viernes, 7 de febrero de 2014

Alfredo Stecher/ DISCREPANCIA SOBRE TRANSGÉNICOS (III)

Toco en este tercer artículo la ya mencionada entrevista reciente del doctor Alexander Grobman a Materia, revista informática, en Bogotá, en la que aparece con claridad su óptica frente a los problemas asociados con los TG.
¿Por qué dedico tanto espacio y tiempo a las afirmaciones del doctor Grobman? Porque es el más destacado representante de los defensores de los TG en nuestro país.
El doctor Grobman dice con mucha razón que hay un margen de riesgo que tenemos que asumir con cada tecnología que utilizamos, que ninguna tecnología tiene riesgo cero y que la sociedad tiene que aceptar un nivel de riesgo determinado de acuerdo a un beneficio. También coincido en que no podemos esperar a ver cuál es el posible riesgo a cien años.
El ejemplo que pone al respecto sin embargo no favorece su argumentación sobre los TG. Dice que nadie sabe qué va a pasar de aquí a un siglo con la telefonía inalámbrica, pero que sí sabemos cuáles son los beneficios. Esto es cierto. Pero resulta que, después de haber sido declarados seguros los celulares, a pesar de muchas prevenciones iniciales, con base en investigaciones con ratas e incluso estudios epidemiológicos, últimamente han ido en aumento las alertas. Incluso la cauta Organización Mundial de la Salud, después de una nueva revisión de lo publicado en la década previa sobre experimentos y análisis epidemiológicos, recomienda desde hace más de dos años evitar su uso por niños y su aplicación directa al oído, recurriendo a auriculares, y cautela general, lo que incluye, por ejemplo, su uso como despertador cerca de la cama, por precaución ante posibles efectos cancerígenos, en especial en el cerebro – en un nivel intermedio de cinco niveles de riesgo, a la par con plomo y gases de motores. Se considera que éste aumenta con mayor tiempo y cercanía de exposición así como por intensificación de las ondas en espacios muy cerrados, tales como ascensores y subterráneos, y a temperatura más elevada de los aparatos. Muchos productores de celulares transmiten esas recomendaciones en sus instrucciones de uso. Que haya muchos elementos más riesgosos presentes en nuestra vida diaria no es motivo para no cuidarnos lo más posible de aquellos en que el riesgo nos es conocido y posible de evitar o minimizar.
Tenemos como sociedades la obligación de hacer una evaluación de los riesgos y de la relación costo – beneficio de cada nueva tecnología independientemente de los intereses económicos de quienes las producen y de monitorear los riesgos que van apareciendo en la práctica, de modo de contrarrestarlos y de evitar los que son socialmente inaceptables; y que cada consumidor pueda decidir si está dispuesto a asumir, para sí y sus hijos o allegados menores, el riesgo autorizado ya conocido. Velar por esto corresponde al Estado, y a las organizaciones de defensa de los consumidores vigilar su cumplimiento. Ello exige, en el caso de los TG, la indicación en la etiqueta de los productos que los contienen.
No sé si es cierta la afirmación de Grobman de que tenemos moratoria de TG porque el presidente Humala la había prometido en la campaña electoral sin saber de qué hablaba y por eso ha tenido que cumplirlo. Lo que sí sé es que responde a una creciente presión de parte de los consumidores, a las exigencias de las organizaciones de consumidores y de las entidades ecologistas y de la producción orgánica, y al mejor interés de nuestra sociedad y nuestra economía.
En cuanto a la salud, él y otros han ridiculizado la investigación del equipo de Gilles Eric Seralini sobre daño grave por maíz TG NK603 en ratas, que efectivamente no es concluyente, pero lo es bastante más que las investigaciones a favor realizadas por Monsanto y por numerosos otros investigadores, que han llevado a algunos organismos internacionales a declarar a algunos TG, incluida esa variedad de maíz, como seguros. Esto lo ampliaré en otro artículo.
Grobman no entiende la demonización de Monsanto y justifica la actuación empresarial con que tienen muchos accionistas con derecho a un ingreso, como lo tienen otras compañías. En verdad ¡qué pena nos deben dar también los accionistas de las empresas que fabricaban casas con asbesto o medicamentos con talidomida y que sufrieron enormes pérdidas –después de haber ganado muchísima plata- cuando se evidenció también judicialmente el enorme daño que causaban, y que había sido denunciado con pruebas mucho tiempo antes! ¡O de las tabacaleras cada vez más limitadas por prohibiciones y obligación de etiquetado de alerta en su ejemplar lucha por mantener la industria, según ellos, principalmente para satisfacer a los consumidores y mantener el empleo en la producción de tabaco! Conmovedor. Y siguen ganando muchísima plata.
