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miércoles, 3 de marzo de 2010

Libre Albedrío/ PREVENCIÓN, DEJADEZ, ESTUPIDEZ/ Ramiro Escobar



Nuevamente, como por arte de magia sísmica, el brutal terremoto de Chile ha despertado acá alarma y ha activado conciencias preventivas dormidas. Otra vez, poblamos los medios, las ondas, incluso la discusión callejera, con conversas sobre lo que pasaría –en Lima, sobre todo, porque nuestro ombliguismo capitalino funciona hasta en eso- si (“¡Dios no lo quiera!”, dicen los más beatos) aconteciera un sismo de similar magnitud.

Pero las reiteradas declaraciones del ingeniero Ronald Woodman, presidente del Instituto Geofísico del Perú –hace poco en El Comercio, antes en ‘La Hora N’ y, en general, ¡hace años!- revelan una feroz falla estructural en nuestras instituciones y mentalidades: resulta que hace meses pedía una alerta local contra los tsunamis, resulta que no le respondían nada y resulta que hasta el Congreso se le vació cuando fue a hablar sobre el tema.

Los congresistas que estuvieron ese día no salieron del recinto por temblor alguno. Salieron porque sufren de una enfermedad colectiva que nos ataca a todos gravemente. Adolecemos de una necedad anti-preventiva, creemos que los sismos, o los fenómenos de diverso tipo, o no ocurrirán o si ocurren bueno, pues, Dios nos ayudará. Si hay algo en lo que no somos –y perdonen el término huachafo y algo manido- pro-activos es en esto.

Entrado el siglo XXI, tenemos una escasa, escuálida cultura de prevención. Ausencia que, por cierto, se expresa en una falta de institucionalidad sólida para enfrentar los eventos naturales o de otro tipo. Defensa Civil (DC) existe, ha crecido, pero no tiene mayor autoridad (salvo cuando todo ya se ha venido abajo, como en el caso de Pisco) y aún así, no es, digamos, la gran entidad que hace sentir plenamente segura a la población.

La web de la DC pareciera decir lo contrario. El SINPAD (Sistema Nacional para la Prevención y Atención de Desastres) ha ganado hasta un Premio ‘Excel Gob 2007’ al ‘Mejor Esfuerzo’, otorgado por la OEA. ¿Quién se entera? ¿Se siente? Hay mucho de esfuerzo, seguramente, pero algo de inevitablemente opaco en su presencia. Defensa Civil somos todos, pero solo algunos se sienten involucrados, autoridades incluidas.

Es una cuestión de normas, pero también de imaginario y prácticas (por eso hablamos de ‘cultura preventiva´). Hace poco, un amigo, dueño de una lavandería, recibió un llamado de la DC diciéndole que irían tal día para una inspección. Los esperó, contrito, pero no fueron. En el Cusco, se insiste en que Aguas Calientes no debe estar allí, en el cauce de un río que no pide permiso, pero, normal, no se hace caso y continúa el negocio.

Y, claro, después tenemos al Ministro de Comercio Exterior y Turismo, Martín Pérez, diciendo, cuando las aguas bajaron un poco, que ‘se reiniciará la campaña para atraer turistas’. Del problema de que Aguas Calientes esté allí, ni un carajo (al menos público). No sorprende. La ministra Aráoz, tampoco se interesó por los reclamos del ingeniero Woodman, como el presidente García no tiene la prevención en su floro continuo.

¿Es nuestra karmática idiosincrasia? No lo creo. Así como en otras áreas del conocimiento hay lumbreras que estudian, luchan, trabajan y se rajan por su tema, en el área de prevención de desastres, y sismología tenemos varios expertos que, desde hace décadas, claman por una mayor cultura preventiva. Allí están los ingenieros Julio Kuroiwa, Alberto Giesecke, Mateo Casaverde, Ronald Woodman, Julio Escobar.

Han sido y son verdaderos patriarcas de la prevención de desastres, pioneros de la Defensa Civil, casi apóstoles de la sismología, pero se les trata como una zapatilla. Piden una alerta local para los tsunamis, u otras cosas, y les hacen esperar meses, cuando no años, hasta que, como ha sido el caso, un terremoto en Chile hace que la Presidencia del Consejo de Ministros baje el dedo y suelte la plata, que sí corre fácil para otras cosas (1)

¿Hay derecho a basurearlos de ese modo? No, por supuesto. Pero acaso una de las cosas que se nos escapa, con una facilidad impresionante, es que la prevención de desastres es, en buena medida, un asunto de derechos humanos. Si el Estado no garantiza la seguridad ante sismos, si no tiene alertas tempranas contra fenómenos naturales peligrosos, si no vigila las construcciones, está desprotegiendo, de manera flagrante, el derecho a la vida.

Claro, no se ve en el instante, se percibe solo un riesgo potencial y, por tanto, parece algo imaginario. Pero, en rigor, las muertes en un terremoto son más causadas por la falta de prevención que por el movimiento en sí. Si las autoridades –en todos sus niveles: local, regional, central- no crean un escenario de protección propicio, mezcla de conciencia educativa, participación y leyes rigurosas, mandan a los ciudadanos al matadero sísmico.

