jueves, 8 de agosto de 2013

TRANSGÉNICOS Y PRECAUCIÓN / Alfredo Stecher

Los transgénicos, organismos modificados por medio de ingeniería genética, son un tema candente: en los extremos, unos creen – o fingen creer, según el caso - que con ellos están salvando a la humanidad de las hambrunas, otros consideran que afectan la salud de las personas y la biodiversidad; algunos solo defienden sus extraordinarias ganancias como productores o comercializadores de semillas transgénicas; y muchos se han acostumbrado a producir con ellas, y han obtenido temporalmente buenos resultados económicos –no todos-, o han perdido la capacidad de producir sin ellas, un efecto indeseable. Otros las respaldan o cuestionan desde la política, por convicción o por responder a presiones económicas o sociales. En todo caso el mundo agrícola y alimentario ha cambiado mucho con ellas y es imperioso tomar posición fundamentada.
No hay cambio, ni iniciativa, ni creación, que no tengan su reverso. Como en muchos otros campos, no es que los “buenos” estén a un lado y los “malos” al otro. Pero sí hay argumentos científicos más fuertes en uno que en otro sentido y es necesario entender los efectos reales, favorecer el predominio de lo positivo y protegernos de lo malo, al margen de cuán buenas o no puedan ser las intenciones detrás. Es importante analizar los problemas desapasionadamente, sin demonizar aquello con lo que discrepamos, algo que solo contribuye a crear y fomentar fundamentalismos.
Debe quedar claro: no es que lo natural sea siempre bueno y lo modificado por el ser humano sea malo. Muchísimas cosas naturales solo son buenas o son mucho mejores gracias a modificaciones por los humanos. Hay frutos y tubérculos que solo son comestibles tras su cocción u otro procesamiento, hay plantas que son un prodigio una vez que se ha eliminado un componente dañino; la mayor parte del agua en estado natural tiene patógenos orgánicos y, en algunos casos, contaminantes minerales. El mundo sería irreconocible e invivible para la humanidad actual sin los avances tecnológicos crecientemente favorecidos y acelerados por el desarrollo de la ciencia. Pero antes de su reciente florecimiento la humanidad ha ido formando, a través de diez mil o más años, por selección o cruces, las decenas de miles de especies y variedades de plantas y de razas de animales que hoy conocemos, además de muchas que han dejado de existir o hemos perdido de vista. Sin estos productos del ingenio, junto con otros avances tecnológicos, sí que no podríamos alimentar hoy día a toda la población mundial.
El tema de los transgénicos ha sido motivo de discusión con mi amigo Julio Favre, honestamente convencido de que son indispensables en la lucha contra el hambre en el mundo. Su argumentación se basaba en gran parte en la de Alexander Grobman, destacado científico peruano, también empresario. Le debía a Julio este artículo y otros que seguirán, que le había anunciado e incluso comenzado, los que lamentablemente llegan tarde para él. También lo hago pensando en los lectores de Compartiendo, órgano virtual del Centro Ideas, dos veces por semana, de notable duración y regularidad, a cargo del economista Fernando Alvarado. Compartiendo publica artículos tanto en contra como a favor de los transgénicos, entre ellos míos y de Grobman. Fernando y yo somos integrantes de Ideas.
Debo aclarar que en tanto presidente del directorio de una certificadora ecológica, BIO LATINA, velo porque nuestra empresa – latinoamericana, con sede en Lima – cumpla estrictamente con las normativas internacionales y nacionales, que obligan a excluir los transgénicos y la contaminación con estos, como efectivamente lo hace y lo acreditan los organismos competentes en la Unión Europea, los Estados Unidos y nuestros países. Escribo a título personal, lo que me permite un enfoque matizado al respecto.
Desde la adolescencia y juventud he tenido mucho respeto por la ciencia y la tecnología y en muchos casos admiración por su interacción con la naturaleza, y la mantengo. Esto me distancia de los ambientalistas y naturalistas a ultranza. La casi totalidad de la naturaleza sería inaccesible e incluso en su mayor parte irreconocible si abstraemos los cambios introducidos por el ser humano –hasta gran parte de la Selva aparentemente virgen tiene marcas de nuestra acción-. En los años 50 y 60, la bomba atómica hizo temer a muchos científicos y filósofos, así como a políticos y legos, que el avance de la ciencia, a la vez que seguir abriendo opciones de mejora, podía poner en peligro la misma supervivencia de la civilización y de la humanidad. La práctica ha mostrado que, aunque el peligro era y es real, tenemos mecanismos para contrarrestarlo. Es casi increíble cuánto se ha reducido el peligro atómico y se ha pacificado el mundo – aunque por ratos no parezca – y lo que han avanzado la ciencia y las tecnologías desde ese entonces y cuánto han cambiado nuestras vidas.
