo ni para los humanos ni para el ambiente, lo aceptaré. Pero considero que, al menos en el actual nivel de desarrollo de la transgénesis, de ninguna manera pueden ser considerados seguros los TG en general, porque, con los complejos e imprevisibles cambios que la transgénesis genera a nivel proteico, los efectos en la salud son imprevisibles y requieren de investigación de largo plazo, que incluya estudios epidemiológicos, y, por supuesto independiente de los intereses económicos detrás. Estas condiciones no están dadas actualmente para ningún TG.
Por ahora me concentro en tomar posición respecto de investigaciones y estudios actuales que evidencian la existencia de riesgo en varios de los transgénicos de mayor producción y demuestran que su seguridad para la alimentación es al menos muy dudosa, definitivamente no comprobada, y que, por lo tanto, debe ser aplicado el principio de precaución.
Este tema toca las responsabilidades tanto de las corporaciones como de científicos fuera de ellas y de las autoridades.
¡En cuántos casos ha sido considerado algo como seguro que luego resultó dañino o incluso mortal!
Baste recordar el tabaco, defendido durante muchas décadas por las tabacaleras como inocuo. Tomaré solo un ejemplo adicional pertinente: durante décadas el policloruro de bifenilo (con Monsanto como su mayor productor) fue muy útil a la industria por su estabilidad química, por no ser inflamable y por otras propiedades muy útiles, usado en instalaciones eléctricas y en agroquímicos. Sus efectos dañinos fueron denunciados desde la década del 30 y la industria se resistió durante décadas a admitirlo. Recién fue prohibido a partir de la década del 70, en que había alcanzado su máxima producción anual, 700 mil toneladas. Ha causado y sigue causando inmenso daño a la salud de millones de personas, en especial a fetos, con consiguiente disminución intelectual, además de carcinogénesis y daño hepático, y daños a toda la cadena trófica, en especial de ríos y marina. Al degradarse en desechos es altamente volátil y permanece durante siglos en el agua y sedimentos (según la agencia de las NNUU es uno de los doce contaminantes más peligrosos).
También tenemos otro tipo de controversias científicas, la relativa a la contribución humana al cambio climático, que después de décadas de estudios y discusiones ha sido universalmente aceptada –excepto por muy pocos científicos.
Hay casos contrarios, no pocos, en los que algunos científicos han alertado sobre riesgos que luego resultaron no comprobados. Un caso es el del timerosal, sustancia con mercurio usada para la conservación de vacunas, en particular la hexavalente para niños, motivo de campañas internacionales en contra. En Chile acaba de ser vetada por la Presidencia una ley del Congreso prohibiendo su uso, considerando que no existe evidencia científica que pruebe las acusaciones de que puede provocar autismo y que prescindir de esta substancia encarecería notablemente la provisión de vacunas a la población. Incluso si, aunque improbable, algunos casos de autismo llegaran a ser relacionados convincentemente con el timerosal, muy triste para los afectados y sus progenitores, el beneficio de la vacunación accesible para millones de personas aconsejaría seguirlo usando, hasta que haya otro componente que cumpla la función de preservación a un costo comparable. No usar timerosal implicaría un costo significativamente más alto de las vacunas. Hasta donde puedo entender el tema, parece que el Ejecutivo tiene la razón.
Hace unas semanas me topé en Google con un artículo muy serio sobre la controversia desatada respecto de la investigación del doctor Gilles-Eric Seralini (biólogo molecular francés) y su equipo, sobre alimentación de ratas con maíz NK603 tolerante al herbicida glifosato (Roundup), una de las variedades TG más cultivadas. Un investigador alemán, Hartmut Meyer, de la Red Europea de Científicos para la Responsabilidad Social y Ambiental (ENSSER), Alemania, y Angelika Hilbeck, del Instituto de Biología Holística (IBZ) del Instituto Federal Suizo de Tecnología, y presidenta de ENSSER, informan de su estudio comparativo de métodos aplicados por Seralini, Monsanto y otras 21 investigaciones con alimentación de ratas y de estándares de evaluación de riesgo de éstos aplicados por los investigadores y por la Autoridad Europea para la Seguridad Alimentaria (EFSA). Ambos declaran no tener conflicto de intereses.
