jueves, 18 de julio de 2013

EGIPTO CONTROVERSIAL/ Alfredo Stecher

Egipto es un país de un millón de km2, solo un 20% menos que el Perú. Mirando los mapas por separado, nuestro país nos parece mucho más grande, porque olvidamos que África, con más de 30 millones de km2 tiene una extensión mucho mayor que América del Sur, con cerca de 18 millones de km2. Y tiene unos 88 millones de habitantes.
Egipto es básicamente un gran desierto, extensión del Sahara, atravesado por el río Nilo, con apenas 35 mil km2 (3 500 000 ha) de tierra cultivable y cultivada, de las más fértiles del mundo, el tamaño de departamentos como Lima o Piura. En el Perú solo cultivamos algo más de dos millones de hectáreas, menos de la mitad de la tierra cultivable, pero gran parte del resto es tierra con selva o vegetación de altura, principalmente pasturas, mientras que en Egipto el resto es desierto totalmente árido, sin bosques ni pastos.
Egipto comparte con nosotros la característica de haber sido cuna de una de las grandes civilizaciones; ha sido por tres milenios potencia mediterránea bajo los faraones, siempre asimilando a los sucesivos conquistadores, hasta la derrota de Cleopatra y Marco Antonio frente a Octavio (luego emperador Augusto), quien la convirtió en provincia romana, por muchos siglos. Pero posteriormente volvió a ser potencia independiente durante más de un milenio bajo los árabes mahometanos, con políticas tolerantes y de inclusión de judíos y cristianos, como en España antes de los Reyes Católicos y la Inquisición, y con gran preocupación por la ciencia y la economía.
Egipto sigue siendo una potencia en el mundo árabe - en gran parte empobrecido, pero en su parte asiática, países del Golfo, especialmente rico -, y tiene uno de los ejércitos más numerosos del mundo, único contrapeso fuerte al de Israel, aunque perdedor en todas las guerras entre ambos – y tiene enormes fuerzas policiales. Para contribuir a estabilizar la situación política en la región, Estados Unidos apoya a Egipto anualmente con 1300 millones de dólares en ayuda militar y otros 300 millones en ayuda civil, lo que le da una cierta influencia a través del Ejército – y explica porqué el gobierno norteamericano evita la palabra golpe, que lo obligaría a suspender esa ayuda de inmediato.
Me he preguntado por qué toco algo tan candente, fuera de mi temática habitual, ampliamente abordado por muchos analistas, y me contesto que es tan relevante para la estabilidad mundial y para nuestra concepción de la democracia y del bienestar de nuestras sociedades que no quiero rehuir el reto. No envidio la tarea de gobiernos y cancillerías de países desarrollados de tomar posición al respecto y comprendo la cautela de Obama y los intentos de ayudar a encarrilar un proceso descarrilado.
A raíz de la política del presidente derrocado, Mohamed Morsi, y del golpe militar, la estabilidad de Egipto está en cuestión y su futuro aún más incierto que antes. Ojalá no siga las sendas fratricidas de Libia y de Siria.
Morsi fue elegido por más del 50% de los votos en elecciones democráticas más o menos limpias, aunque con más del 50% de abstención electoral – en todo caso con resultados aceptados por todos, pero su gobierno ha hecho todo lo posible, en un plazo récord de poco más de un año, por empeorar enormemente la ya grave situación económica, enfrentar de manera abusiva a todas las demás fuerzas políticas y socavar la democracia, poniendo así en cuestión su legitimidad.
Las elecciones son efectivamente un componente esencial de la democracia, pero no bastan. Hitler usó las elecciones democráticas para alcanzar el Poder y acabar con la democracia – con la complicidad no solo de la extrema derecha sino también de los comunistas orquestados por Stalin, para quienes en ese tiempo el nacionalsocialismo y la socialdemocracia eran dos variantes del mismo fascismo. Mussolini, que fue aupado al Poder por el rey, a raíz de su marcha sobre Roma, hubiese ganado elecciones democráticas si las hubiera convocado. Y otras dictaduras nefastas, en casi todos los continentes, han ganado elecciones amañadas con hasta cerca del cien por ciento de los votos.
Morsi y los Hermanos Musulmanes no son iguales a esos precedentes históricos, cuya repetición se hace cada vez más difícil por el repudio interno e internacional que generan, pero son parte del islamismo sectario y antidemocrático, solo superado en esos aspectos por el partido salafista Nur, el segundo en votación, aún más fundamentalista; y claro, por los jihadistas y seguidores de Al Qaeda. Según opinión generalizada, Morsi había reunido todos los méritos para ser repudiado, al orientar su gobierno hacia un control total del Poder, concentrado en su persona, imponer una constitución islamista (aprobada por amplia mayoría, pero en una votación con solo 35% de participación), tener una gestión extremadamente inepta, alentar el enriquecimiento ilícito de sus partidarios y tolerar, si no alentar, el odio hacia las mujeres sin velo y su violación para limpiar el espacio público de la presencia femenina (lo que Sami Naïr denuncia como expresión de un fascismo religioso ultraconservador). Álvaro Vargas Llosa considera al régimen depuesto como un fascismo islámico. Creo que exageran.