O a las fauces de un desastre que, debemos insistir, no es ‘natural’, es social. Porque la naturaleza no mata, no es ‘desastrosa’, simplemente actúa de acuerdo a sus leyes, a veces dislocadas, pero no se enfurece con intención alguna. Si, definitivamente, no acabamos con ese ‘chip’, si seguimos creyendo que es la voluntad de Dios, o la maldad del entorno, no cambiaremos y seguiremos entregándonos al suicidio colectivo auto-cumplido.

¿Qué hacer? La tarea es ardua, pero sobre todo urgente. La prevención de desastres debe ser, como ha señalado Augusto Álvarez Rodrich, un tema de debate electoral, algo que se les debe exigir a las autoridades y los candidatos. El gobierno actual, a su vez, debe tener una sacudida grado 10, para darse cuenta de que este asunto tiene ribetes sociales, culturales, geopolíticos, tecnológicos. Es una cuestión de Estado suprema en el Perú.

Junto con eso debería haber reformas legales y revoluciones educativas que nos hagan entender en qué suelo, mar y montañas vivimos. La generación de patriarcas sísmicos tiene derecho a ver al menos parte de su tarea cumplida. De lo contrario, navegaremos siempre en la inconciencia, en la dejadez y, finalmente, en la estupidez. Y, cómo no, en la pobreza, porque un país sin prevención es un país desgraciado, condenado al espanto.

(1) Increíblemente, la PCM anunció el martes 2 de marzo, tres días después del terremoto de Chile, que daría el dinero para la alerta contra los tsunamis. ¿Y si no había sismo en el sur? ¿Se iba a dar después del próximo tsunami?

jueves, 24 de diciembre de 2009

LIBRE ALBEDRÍO/ Feliz Caridad / Ramiro Escobar


¿Qué pasa a las 12 de la noche de todos los 24 de diciembre, desde hace algunos siglos, en el mundo católico occidental, como para que la gente medio que se aloque, sienta una emoción casi atmosférica y en algunos casos crea que, literalmente, nace un Niño que es Dios? En la Naturaleza no pasa nada, salvo –dependiendo de en qué hemisferio estemos- algunas nevadas que podrían hacer que el mismísimo Papá Noel se refugie asustado.

En el Cielo no está, físicamente, la Estrella de Belén, ni en el medio del campo corren los pastores. Tampoco se mueven más los peces en el río, como dice uno de los más melosos villancicos, ni esa Noche es necesariamente de Paz, sobre todo en los lugares donde la guerra ha barrido con todos los pesebres y esperanzas posibles. Aún así, todo eso –ese anhelo inocente de querer que todo sea lindo- ocurre en nuestra transida imaginación.

Es nuestra mente –y nuestro corazón, vamos, no seamos, tan devotamente racionales- se licua ese deseo ingenuo, que luego se vuelve colectivo y que, casi inevitablemente, termina clavado por una compulsión consumista y comercial. Y, sin embargo, el impulso está allí, pobre pero presente, decadente pero anhelante. Es lo que tenemos y, sospecho, esto ha ocurrido en parte porque hemos operado sin anestesia a la palabra ‘caridad’.

Aunque el significado, vital creo yo, de la caridad es la solidaridad con los semejantes, la entrega desinteresada, su acepción más conocida es la de la limosna, la del resto que va hacia los que piden el chorreo en las calles o debajo de la mesa. Quizás, por eso, la Navidad a algunos les parece vacua, hipócrita, hasta oscura o inoportuna, en la medida que, como dice el cantautor chileno Eduardo Peralta, sirve “para esconder la realidad”.

En el entorno más cercano, sin embargo, queda el consuelo del abrazo sincero, de la ternura que sobrevive en medio del tráfago comercial, como una estrella solitaria que, empeñosa, trata de aplacar el vacío creado por las enésimas campañas de compre cualquier cosa. Sin ese oxígeno familiar esta fiesta sería una completa farsa, un espasmo de mentira creado por un sistema donde todo se compra, se vende y se trafica.

La caridad, entonces, rescata a la Navidad, cuando puede. La recoge no solo de las calles u hospicios tristes; la hace crecer en medio de abrazos paternales, maternales, fraternos, amistosos. La caridad, según San Pablo, es servicial, paciente; no es envidiosa, no se engríe. Y sobre todo no busca su interés ni se alegra de la injusticia. De acuerdo al apóstol atormentado, además, no acabará nunca, trascenderá a ciencias y profecías.

¿Nos la creemos? Puede sonar difícil en un mundo sembrado de tragedias, o en un país tasajeado por la violencia, ya sea en la selva, las ciudades o el Ande. Puede ser inútil en un escenario en el cual se puede hablar de ‘grados de inversión’ en medio de persistentes sismos de pobreza de inequidad. Puede ser iluso en un tiempo en el cual ni siquiera somos capaces de salvar a nuestra Tierra de los herodianos gases invernadero.