El estudio me aclaró algunas dudas y me animó a tocar el espinoso tema Seralini, motivo de encendidos debates entre científicos a favor y en contra. Cuando una semana después quise guardarlo, no pude encontrarlo, a pesar de una larga búsqueda, porque no recordaba los nombres ni el título exacto. Esto me hizo pensar en la conocida manipulación de ubicación de artículos en Google que realizan algunas empresas a través de otras que la tienen como uno de sus servicios.
Finalmente logré ubicarlo por medio de su mención y de un link al final de una declaración de apoyo a Seralini, de inicialmente nueve científicos de diversos países. Para interiorizarlo mejor y para quienes lo aprecien (y me lo pidan) he hecho un resumen extenso en castellano.
Las conclusiones centrales de este cauteloso estudio son que ninguna de las investigaciones es concluyente y que los problemas detectados por Seralini y otros hacen necesarias y urgentes más investigaciones de larga duración y totalmente independientes de las grandes corporaciones de las industrias de semillas, pesticidas, alimentos y medicamentos; que los estudios de Monsanto son más limitados que los de Seralini; y que hay una gran responsabilidad de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) que ha aplicado un doble estándar favorable a Monsanto al aceptar las investigaciones de ésta y no la de Seralini. Critican una parte de la metodología de Monsanto como carente de rigor científico y de justificación legal en el sistema de la Unión Europea para declarar biológicamente irrelevantes las diferencias estadísticamente relevantes entre organismos genéticamente modificados y sus progenitores -organismos de los que se derivan.
Como reacción al debate suscitado, la Comisión Europea decidió proveer fondos para un estudio propio de dos años respecto del maíz NK603, y la EFSA emitió una nueva guía para investigaciones de alimentos con ratas, más exigente, que los autores consideran positiva, aunque encuentran en ella algunas limitaciones. Además decidió dar a conocer en Internet todos los documentos relacionados con la evaluación de riesgo, lo que incluye el informe técnico de Monsanto sobre su estudio de 90 días. Monsanto ha contribuido publicando sus datos primarios. Lamentablemente esto no incluye los de seguridad respecto del glifosato por ser la confidencialidad una regla general para datos de pesticidas. Algo que me resulta curioso. Seralini al parecer aún no ha publicado sus datos primarios.
En 2013 la prestigiosa revista Food and Chemical Toxicology, que había publicado el artículo de Seralini tras su revisión por pares, decidió retirarlo con el pretexto de tener resultados no concluyentes -argumento que invalidaría a muchos otros artículos publicados por ellos mismos-, pero reconociendo no haber encontrado evidencia de fraude o tergiversación de los datos. Publicar estudios no concluyentes, una práctica muy frecuente, estimula la contribución de otros científicos.
Claire Robinson, de GM Watch, anota que la retractación de la revista había sido precedida del nombramiento de Richard E. Goodman, ex investigador de Monsanto, integrante del International Life Sciences Institute, en el recién creado puesto de editor asociado para biotecnología. Imparcialidad garantizada.


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viernes, 7 de febrero de 2014

Alfredo Stecher/ DISCREPANCIA SOBRE TRANSGÉNICOS (III)

Toco en este tercer artículo la ya mencionada entrevista reciente del doctor Alexander Grobman a Materia, revista informática, en Bogotá, en la que aparece con claridad su óptica frente a los problemas asociados con los TG.
¿Por qué dedico tanto espacio y tiempo a las afirmaciones del doctor Grobman? Porque es el más destacado representante de los defensores de los TG en nuestro país.
El doctor Grobman dice con mucha razón que hay un margen de riesgo que tenemos que asumir con cada tecnología que utilizamos, que ninguna tecnología tiene riesgo cero y que la sociedad tiene que aceptar un nivel de riesgo determinado de acuerdo a un beneficio. También coincido en que no podemos esperar a ver cuál es el posible riesgo a cien años.
