lunes, 1 de agosto de 2011

LA LEVEDAD DE LA OPINIÓN POLITICA/FRANCISCO BELAUNDE MATOSSIAN


                           
La opinión consiste, según los casos, en un juicio de valor o en una conjetura. En cuanto a lo primero, puede tratarse de un juicio moral, una apreciación estética o la evaluación de un desempeño profesional, mundano o deportivo, entre otras posibilidades. 
En cuanto a lo segundo, es la descripción o el relato de lo que no se conoce, a  través de la deducción y de la imaginación. La explicación es, estrictamente hablando, un relato, en tanto se refiere a hechos, sucesivos y/o concomitantes, que dan lugar a un acontecimiento.
Es decir, la opinión se sitúa entre la ignorancia y el conocimiento, y, es, por lo tanto, temporal y más o menos precaria, en tanto está destinada, eventualmente, a ser modificada sobre la base de datos obtenidos ulteriormente; no puede, por lo tanto, ser formulada de manera asertiva, sino en términos prudentes y condicionales. Más aún: la opinión lleva implícita una invitación a su propio cuestionamiento, y por lo tanto, al debate, como método de acercamiento al conocimiento.
Lo curioso es que eso no es lo que sucede en política. Por el contrario, en ese terreno, la opinión suele adquirir la condición de verdad sagrada que se defiende con uñas y dientes.  Ello, no obstante que, con frecuencia, es bastante menos ilustrada que en otros campos, no sólo porque, en buena medida, tiene que ver con el futuro, que, obviamente, nadie conoce, sino también, porque, en general, hay una menor preocupación por sustentarla, cuando no inexistente.    
Lo que sucede, claro, es que, la opinión política, salvo en el caso de los análisis periodísticos,  más que el resultado de un intento de mirar lo que sucede, es la expresión de una adhesión, o, a la inversa, de un rechazo, y, por lo tanto, se inscribe en una lógica de enfrentamiento. Más que formularla o proponerla, se la enarbola, o, peor aún, se la blande.
Se podría pensar que, en estos tiempos de declive de las ideologías y de las capillas partidarias, hay más espacio para el análisis y los intercambios argumentados y sosegados. Sin embargo, pareciera que lo que ha ocurrido  sobretodo es el crecimiento de la indiferencia, pero, la opinión política, cuando se da, conserva en mucho su condición de dogma religioso. Por lo menos, es lo que se puede colegir de la manera cómo se dieron las discusiones entre parientes, amigos, intelectuales y, el público en general, con ocasión de la última campaña electoral y en particular durante la segunda vuelta de la elección presidencial. La intolerancia ante la posición discrepante alcanzó niveles sorprendentes en uno y otro bando, no tanto por el fervor de la adhesión a un candidato u otro, como por la repulsión por el que no se pensaba votar.  Es decir, la opinión política es aparentemente más apasionada y cerrada cuando es expresión de rechazo y de indignación, que de apoyo, salvo, eventualmente, en los casos de veneración de un líder.   
Por lo demás, en general, la opinión política, se da más frecuentemente como juicio de valor que como conjetura, y, ciertamente, más en tono crítico que positivo, lo que coincide con lo que se da en la vida diaria: se exterioriza más la insatisfacción que la satisfacción.
Hay también una dimensión frívola o narcisista que atañe sobretodo a los intelectuales y a los líderes de opinión: el deseo de impresionar o de conquistar al  interlocutor. En un clima de frustraciones acumuladas en la población, y de consecuente escepticismo frente a la política y las instituciones, es más fácil sintonizar con el público con un comentario negativo que positivo; además, en general, las demostraciones de ingenio discursivo y el humor son más fáciles en tono crítico. Se contribuye así a la dinámica que desespera a todos los gobiernos y autoridades: los reflectores tienden a posarse más sobre lo que va mal que sobre lo que va bien. 
Por otro lado, las opiniones vertidas en materia política están frecuentemente  condicionadas por la presión colectiva. Muchas personas se limitan a hacer suyo lo que en su entorno se dice sin procesarlo, o no dicen lo que realmente piensan, por miedo a la descalificación y al insulto.
Si bien todo lo señalado constituye un  fenómeno inevitable, sí puede ser atenuado fomentándose un diálogo de mayor calidad y, por lo tanto, más enriquecedor entre los ciudadanos, a través de la tolerancia y la exigencia en la información y en la argumentación de lo que se sostiene. En ello les cabe una responsabilidad especial a los políticos, intelectuales, líderes de opinión, y, en general, los medios de comunicación, pues están llamados a dar el ejemplo, luchando contra la tentación de la invectiva, la demagogia y la fatuidad. Esa es también una manera importante de contribuir a la consolidación de la democracia.