viernes, 19 de diciembre de 2008

¿TRASPLANTE O LAVADO DE CARA? / Liuba Kogan

Un grupo de cirujanos norteamericanos reemplazó el 80% de la cara de una mujer que pidió no ser identificada. Es la cuarta operación mundial de cambio de rostro.

Al margen de la proeza médica y de los temas éticos que este trasplante implica, me puse a pensar que el “cambio de cara” resulta ser una metáfora potentísima.

En nuestro país el “lavado de cara” es una práctica frecuente y a veces preocupante. Sobre ahora que se acerca el fin de año y no sabemos a ciencia cierta si ponerle buena cara al 2009. A pesar de ello, todo comienzo se asocia al lavado de cara: levantarse en la mañana implica forzosamente un lavado de cara: le ponemos cara limpia a todo emprendimiento.

¿Pero cuánto nos transforma un lavado de cara? Nos gusta creer que las cosas han cambiado: que el Perú se transforma y cambia profundamente, que ya somos modernos e iguales. Los turistas dicen que Lima ha cambiado de cara.

Sin embargo, no creo que los lavados de cara nos transformen recónditamente. Por ejemplo, los vecinos del edificio donde vivo, decidieron cambiarle la cara al inmueble con una pintada total. Casi muero de espanto al ver desde mi ventana del cuarto piso a los jóvenes pintores “en sayonaras” y sin ningún tipo de arnés, pintando con rodillos a ritmo tropical. Ni leyes de protección al trabajador, ni indignación de los vecinos, ni sensibilidad del contratista. Nadie perdió la cara de vergüenza.

No me quiero poner tan pesimista: lavarse la cara y disfrazarse son actos positivamente subversivos, ya que nos pueden empujar hacia pequeños y sostenidos cambios.

Cuerpos y caras han empezado a entenderse como elementos fundacionales de la identidad individual, social o corporativa. Un trasplante no es cosa de juego: resulta en un difícil pero a veces necesario proceso de cambio de identidad. Rostro e identidad son pues, las dos caras de una misma medalla.

Solo situaciones límite de daño profundo o pérdida de la cara (aquí sí de forma material y simbólica) ameritan un trasplante. Los cuatro sujetos que lograron trasplantarse la cara, literalmente la habían perdido. A veces el problema es que en nuestro país no nos damos cuenta sobre cuándo deberíamos perder la cara de vergüenza e indignación. O peor aún, no sabemos qué cara ponerle al presente y al futuro inmediato.

2 comentarios:

Yusef Simon dijo...

Querida Liuba, qué sorpresa tan agradable encontrarte por acá! Lima ha cambiado, ahora en la absolutamente válida intención de modernizarse los citadinos nuevos y viejos se enfrentan a la necesidad de integrarse a esta cultura de consumo y vida corporativa (en cada parte de la pirámida), es algo imperativo, incluso la modernización estética de la clase emergente es una llamada a un status quo casi imaginario, lo que me preocupa es que muchas veces se pierde el sentido de comunidad, de colectividad que los migrantes tuvieron como parte de su idiosincrasia antes de su travesía a la ciudad. Los limeños (sobre todo los provincianos) no debemos mirar con admiración la cultura corporativa basada en el individualismo que es agresivamente uniformizante ¿Qué cara ponemos ante eso? Muchos no se dan cuenta de la plastificación que trae la mal llamada modernización, muchos no vislumbran la inserción en una sociedad de consumo manteniendo patrones de conducta diferentes a los ortodoxos, impuestos por los medios, algunas sociedades ya lo han logrado en mayor o menor medida pero los actores de ese proceso en nuestro país, las grandes masas, deben ver la modernidad como sinónimo de uso de tecnología para el beneficio social, para la interacción con individuos a pesar del arduo trabajo y para la organización en busca de la preservación de espacios públicos y la promoción de derechos.

Comentarios dijo...

Querido Yusef, qué sorpresa tan agradable encontrarte por acá... jaja.

Varios puntos/ideas sobre este estimulante artículo (que quizá escape al "frío es" sociológico, hacia el comprometido "debe ser" ciudadano):

1. Me encantó la metáfora de la mujer golpeada, que tuvo que ser sometida a una sofisticada operación para "recuperar" su rostro. Pero por dentro, los golpes siguen doliendo. ¿Sería análogo con lo que pasa en el Perú?. ¿Con un Perú que "avanza" pero que mantiene sus heridas, esas heridas que no se quiere recordar, para no repetirlas?.

Yo en todo caso (y no es que quiera copiar el ánimo del Presidente) creo que las cifras, en el plano económico, son claras y rotundas. En un escenario de crisis mundial (y a la par con algunos paises de la región), el Perú crece. Y, aunque el chorreo es para muchos chorreo y para otros (muchos) goteo, o simples filtraciones de agua, un escenario de crecimiento económico es (o debería ser) la base de un fortalecimiento de los derechos fundamentales (sociales Y políticos). Sin eso, el crecimiento no se puede sostener, se nos descosen (¿descocen?, ¿descuecen?) los puntos de la cara. Y cuando después de la euforia se te revienta la olla a presión, las consecuencias son devastadoras.

2. "El individualismo uniformizante", interesante paradoja la que diseña Yusef. Pero el individualismo no siempre uniformiza. Yo me pregunto si atacar al individualismo es atacar al enemigo equivocado, y a veces me respondo, después de analizar las cosas, que sí. Igual me pasa cuando pienso en los ataques al liberalismo. Y me respondo con dos preguntas: ¿hemos vivido, realmente, un "liberalismo"?. ¿hemos sido real y profundamente "individualistas"?. Y me vuelvo a responder: 1. me cuesta creer que el sistema tan criticado, que viene de "caer" (o de desenmascararse con roche), haya sido verdaderamente liberal, ni siquiera en lo económico (por ejemplo, la "competencia perfecta", ideal liberal, jamás se podría plasmar con el sistema de exclusión tan profundo que se ha venido viviendo). 2. El verdadero, positivo individualismo, aquel donde yo soy yo porque soy dueño de mis elecciones, requiere un sólido sistema legal de protección a los derechos fundamentales vinculados a lo que llamamos "libertad negativa" (bien articulada con un mínimo de derechos prestacionales garantizados por el Estado, y, a su vez, una Administración Pública eficiente). ¿Lo tenemos?. Lo dudo.

Saludos,
CP