El ejemplo que pone al respecto sin embargo no favorece su argumentación sobre los TG. Dice que nadie sabe qué va a pasar de aquí a un siglo con la telefonía inalámbrica, pero que sí sabemos cuáles son los beneficios. Esto es cierto. Pero resulta que, después de haber sido declarados seguros los celulares, a pesar de muchas prevenciones iniciales, con base en investigaciones con ratas e incluso estudios epidemiológicos, últimamente han ido en aumento las alertas. Incluso la cauta Organización Mundial de la Salud, después de una nueva revisión de lo publicado en la década previa sobre experimentos y análisis epidemiológicos, recomienda desde hace más de dos años evitar su uso por niños y su aplicación directa al oído, recurriendo a auriculares, y cautela general, lo que incluye, por ejemplo, su uso como despertador cerca de la cama, por precaución ante posibles efectos cancerígenos, en especial en el cerebro – en un nivel intermedio de cinco niveles de riesgo, a la par con plomo y gases de motores. Se considera que éste aumenta con mayor tiempo y cercanía de exposición así como por intensificación de las ondas en espacios muy cerrados, tales como ascensores y subterráneos, y a temperatura más elevada de los aparatos. Muchos productores de celulares transmiten esas recomendaciones en sus instrucciones de uso. Que haya muchos elementos más riesgosos presentes en nuestra vida diaria no es motivo para no cuidarnos lo más posible de aquellos en que el riesgo nos es conocido y posible de evitar o minimizar.
Tenemos como sociedades la obligación de hacer una evaluación de los riesgos y de la relación costo – beneficio de cada nueva tecnología independientemente de los intereses económicos de quienes las producen y de monitorear los riesgos que van apareciendo en la práctica, de modo de contrarrestarlos y de evitar los que son socialmente inaceptables; y que cada consumidor pueda decidir si está dispuesto a asumir, para sí y sus hijos o allegados menores, el riesgo autorizado ya conocido. Velar por esto corresponde al Estado, y a las organizaciones de defensa de los consumidores vigilar su cumplimiento. Ello exige, en el caso de los TG, la indicación en la etiqueta de los productos que los contienen.
No sé si es cierta la afirmación de Grobman de que tenemos moratoria de TG porque el presidente Humala la había prometido en la campaña electoral sin saber de qué hablaba y por eso ha tenido que cumplirlo. Lo que sí sé es que responde a una creciente presión de parte de los consumidores, a las exigencias de las organizaciones de consumidores y de las entidades ecologistas y de la producción orgánica, y al mejor interés de nuestra sociedad y nuestra economía.
En cuanto a la salud, él y otros han ridiculizado la investigación del equipo de Gilles Eric Seralini sobre daño grave por maíz TG NK603 en ratas, que efectivamente no es concluyente, pero lo es bastante más que las investigaciones a favor realizadas por Monsanto y por numerosos otros investigadores, que han llevado a algunos organismos internacionales a declarar a algunos TG, incluida esa variedad de maíz, como seguros. Esto lo ampliaré en otro artículo.
Grobman no entiende la demonización de Monsanto y justifica la actuación empresarial con que tienen muchos accionistas con derecho a un ingreso, como lo tienen otras compañías. En verdad ¡qué pena nos deben dar también los accionistas de las empresas que fabricaban casas con asbesto o medicamentos con talidomida y que sufrieron enormes pérdidas –después de haber ganado muchísima plata- cuando se evidenció también judicialmente el enorme daño que causaban, y que había sido denunciado con pruebas mucho tiempo antes! ¡O de las tabacaleras cada vez más limitadas por prohibiciones y obligación de etiquetado de alerta en su ejemplar lucha por mantener la industria, según ellos, principalmente para satisfacer a los consumidores y mantener el empleo en la producción de tabaco! Conmovedor. Y siguen ganando muchísima plata.
