martes, 8 de septiembre de 2015

ARREPENTIMIENTO JUBILOSO/Alfredo Stecher


Francisco ha aprovechado la cercanía de un nuevo jubileo católico, de indulgencia plena, que convocó el año pasado, para un gesto importante: autorizar durante ese año (8 de diciembre 2015 a 20 de noviembre 2016) a todos los sacerdotes de todo el mundo a otorgar la absolución del pecado de aborto a todas las mujeres que lo hayan cometido y se arrepientan profundamente de ello. Jubileo viene de la palabra latina que designa alegría de los pastores (de ganado).

Esto se puede interpretar, y lo es, como otro esfuerzo para lograr hacer retornar al redil a tantas almas descarriadas que la rigidez de su Iglesia tiene apartadas. Pero también, y espero que lo sea, como un paso más en el titánico empeño de profundizar el aggiornamiento del dinosaurio vaticano, ampliando los canales de manifestación de la infinita misericordia de Dios. Ya Pablo hizo el primer aggiornamiento al ampliar la misericordia de Jehová, antes reservada solo a los judíos, a todos los creyentes en el Nazareno, independientemente de su filiación nacional (pero al mismo tiempo olvidó el tratamiento igualitario de Jesús hacia las mujeres, entre otros puntos).

Los judíos de varios siglos antes de nuestra Era celebraban después de cada siete por siete años, o sea, 49, un año sabático ordenado por Jehová a Moisés, en el que no cultivaban la tierra, liberaban a sus esclavos, perdonaban las deudas y devolvían a sus dueños anteriores todos los bienes inmuebles que les habían comprado. Luego se les olvidó por completo y las iglesias no lo han retomado, seguramente para no trastornar el orden económico, con lo que concuerdo.

La Iglesia romana recién se acordó de los jubileos a finales del siglo XIII y un Papa, Bonifacio VIII, visionario y quizá modernizante, seguramente interesado en promover el turismo a Roma y la venta de objetos religiosos (sus contrincantes malpensados dijeron que una parte para su bolsillo), convocó al primer jubileo católico, en ocasión del año 1300, con la indicación de que sea celebrado cada 25 años, o excepcionalmente en otras fechas, como este Jubileo de la Misericordia (encomendada a una de las personificaciones de María). Y hay seis ciudades, es decir, sus obispos, que pueden convocarlo ad perpetuum cada 7 años para su jurisdicción (Roma, Jerusalén, Santiago de Compostela y otras tres de España), otras, con autorización especial. Felizmente una minoría significativa de los católicos ha tenido siempre los recursos necesarios para hacer los viajes correspondientes –claro que los/las demás, la inmensa mayoría, no.

Es fácil imaginar qué mujeres, que gustaban del turismo religioso y no morían inoportunamente, accedían anteriormente a la indulgencia por aborto, seguramente las más favorablemente relacionadas con el Poder político o económico, ya que era prerrogativa exclusiva de obispos y del Papa (o sacerdotes cercanos a quienes la habían delegado). O sea que Francisco la está democratizando.

Aunque democratizadora, lo que es un síntoma positivo, la decisión tiene un lado oscuro: la probablemente inmensa mayoría de las muchísimas mujeres que se han sometido a un aborto (solas, por alguna amiga, por curanderas, en consultorios particulares o en clínicas, según su status social y bolsillo, o en hospitales -en los países más modernos que permiten el aborto), lo han hecho como un alivio a una situación personal muy complicada o incluso desesperante, pero también con pesar y dolor espiritual (además de complicaciones por condiciones inadecuadas o mala suerte). Tiene razón Francisco de considerarlo un drama existencial y moral, y que muchas mujeres llevan en su corazón una cicatriz por esa elección sufrida y dolorosa. Pero entonces ¿por qué se opuso férreamente al aborto en Argentina, rigidizando, en alianza con la Kirchner, la legislación antiabortista? Ojalá el Espíritu Santo que se supone orienta al Papa en asuntos de fe lo ilumine más.

¿Tendrán algunos sacerdotes y obispos, por ejemplo, el bienamado cardenal Cipriani, la empatía necesaria para comprender el grado de arrepentimiento requerido?

Para todas las mujeres significa la oportunidad de redimir su culpa religiosa revivir el dolor, para algunas, quizá muchas, puede terminar siendo un alivio. Pero muchas no tomarán el camino de la confesión. ¿Seguirán excomulgadas? ¿Por qué la misericordia de Dios no se manifiesta en la comprensión divina, ex ante, como la interpretan algunas iglesias evangélicas (no fundamentalistas), la ortodoxa, parte del judaísmo y gran parte del islam, que dejan el aborto, hasta cierto plazo, a la conciencia de la mujer? ¿O por qué no se expresa la misericordia al menos en el momento oportuno, ex post, como lo hacen muchos sacerdotes católicos cercanos al pueblo, con o sin autorización episcopal expresa?

¿Sabrán en el cielo que el 90% de las violaciones de niñas, muchas incluso de menos de 12 años, han sido producidas por su padre, otros parientes o cercanos a la familia, y que, además del trauma terrible, las criaturas muchas veces nacen con deformaciones o retardos debidos a la consanguinidad? Por eso en la mayor parte del mundo “civilizado” el aborto por violación es permitido, incluso fuera de los plazos para otros abortos.

¡Qué dilema para Dios cuando mujeres llegan a tocar a la puerta del cielo, excomulgadas por no haber tenido la oportunidad de acogerse a un jubileo!

Me pregunto qué pasa, aquí y allá, con sus acompañantes (personal de salud, personas que le dieron apoyo sicológico o físico, y los fabricantes y distribuidores de píldoras abortivas), ya que también son excomulgados automáticamente en el mismo momento en que el aborto es consumado exitosamente (claro que solo si son católicos).

Anoto que la Iglesia se ha dejado un campo de decisión discrecional al excluir de la sanción a aquellas personas que no han cumplido los 16 años, las que no conocen esta Ley –se entiende, eclesiástica- o están en error sobre su alcance, las mujeres que fueron forzadas a esta decisión, las que tuvieron un accidente imprevisto ¿?, las que actuaron por miedo ¡! o no estaban en su sano juicio (excepto culpabilidad causada por el alcoholismo). Recordemos que también muchos matrimonios indisolubles fueron disueltos por el Vaticano, como el del presidente peruano Manuel Prado.

Aunque parezca increíble, la Iglesia católica es con esto incluso algo más avanzada y tolerante, menos retrógada, que los legisladores católicos en nuestros países. Conviene que lean el Canon, que además habla de la obligatoriedad de confesarse –con la discreción correspondiente- y no obliga a informar a autoridades para que inicien una acción judicial, punitiva (que debería enfocarse en los violadores).

¿No deberían la Iglesia y esos legisladores arrepentirse de tanta falta de empatía y misericordia?