viernes, 31 de enero de 2014

DISCREPANCIAS SOBRE TRANSGÉNICOS (2)/ Alfredo Stecher

En este artículo voy a tocar los comentarios que hizo el doctor Alexander Grobman al mío de setiembre, en esta misma publicación.
Aclaro mi posición personal en el sentido de reconocer la manipulación genética como un avance científico, con resultados ya importantes en materia de medicamentos, y de no tener un rechazo de principios a los transgénicos en agricultura. Sí busco contribuir a la salvaguarda de los derechos de los consumidores a conocer los riesgos y a decidir sobre los que están dispuestos a asumir, a que el nivel de riesgo esté respaldado científicamente por investigaciones independientes, a que se evite o prevenga riesgos ambientales, a que los agricultores no se perjudiquen por prácticas abusivas y a que nuestro país con su agricultura saque el máximo provecho de sus fortalezas.
Coincido con Grobman en que en mucha gente hay temor frente a lo desconocido, en parte irracional, lo que hay que contrarrestar, y que es muy frecuente una actitud de desconfianza o de hostilidad hacia la ciencia y los avances tecnológicos, basada en prejuicios y desconocimiento. Aprecio que Grobman esté incluyendo la agricultura orgánica entre los aportes para encarar los grandes retos del mundo moderno. Concuerdo en que hay problemas frecuentes en la agricultura convencional mal aplicada, que es con frecuencia mucho más nociva que lo que se teme razonablemente de los transgénicos. Las buenas prácticas agrícolas, impulsadas también desde Global Gap (organización internacional de las mayores empresas de comercialización de alimentos al por menor, que BIOLATINA también certifica) y otras instancias, contribuyen mucho a disminuir los daños que puede causar la agricultura convencional. Esto es un avance atribuible a los cambios culturales positivos en el contexto de la globalización.
Estoy muy de acuerdo con la importancia y con los éxitos del fitomejoramiento convencional, por selección e hibridación, al que ha aportado mucho Grobman en su larga carrera, y que incluye la obtención de variedades más resistentes a plagas, sin necesariamente incorporar el factor Bt, y más resistentes a factores ambientales negativos. Si nos hemos estancado en ello no es por cierto por los transgénicos (TG) ni por la agricultura orgánica, sino por ignorancia, miopía, desidia, politiquería y populismo de muchas de nuestras autoridades, que durante décadas han descuidado terriblemente o hasta destruido gran parte de nuestras tan necesarias capacidades de investigación aplicada en agricultura.
Pero estoy en desacuerdo con afirmaciones específicas del doctor Grobman con relación a los TG. Y lamento que trate de descalificar mis argumentos diciendo que obedecen a un interés evidente, por ser presidente del directorio de una certificadora ecológica, interés coherente y legítimo. Por cierto promuevo tanto la agricultura orgánica en general como BIO LATINA en particular por la misma razón de estar convencido de su carácter positivo para nuestra agricultura y nuestra sociedad y economía. Pero insisto en que mis opiniones son personales y no necesariamente coincidentes en todos los aspectos con la normativa orgánica internacional que BIO LATINA aplica fielmente. Destaco que esa normativa es fruto de discusiones científicas y decisiones democráticas tanto en el seno de IFOAM, el movimiento internacional de agricultura orgánica, como en diversas instancias internacionales. Respondo a los argumentos de Grobman y no lo descalifico a él por sus responsabilidades empresariales.
La moratoria a los TG y la obligación de etiquetado no son producto de fundamentalistas, aunque los haya entre sus defensores, sino principalmente de personas responsables pensando en los beneficios para el país incluidas, por supuesto, personas que producen, comercializan o consumen conscientemente productos orgánicos, por convicción y por las reglamentaciones internacionales que siguen. A su generación ha contribuido el Centro Ideas, la ONG de promoción del desarrollo, con 35 años de actividad ininterrumpida, de la que he sido cofundador y presidente y en la que soy miembro del directorio.
En un artículo anterior había sostenido que a nuestro país le conviene la moratoria de TG porque respalda nuestra posición comercial en Europa tanto para productos orgánicos como para la mayoría de los convencionales producidos bajo buenas prácticas, y, crecientemente, también en los Estados Unidos así como en otros países que tienen un porcentaje significativo o hasta mayoría de consumidores que desconfían de los TG. Nuestra geografía agrícola no es propicia para los TG, cuyas principales versiones comerciales actuales normalmente requieren de grandes extensiones de tierras de condiciones relativamente homogéneas para ser rentables.