Grobman afirma, también con razón, que en todos los países, mediante un sistema de genética convencional, se han ido cambiando las variedades, y menciona que en Europa ya no se encuentra nada de los trigos antiguos del siglo XIX, que todo son variedades mejoradas. Que se ha perdido la diversidad, pero se ha beneficiado la gente con un mayor rendimiento y –agrego-, legítimamente en principio, a las empresas creadoras de las variedades comerciales sobrevivientes-. Olvida decir que eso ha ocurrido en un tiempo en que había mucha menor conciencia de la importancia de la biodiversidad, y es obvio que lo que se hizo con conocimientos y criterios mucho más limitados y en parte incorrectos no es una buena razón para que hagamos lo mismo. Quién sabe qué mejoras se podría hacer en los trigos actuales si siguieran existiendo esas variedades.
Es aún materia de más investigación y deliberación si, por ejemplo, el maíz TG es una amenaza para las variedades cultivadas y silvestres (propias de nuestro carácter de país originario), pero está fuera de discusión que la conservación de nuestra biodiversidad es importante para nosotros mismos y como servicio a la humanidad. A ese respecto Grobman y otros han hecho enormes aportes que valoro, en la forma de estudios y de bancos de germoplasma y de genes. No debería borrar con la izquierda lo que hizo con la derecha (o viceversa).
Grobman caricaturiza las decisiones de la Unión Europea sobre prohibiciones y restricciones a los TG. Según él se deben (solo) a cuestiones políticas, a la fuerza de los partidos verdes, además de intereses de la industria química para vender más pesticidas. ¡O sea que las grandes empresas ejercen presiones! Se permite aludir a que las ONGs mueven mucho dinero y que hay también ciertos grupos empresariales que patrocinan los cultivos orgánicos, lo que reconoce como legítimo –yo también.
Parece ignorar el muchísimo dinero que corre en Estados Unidos y también en Europa y las presiones a favor de los transgénicos, en el Gobierno y en las instituciones de investigación. Un típico caso de ver la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio.
Y parece no saber que las normativas europeas son en general más exigentes en materia de seguridad nutricional, sanitaria y ambiental que las de otros países, en particular Estados Unidos, aunque lamentablemente bastante laxas en el caso de los TG.
Grobman señala que en Europa los agricultores son más ineficientes y que la UE equilibra estas ineficiencias con los subsidios, que equivalen al 50% de su presupuesto total. Curiosamente los agricultores norteamericanos, efectivamente en promedio más eficientes por la mayor escala y la organización empresarial más moderna de su agricultura, siguen recibiendo enormes subsidios, también los que producen con TG – y eso reconocidamente por una combinación de presiones políticas y de una preocupación por mantener la capacidad productiva nacional que no está en condiciones de poder competir en el mercado abierto sin esos subsidios.
Extiende a nuestro país su afirmación de que se mueve mucho dinero en contra de los TG, afirmando que quince ONGs internacionales tienen gente pagada a tiempo completo. No sé si eso es cierto, sí que sería legítimo, pero me consta que muchas de las personas que yo conozco que más han luchado y siguen luchando por una efectiva moratoria a los TG lo hacen por convicción y casi ad honorem.
Dice no tener ningún conflicto con que empresas estén en el negocio orgánico, y que si la gente quiere pagar dos o tres veces más eso es su problema. Efectivamente es nuestro problema, pero es problema de Grobman exagerar tanto la diferencia de precios. Es cierto que el mayor precio es frecuente, y corresponde al mayor costo y mayor beneficio, pero suele no sobrepasar un 10 o 20% y en muchos casos ser inexistente, de modo que la mayoría de agricultores están en lo orgánico por convicción y no solo por interés económico.
Él plantea que su problema está en que se haga una campaña contra ellos (él y otros, se entiende) diciendo que son malos. Es cierto y lamentable que haya ataques a personas, pero los defensores más serios de los derechos del consumidor y de los productos orgánicos nos basamos en argumentos y no en descalificaciones personales.

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viernes, 31 de enero de 2014

DISCREPANCIAS SOBRE TRANSGÉNICOS (2)/ Alfredo Stecher

En este artículo voy a tocar los comentarios que hizo el doctor Alexander Grobman al mío de setiembre, en esta misma publicación.
