jueves, 13 de octubre de 2011

CRISIS, ATERRIZAJES EN PICADA O CONTROLADOS/ Alfredo Stecher


En la crisis actual o gran contracción hay un importante componente de ineluctabilidad, pero otro que depende de lo que se haga y no se haga en cada espacio político-económico, sea en el sentido de amortiguarla con acciones adecuadas, sea en el de agravarla por inacción o medidas inadecuadas o también como profecía autocumplida, por la que, como sociedades y mercados, podemos alcanzar los peores resultados por convencernos de que son inevitables.
La economía mundial y cada economía componente de ella, probablemente sin excepciones, tendrán un aterrizaje forzoso. La cuestión es solo si ese aterrizaje, siendo de todos modos grave, es relativamente amortiguado o si es una caída en picada, tipo desastre, como los casos de Irlanda e Islandia antes y de Grecia ahora, y si el desastre se limita a algunos países o se extiende como reguero de pólvora o castillo de naipes que se derrumba.
Según el secretario general de la OCDE, Europa ya vive algo no muy distinto de una recesión. Considera que la situación actual es producto de “cuatro fracasos enormes: en regulación, supervisión, gobierno corporativo de las empresas y gestión del riesgo.” En la apreciación de la coyuntura actual se subraya mucho el parecido de algunos indicadores del sistema financiero con aquellos previos e inmediatamente posteriores a la caída de Lehman&Bros – lo que llaman el “momento Lehman” -, que desencadenó el casi colapso del sistema bancario.
En el caso de Europa los intereses nacionales, la miopía y la debilidad política dificultan la preparación de un aterrizaje menos desastroso. Europa está al borde del abismo ante la al parecer inevitable suspensión de pagos de Grecia – postergada un tiempo por el reciente rescate adicional - y ante el probable efecto dominó sobre otras economías europeas. Felizmente sus cabezas políticas parecen estar aprendiendo a golpes y se quedan hasta ahora a un paso del abismo, haciendo esfuerzos por un salvataje tanto de Grecia y otras economías como de los grandes bancos. A ello contribuye el estimado del costo del efecto extremo de la salida de Grecia (deseada por algunos) de la eurozona: según un analista, desplome de PIB griego en entre 40 y 50%, bancarrota de sus bancos, duplicación inmediata de su deuda, necesidad de enormes sumas para recapitalizar entidades de crédito y seguros en toda Europa, descrédito de Europa en su conjunto, probable liquidación del euro y de la propia Unión Europea. Otro estimado es que incluso Alemania podría sufrir una reducción de hasta 40% de su PIB.
Con razón, aunque a regañadientes, Ángela Merkel, la canciller alemana, ha afirmado que “el euro es una garantía de la unidad europea o, dicho de otra manera, si el euro fracasa, Europa fracasa”, y está propugnando medidas mayores para evitar el desastre. En particular plantea, junto con Nicolás Sarkozy, el presidente de Francia, un plan para recapitalizar la banca europea – señal de lo crítica que es la situación de ésta. Pero la principal fuerza en los esfuerzos por estabilizar la economía europea, insuflando liquidez, es el Banco Central Europeo, a su vez presionado por el FMI – hasta ahora en contra de la resistencia alemana - hacia una política aún más activa y amplia de respaldo de los bonos soberanos europeos, cuya pérdida de valor en los mercados son la principal amenaza para la banca tenedora de éstos. También el Banco de Inglaterra está inyectando liquidez a su economía a la vez que mantiene bajos los tipos de interés para estimular la inversión.
Crecen las voces a favor de medidas contracíclicas y contra la excesiva austeridad para evitar una contracción más aguda, situación a la que se está encaminando Europa hasta ahora. Como dice Krugman, la política de austeridad inmediata es como la sangría de la medicina antigua, que debilita al paciente y hace más problemática su recuperación futura.
Europa, además de las medidas de salvataje de sus bancos y de las economías más débiles, necesita una fuga hacia adelante: fortalecer y ampliar el euro, lo que exige tener una política fiscal común, fortalecer la política de Schengen, de libre movimiento de personas, y tener una política exterior común. Nada asegura que eso se logrará, pero es posible.
Sin embargo hay opiniones, que no comparto, como la del premio Nobel de economía, Myron Scholes, que considera que la pregunta no es si la eurozona colapsa, sino que cuándo.
Creo que Europa va a hacer lo que Churchill dijo o se le atribuye haber dicho sobre Estados Unidos, que hacía siempre lo correcto una vez que había probado todas las demás alternativas.
Una de las paradojas de la situación actual es que la crisis que amenaza con desintegrar a Europa está movilizando fuerzas que ayudarán a mantenerla e incluso a estimular al G-20, grupo de las 20 principales economías, a abordar nuevamente las tareas que ha dejado planteadas y abandonadas, en particular la regulación, control y freno de los capitales especulativos. La principal herramienta en ese sentido parece ser la llamada tasa Tobin o Robin Hood, impuesto sobre intercambios monetarios internacionales, con el objetivo de restar atractivo a las operaciones especulativas de muy corto plazo. Ésta es técnicamente factible y cuenta con un creciente respaldo académico y político – aunque es resistida por Obama. Hasta el FMI propone una tasa fija sobre activos bancarios, especialmente los de mayor riesgo, y una tasa sobre los beneficios. Otra medida necesaria es una mayor regulación de los bancos en el sentido de limitar su capacidad para incurrir en inversiones arriesgadas.
Navegamos en aguas procelosas. A escala mundial mucho dependerá de que primero Europa y luego China logren un aterrizaje amortiguado y eviten la caída en picada.
Hasta ahora en el Perú parecemos inmunes a los efectos más graves de la agudización de la crisis, pero es probable que los buenos tiempos económicos se nos estén acabando.