jueves, 27 de febrero de 2014

FILANTROPÍA Y CAMBIO SOCIAL / Alfredo Stecher

En el siglo XIX, el fantasma del comunismo, ideas potentes encarnadas en los movimientos obreros y políticos socialistas, luego socialdemócratas y comunistas, estimuló enormes cambios en el sistema capitalista (aún mucho más entrelazado con rezagos feudales) y en los sistemas políticos e ideológicos que lo sostenían –y sostienen. Considero que los dos principales fueron el estado de bienestar y de regulación estatal impuesto por el canciller del imperio alemán, Bismarck, en el último cuarto del siglo XIX, que irradió hacia muchos otros países; y el Concilio Vaticano I, convocado por Pio Nono en el mismo período, así como, hacia fines del siglo, la encíclica Rerum Novarum (de los nuevos asuntos, la relación entre el capital y el trabajo), de León XIII, que dieron un giro socialmente más positivo a la doctrina de la Iglesia Católica e inspiraron el socialcristianismo.
Este fantasma fue anunciado y alimentado por el Manifiesto Comunista, de Marx y Engels, de palpitante actualidad en muchos aspectos, tanto en su denuncia de los males y abusos del sistema capitalista como en su reconocimiento de su capacidad de impulsar el progreso. Lamentablemente ellos mismos y luego Lenin creyeron que el capitalismo se había vuelto reaccionario y que solo una revolución socialista podría traer progreso. Lo que esto trajo fue la tragedia de la URSS bajo Stalin, y sus secuelas, y de Alemania y del mundo bajo Hitler.
Efectivamente el capitalismo ha estado siempre aparejado de mucha desigualdad e injusticias, pero también ha seguido trayendo consigo enormes progresos, tanto económicos como sociales. Las desigualdades, medidas con el índice de Gini, después de disminuir un largo tiempo en los países más desarrollados, han vuelto a acentuarse en las últimas décadas. Pero al mismo tiempo han ido disminuyendo a escala mundial, en la medida en que la globalización tiende a nivelar las diferencias de salarios entre los países extremos, a tal punto que actualmente muchas empresas, en vez de invertir en China o desinvirtiendo parte de lo invertido allá, están invirtiendo no solo en otros países en desarrollo sino que han comenzado a relocalizarse en EEUU. Se mantiene y sigue apareciendo mucha pobreza, pero la vida de los pobres de hoy, siendo terrible para muchísimos millones, es incomparablemente menos angustiosa y precaria que la del siglo XIX, también de gran parte del XX, y que, hace solo unas décadas, en el caso de China, India y otros países menos desarrollados.
Constatarlo no es motivo para no seguir luchando contra lacras, abusos e ineficiencias del sistema, por disminuir las desigualdades y eliminar la pobreza, pero sí es motivo para evitar retrocesos reaccionarios y caminos bien intencionados que obstaculicen las tendencias positivas o hasta consigan lo contrario.
Sigue habiendo expresiones perversas y terribles de la codicia sin fin, tan bien caricaturizada en la reciente película El lobo de Wall Street, y con consecuencias tan funestas como la crisis financiera del 2008 y la depresión desencadenada, o la parte oscura, por ejemplo, de corporaciones internacionales de alimentos, medicamentos, semillas y agroquímicos, que denunciamos. Pero una parte aún minoritaria, pero creciente, de capitalistas y ejecutivos, va adquiriendo visiones más complejas y empáticas de la realidad, en consonancia con cambios culturales generales en nuestras sociedades, y comparte la intención de generar un mundo más vivible para todos, con cambios al interior de las empresas, mayor compromiso con la calidad de sus productos y servicios, y en la responsabilidad con su entorno y con sus clientes. Mucho de eso es producto de luchas de trabajadores, consumidores, partidos políticos y diversas instituciones, en parte a través de presiones y regulaciones de los Estados, pero también de cambios en los medios de comunicación, de investigaciones y divulgaciones, y, en general, de cambios en la esfera ideológica. El liberalismo económico extremo está siendo socavado y modificado por ideas políticas liberales y sociales.