Aclaro mi posición personal en el sentido de reconocer la manipulación genética como un avance científico, con resultados ya importantes en materia de medicamentos, y de no tener un rechazo de principios a los transgénicos en agricultura. Sí busco contribuir a la salvaguarda de los derechos de los consumidores a conocer los riesgos y a decidir sobre los que están dispuestos a asumir, a que el nivel de riesgo esté respaldado científicamente por investigaciones independientes, a que se evite o prevenga riesgos ambientales, a que los agricultores no se perjudiquen por prácticas abusivas y a que nuestro país con su agricultura saque el máximo provecho de sus fortalezas.
Coincido con Grobman en que en mucha gente hay temor frente a lo desconocido, en parte irracional, lo que hay que contrarrestar, y que es muy frecuente una actitud de desconfianza o de hostilidad hacia la ciencia y los avances tecnológicos, basada en prejuicios y desconocimiento. Aprecio que Grobman esté incluyendo la agricultura orgánica entre los aportes para encarar los grandes retos del mundo moderno. Concuerdo en que hay problemas frecuentes en la agricultura convencional mal aplicada, que es con frecuencia mucho más nociva que lo que se teme razonablemente de los transgénicos. Las buenas prácticas agrícolas, impulsadas también desde Global Gap (organización internacional de las mayores empresas de comercialización de alimentos al por menor, que BIOLATINA también certifica) y otras instancias, contribuyen mucho a disminuir los daños que puede causar la agricultura convencional. Esto es un avance atribuible a los cambios culturales positivos en el contexto de la globalización.
Estoy muy de acuerdo con la importancia y con los éxitos del fitomejoramiento convencional, por selección e hibridación, al que ha aportado mucho Grobman en su larga carrera, y que incluye la obtención de variedades más resistentes a plagas, sin necesariamente incorporar el factor Bt, y más resistentes a factores ambientales negativos. Si nos hemos estancado en ello no es por cierto por los transgénicos (TG) ni por la agricultura orgánica, sino por ignorancia, miopía, desidia, politiquería y populismo de muchas de nuestras autoridades, que durante décadas han descuidado terriblemente o hasta destruido gran parte de nuestras tan necesarias capacidades de investigación aplicada en agricultura.
Pero estoy en desacuerdo con afirmaciones específicas del doctor Grobman con relación a los TG. Y lamento que trate de descalificar mis argumentos diciendo que obedecen a un interés evidente, por ser presidente del directorio de una certificadora ecológica, interés coherente y legítimo. Por cierto promuevo tanto la agricultura orgánica en general como BIO LATINA en particular por la misma razón de estar convencido de su carácter positivo para nuestra agricultura y nuestra sociedad y economía. Pero insisto en que mis opiniones son personales y no necesariamente coincidentes en todos los aspectos con la normativa orgánica internacional que BIO LATINA aplica fielmente. Destaco que esa normativa es fruto de discusiones científicas y decisiones democráticas tanto en el seno de IFOAM, el movimiento internacional de agricultura orgánica, como en diversas instancias internacionales. Respondo a los argumentos de Grobman y no lo descalifico a él por sus responsabilidades empresariales.
La moratoria a los TG y la obligación de etiquetado no son producto de fundamentalistas, aunque los haya entre sus defensores, sino principalmente de personas responsables pensando en los beneficios para el país incluidas, por supuesto, personas que producen, comercializan o consumen conscientemente productos orgánicos, por convicción y por las reglamentaciones internacionales que siguen. A su generación ha contribuido el Centro Ideas, la ONG de promoción del desarrollo, con 35 años de actividad ininterrumpida, de la que he sido cofundador y presidente y en la que soy miembro del directorio.
En un artículo anterior había sostenido que a nuestro país le conviene la moratoria de TG porque respalda nuestra posición comercial en Europa tanto para productos orgánicos como para la mayoría de los convencionales producidos bajo buenas prácticas, y, crecientemente, también en los Estados Unidos así como en otros países que tienen un porcentaje significativo o hasta mayoría de consumidores que desconfían de los TG. Nuestra geografía agrícola no es propicia para los TG, cuyas principales versiones comerciales actuales normalmente requieren de grandes extensiones de tierras de condiciones relativamente homogéneas para ser rentables.
