martes, 23 de diciembre de 2008

MÁS NAVIDAD QUE TELETÓN/ Ramiro Escobar

¿Se puede criticar la caridad pública, léase la Teletón, sin ser considerado un malagracia, un intelectual alejado de las masas, un ‘caviar’ irredento o un izquierdista circunspecto y sin alma? Juzgo que sí, que sí se puede y se debe. Primero, por respeto a la libertad de expresión y emoción. Y, segundo, porque  no creo que la limosna sea tan tan cristiana.

Me explico, a riesgo de ser excomulgado por aguafiestas. En rigor, lo que se ha hecho estos días es –por más que el presidente, en curioso arrebato bíblico, llamó a dar “hasta que duela”- ofrecer lo que, en mayor o menor medida, sobra. Puede ser que alguien haya esgrimido un ay por lo que dejó en las cuentas bancarias, pero no mucho más.

Y menos aún en los predios donde, literalmente, el dinero es la divisa. Ya Humberto Campodónico ha explicado en La República (edición del 20/12/08) cómo la rebaja de los impuestos a los bienes suntuarios equivale a una pérdida tributaria equivalente a más de 10 teletones. Los ricos también lloran, dan, se conmueven; pero, al final, nunca pierden.

La manera cómo se ha organizado el evento, además, desde las alturas políticas (con una poco cristiana cena en Palacio de a 2,000 dólares el cubierto), sinceramente ruboriza. No hacía falta, no lo reclamaba nadie; todo lo contrario: al subir esta loable colecta pública al estrado del poder se le ha revestido de un glamour innecesario, excesivo.

Qué diferencia, por ejemplo, entre esta faraónica celebración, con fuegos artificiales casi de Olimpiadas como fin de fiesta, con la espontánea ola de solidaridad que se generó tras el terremoto de Pisco, en octubre del 2007. Eso sí le salía más del alma a la gente, acomodada o modesta, quizás por una razón que ahora quedo enterrada por el show.

Los sismos, como otras tragedias provocadas por la naturaleza, derrumban seguridades ficticias, hacen que se desplomen nuestras miserables diferencias. Nos igualan a todos frente al espanto, ante la presunción de que pudimos ser nosotros. Una Teletón por todo lo alto, en cambio, pronuncia las diferencias, erige a la limosna como símbolo social.

Deseo que la Clínica San Juan de Dios siga adelante, pero me he sentido poco navideño al ver la fiebre teletónica, tan llena de caridad pero tan poco asociada con la justicia. Con la justicia que el Estado y la sociedad deberían promover como permanente, y no como dependiente de las dádivas públicas, cada vez que las arcas de beneficencia se vacían.

Cierto: la Biblia llama a dar al necesitado, a no olvidar al desvalido. Pero siempre resalta a la mujer pobre que dio de lo que tenía, al samaritano que no le importó a quien ayudaba o al Niño que nace en un lugar pobre, pobrísimo. Y que luego, a lo largo de su vida, se juega, hasta la muerte, por los más ninguneados, por los apestados, por los marginados.

Quizás, entonces, necesitamos más Navidad auténtica que teletones. Sobre todo si a esta fiesta occidental se le sacude de esa episódica caridad que no exalta al Cielo ni cura a la Tierra. Especialmente si se asume que el amor que uno puede dar a sus allegados, o a los más pobres, necesita de estos días para reciclarse, pero de toda la vida para ser real.

Conozco el pesebre donde, presuntamente, nació Jesús y, acaso por el tumulto político que lo rodea (Belén es una zona palestina rodeada de soldados israelíes), sigue siendo un recinto pobre, algo desvencijado. Pero sospecho que el lugar guarda, a su vez, una secreta austeridad que ni los siglos, ni las luchas fratricidas y necias, han podido arrebatarle.

Cada vez que se acercan estas fechas, lo recuerdo intensamente y siento que, más allá de la poca o mucha fe que uno tenga, o incluso si no tiene ninguna, ese modesto espacio está allí para recordarnos que, en el principio de la vida, todos somos iguales. Y que, si hay una redención en el imaginario humano, pasa necesariamente por una mayor justicia.

¿Cómo se logra? No lo sé, ha habido tantos desvaríos por conseguirlo que es pecaminoso aventurar una fórmula. Pero algo me dice que la caridad desprovista de perspectiva, o envuelta en lentejuelas y discursos, no conduce hacia esa entelequia. Y que más bien la paz y la buena voluntad de nuestra especie crecen entre la humildad y el sacrificio.

Feliz Navidad, a pesar de todo y de lo poco, desde este espacio sincero y compartido.

2 comentarios:

Gabriel Antonio Mazzei Mancesidor dijo...

Lamentablemente, esto seguramente influirá en las encuestas y Alan se sentirá más emperador que nunca... Una lástima que se saque provecho de los infortunios de la gente.... Además, como dices, no hay que esperar a organizar Teletón para ponernos todos a colaborar: que el Estado aporte lo que debe aportar en cuanto a salud, seguridad y bienestar del país

búfalo dijo...

Garcia no da puntada sin hilo, sabía que desde tempranito tendría cámaras y prensa gratis que es lo que el busca todo el rato, nunca debió usar palacio de gobierno para la teleton y menos bailar como lo hizo. Raro que Bayli no lo comentara ayer en su programa. Claro, llama a la mamá para comprarse al hijo. No hay libertad de prensa en el Perú y el periodismo es lo peor. Igual que en las épocas de fujimori y montesinos. ¿Hay que ver como insulta correo y expreso a Toledo y Humala y muchas veces también a Lourdes. A cambio de que será? Después van a decir que ellos no lo hacían, como ahora dicen de la época de fujimori, ya verán........