Pero no tenemos alternativa. Si viviéramos en otra cultura, en otro país o en otro hemisferio –no más de la mitad del mundo celebra, cristianamente, la Navidad-, siempre habría una fiesta de la esperanza, generalmente encarnada en la inocencia de un niño que nace, de un brote de vida que recomienza y transita por los días premunido tan solo de una desnuda caridad. Así fue entre los mayas, los persas, los griegos, los egipcios…

Incluso para los agnósticos, las ganas de volver a empezar, la tenue esperanza de una mejoría puede brillarle en los ojos en estas fechas, porque no es posible una vida plana, sin rituales que rediman la estulticia humana y nos hagan, sino divinos, por lo menos más cálidos. Y en ello la caridad tiene un papel esencial: nos saca de la cueva de egoísmo, del silo maligno de la indiferencia, para que podamos regalar aunque sea un abrazo.

Resulta algo cargante pedir, por enésima vez, ‘rescatar el verdadero sentido de la Navidad’. Pero cuando un veo un niño, rico o pobre, por la calle o en alguna casa amiga, siento que ese sentido no está en el Cielo sino en la Tierra. Y no solo en la sonrisa de futuro del infante sino en la ternura nunca extinta del humano de cualquier edad. En la fe en una nueva Tierra, que por lo menos crezca en nuestra imaginación y nuestros afectos.

Sin eso no se puede vivir, solo morir de pena. Por eso, aun cuando el bullicio de cada año trate de aplastar a la caridad, en medio de golpes de pecho o pomposas campañas, o cuando se escuchen prédicas vacuas o ligeras, pensemos, primero, que así somos, limitados y contradictorios, pero que, no obstante, necesitamos creer, aunque sea en una noche veraniega, o invernal, que el mundo no debiera ser tan cruel ni poco navideño.

Feliz fiesta de la vida, para todos, todas y para nuestro sufrido entorno que, como un pesebre olvidado, nos envuelve y nos alimenta a pesar de todo.

martes, 19 de mayo de 2009

INTUICIONES/ /UN VIEJO LINDO/ Sobre la partida física de Mario Benedetti/ Ramiro Escobar


Tras la muerte de Mario Benedetti, acaecida el 15 de mayo del 2009 en Montevideo, naufragué en dos modestos empeños dominicales: encontrar una foto de él joven y no ponerme cursi. Por más que buceé en la infovía a la pesca de una imagen del poeta rozagante, al menos cuarentón, no lo conseguí. Y a pesar de que luché, armado de viril racionalidad, contra la envolvente ternura de sus versos, igual me he conmovido.

Lo de las fotos quizás sea una mera casualidad, una simple decisión de las webs y los editores, pero algo me dice que, para todas las generaciones, Benedetti era ése que hemos visto estos días flotando en los portales de decenas de diarios de habla hispana: un anciano bonachón, de ojitos amorosos, de sonrisa dulce, de porte modesto y carente de toda pretensión figuretti. Una suerte de vate veterano, respetable en verbo y alma.

.Sobre lo cursi, hay más verso que rebanar. Conozco gente – en su mayoría escritores, algunos jóvenes- que casi lo detestaban, que prácticamente lo habían proscrito del Olimpo literario porque, presuntamente, era huachafo, simplón, superfluo. Un amigo mío –poeta premiado él- literalmente rabiaba, en prosa, cuando escuchaba su nombre, al parecer porque su masivo éxito (el de Benedetti, por cierto, no el suyo) era sospechoso.

Algo así como que, dado que sus poemas les gustaban tanto a las secretarias como a los curas, Benedetti estaba condenado a ser un escritor fácil, menor. De hecho, siempre observé que el autor uruguayo no era tan tan mencionado en las pocas conferencias o cónclaves literarios a los que asistí. Como que se le consideraba un militante de izquierda, de buena prosa y con peculiares poemas amorosos, pero no mucho más.

Ese miedo a coincidir con los gustos masivos (con la gente con pésima ortografía acaso) me llamó continuamente la atención. Podía expresar la soberbia literaria de ciertos ‘iniciados’, aunque también la resistencia a admitir que hay algunos seres que por alguna razón, o más bien motivo profundo, logran encontrar el punto de encuentro sutil entre la forma, el contenido y la conexión con cualquier alma, por despistada que ésta sea.

Como lo hizo Luciano Pavarotti con el bel canto, el autor de poemas como Te quiero o Táctica y Estrategia ayudó a la poesía a descender desde las alturas de los entendidos al llano donde habitan todas las humanidades. Y donde cualquier conciencia transida, sea la de un oficinista o la de una colegiala enamorada, reclama su derecho a la ilusión escrita, a la palabra transformada en esperanza, al verbo trocado en instante hermoso y perdurable.

Mi táctica es quedarme en tu recuerdo/ No sé cómo ni sé con qué pretexto/, pero quedarme en vos… ¿Qué tienen de extraordinarias estas palabras? Nada, probablemente nada, si las sometemos a los parámetros de la Academia Sueca, que, todo indica, nunca miró a Benedetti con mucho interés. Pero para el amante desolado, para la joven desamorada, esas simples líneas podían significar un modo de hacer la vida más intensa.