Y la obligación de etiquetado de los productos importados con insumos TG es una respuesta a la legítima demanda de los consumidores de poder decidir si desean o no exponerse a los riesgos conocidos de estos. Esto significa un pequeño costo adicional para las empresas que los producen, normalmente de gran tamaño y poder económico. Lamentablemente aún no ha sido reglamentada debido a resistencias y desidia en el Ministerio de Agricultura y SENASA.
Claro que un rechazo creciente a los productos con TG puede llevar a una disminución de su participación en el mercado, pero ¿no sería eso resultado de las ventajas de la libre competencia en una sociedad con libertad de elección de los consumidores, que efectivamente es un modelo deseable cuando realmente funciona?
Si estudios verdaderamente independientes de las transnacionales de semillas, alimentos y medicamentos, y por un plazo adecuado, llegaran a demostrar con certeza razonable –nunca total- que los TG en general o algunos en particular no causan daño a la salud ni a la ecología, podremos cambiar nuestra opinión como país y no renovar la moratoria.
Grobman, también Monsanto, plantean correctamente el distanciamiento físico y fisiológico entre cultivos para evitar cruzamientos no deseados, pero no consideran el transporte de polen y semillas por viento, insectos y aves, lo que ha sucedido incluso a distancias considerables, y tampoco el problema real de malezas cercanas que, según varios estudios, en algunos casos ya se han convertido en supermalezas resistentes al glifosato.
Grobman toma a la ligera el problema de la resistencia creciente a los glifosatos. Según él, siempre se ha tenido una respuesta a las resistencias con algún nuevo producto o una nueva variedad lo que, a juzgar por el paralelo con los antibióticos, dista de ser fácil y, aunque puede luego ser muy rentable para una transnacional, antes ha podido arruinar a muchos agricultores.
En su comentario relativo a la salud, solo señala, con razón, que hay herbicidas aún más tóxicos que el glifosato y que una parte del daño que causa este se debe a excesos en su aplicación, que además son económicamente contraproducentes para la empresa agrícola. En la realidad es altísimo el porcentaje de agricultores que no cumplen con las recomendaciones técnicas. Y esto no desmiente para nada los estudios sobre consumo de lo producido aún con las mejores técnicas, que indican la existencia de daños severos en ratas de laboratorio –que, como había señalado, sin ser concluyentes, son serios y preocupantes.
Los temores de consumidores y las prevenciones de científicos y autoridades respecto de los TG también tienen otros componentes muy racionales, dados los antecedentes de grandes corporaciones, incluidas las alimentarias y de medicamentos, de ocultamiento de los riesgos de sus productos y de manipulación de políticos y de los mercados para mantener sus ganancias. Es cierto que hay un sesgo anti Monsanto, pero también que es la principal y emblemática, aunque no única, gran productora de transgénicos y que tiene un historial poco envidiable al respecto.
Es bastante confuso lo que Grobman dice en su comentario respecto del hambre en el mundo y lo que absurdamente llama posición chic mía. Atribuye la mayor demanda y el déficit de alimentos a escala mundial, además del despilfarro, a la superpoblación (como Malthus –más adecuado es decir aumento de la población), al cambio en hábitos de consumo, desastres naturales, incremento de plagas y enfermedades, etc., y menciona al cambio climático, todo lo cual es importante. Pero obvia la contribución a esto de la agricultura moderna en enormes extensiones, crecientemente con TG, en muchos casos previa deforestación, que es disruptiva para la pequeña producción campesina y prioriza la producción agrícola para alimentación de ganado y para la avicultura, la forma menos eficiente de alimentación humana en materia de consumo de energía y agua, así como para producir etanol, combustible cada vez más cuestionado por razones ambientales.
Destaco que según la FAO cada año se pierden unas 1300 millones de toneladas de alimentos, por un valor estimado de 750 mil millones de dólares, en toda la cadena de producción, comercialización y consumo, y que, en opinión de un experto de la FAO, con un cuarto de esos alimentos se podría alimentar a los más de 800 millones de personas que padecen hambre en el mundo (sin necesidad de TG y sin aumento de la superficie agrícola). Esto es otro argumento importante a favor de la precaución, para evitar riesgos innecesarios.

Publicado por Grupo Agronegocios digital.


1 comentario:

pedro plizabu dijo...

Realmente muy interesante Alfredo... da luces sobre un problema que será necesario aun discutir por buen tiempo. Sería interesante también discutir el tema desde el punto de vista económico e incluso social...
A seguir sin duda.
Pedro C. Lizarzaburu Tesson
DNI: 08221574