Y la obligación de etiquetado de los productos importados con insumos TG es una respuesta a la legítima demanda de los consumidores de poder decidir si desean o no exponerse a los riesgos conocidos de estos. Esto significa un pequeño costo adicional para las empresas que los producen, normalmente de gran tamaño y poder económico. Lamentablemente aún no ha sido reglamentada debido a resistencias y desidia en el Ministerio de Agricultura y SENASA.
Claro que un rechazo creciente a los productos con TG puede llevar a una disminución de su participación en el mercado, pero ¿no sería eso resultado de las ventajas de la libre competencia en una sociedad con libertad de elección de los consumidores, que efectivamente es un modelo deseable cuando realmente funciona?
Si estudios verdaderamente independientes de las transnacionales de semillas, alimentos y medicamentos, y por un plazo adecuado, llegaran a demostrar con certeza razonable –nunca total- que los TG en general o algunos en particular no causan daño a la salud ni a la ecología, podremos cambiar nuestra opinión como país y no renovar la moratoria.
Grobman, también Monsanto, plantean correctamente el distanciamiento físico y fisiológico entre cultivos para evitar cruzamientos no deseados, pero no consideran el transporte de polen y semillas por viento, insectos y aves, lo que ha sucedido incluso a distancias considerables, y tampoco el problema real de malezas cercanas que, según varios estudios, en algunos casos ya se han convertido en supermalezas resistentes al glifosato.
Grobman toma a la ligera el problema de la resistencia creciente a los glifosatos. Según él, siempre se ha tenido una respuesta a las resistencias con algún nuevo producto o una nueva variedad lo que, a juzgar por el paralelo con los antibióticos, dista de ser fácil y, aunque puede luego ser muy rentable para una transnacional, antes ha podido arruinar a muchos agricultores.
En su comentario relativo a la salud, solo señala, con razón, que hay herbicidas aún más tóxicos que el glifosato y que una parte del daño que causa este se debe a excesos en su aplicación, que además son económicamente contraproducentes para la empresa agrícola. En la realidad es altísimo el porcentaje de agricultores que no cumplen con las recomendaciones técnicas. Y esto no desmiente para nada los estudios sobre consumo de lo producido aún con las mejores técnicas, que indican la existencia de daños severos en ratas de laboratorio –que, como había señalado, sin ser concluyentes, son serios y preocupantes.
Los temores de consumidores y las prevenciones de científicos y autoridades respecto de los TG también tienen otros componentes muy racionales, dados los antecedentes de grandes corporaciones, incluidas las alimentarias y de medicamentos, de ocultamiento de los riesgos de sus productos y de manipulación de políticos y de los mercados para mantener sus ganancias. Es cierto que hay un sesgo anti Monsanto, pero también que es la principal y emblemática, aunque no única, gran productora de transgénicos y que tiene un historial poco envidiable al respecto.
Es bastante confuso lo que Grobman dice en su comentario respecto del hambre en el mundo y lo que absurdamente llama posición chic mía. Atribuye la mayor demanda y el déficit de alimentos a escala mundial, además del despilfarro, a la superpoblación (como Malthus –más adecuado es decir aumento de la población), al cambio en hábitos de consumo, desastres naturales, incremento de plagas y enfermedades, etc., y menciona al cambio climático, todo lo cual es importante. Pero obvia la contribución a esto de la agricultura moderna en enormes extensiones, crecientemente con TG, en muchos casos previa deforestación, que es disruptiva para la pequeña producción campesina y prioriza la producción agrícola para alimentación de ganado y para la avicultura, la forma menos eficiente de alimentación humana en materia de consumo de energía y agua, así como para producir etanol, combustible cada vez más cuestionado por razones ambientales.
Destaco que según la FAO cada año se pierden unas 1300 millones de toneladas de alimentos, por un valor estimado de 750 mil millones de dólares, en toda la cadena de producción, comercialización y consumo, y que, en opinión de un experto de la FAO, con un cuarto de esos alimentos se podría alimentar a los más de 800 millones de personas que padecen hambre en el mundo (sin necesidad de TG y sin aumento de la superficie agrícola). Esto es otro argumento importante a favor de la precaución, para evitar riesgos innecesarios.

Publicado por Grupo Agronegocios digital.