lunes, 29 de diciembre de 2008

HUEVOS DE ESTURIÓN / EL MITO DE VISCATÁN / Fernando Rospigliosi

La guerra de trincheras terminó en Europa en 1918, hace noventa años. Los militares peruanos parecen no haberse enterado todavía. Con gran despliegue propagandístico han ocupado las trincheras senderistas en Viscatán. El resultado ha sido varias decenas de militares muertos y heridos, ni un solo terrorista abatido o capturado, y la conquista de un territorio montañoso dificilísimo de sostener que no les sirve para nada.

El concepto mismo de la operación, que empezó en agosto de este año, es profundamente equivocado. En el combate al senderismo en la selva central, no se trata de ocupar posiciones y mantenerlas. Ese es un absurdo que sólo a los incompetentes mandos militares que la diseñaron puede ocurrírsele.

Es verdad que Viscatán es una zona de refugio utilizada desde hace varias décadas por SL para refugiarse después de sus incursiones. Es un territorio agreste, propicio para las emboscadas y cubierto de nubes todo el año, lo que dificulta las operaciones aéreas.

El ocupar Viscatán ha supuesto un costo altísimo para las Fuerzas Armadas. Solamente al entrar, tuvieron –según versiones oficiales- 24 heridos (18 de ellos del Ejército) por las trampas cazabobos plantadas por los terroristas. Y después vino lo peor. Francotiradores senderistas han ido abatiendo militares sistemáticamente. Ayer domingo, mataron uno e hirieron a dos.

 Lo peor ocurrió en octubre, cuando una columna senderista emboscó una patrulla del Ejército y mató a 14 militares y dos civiles y se llevó todos los fusiles y pertrechos, en Tayacaja, Huancavelica. La excusa del Ministerio de Defensa, de que esa no es la zona del VRAE, es absurda. Es el mismo grupo senderista, que opera en la Selva Central, las alturas de Tayacaja y San Miguel y Huanta (Ayacucho), actuando en una zona de emergencia bajo control militar

En resumen, el balance es hasta ahora una veintena de muertos, medio centenar de heridos del lado de las fuerzas del orden, cuatro campesinos asesinados por los militares, cuatrocientos campesinos desplazados, y ninguna baja por el lado de los terroristas. ¿Esa es una victoria?

Mantener bases en Viscatán es peligroso y costoso. Los helicópteros son blancos apetecibles, como lo demostró el ataque del domingo 28. El abastecimiento de las bases tiene que hacerse muchas veces por aire. Hacerlo por tierra es tanto o más peligroso que en helicóptero. ¿Todo eso para qué?

Los senderistas han huido a otros lugares de ese extenso territorio, que conocen como la palma de su mano. El tener el control temporal de Viscatán es una ventaja que no significa un cambio estratégico. Es más, dada la situación, es dudoso que los militares puedan mantenerse en Viscatán mucho tiempo. Los costos humanos y materiales son muy elevados, las ventajas pequeñas.

El argumento para justificar las bajas militares es ridículo. Dicen que si no hicieran nada no tendrían bajas. Esa es una tontería. Es verdad que si se toma la iniciativa y se combate, es previsible que se sufran bajas. El punto es que las bajas solamente están del lado de las fuerzas del orden y no de los terroristas. Y que esas bajas son innecesarias.

Es decir, no se justifica el elevado número de bajas para tomar un territorio que no se va a poder mantener mucho tiempo y sin haberle dado un solo golpe al enemigo.

La guerra de trincheras pasó a la historia en mayo de 1940, cuando las tropas francesas que permanecían parapetadas tras la línea Maginot fueron barridas en solo seis semanas por las rapidísimas divisiones de Erich von Mainstein, Heinz Guderian y Erwin Rommel.

En la guerra contrasubversiva es más insensato todavía actuar como en la Primera Guerra Mundial. Tomar las trincheras enemigas en una guerra de guerrillas, sin abatir un solo enemigo, carece por completo de sentido, a menos que eso vaya acompañado de otras operaciones. Y hasta ahora lo único que hay es el gran despliegue en Viscatán.

La zona se encuentra en estado de emergencia bajo control militar desde junio de 2003. Y desde diciembre de 2006, las fuerzas armadas instalaron un general en la base de Pichari. Luego de dos años, los resultados son nulos. Eso sí, todos los días piden más dinero, acompañados por un coro de congresistas ayayeros.

 

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