domingo, 24 de marzo de 2013

CHÁVEZ, NI GUÍA NI MONSTRUO II / Alfredo Stecher



Continuando el artículo anterior.
La economía venezolana, en circunstancias de gigantescos ingresos por el petróleo, cuyo precio se mantuvo más que decuplicado, es un desastre, con una aguda contracción de la capacidad productiva, incluso en la producción petrolera, una bajísima tasa de crecimiento del PIB, en comparación con el promedio latinoamericano, uno de los mayores déficits presupuestales, una gran deuda pública y una altísima tasa de inflación. A ello ha llevado, junto con los excesos y despilfarros en el gasto interno e internacional, su política estatista y colectivista (cuyas consecuencias hemos vivido en el Perú) y la ineficiencia y corrupción de muchos funcionarios. Se ha formado una capa de nuevos (y algunos antiguos) ricos allegados al régimen, incluidos familiares del caudillo. Y, según fuentes policiales internacionales, el régimen habría tolerado o incluso favorecido el blanqueo de dinero, el tráfico de armas y el narcotráfico.
El eclecticismo o ensalada ideológica de Chávez se nutre, además de un trasnochado antiimperialismo, de la Biblia, del Che y Castro, de alguito de Marx, de nuestro general Velasco y sobre todo de Bolívar, el endiosado libertador. Recientemente un escritor y otros intelectuales colombianos están contribuyendo a desmitificar su figura, sin dejar de reconocer su gravitación como líder contra la dominación española. En cuanto a Estados Unidos, si bien sigue siendo el imperio principal, del cual hacemos bien en disminuir nuestra dependencia, es también un referente importante para la democracia como sistema de gobierno - mucho más bajo el Partido Demócrata -, lo que no se puede decir de Rusia y de China, que son valorados por Chávez como aliados; claro que los Estados Unidos relajan bastante su afán democratizador cuando se trata de las dictaduras feudales del Golfo Pérsico y de su petróleo, y algunas otras. Y el intervencionismo crudo de los Estados Unidos en América Latina es cosa del pasado, tanto por factores internos y la escena internacional, como por nuestra mayor autonomía económica e ideológica. Paradójicamente Venezuela ha elevado en los últimos años su dependencia económica de los Estados Unidos, especialmente en cuanto a importación de derivados del petróleo, por la destrucción de su principal refinería – al parecer accidental, por una gestión desastrosa.
Valoro la preocupación por los pobres, con indudables éxitos, al menos cuantitativos, en particular en educación, salud y vivienda, preocupación incluso crecientemente compartida por tecnocracias y segmentos democráticos de la derecha en nuestros países – también por organismos internacionales. Pero, cuando se da solo como asistencialismo y clientelismo, es decir, populismo, peor aún al estar asociado con adoctrinamiento en la ideología dominante, como sostén de un caudillismo desenfrenado, a la larga logra lo contrario.
Por un lado, además de sus nefastas consecuencias políticas, inhibe las iniciativas y el desarrollo del potencial cultural y productivo de las personas con menos recursos (también del resto de la población). Por otro lado, el empobrecimiento general del país no solo los deja más pobres de lo que serían si se hubiera seguido un modelo económico sensato, sino además amenaza con dejarlos aún más pobres cuando su actual sistema sea insostenible. Esto será inevitable en el caso de una baja fuerte del precio del petróleo, que parece una tendencia inexorable gracias a la inminente autosuficiencia de Estados Unidos en petróleo y gas – que es cuestión de pocos años -, de la progresiva profundización de la crisis económica y del peso lentamente creciente de las energías renovables así como del uso decreciente del petróleo en diferentes esferas.
Y será un golpe fuertísimo para los países que dependen mucho de la generosa ayuda bolivariana, en especial Cuba – para cuyo régimen ha sido un salvavidas - y Nicaragua, en menor medida, Bolivia, El Salvador y algunas repúblicas del Caribe, en el marco del ALBA-TCP (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América – Tratado de Comercio de los Pueblos). Esto incluye el Eco-ALBA - zona económica de la alianza -, la formación de empresas Gran-nacionales, como Petrocaribe y el banco ALBA, y la creación de una nueva moneda, el SUCRE (por sistema único de compensación regional), para transacciones entre sus miembros. Su viabilidad es dudosa y su futuro obviamente incierto, optimistamente.
Lo que también es gravísimo para la democracia es el ahondamiento del conflicto social – que hasta cierto grado es inevitable y puede ser positivo -, pero que en Venezuela es abismal y creciente, con el azuzamiento de las rabias, con resentimientos y deseos de venganza, astutamente dirigidos contra lo negativo, real e imaginado, pero no a favor de una alternativa más positiva.
Esto, junto con ineptitud o complicidad de las autoridades del orden, ha contribuido además a un incremento enorme de la delincuencia común de todo tipo.
Alguna vez dediqué en Caracas, hace años, unas dos horas a escuchar y ver una de las conversaciones semanales televisadas, Aló presidente – básicamente monólogos – de Chávez “con su pueblo”, y quedé impresionado por su labia e histrionismo. Si a eso, y a su carisma y mensaje cuestionador, se agrega las tangibles mejoras materiales para cientos de miles de familias, se entiende – o se debe tratar de entender – que tenga tanto apoyo popular a pesar del evidente deterioro de la sociedad y de la economía, con inflación, desabastecimiento y creciente inseguridad. Ese apoyo – también a su partido gubernamental único, Partido Socialista Unido - se ha expresado en victorias holgadas en elecciones relativamente limpias (solo en cuanto al recuento de los votos).
En América Latina, si floreciera la división entre chavistas y antichavistas, como extremos, solo podría amenazar con triturar nuestras democracias, con el peligro de llevar a desgracias mayores y dictaduras, y a agravar los conflictos entre países.
Aprecio en ese sentido que el presidente de Chile, Piñera, en uno de sus gestos de estadista, muy criticado por parte de algunos de sus partidarios en la derecha chilena, haya acompañado las exequias. Claro que sin el desatino de proclamar a Chávez como ejemplo.
A pesar de buenas intenciones, el claroscuro de Chávez tira mucho más para oscuro. Felizmente no parece haber nadie en Venezuela o en otros países capaz de sustituir su liderazgo latinoamericano, lo que facilitará evitar sus extremos y encauzar positivamente nuestras políticas.