miércoles, 27 de marzo de 2013

FRANCISCO, ESPERANZA - LUCES Y SOMBRAS/ AlfAlfredo Stecher


 Quiero expresar mi esperanza - desde fuera de la Iglesia Católica, y de toda iglesia (aunque de formación luterana) -, de que el nuevo Papa sea para la humanidad una fuerza de mejora significativa.
Escribo esto también recordando a mi difunto padre, quien fue primero franciscano, formado en los seminarios de Cochabamba y del Cusco, y luego cura seglar, uno de los pocos en el Perú capaces de conversar en latín (y de predicar en quechua). Para casarse con mi madre, maestra en el colegio Santa Úrsula, dejó los hábitos y su iglesia, encontrando amparo espiritual en la iglesia luterana, que sentía más cercana; además tanto su madre, con la que nunca vivió, como el padre de la mía eran luteranos. Ya adultos sus hijos, y gracias a su amistad con el cardenal Landázuri, logró la dispensa papal de sus hábitos y volvió al redil.
Pienso que la elección de Mario Jorge Bergoglio lo hubiese alegrado, no solo por el nombre adoptado - sin dejar de tener cierta reserva franciscana por ser jesuita. Y creo que hubiese apreciado lo que estoy escribiendo, sin estar totalmente de acuerdo. Aunque quién sabe, muchos hemos ido evolucionando con los cambios en nuestras sociedades – no solo Bergoglio. Sé que mi padre estaba a favor de una iglesia más humilde y con mayor compromiso social, así como del celibato voluntario y del uso de anticonceptivos, y aceptaba el divorcio.
Como a muchos, me alegra que la cabeza de la iglesia más poderosa en el mundo, sea de una orden actualmente destacada por su compromiso con los más necesitados y su interés por el conocimiento científico, que sea un latinoamericano, con sentido común y empatía, además de tener experiencia más cercana con la vida real de la gente no privilegiada. En ese sentido los cardenales han ratificado la rehabilitación de los jesuitas iniciada por Benedicto XVI, después de su relegación de parte de Juan Pablo II a favor de órdenes como los Legionarios de Cristo y el Opus Dei.
Celebro los gestos de Francisco, consistentes con toda su conducta previa, de humildad y sencillez. Valoro los síntomas de que quiere alejarse del rol papal como monarca absoluto, con una corte como las de hace siglos, y transformar el gobierno vaticano en algo más horizontal, colegiado, retomando algunos elementos importantes de la gran reforma inconclusa e interrumpida que significó el Concilio Vaticano II bajo Juan XXIII. Y aprecio su actitud ecuménica, de cordialidad hacia otras confesiones.
Tiene la tarea - y ojalá lo logre, de reformar y limpiar la Curia, de descentralizar la administración de la Iglesia, de insuflarle un espíritu de mayor compromiso con los más desposeídos de dinero y de poder, de continuar con la condena firme y pública de los abusos sexuales de parte de sacerdotes, y, ya que está fuera de su óptica cambiar al respecto lo esencial, favorecer al menos una mayor y más valorada participación de la mujer y una mayor tolerancia en materia de doctrina sexual. Sus exabruptos anteriores como la calificación del matrimonio entre homosexuales como guerra contra Dios, y el rol del Diablo, han sido luego corregidos con actitudes de respeto y diálogo poco frecuentes en la jerarquía eclesiástica, incluida la aceptación de acuerdos de vida en común para homosexuales.
Un gesto que pinta a Bergoglio como un ser humano positivo es su cercanía personal a divorciados, homosexuales y aún travestis, así como a enfermos de sida y a recolectores de residuos reciclables en la basura. Su aprobación reciente, cambiando su posición anterior, a que una pareja de homosexuales adoptara un niño, es una evidencia de apertura poco frecuente en la jerarquía eclesiástica.
Por su actuación consistente, y concordando con lo expresado por el premio Nobel de la Paz Pérez Esquivel y el obispo argentino Hesayne - quien a diferencia de Bergoglio se enfrentó abiertamente a la Junta Militar-, considero infundada la acusación de que en tanto provincial de los jesuitas haya entregado a la represión a dos de sus sacerdotes injustamente acusados de colaborar con la guerrilla. Ya arzobispo y a nombre del obispado argentino, que incluía a muchos obispos colaboradores con la dictadura, pidió perdón por omisiones y acciones cometidas por la Iglesia en su cercanía a la dictadura militar.
Creo que para la Iglesia Católica es un gran paso adelante, en un momento de enormes tensiones internas por el peso de la tradición formalista y machista frente a la evolución social. Le deseo éxito.
Y aquí comienzo con el lado oscuro. Al fortalecer a la Iglesia Católica, fortalece no solo sus aspectos positivos sino también los negativos, que son especialmente significativos en países de mayoría católica. Es en general un freno a la necesaria secularización de la vida política y de separación entre los asuntos del Estado y de la religión. Lo religioso debe ser respetado, pero como parte del fuero privado de las personas.
Donde la Iglesia Católica es más débil convive tranquilamente con legislaciones avanzadas en materia familiar y sexual, pero, donde es más fuerte, lucha, lamentablemente muchas veces con éxito, por impedirlas. Por ejemplo, en Chile su peso hizo que se demorara hasta la década pasada la aprobación del divorcio civil. En muchos países africanos la condena católica al uso y a la distribución de preservativos ha contribuido a una enorme propagación del sida. ¿La vida de esos seres humanos y de su descendencia no cuenta?
Aunque las víctimas de las prohibiciones a la contracepción y al aborto reciban luego su misericordia pastoral (si no están entre las fallecidas), el daño está hecho: millones de mujeres forzadas a recurrir a abortos clandestinos, frecuentemente de consecuencias mortales o secuelas permanentes, o a ser madres de hijos no deseados, que no pueden criar como quisieran, o que mueren en la infancia por desnutrición y enfermedades. Y esto agrava la injusticia social, porque las mujeres de mayores ingresos sí encuentran en su país o en otro vecino el modo de abortar en condiciones clínicas adecuadas.
Comprendo y comparto la desazón por el aborto, que siempre es traumático para las madres - y para los padres que las acompañan- aún más desde que hay imágenes más precisas de los fetos. Mi primer consejo es evitarlo. Pero es una realidad de salud pública, que tiene que ser tratada como tal, y es una decisión que corresponde prioritariamente a la madre, de la cual el feto es todavía parte indisoluble, con la mejor asesoría y atención posibles.
¿Entonces por qué le deseo éxito? Porque tengo la expectativa de que predominará lo positivo, así como la esperanza de que Francisco haga prevalecer la tolerancia dentro y fuera y relaje el poder político de su iglesia. Además porque, sabiendo que la misma fuerza puede ser adversaria en unos y aliada en otros aspectos y circunstancias, considero que tener adversarios de mayor calidad obliga a mejorar la propia y permite que el desarrollo del conflicto tenga repercusiones más favorables o menos negativas para la sociedad.