Han sido impresionantes las manifestaciones contrarias, estimadas en 17 millones de personas, de un amplísimo movimiento democrático impulsado por el grupo llamado Tamarud – rebelión -, que manifiesta haber reunido 22 millones de firmas exigiendo la destitución de Morsi (lo que equivaldría a más de 7 millones de firmas en nuestro país). Este movimiento considera la destitución de Morsi como un paso más en su revolución popular.
La discrepancia fundamental se refiere a si se justificaba sacarlo por un golpe, para evitar el empeoramiento de la situación, o si, por haber sido elegido democráticamente, debía esperarse hasta las siguientes elecciones. Algunos analistas consideran que los militares habían contribuido deliberadamente al desgobierno y deterioro de la situación, pero la responsabilidad central reside evidentemente en la política de Morsi.
Los militares, en Egipto, son una casta especialmente privilegiada, con mucho poder económico y político a todo nivel, que ha gobernado Egipto por más de medio siglo y ha sido en general muy antidemocrática y represiva, de modo que su golpe hace temer lo peor. Sin embargo hay algunos indicios alentadores de que el cambio generacional, las experiencias vividas y el entorno internacional están influyendo en un sentido positivo. El presidente destituido, Morsi, se había basado en el general Abdel Fatah al Sisi, de 59 años, para defenestrar al mariscal Husein Tantaui y toda la octogenaria cúpula militar (que había depuesto al dictador Mubarak), y lo había nombrado jefe de las Fuerzas Armadas y ministro de Defensa, al considerarlo afín por su condición de islamista, por cierto moderado. Claro que muchos militares derrocaron a quienes los habían nombrado y también Pinochet fue designado por Allende, confiando en su lealtad, pero eran otros tiempos y Pinochet no convocó a un gobierno civil ni anunció la celebración de elecciones. Y Al Sisi parece haber invocado a Morsi repetidas veces, incluso en el ultimátum al final, a desarrollar una política de inclusión y no de confrontación total con las fuerzas opositoras moderadas y hasta con los demás islamistas.
Preocupa la violenta represión de las protestas masivas realizadas por los Hermanos Musulmanes, que –felizmente – se comprometen a ser pacíficas, pero al parecer incluyen a elementos violentistas. Y preocupa la influencia de los islamistas más fundamentalistas. Pero hay aspectos que alimentan la esperanza para un futuro mejor: la presión internacional, la renuencia de los militares más jóvenes a asumir el desgaste que provoca el ejercicio directo del Poder, la hoja de ruta anunciada, con plazos breves para la elaboración de una constitución y la convocatoria de elecciones, así como la designación del jefe de la Corte Suprema Constitucional, Adly Masur, como presidente interino y de un gabinete de transición de orientación tecnocrática, más laica y democrática (que incluye como vicepresidente al premio Nobel de la Paz Mohamed el Baradei), con apoyo tanto del movimiento Tamarud, como del gran imán de la principal mezquita suní y del patriarca copto (la numerosa minoría cristiana).
Actualmente las principales fuentes de ingresos y de divisas son los servicios, en particular el turismo – fuertemente afectado por la crisis política - y el canal de Suez (juntos alrededor del 50% del PIB), la industria, el gas y la agricultura. Las principales importaciones son productos industriales, alimentos (mayor importador de trigo del mundo), combustibles y armamento. El apoyo económico del más moderno Qatar a Morsi está siendo reemplazado por el de los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita, más reaccionarios, expresión del complejo ajedrez geopolítico del Oriente Próximo y Medio.
En condiciones en que parece ser imposible reducir simultáneamente el poder del Ejército y de los islamistas, quizá una democracia tutelada por militares más modernos que antes resulte ser el mal menor frente a la manifiesta falta de voluntad de los islamistas, incluso los moderados, a tener una política de respeto y de tolerancia de la pluralidad democrática. Solo el tiempo dirá quiénes se equivocan menos en el análisis de esta situación tan complicada, que muestra una vez más que, siendo complicado, lo más fácil es derrocar a una dictadura, lo más difícil, reemplazarla por un buen gobierno. En todo caso las fuerzas laicas y democráticas necesitan tiempo, además de condiciones menos adversas, para desarrollarse y ganar más fuerza. Merecen ser apoyadas.