Después de Neruda, como ya se ha dicho, es el poeta más leído, el más socorrido, el que se pone en cartitas de amor o se escribe en paredes inolvidables. Y al igual que el vate chileno fue un izquierdista orgulloso hasta el fin (¿qué hace que los poetas más militantes sean también los más románticos?), un hombre que no claudicó, que fue siempre él mismo, poética y políticamente. Jamás fungió de bombero de sus propias ideas.

Por esa persistencia política, alguna gente lo odió y lo amenazó, al punto que en 1973 se tuvo que ir de Uruguay. Pasó a Argentina, donde la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) también lo puso en la mira, para después aterrizar en el Perú, donde se quedó un tiempo. Los más veteranos sabrán precisar este dato, que yo no recuerdo por mi edad, pero creo que fue el ´demócrata´ Morales Bermúdez quien, a su vez, lo deportó de aquí.

Recaló entonces en España, donde sí tuvo más aire para escribir, hablar y pensar. Años después, en 1985, vuelve a Uruguay y a partir de allí tiene una vida que va y viene entre España y América, y en la cual sus poemas se transforman en canciones, que Joan Manuel Serrat y otros trovadores cantan en recitales. Su popularidad entonces crece, pero su humildad se mantiene incólume, serena. Y su compromiso político progresista ídem.

Hoy que se ha ido, leo que le escriben, con admiración y agradecimiento, gentes de toda edad, izquierdistas, apolíticos, románticos y revolucionarios. Hay quienes prefieren obviar sus ideas y más bien flotar con sus versos. Hay quienes lo ven como el hombre consecuente, que jamás se distanció, totalmente, de la Revolución Cubana, por ejemplo. Asimismo, sus odiadores de antaño, literarios y políticos, remueven también su memoria.

Yo prefiero recordarlo en todos sus ángulos, en todos sus aciertos y errores, en su inmensa modestia y en su inteligente sencillez. En su prosa de oficinista y en sus versos ligeros aunque certeros. Me queda su joven sonrisa de viejo lindo, su limpieza de carácter, sus poemas de amor simplemente acariciantes, sus líneas de denuncia sin vergüenza. Su capacidad de ser famoso, querido, admirado y a la vez ‘normal’.

Pudo haberse equivocado. Pudo ser más erudito. Pudo, quizás, hablar más alto sobre otras cosas, como los desvaríos de Fidel Castro. Pero si hizo que miles de personas soñaran con un mundo más justo, o con un amor posible, esos silencios y limitaciones le pueden ser perdonados. Finalmente, como escribió en un famoso poema, llamó a ‘defender la alegría’ y eso es, al final del camino, lo más revolucionario que nos legó a todos y todas.

Descansa en paz, maestro de la ternura, la esperanza y la modestia.

jueves, 9 de abril de 2009

LIBRE ALBREDRÍO / En efecto, no está sólo… / Ramiro Escobar La Cruz

Tras la condena de 25 años que le dio el Poder Judicial el pasado martes 7 de abril, Alberto Fujimori Fujimori, es cierto, está acompañado, tal como han proclamado sus devotos y familiares. Pero no sólo por esa fe ciega y sorda que parece caracterizar a las huestes fujimoristas. Cuando figure en los libros de historia, como él mismo reclamó, deberá aparecer no sólo como ex presidente sino, además, como miembro notable, durante algunos años, del club de la impunidad, una selecta minoría que, afortunadamente, la Historia está a punto de disolver, disolver…

No son coincidencias. El mismo día en que Alberto Fujimori recibía su abultada pero justa sentencia, en Argentina otro tribunal exculpaba al ex mandatario Fernando de la Rúa, que estaba procesado por la muerte de 5 manifestantes en las protestas de diciembre del 2001. Dos días después, el 9 de abril, un tribunal de apelaciones de EEUU, autorizaba la extradición a Francia del ex ‘hombre fuerte de Panamá’, Manuel Antonio Noriega.

En esa misma jornada, desde Bagdad se informaba de manifestaciones en recuerdo del ex dictador Saddam Hussein, derrocado hace 6 años. Una mirada ligera –acaso bañada de luz naranja- podría sugerir que los autócratas o presidentes fallidos (como De la Rúa) las tienen de cal y arena. Pero lo que está ocurriendo es que, más allá de breves respiros, los impunes están perdiendo, en todo el globo, ese aire de perpetuidad que los adornaba.

Ya no pasan piolas, ya no pueden ocultarse bajo el sambenito de que ‘salvaron a la Patria’, ‘gobernaron desde el infierno’ (cuyas brasas ellos mismos alimentaron) o ‘cumplieron con su deber’. Está extinguiéndose, en alguna medida al menos, el mito del hombre providencial que ‘roba pero hace’ y que, en el caso peruano, podría traducirse bajo la tácita pero innombrable sentencia de que ‘mató a algunos, pero salvó al país”.

En Uruguay, desde noviembre del 2006 se encuentra preso (desde enero del 2007 cumple la condena en su casa) Juan María Bordaberry, uno de los grandes símiles políticos de Fujimori. Como nuestro crédito peruano del golpismo cívico-militar, este político del Partido Colorado condujo un auto-golpe de Estado el 27 de junio de 1973, con la diferencia que, 3 años después, sus propios socios lo expectoraron del poder.