También la biotecnología transgénica en salud y en agricultura (diferente de la biotecnología natural que combina características de seres genéticamente cercanos por medios de reproducción natural), son un gran avance técnico a partir de la profundización del conocimiento científico de los genes, que a la vez genera posibilidades positivas y nuevos riesgos para la humanidad. Merecen nuestro reconocimiento tanto quienes hacen avanzar las ciencias como quienes advierten de sus limitaciones y riesgos y se preocupan por eliminarlos o al menos disminuirlos o compensar sus efectos.
En el caso de la manipulación transgénica se abren nuevas posibilidades de curación de enfermedades y también de mejoras en la producción agrícola, pero las unas y las otras exigen la más rigurosa aplicación de pruebas científicas sobre su inocuidad y del principio de precaución en todo lo que afecta o puede afectar la salud humana o de nuestro entorno.
Hay incluso experimentación transgénica en varios países del Tercer Mundo para la creación de plantas con resistencias mayores a enfermedades, plagas, sequías u otras adversidades, o potenciadoras de sus cualidades nutricionales, y es posible que efectivamente algún día ayuden a mejorar la producción de alimentos en algunos lugares y que sean aceptadas incluso por escépticos o críticos, una vez que se constate, si resulta ser así, su inocuidad para personas y ambiente natural. Pero eso es un proceso largo. Exige una experimentación científica con primacía del bien social sobre el afán de lucro empresarial, así como la aplicación sistemática del principio de precaución. No porque el afán de lucro sea malo en sí –la búsqueda de ganancias es uno de los motores más potentes del desarrollo-, sino porque, sin control social y en el caso de empresarios poco escrupulosos, es capaz de causar enormes daños sin responsabilizarse por ellos, al menos motu proprio, como lo ha demostrado la experiencia. Recordemos solo los emblemáticos casos de la talidomida (malformaciones congénitas), del asbesto en viviendas, del tabaco, de las grasas trans, y de tantos medicamentos que cada cierto tiempo son retirados o tienen que llevar una severa advertencia de riesgo por los efectos a veces mortales (aunque pueden ser positivos e indispensables en ciertas circunstancias y aplicaciones, hasta la talidomida).
En Europa -salvo España, que autoriza la producción a gran escala, y algunos otros países, con limitaciones- se permite solo la experimentación de producción con semillas transgénicas a pequeña escala y con especiales cuidados de aislamiento, para que no contaminen la producción comercial y la naturaleza. Y se realiza pruebas de inocuidad de sus productos, por ahora en animales. Los resultados más difundidos de estas pruebas arrojan indicios de peligro, pero ni son definitivos, ni demuestran inocuidad. A partir de 2004, todos los productos modificados genéticamente o elaborados a partir de un transgénico (incluso cuando se trate de un mínimo ingrediente) deben indicarlo en el envase. No se trata de una advertencia, ya que la UE considera que los productos aceptados son seguros, sino de información para que el usuario pueda decidir mejor qué está comiendo, ejerciendo el derecho a elegir – positivo, y tan caro a las posiciones pro transgénicas en otros aspectos.
La resistencia a los transgénicos en Europa efectivamente proviene en parte de la opinión contraria de las posiciones ecologistas, de amplio respaldo, meritorias, aunque no siempre en lo cierto, pero también de opiniones críticas desde la comunidad científica. Y es tan fuerte que el gigante Monsanto ha tirado allá la toalla.
Es curioso el contraste en el resto del mundo: Por un lado, lo exigente –aunque con frecuencia no suficientemente exigente- que es la legislación y la comunidad científica con nuevos medicamentos, que tienen que probar tanto su inocuidad como los casos y la frecuencia con que tienen efectos adversos (se supone que, una vez aprobados, son aplicados con cautela y sopesando beneficios y riesgos). Por otro lado, lo laxa que es respecto de semillas que son aplicadas en millones de hectáreas en todo el mundo, con riesgos para los seres humanos y el ambiente en la producción y sin certeza de inocuidad en el consumo.