Grobman afirma, también con razón, que en todos los países, mediante un sistema de genética convencional, se han ido cambiando las variedades, y menciona que en Europa ya no se encuentra nada de los trigos antiguos del siglo XIX, que todo son variedades mejoradas. Que se ha perdido la diversidad, pero se ha beneficiado la gente con un mayor rendimiento y –agrego-, legítimamente en principio, a las empresas creadoras de las variedades comerciales sobrevivientes-. Olvida decir que eso ha ocurrido en un tiempo en que había mucha menor conciencia de la importancia de la biodiversidad, y es obvio que lo que se hizo con conocimientos y criterios mucho más limitados y en parte incorrectos no es una buena razón para que hagamos lo mismo. Quién sabe qué mejoras se podría hacer en los trigos actuales si siguieran existiendo esas variedades.
Es aún materia de más investigación y deliberación si, por ejemplo, el maíz TG es una amenaza para las variedades cultivadas y silvestres (propias de nuestro carácter de país originario), pero está fuera de discusión que la conservación de nuestra biodiversidad es importante para nosotros mismos y como servicio a la humanidad. A ese respecto Grobman y otros han hecho enormes aportes que valoro, en la forma de estudios y de bancos de germoplasma y de genes. No debería borrar con la izquierda lo que hizo con la derecha (o viceversa).
Grobman caricaturiza las decisiones de la Unión Europea sobre prohibiciones y restricciones a los TG. Según él se deben (solo) a cuestiones políticas, a la fuerza de los partidos verdes, además de intereses de la industria química para vender más pesticidas. ¡O sea que las grandes empresas ejercen presiones! Se permite aludir a que las ONGs mueven mucho dinero y que hay también ciertos grupos empresariales que patrocinan los cultivos orgánicos, lo que reconoce como legítimo –yo también.
Parece ignorar el muchísimo dinero que corre en Estados Unidos y también en Europa y las presiones a favor de los transgénicos, en el Gobierno y en las instituciones de investigación. Un típico caso de ver la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio.
Y parece no saber que las normativas europeas son en general más exigentes en materia de seguridad nutricional, sanitaria y ambiental que las de otros países, en particular Estados Unidos, aunque lamentablemente bastante laxas en el caso de los TG.
Grobman señala que en Europa los agricultores son más ineficientes y que la UE equilibra estas ineficiencias con los subsidios, que equivalen al 50% de su presupuesto total. Curiosamente los agricultores norteamericanos, efectivamente en promedio más eficientes por la mayor escala y la organización empresarial más moderna de su agricultura, siguen recibiendo enormes subsidios, también los que producen con TG – y eso reconocidamente por una combinación de presiones políticas y de una preocupación por mantener la capacidad productiva nacional que no está en condiciones de poder competir en el mercado abierto sin esos subsidios.
Extiende a nuestro país su afirmación de que se mueve mucho dinero en contra de los TG, afirmando que quince ONGs internacionales tienen gente pagada a tiempo completo. No sé si eso es cierto, sí que sería legítimo, pero me consta que muchas de las personas que yo conozco que más han luchado y siguen luchando por una efectiva moratoria a los TG lo hacen por convicción y casi ad honorem.
Dice no tener ningún conflicto con que empresas estén en el negocio orgánico, y que si la gente quiere pagar dos o tres veces más eso es su problema. Efectivamente es nuestro problema, pero es problema de Grobman exagerar tanto la diferencia de precios. Es cierto que el mayor precio es frecuente, y corresponde al mayor costo y mayor beneficio, pero suele no sobrepasar un 10 o 20% y en muchos casos ser inexistente, de modo que la mayoría de agricultores están en lo orgánico por convicción y no solo por interés económico.
Él plantea que su problema está en que se haga una campaña contra ellos (él y otros, se entiende) diciendo que son malos. Es cierto y lamentable que haya ataques a personas, pero los defensores más serios de los derechos del consumidor y de los productos orgánicos nos basamos en argumentos y no en descalificaciones personales.

Publicado por Grupo Agronegocios digital.