¿De qué se le acusa a este pariente político del fujimorismo? Pues de casi lo mismo: del secuestro y la desaparición de varios opositores a su régimen, una mala costumbre clásica de quien, ya atornillado por la fuerza, asume que la historia lo absolverá o que los ciudadanos le perdonarán sus fechorías en el altar de la ‘seguridad nacional’. Muchos años después, sin embargo, la justicia comienza a volver para combatir la desmemoria.

De primera impresión, este ciclo parece abierto en octubre de 1998, cuando el generalísimo Augusto Pinochet fue arrestado en Londres, por orden del juez español Baltasar Garzón. Pero en los últimos días otro mensaje cifrado de la Historia pareció dar una señal, al informarse, el 31 de marzo, de la muerte de Raúl Alfonsín, el corajudo ex presidente argentino que ordenó procesar a la impresentable Junta Militar argentina.

Fue gracias a él que, por primera vez en América Latina, dictadores criminales de la peor laya como Rafael Videla, Roberto Viola y Emilio Massera fueron sentados en el banquillo acusatorio. Por supuesto, Alfonsín luego tuvo que recular en parte, debido a continuas rebeliones militares, sólo que, sin su gesto y decisión, quizás hoy todavía estaríamos viendo pasar delante de nosotros el aroma malsano de la injusticia.

Antes, incluso, autócratas militares como el colombiano Gustavo Rojas Pinilla (1900-1975) y el venezolano Marcos Pérez Jímenez (1914-2001) también fueron procesados, pero no tanto por sus violaciones a los derechos humanos como por actos de peculado y corrupción. Ambos gobernaron en la década de 1950, un tiempo en el que unas cuantas detenciones, asesinatos y deportaciones todavía podían ser parte del menú político.

En cierto modo, Pérez Jímenez guarda un parentesco más cercano, en cuanto animal político, con Fujimori. Gobernó de 1952 a 1958 y en su prontuario se incluyen unas elecciones fraudulentas, una represión militante contra la oposición a través de la Dirección de Seguridad Nacional y el aplastamiento de la libertad de expresión. La contraparte, por supuesto, era la faraónica y política del Nuevo Ideal Nacional.

En virtud de ella, Caracas y otras ciudades venezolanas, se modernizaron, a un grado que asombró al mundo, pero el costo fueron la sumisión, el silencio, la conversión de la ciudadanía en un masa informe y opaca, incapaz de decirle no al benefactor. Era una política muy parecida a la del dominicano Rafael Leonidas Trujillo, a cuyas faldas por cierto, el general en desgracia huyó cuando en 1958 se le abrió un juicio político.

¿Es exagerado hacer esta odiosa comparación histórica? A diferencia de Pérez Jímenez, Fujimori se dio un auto-golpe, no tenía grado militar alguno y era, digamos, más tecnológico y sutil en su forma de reprimir a la oposición. Pero lo que sí lo hermana con este miembro del clan es que, hasta ahora, hay quienes sostienen el viejo estribillo de que ese señor hizo más por dicho país en años de dictadura que en decenios democráticos.

En otras palabras: que, en Latinoamérica, el precio del progreso pasa por la abdicación de la libertad, un contrabando que, en los últimos días, Keiko y sus seguidores nos han pretendido restregar por la cara, como si fuera un signo de modernidad política. Cuando en realidad es un viejo truco, de baja estofa moral y escaso peso intelectual, que al final apunta a querer convertirnos en zombíes sin memoria, en pordioseros de la democracia.

lunes, 9 de marzo de 2009

LIBRE ALBEDRÍO/ Mujeres, Hombres, Caricaturas…/Ramiro Escobar


(A propósito del Día Internacional de la Mujer y de todos los días)

Las veo en un cine-club al que suelo ir los sábados, en mi salón de clases universitario, en cualquier eventual curso veraniego (de yoga o budismo, por ejemplo), en talleres literarios,  en un seminario que estoy dictando, en el cine de los martes o de otros días, en el teatro, en la playa, en las marchas callejeras…Siempre, o casi siempre, son mayoría.

Es como si los hombres nos hubiéramos convertido en sombras agregadas del escenario social, en espectros que van perdiendo vigencia –y fuerza, bruta o inteligente- debido a la incursión afanosa, y a veces bulliciosa, de las mujeres. No creo que el mundo se haya ‘feminizado’ por eso, pero sí que la comedia patriarcal se estaría asomando a su lento fin.

O al menos a un intermezzo vigoroso. Que las mujeres comiencen a aparecer por todos lados (con menos intensidad en el ámbito del poder, eso sí es cierto) parece una consecuencia muy clara de que la lucha del feminismo, y de miles de mujeres anónimas sin ‘ismo’, no fue en vano. Allí están los resultados, aunque sean inacabados.

Es como una marea imparable que ocupa cada vez más espacio, con manifestaciones diversas -desde Kina Malpartida hasta Raida Cóndor-, y en clave de sacudir no sólo la sociedad sino la mente, el cuerpo, el alma, la piel, la palabra. Por eso, quizás, abundan en el Día Internacional de la Mujer los discursos y algunas auto-flagelaciones  masculinas.