Una de las expresiones de esto es la nueva filantropía, otro fantasma (exagerando un poco) que recorre el mundo.
Desde la antigua Grecia la filantropía es el amor a la humanidad, traducido por Jesús como amor al prójimo. Como caridad y solidaridad ha estado siempre presente en todas las sociedades y estratos sociales.
Hay para ello razones sicológicas de nuestra condición humana. La generosidad hacia el extraño en problemas corresponde a algo instintivo, innato: el primer impulso ante la desgracia ajena es a la cooperación, graficada en la escena de San Martín de Tours, en el siglo cuarto, compartiendo una de sus dos elegantes capas con un indigente desnudo.
Además, el sufrimiento ajeno incomoda a la mayoría de las personas (lamentablemente no a todas) y, junto con tratar de ignorarlo, estimula a buscar hacer algo al respecto, aunque con frecuencia sean solo arranques de generosidad simbólicos o muy marginales.
Un estudio sicológico reciente ha demostrado que la empatía, en sentido amplio, produce satisfacción, activando la misma zona del cerebro que en casos de recompensa y placer, el núcleo accumbens. Es decir, también hay un componente egoísta.
En todo caso en todos los estratos sociales el amor por la humanidad o el prójimo ha sido un factor positivo, con manifestaciones diversas.
Por supuesto que, en la inmensa mayoría de personas de todos los estratos y ocupaciones sociales, el impulso a la cooperación es inmediatamente frenado por el instinto de defensa y de conservación de lo propio, que hace que solo un tipo de personas santas (no las autoflagelantes) o de líderes muy sacrificados lo hayan hecho predominar en su vida –algo no necesariamente muy fructífero- y que no sean mayoría quienes son persistentes en el impulso positivo. Pero las minorías más filantrópicas han hecho y hacen mucho por cambiar el mundo para mejor, con sus acciones y con su ejemplo.
Es cierto que las acciones buenas de algunas personas no anulan ni compensan las malas de otras, y que pueden ayudar a enmascarar lacras del sistema imperante, pero también contribuyen a generar fuerzas sociales e ideológicas que se contraponen a ellas en busca de cambios, y con frecuencia a evitar que las sociedades caigan en los extremos más macabros y perversos de espirales de la maldad y de la venganza.
La filantropía en un sentido más restringido se refiere usualmente a personas con grandes recursos que destinan parte de ellos, a veces todo, a fines benéficos, en vez de acumularlos o heredarlos. Muchas veces esto se ha expresado, en combinación con la aspiración a tener entornos más positivos y prestigiosos, por ejemplo, en ámbitos urbanos, principalmente con iniciativas para equipamientos y otros bienes públicos. Y, como todo lo humano en su complejidad, con frecuencia también para lograr indulgencias, para ganar prestigio, para vender más, para ostentar poder, para lograr lealtades políticas, etc.
El mecenazgo, desde la Antigüedad y renacentista, nos ha legado muchas obras de arte maravillosas, teniendo por objetivo inmediato principalmente la satisfacción de las ansias artísticas de los soberanos y sus cortes, y, en gran medida, la función de consolidar un poder simbólico fundamental para su hegemonía. Ha ido evolucionando hacia tener también como objetivo el proveer a la sociedad de bienes públicos, como museos, bibliotecas abiertas, centros de artes musicales, instituciones educativas y de investigación, piscinas y baños públicos, entre otros.
La nueva filantropía expresa el sentimiento empático, generalmente combinado con diversas otras motivaciones, en un nuevo contexto intelectual. Simplificando, la filantropía se ha expresado siempre en la ayuda al prójimo con algún aporte desde la situación personal lograda, a escala limitada, o abandonando ésta, para ayudarlo compartiendo sus penurias y/o sus luchas. Desde el siglo XIX, aparte del mecenazgo, se expresaba además en acciones para formar o fortalecer instituciones progresistas, particularmente en la educación y cultura. La nueva filantropía busca transformar en parte la conciencia social y aspectos de la realidad, directamente o promoviendo lo replicable por otros, o resolver problemas de los menos favorecidos a mayor escala, muchas veces internacional, para mejorar las condiciones de vida y las capacidades de producción. Y esto no solo de parte de empresarios acaudalados sino también de profesionales y artistas económicamente exitosos.
Impresionado por la enorme cantidad y variedad de filántropos en la actualidad, y la poca conciencia acerca de su importancia para el mundo, me propongo ir mencionando ejemplos para contrarrestar esa falencia. No nos debemos alimentar solo de noticias y denuncias sobre crisis, guerras, terror y abusos, que por cierto sí hay que combatir. Debemos ir fortaleciendo una cultura de optimismo constructivo, ver el vaso medio lleno, sin ignorar y sin dejar de denunciar que también está medio vacío, pero también promoviendo conciencia de que es más fácil que se vacíe a que se llene más.

1 comentario:

Carlos Enrique Rojas Peralta dijo...

le mejor filantropia es la que se sustenta en la generacion de un trabajo digno, enseñemos a pescar