lunes, 26 de noviembre de 2012

OBSERVANDO CON SIMPATÍA: RESPUESTAS A LA ABSTENCIÓN/

Los resultados de las elecciones municipales del mes pasado, incluyendo el inesperado nivel altísimo de abstención, han removido la escena política chilena.
Aparte de propuestas de reimplantar la obligatoriedad del voto (manteniendo la inscripción automática), cuyo tratamiento, de resultado incierto, quedará para después de las elecciones presidencial y parlamentarias del próximo año, hay consenso de que hay un descrédito generalizado de la política y que será necesario reconquistar o conquistar electorado, y de que por ello será imposible, por impresentable, no hacer primarias para la elección de candidatos a la presidencia (como ya lo ha hecho tres veces la Concertación) y para al menos una parte de las candidaturas a la Cámara de Diputados y al Senado. La mayor resistencia a esto último proviene de la UDI y, en cada partido, de actuales congresistas que temen perder su cupo.
Además muchos analistas y políticos plantean otros cambios legislativos. Hasta han aumentado las voces que piden una asamblea constituyente, mientras otras consideran que bastarían reformas a la Constitución de parte del Congreso.
Entre las propuestas están la reforma a los partidos, un sistema electoral más representativo, el financiamiento público de los partidos y más mecanismos de participación ciudadana directa, como primarias obligatorias o un plebiscito, hacer más fácil ejercer el derecho a voto, por ejemplo con voto por internet, voto desde el extranjero, voto por correo y adelantado.
Varios de estos puntos están en la agenda legislativa hace mucho tiempo. Está ya vigente la ley de primarias, que sin embargo deja mucha discrecionalidad a los partidos, y Piñera se ha abierto al voto desde el extranjero. Las primarias tienen una normatividad obligatoria para su realización, organizadas y financiadas por el Servicio Electoral, con participación de quienes determinen los partidos, con los padrones oficiales si son abiertas a todo ciudadano, en una misma fecha, pero no es obligatorio convocarlas. Están entrampadas la reforma del sistema electoral binominal, que favorece el bipartidismo vigente y dificulta la representación parlamentaria de otros partidos, y la reforma a la ley de partidos.
Un planteamiento que encontramos en todo el abanico de posiciones políticas podría resumirse como que el electorado pide ser encantado y no aburrido con el discurso político, con discusiones de fondo y no solo eslóganes y caras sonrientes, que las propuestas son más importantes que las personas que candidatean.
Pero la realidad actual (en realidad en todo el mundo) hace que las personas sigan teniendo un peso gravitante, particularmente Michelle Bachelet, especie de madre de la patria sin presencia discursiva (por su cargo internacional - secretaria general de ONU Mujeres - y por táctica), y, en la derecha, Laurence Golborne (independiente más cercano a la UDI) y Andrés Allamand (RN), bastante parecidos entre sí en cuanto a su tendencia pragmática y posiciones, – y algo alejados de las dominantes en cada partido. Ambos tienen un muy bajo nivel de intención de voto en las encuestas actuales (mucho más alto el de Golborne) frente a una posible – y muy probable – candidatura de Bachelet. Otros líderes de la Concertación que han expresado su decisión de ser precandidatos en las primarias obtienen un 1 o 2% o no aparecen.
La escena política, de dos bloques principales que no quieren dejar de ser bloques, para facilitar su triunfo, y que están conformados por partidos con enormes contradicciones internas y afinidades transversales, así como el tipo de relación establecida con el electorado, hacen muy difícil la preeminencia de un discurso programático, más aún cuando la nueva coyuntura hace que ambos bloques estén interesados en logros legislativos, la Alianza para poder mostrar más resultados, la Concertación para – como esperan - heredar un gobierno con más problemas resueltos.
Otro factor en contra de un mayor peso de lo programático, como sostienen diversos analistas es que, como en Estados Unidos, el voto voluntario probablemente llevará a que primen las campañas negativas, de descalificación del adversario, y a que se priorice temas de alto contenido emocional, lo que propiciará polarizaciones, de modo que además puede desestimularse la participación de quienes no se hallen a gusto con ello y desprestigiar aún más a la política.
Finalmente, si bien a raíz del carácter de las elecciones municipales ha aparecido con mayor fuerza la idea de escuchar a los votantes, esto es más difícil de aplicar en elecciones parlamentarias de circunscripciones más amplias y aún más en el nivel presidencial.
Pero la idea de escuchar, en principio correcta, se asemeja en parte a la de orientarse por las encuestas, lo que, aparte del descrédito reciente de éstas, ha llevado a uno de los problemas y a la vez fortalezas del sistema actual: que, por un lado, las posiciones se van asemejando y que el conjunto del espectro político tiende a encontrarse más en el centro, por otro lado, a que en muchos problemas que exigen una solución urgente y factible, pero sin o sin una clara preferencia pública, se posterga decisiones indefinidamente, de lo que son expresión los muchos proyectos de ley entrampados hace años o lustros en el Congreso.
El escuchar tiene que partir de lo programático y de propuestas fundamentadas que den marco y viabilidad a la expresión de exigencias y aspiraciones realistas, e ir acompañado de una explicación de los criterios con los que se escucha, con los que se va a decidir qué de lo que se escucha va a ser asumido o con los que eventualmente se reformulará las propuestas. De lo contrario alimenta un populismo que puede ser nefasto por ineptitud o por reducir todo a la conquista y mantención del poder.