Si todo estuviera en orden, si la equidad fuera real, no habría tantos especiales periodísticos. Las ministras y ministros no se molestarían en hablar, el Facebook no se llenaría de saludos y las grandes tiendas no invertirían en avisos en los diarios (hay que ver cómo han gastado en este año para ello, colgándose de algunas de nuestras heroínas).

Cierta culpa y autenticidad flotan entre esas proclamas, mezcladas inevitablemente con alguna melosería, pero acaso por una razón que nos baila adentro: las mujeres ya no sólo piensan en sus derechos sino que están cada vez presentes y perseverantes , como enterrando un pasado en el cual los estereotipos más delirantes definían el mundo.

Aun así, me parece que hombres y mujeres seguimos en trance. No nos acostumbramos a la nueva situación, no sólo porque re-inventa nuestro modo de vivir sino porque, más allá del floro y lo ‘políticamente correcto en materia de género’, esta sacudida hace tambalear seguridades, modos de comportarse, formas de reaccionar, maneras de amar incluso.

Los hombres –permítanme auto-flagelarme un poco- seguimos bromeando con el asunto, hablamos del verbo para afuera sobre la igualdad, pero llevamos  aún un rastro ‘machista’.  Y acaso percibimos a las mujeres como una amenaza, sobre todo cuando demuestran que ellas sí tienen triunfos reales y no de suplemento deportivo.

No sé si eso es remediable totalmente. Como han escrito varias amigas, todos mamamos machismo desde la infancia, hombres y mujeres, de modo que sostener, ingenua e inconcientemente, que uno –o ‘una’, vamos- no es machista es como decir que no somos racistas de ninguna manera. Eso sólo se lo creen los locos(as) y algunos(as) políticos(as).

Las mujeres, pasando a la otra tribuna, han avanzado notablemente en la conciencia y práctica de sus derechos, pero no es infrecuente observar en algunas de ellas ciertos impulsos atávicos, acendrados en la infancia. Uno de ellos –no me condenen, chicas, lo suplico- es ceder a la tentación del ‘hombre proveedor’, del macho que ofrece seguridad.

No es algo generalizado, ciertamente. Y la prueba fehaciente y demoledora es que muchas, muchísimas mujeres, mantienen solas a sus familias. Pero decir que ya no es así, que eso está exorcizado completamente, sería pecar de soberbia y de irrealidad. Creo que, al menos en parte de la clase media limeña, ese impulso se resiste a morir de inanición.

Otra cosa que ocurre es que, en el esfuerzo por distinguirnos y construir identidad de género,  hemos inventado teorías, o ideas, que extreman las diferencias hasta extremos ridículos. La versión más desatada de eso, de parte de las mujeres, es sugerir que todos los hombres tenemos ‘pensamiento hormonal’ o que sólo somos tiernos en la infancia.

Heridos en nuestro amor propio, los hombres respondemos diciendo que ‘todas las mujeres son iguales’, ‘que no hay que discutir con ellas’, que ‘manejan mal’, que la ciencia ha demostrado que siempre se demorarán más que nosotros frente al espejo, etc, etc. Al final del día, quedarán nuevos estereotipos mutuos, caricaturas de nuestra especie.

Y para rematar la confusión, desde el poder vendrá alguien, como el presidente García, a decir que se siente orgulloso de que a la ministra Cabanillas la llamen ‘la Thatcher’, ignorante acaso de que la ex primera ministra británica dejó morir de hambre en la cárcel a dos presos del IRA que estaban en huelga seca. Como lo haría un Hitler cualquiera.

Me parece que todos y todas tenemos que hacer un esfuerzo por sacar la cabeza por encima de esta marea cultural que nos aturde, por encima de este trance histórico para que no se convierta en un momento histérico. Me parece que tenemos derecho a la igualdad, precisamente porque somos diferentes, pero no extraños en la noche y el día.

Me parece, finalmente, que los humanos y humanas necesitamos seguridad, afecto, compañía, pasión, compasión. Pero a veces buscamos  eso de manera errática, patética. Y en ese intento fallido podemos inventar cosas tan bárbaras como que un género domine al otro, siendo los dos de la misma especie y llorando con las mismas lágrimas.

Feliz Día, creo, a todos y todas.

martes, 24 de febrero de 2009

(LIBRE ALBEDRÍO) / Con tetas, pero sin memoria/ Ramiro Escobar


Tras ganar el Oso de Oro en el Festival de Berlín, y enterarse de que el mandatario García había elogiado su triunfo, nuestra compatriota Claudia Llosa hizo, acaso sin saberlo, la declaración más certera de la oleada de comentarios que ha generado La teta asustada. “Me parece surrealista que el presidente hable de la película”, dijo, con frescura juvenil.

En efecto. No resulta tan surrealista que el actual jefe del Ejecutivo hable de cine (al fin y al cabo, la película sobre su presidencia la estamos viendo por segunda vez), pero sí que elogie un film que, al parecer, traería al presente hechos dolorosos del pasado, que él y la mayoría de sus escuderos suelen distorsionar, eludir o incluso ocultar con dedicación.

