martes, 11 de marzo de 2014

Alfredo Stecher/ TRANSGÉNICOS, CIENCIA Y SALUD (3)

En lo personal recuerdo que desde mi infancia y adolescencia siempre he preferido los alimentos más naturales a los industriales, teniendo progresivamente acceso a ambos, sin ningún argumento, solo por el gusto: mantequilla frente a margarina, cocoa en vez de Milo, miel de abeja en vez de miel de maple importada, pan fresco en vez del envasado, café pasado en vez de café instantáneo, jugos de fruta en vez de gaseosas, todo lo que ahora sigo aplicando y recomendando. ¿Será instinto? Más tarde, aunque no cambiaron mis gustos, fueron las estrecheces económicas y la disponibilidad de ayuda doméstica eficiente y relativamente barata (aunque comparativamente siempre bien pagada) lo que salvó a mi familia de un exceso de alimentos industriales (cerezas y duraznos en conservas fueron durante mucho tiempo lujos ocasionales muy apreciados).
Los dos ejemplos mencionados, de alimentos industriales dañinos, de la leche para lactantes y las grasas trans, nos recuerdan el enorme, y a veces terrible, poder de las industrias de alimentos y farmacéuticas, y en general de las grandes corporaciones, no solo para influir en la opinión pública, en políticos y en campañas electorales, sino también en científicos, en muchos casos con semi conciencia de la manipulación, en otros claramente guiados solo por intereses crematísticos. No ignoro que las grandes corporaciones hacen esfuerzos económicos, en parte meritorios, al financiar generosamente a laboratorios científicos, think tanks y universidades, además de algunas revistas científicas, pero con el grave y buscado inconveniente de que éstas se sienten muchas veces obligadas a no confrontar los intereses de las corporaciones para no perder ese financiamiento. Triste, pero comprensible. Voces discordantes suelen ser amedrentadas o desacreditadas, y algunas, compradas.
Esto no significa que, por ejemplo, esos centros de investigación no realicen muchas investigaciones serias en diversos temas importantes, incluso algunas relacionadas con TG, útiles para el avance del conocimiento, siempre que sus métodos, datos y resultados sean transparentemente públicos, de modo que otros científicos puedan aprender de sus aciertos y errores y cuestionar éstos. Pero queda claro que su sesgo en algunos temas hace indispensable la investigación independiente.
Debo decir que, como todo, las grandes corporaciones no son pura maldad. Muchos de sus ejecutivos y probablemente la mayoría de sus científicos y técnicos son personas serias, calificadas y bien intencionadas, preocupadas de producir, por ejemplo, alimentos de calidad, con altos estándares de higiene, siempre innovando en busca de estimular, atender y aprovechar la ampliación de la demanda por nuevas necesidades o gustos, pero también atendiendo a preferencias crecientes por alimentos más saludables (o menos dañinos), respondiendo a su demanda por los consumidores. Los laboratorios farmacéuticos buscan medicamentos de mayor eficacia o que les den una ventaja frente a sus competidores. Porque competencia sí hay, claro que, en el caso de las más grandes, tipo oligopolio. Y, por cierto, también buscan lograr que sus productos sean comprados de manera sostenida y cada vez más, aunque sean a la larga dañinos para la salud. Para ello muchas veces minimizan y con frecuencia ocultan datos desfavorables.
La avidez de mantener o aumentar sus ganancias -estimulada y exigida por sus accionistas y por el entorno de las bolsas de valores que propician la codicia sin escrúpulos, así como el objetivo de los ejecutivos de acrecentar sus bonificaciones anuales- ante verdades incómodas, fácilmente nubla su conciencia a los bien intencionados y anula escrúpulos a los que no lo son. Hay muchísimos casos en que, a sabiendas, altos ejecutivos han decidido seguir produciendo y propagandizando algo que sabían es dañino o ineficaz.
Hay que tener en cuenta sin embargo que crímenes pasados no son prueba de delitos actuales –claro que sí indicios fuertes que no pueden ser ignorados. Aunque debería ser al revés –exigencia al menos de pruebas serias de inocuidad, independientes y por lo menos de mediano plazo-, mientras no se pruebe los riesgos asociados a los transgénicos (TG) las empresas tienen derecho a seguirlos produciendo y comercializando, y a crear cada vez más variedades. Por eso tenemos nosotros el derecho de exigir, por principio de precaución y para posibilitar la asunción de su responsabilidad personal por los consumidores, que los productos de o con TG sean etiquetados como tales. Y las autoridades competentes deben promover y financiar investigaciones independientes para comprobar o no su inocuidad.
Que ahora ya haya cientos de científicos que se pronuncian en contra de los TG y miles a favor es un indicador de la urgencia e importancia de investigar más, pero no prueba ni una ni otra posición. En ciencia la búsqueda de consensos es importante y muchas veces útil, pero haberlos logrado no es una prueba de verdad. Muchas veces ha sido un solo científico, hombre o mujer, quien ha terminado teniendo la razón contra el consenso científico imperante. Claro que también ha habido casos en los que el consenso científico no ha cambiado frente a muchos cuestionadores -a veces por error o deseos de figuración, o por búsqueda de ganancias de parte de abogados inescrupulosos dispuestos a medrar del conflicto.
Es clave tanto cultivar el respeto por la ciencia como el escepticismo frente a sus resultados, que nunca son definitivos o solo lo son dentro de determinados límites, y en los que con frecuencia hay además errores. Pero la ciencia -las diversas ciencias- nos brinda un conocimiento cada vez mayor de la realidad, de sus problemas y de posibles soluciones, y cada vez más herramientas para mejorar nuestro mundo y nuestras vidas en él, a través de un tortuoso camino de avances parciales, retrocesos y saltos cualitativos; esto no lo proporcionan las revelaciones ni los prejuicios, y menos las charlatanerías y embustes.

