lunes, 9 de junio de 2014

FILANTROPÍA Y CAMBIO SOCIAL / Alfredo Stecher

El diccionario de la RAE define la filantropía como amor al género humano, y el altruismo como diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio. Como en mi artículo anterior sobre el tema, englobo bajo el nombre de filantropía ambos conceptos, también expresados como amor a la humanidad y al prójimo. A costa del propio puede significar un sacrificio total, como el heroísmo, pero lo aplico en el sentido de prescindir de una parte del bien propio logrado o lograble. Incluye la caridad, pero va mucho más allá de esta.
También incluyo la actitud, insuficientemente valorada, de preocuparse por prever y evitar o mitigar los efectos negativos que puede tener la propia acción sobre otras personas, directamente o a través de cambios en su entorno, que puede ser menos vistosa pero igual de efectiva que la acción de ayuda o cambio directa. Y definitivamente es mucho más importante –y auténtica- que la de quienes hacen daño, consciente o semiconscientemente, con sus actividades principales, y buscan aplacar su mala conciencia, si la tienen, o ufanarse de ser buenos, con obras de caridad marginales.
La evolución de los conceptos de responsabilidad social empresarial y de buenas prácticas empresariales va en ese sentido, también el otorgamiento de reconocimientos públicos a quienes más avanzan en ese aspecto, importante y positivo contrapunto a las denuncias de abusos y daños de que son objeto las empresas más irresponsables.
Además, sabiendo que no siempre es así, así como no hay mal que por bien no venga, tampoco no hay bien que por mal no venga, porque toda acción genera una reacción, menor o mayor, que puede ser negativa, que hay que prever, entender y atender. Se puede tratar de efectos negativos objetivos en sus destinatarios o en su entorno, pero también de efectos subjetivos.
Quienes tienen como prioridad mejorar la vida de otras personas, como profesional independiente, a nivel de institución privada, empresa o desde el Estado, deben tener en cuenta que no basta su intención filantrópica para que el resultado sea favorable. El camino al infierno puede estar empedrado de buenas intenciones. Y hasta en las relaciones interpersonales a veces un gesto de saludo o una sonrisa, valiosos porque pueden estimular reacciones en cadena positivas, a veces son malinterpretados y pueden obtener lo opuesto de lo buscado.
Sin embargo, por lo general, es mayor la probabilidad de que la actitud positiva hacia los demás tenga más efectos positivos que negativos para la sociedad y, de rebote, para uno mismo.
Evidentemente el mundo no va a seguir cambiando para mejor solo por filantropía. E incluso hay el riesgo, como antes,y ahora más claramente, con la simple caridad, de que las acciones positivas de algunos sirvan para encubrir las miopías, ineficiencias y maldades de otros,así comolos clamorosos males del sistema económico y político en sus formas actuales.
Por eso siguen siendo muy necesarias las protestas y movilizaciones exigiendo mejoras y cambios de quienes tienen el poder para brindarlos así como la participación política activa para que asuman y ejerzan mejor ese poder las personas y partidos con mejor orientación, más capaces, más honestos y con efectiva vocación de servicio público.
Las acciones positivas pueden tener el efecto, en ocasiones negativo, de apaciguar, pero también el más bien positivo de indignar, por posibilitar una comparación real con lo que es posible lograr con políticas diferentes y con concepciones y actitudes diferentes de los actores sociales. Por ello es importante tomar conciencia de sus posibilidades y difundirlas, buscando siempre canalizar la indignación por cauces constructivos.
La aspiración a mayores ingresos y a una vida mejor, así como la competencia,son necesarias, son un motor y un mecanismo poderoso de avance material, pero también son indispensables más cambios culturales y políticos para encauzarlas de manera que nuestras sociedades sean más justas y equitativas y la gente más feliz, incluida aquella que por su codicia, avaricia y ambición desmedidas (todas contenidas en el concepto inglés,greed) alcanza mucho éxito material a costa no solo de los demás sino también de su propio bienestar espiritual.
Por eso, aunque siguen siendo minoría, son cada vez más las personas muy pudientes y grandes empresarios que comprenden o al menos intuyen la necesidad de grandes cambios en nuestros paradigmas y que comienzan a actuar en consonancia, lo que va impactando también en la política. Y es creciente la preocupación por incluir la felicidad en los objetivos de todos y la búsqueda de herramientas para medirla y de mecanismos para lograrla, lo que se expresa cada vez más en los organismos internacionales y en algunos gobiernos.
Tomar conciencia de esto y apoyarlo es fundamental. En ese sentido continuaré en otros artículos con la mención a ejemplos notables de filantropía, siempre más o menos al azar, que revela la punta de lo que es un iceberg de considerable tamaño y enorme importancia para el destino de la humanidad.