¿García entusiasmado por una película que recuerda, según se ha informado, la terrible persistencia del trauma en mujeres golpeadas por la guerra interna? Permítanme dudarlo, aun cuando después venga Yehude Simon a sugerir que quien sostiene eso es de la ‘izquierda irresponsable’. No, es simplemente una intuición generalizada y responsable.

Mi sensación de duda aumenta, además, porque (el misterio se develará el 12 de marzo, cuando se estrene la película en Lima) ha trascendido que los hechos recreados con maestría fílmica ocurrieron, en su mayoría, durante el primer debut del APRA en el poder. Es decir, en esos tiempos en que los derechos humanos estaban entre paréntesis.

Estoy seguro que Claudia no se ha propuesto incomodar a nadie, pues la ecuación cine-compromiso político no es lo suyo y mejor porque esa ruta, por lo general, es desafortunada. Pero parece que la película y su historia hablarán por sí solas, tocarán conciencias, con mucho más arte que ese bodrio impresentable llamado Vidas paralelas.

Pero, ¿qué ha hecho el actual gobierno mientras espera para comprar su boleto de entrada? Bueno, actuar como un penoso censor de la conciencia ciudadana. Tal como han informado algunos ex miembros de la Comisión de la Verdad, se acaba de rechazar una donación de dos millones de dólares para construir el llamado Museo de la Memoria.

Ese museo iba a albergar la magnífica muestra fotográfica Yuyanapaq, que retrata con dureza, pero a través de decenas de extraordinarias fotos, las crueldades del conflicto interno que vivimos. Que nos da una imagen dolorosa, pero indispensable, de lo que fue nuestra historia en un momento reciente. ¿La idea es que ya no se vea más esa película?

Lamento sospechar que sí. Albergo, con una mezcla de indignación y pena social, que, no solo García, sino varios de quienes lo acompañan en su segundo debut, quieren apagar esa pantalla. ¡Incluso si Alemania les da el dinero para financiar el museo? Tal decisión resulta hasta insultante para con este país amigo y sobre todo para las miles de víctimas.

Esa obra, por cierto (Yuyanapaq), es una obra colectiva que, ahora resulta claro, no le importa al Ejecutivo actual. Por eso es surrealista escuchar a García un elogio de La teta asustada. Lo que aparece como evidente es que se trata de una forma de reconocer los lauros, pero no los contenidos. De acariciar el trofeo sin asumir la historia que lo sustenta.

Tenemos, entonces, como país, una película premiada por todo lo alto, el esfuerzo de una directora que se la juega por un cine de autoría muy personal y por contar un poco cómo somos. Y que incluso se apoya, para hacerlo, en personajes ocultos y modestos, como Magaly Solier, o en el quechua, nuestra lengua persistentemente ninguneada.

Por añadidura, esta vez parece haber escogido una historia terrible que nos cruza y nos retrata, de pronto al estilo de Quisiera ser millonario, la película ganadora de varios Oscar. No es que la pobreza venda, es que el cine, bien hecho, puede lograr que nos asomemos a las profundidades de la existencia humana, incluyendo el dolor y la miseria.

Desde el gobierno, en cambio, se nos lanza el mensaje de que apaguemos la luz, aunque no para prender la conciencia. Se quiere que no veamos, que cambiemos de canal. Y por una razón vergonzosa: algunos de los villanos de ese film empujan desde las sombras. Pero no importa. Ahora han llegado unas tetas orgullosas a redimirnos de esa amenaza.

El cine nos trae esas pequeñas victorias y el poder muestra sus grandes miserias. Su surrealismo nada artístico lo delata, mientras la memoria persiste. Por favor, Claudia, no pases la película en Palacio porque allí, hoy, la democracia está sin sostén alguno.

miércoles, 18 de febrero de 2009

SEMINARIO "EL FENÓMENO OBAMA" / Ramiro Escobar


Seminario "EL FENÓMENO OBAMA"    Expositor: Ramiro Escobar *

SUMILLA:

El panorama político actual de Estados Unidos.  Los presidentes anteriores y el mecanismo de elección. Un poco de historia política y social. La cuestión racial. La irrupción de Obama. El personaje en sí, sus orígenes y su trayectoria personal y política. Su pre-candidatura, su candidatura (la campaña) y su elección. El significado histórico y cultural de su llegada a la presidencia. Su entorno, sus asesores, sus planes económicos, de seguridad y en política exterior. Su relación con los hispanos y América Latina.  Puede cambiar a Estados Unidos y al mundo?

DURACION:    4 clases

HORARIO:      Miércoles,  8:00 a 10:00 pm.