Me irritan por igual dos extremos de ignorancia y petulancia: de personas serias con buena formación científica que afirman, de repente, que la homeopatía es solo efecto placebo o que la agricultura orgánica es expresión de atraso e ignorancia; o, desde el otro extremo, de personas igualmente serias, que sostienen que la medicina moderna, salvo la cirugía, no aporta nada a la salud o que la agricultura convencional es solamente negativa. Quienes siguen caminos diferentes tienen que respetarse mutuamente y aprender unos de los otros– y, aunque de manera insuficiente, crecientemente lo hacen.
En el caso de la homeopatía tenemos el mejor ejemplo de la falacia de la equivalencia sustancial que las corporaciones usan como argumento: quienes la cuestionan, incluso una mayoría de médicos convencionales y científicos serios en otros temas, consideran que las gotas homeopáticas y el agua de consumo son ambas H2O y punto, lo que un análisis químico serio comprueba con facilidad. Pero ignoran que, además de la evidencia empírica seria y sistemática, de ya dos siglos, de efectos diferentes de cada medicamento homeopático, ya hay investigaciones que muestran, a escala microscópica molecular, la formación de cristales muy diferentes según la sustancia que ha impregnado características suyas al agua; así como los cristales de nieve en los copos de una misma nevada suelen ser todos diferentes entre sí. Claro que todos tienen la equivalencia sustancial de estar compuestos exclusivamente por H2O (salvo impurezas).
Es cierto que. a diluciones de potencia elevada -10000 o más- no se encuentra ni una traza de la sustancia que le da su efecto característico, pero ya que cada dilución va acompañada de agitación del líquido, en cada nivel de potencia las moléculas de agua van adquiriendo características ligeramente diferentes, a tal punto que las diluciones de más alta potencia pueden ser las más efectivas para un tratamiento. Es cierto que los medicamentos homeopáticos no curan cualquier enfermedad, como tampoco lo hacen los convencionales, pero no tienen – o mucho menos- efectos secundarios indeseables.

En 2010 un documento consensual de la OCDE estableció que la caracterización molecular por sí sola no es la mejor manera de predecir la seguridad de productos de OGM, y planteó la necesidad de una mejora continua de las técnicas y protocolos de investigación del riesgo. Hasta los caracoles avanzan.
Una alta proporción de lo que consumimos de manera generalizada tiene de manera natural o por su procesamiento componentes tóxicos, carcinogénicos o alergénicos o anti nutrientes, muchas veces desconocidos, como lo evidencian los avances, discontinuos, en su identificación. También esto hace que la sola equivalencia con lo que se conoce actualmente no garantiza que un producto no tenga, además de los mismos, otros componentes perjudiciales – claro que podría tener algunos menos. Y significa también que, si tienen niveles muy bajos, por ejemplo, de efecto alergénico, no tienen por qué no ser aprobados, así como no prohibimos el maní, las nueces o la leche de vaca porque lo tienen. Eso sí, con la obligación de indicar en la etiqueta que los contienen, aunque solo sean trazas, para que los consumidores alérgicos puedan evitarlos.
En la discusión sobre transgénicos, como sobre casi cualquier tema controversial, suele haber unilateralidades y ligerezas –a veces mentiras semiconscientes a favor de la posición preferida-, de ambos lados. Trato de contribuir lo más posible a evitarlas o contrarrestarlas.


Publicado por Grupo Agronegocios