sábado, 14 de junio de 2014

Filantropía y cambio social (2)/ Alfredo Stecher

El diccionario de la RAE define la filantropía como amor al género humano, y el altruismo como diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio. Englobo bajo el nombre de filantropía ambos conceptos, también expresados como amor a la humanidad y al prójimo. A costa del propio, puede significar un sacrificio total, como el heroísmo, pero lo aplico en el sentido de prescindir de una parte del bien propio logrado o lograble. Incluye la caridad, pero va mucho más allá de esta.
También incluyo la actitud, insuficientemente valorada y practicada, de preocuparse por prever y evitar, mitigar o contrarrestar los efectos negativos que puede tener la propia acción sobre otras personas, directamente o a través de cambios en su entorno, que puede ser igual de necesario y con frecuencia más efectivo que la acción de ayuda o cambio directa. Y definitivamente es mucho más importante –y auténtica- que la de quienes hacen daño, consciente o semiconscientemente, con sus actividades principales, y buscan aplacar su mala conciencia, si la tienen, lavar su imagen o ufanarse de ser buenos, con obras de caridad marginales o tardías.
Además, sabiendo que no siempre es cierto, así como no hay mal que por bien no venga, tampoco no hay bien que por mal no venga, porque toda acción genera una reacción, menor o mayor, que puede ser negativa, que hay que prever, entender y atender. Se puede tratar de efectos negativos objetivos en sus destinatarios o en su entorno, pero también de efectos subjetivos.
Quienes tienen como prioridad mejorar la vida de otras personas, en tanto profesional independiente, a nivel de institución privada, empresa o desde el Estado, o en cualquier otra ubicación laboral o social, deben tener en cuenta que no basta su intención filantrópica para que el resultado sea favorable. No solo el camino al infierno puede estar empedrado de buenas intenciones. Y hasta en las relaciones interpersonales a veces un gesto de saludo o una sonrisa, valiosos porque pueden estimular reacciones en cadena positivas, a veces son malinterpretados y pueden obtener lo opuesto de lo buscado. Lo que no es razón para no practicarlos, sino para tratar de entender efectos inesperados.
Sin embargo, por lo general, es mayor la probabilidad de que la actitud positiva hacia los demás tenga más efectos positivos que negativos para la sociedad y, de rebote, para uno mismo.
Evidentemente el mundo no va a seguir cambiando para mejor solo por filantropía. E incluso hay el riesgo, como antes -y ahora más claramente-, con la simple caridad, de que las acciones positivas de algunos sirvan para encubrir las miopías, ineficiencias y maldades de otros, así como los clamorosos males del sistema económico y político en sus formas actuales.
Por eso siguen siendo muy necesarias las protestas y movilizaciones exigiendo mejoras y cambios de quienes tienen el poder para brindarlos, así como la participación política activa para que puedan asumir y ejerzan mejor ese poder las personas y partidos con mejor orientación, más capaces, más honestos y con efectiva vocación de servicio público.
Las acciones positivas pueden tener el efecto, en ocasiones negativo, de apaciguar, pero también el más bien positivo de indignar, por posibilitar una comparación real con lo que es factible lograr con políticas diferentes y con concepciones y actitudes distintas de los actores sociales. Por ello es importante tomar conciencia de sus posibilidades y difundirlas, buscando siempre canalizar la indignación por cauces constructivos.
La aspiración a mayores ingresos y a una vida mejor, así como la competencia, son necesarias, son un motor y un mecanismo poderoso, intensificado bajo el capitalismo, de avance material, incluso intelectual y espiritual; pero también son indispensables más cambios culturales y políticos para encauzarlos de manera que nuestras sociedades sean más justas y equitativas y la gente más feliz, incluida aquella que por su codicia, avaricia y ambición desmedidas (todas contenidas en el concepto inglés, greed) alcanza mucho éxito material a costa no solo de los demás sino también de su propio bienestar espiritual.
La filantropía inteligente y a escala creciente está cambiando no solo en algo los movimientos sociales, sino también a las personas con mayor capacidad de tomar decisiones que impactan en el desarrollo social, económico y político. Aunque siguen siendo una reducida minoría, son cada vez más las personas muy pudientes, incluso grandes empresarios, que comprenden o al menos intuyen la necesidad de grandes cambios en nuestros paradigmas y que comienzan a actuar en consonancia, lo que va impactando también en la política. Y es creciente la preocupación por incluir la felicidad en los objetivos de todos y la búsqueda de herramientas para medirla y de mecanismos para lograrla, lo que se expresa cada vez más en los organismos internacionales y en algunos gobiernos (algo iniciado por el gobierno de Bután, en el Himalaya).
La evolución de los conceptos de responsabilidad social empresarial y de buenas prácticas empresariales va en ese sentido; también el otorgamiento de reconocimientos públicos a quienes más avanzan en ese aspecto, importante y positivo contrapunto a las justificadas denuncias de abusos y daños de que son objeto las empresas más irresponsables.
Tomar conciencia de esto, apoyarlo e inspirarnos en ello, es fundamental. En ese sentido continuaré en otros artículos con la mención a ejemplos notables de filantropía, de los más diversos tipos, en parte más o menos al azar, que revela la punta de lo que es un iceberg de ya considerable tamaño y enorme importancia para el destino de la humanidad.

El resultado es incierto. La tendencia positiva corre el riesgo de ser ahogada o aplastada por contratendencias negativas. Pero puede tener éxito.