INICIO:          Miércoles 25 de febrero

INVERSION:   S/. 140.00

INSCRIPCIONES:   Hasta el 16 de febrero

INSCRIPCIONES:  CENTRO DE PSICOTERAPIA PSICOANALITICA DE LIMA José Gálvez 887, Miraflores. Telf: 4450274 - 4451520   Email: cenpsico@telefonica.net.pe Web: www.cppl.org


  * Licenciado en Ciencias de la Comunicación. Periodista especializado en temas internacionales. Profesor de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC). Ex editor del semanario Caretas y ex colaborador del semanario Newsweek, en español, y del diario El Nuevo Herald de Miami. Conferencista, en el 2006, en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya sobre la Crisis del Medio Oriente. Columnista de Internacionales del diario Perú.21 hasta diciembre del 2008. Actual columnista de Internacionales del diario La República. Colaborador del diario El País de España y las revistas GEO (España) y Gatopardo  (Colombia). En el Perú, colaborador de las revistas Somos, Quehacer, Ideele y de la agencia Noticias Aliadas. Cobertura de eventos como la campaña de Barack Obama (2008), el golpe de Estado contra el presidente Chávez (2002) y la Crisis del Medio Oriente (2001).

lunes, 19 de enero de 2009

400 NIÑOS QUE EXIGEN UNA EXPLICACIÓN/Ramiro Escobar

¿Pueden morir 400 niños en un bombardeo y encontrar para ello una justificación basada en la política o la seguridad? Se puede. Pero, permítanme decirlo con desolación y transparencia, al costo de, como ha dicho Roberto Lerner en este blog -refiriéndose a  las guerras- enlodar moralmente lo humano. Al costo, agrego yo, de perder algo de razón.

El fenómeno no es nuevo en el ámbito humano. Un viejo truco, alentado por la educación religiosa tradicional, nos invita a creer que somos ‘animales racionales’, que nuestra corteza cerebral nos hace más pensantes. Pero la evidencia demuestra que el raciocinio es para nosotros apenas una entelequia, una aspiración lejana. Está por alcanzar.

No puedo escribir otra cosa después de leer tantas explicaciones, tan sesudas y honorables, que, al fin de cuentas, buscan estirar hasta límites infinitos  el análisis, para no aceptar que lo ocurrido en Gaza fue un inmenso crimen. Un crimen con escasísimos atenuantes, si acaso tiene alguno. Un crimen que condenaría cualquier Dios sorprendido.

Argumentar que se denuncia unos crímenes  y no otros –los de Hamás- no hace más que aumentar la confusión y la esquizofrenia. Como ya sostuve en una ocasión, si nos importa un niño de Sderot, nos importan también, por la misma razón, los más de 400 niños muertos en Gaza. Esos niños son el mismo niño de Sderot 400 veces muerto.

Salvo que creamos que para defender a ese uno fue inevitable matar a los otros. Y qué pena, pues, porque así es la guerra. Y nos disculpan porque no quisimos hacerlo. Que Hamás haya dicho, para confirmar su necia lógica, que resultaba lícito matar niños israelíes (¡), no exculpa al primer ministro Olmert diciendo “que no tuvo la intención”.

No, supongamos que no, pero lo hizo. Y que los integristas usen a los niños como ‘escudos humanos’ no disculpa nada. Nada. La locura de otro no autoriza mi locura, por más de que la revista de la dudosa seda de las ‘razones de Estado’. De modo que internarse por esa ruta –la de los ‘otros tienen la culpa de todo’- conduce al sinsentido.

Por lo demás, sostener que demandar el retiro israelí de los territorios ocupados es deslizar, de manera sibilina, la idea de que Israel no debe estar allí es levantar falso testimonio, como recordaba Moisés. Lo digo explícitamente: Israel tiene derecho a quedarse allí, plena y soberanamente, pero no a usurpar territorios que no son suyos.

¿O la ONU está loca y, por eso, se hizo acreedora a unos bombazos? Es este organismo el que sostiene eso, en numerosas resoluciones despreciadas. Si la justicia internacional se respetara, y no se encubriera con galimatías, esto no sería motivo de discusión. De los 22,000 kilómetros cuadrados de territorio israelí, unos 2,000 son territorios ocupados.

¿Para qué se hablaría de negociación, entonces, entre los mismos israelíes? Simple, elemental: porque el piso no está parejo, porque hay zonas que fueron ocupadas, y colonizadas, a través de sucesivas guerras, todas las cuales ganó Israel. Porque, por añadidura, las que se devolvieron, se mantuvieron bajo estricto control militar.

Porque, por necedades imperdonables de las dirigencias árabes y por la soberbia militar de Israel, no se respetó la partición de Palestina decretada por la ONU en 1947. Decir, además, que “Israel no quiere acabar con los palestinos, ni privarlos de un lugar para vivir” es hacer una generalización demasiado generosa. No se ha sido monolítico en eso.

Lean lo siguiente, con serenidad por favor: “Lo que es seguro es que nunca vamos a aceptar la existencia de un Estado Palestino. Sería una catástrofe” (Uzi Landau, ex ministro de Seguridad Interior. Tomado de la edición de Le Monde del 14/12/01). Otro indicio: el asesinato, en 1994, de Isaac Rabin, un hombre que sí apostaba por la paz.

Para cada orate de Hamás, que se niega a reconocer el derecho de Israel a existir, hay un  extremista judío que quisiera desaparecer a los palestinos. Otra evidencia: el ataque perpetrado por Baruch Goldstein en 1994, dentro de una mezquita de Hebrón, que acabó con 29 palestinos muertos.  Sospecho que ese señor no quería el Estado Palestino.

Si se aduce que son unos cuantos descerebrados, estaría en parte de acuerdo, sobre todo en los casos de Goldstein y Yigal Amir, el homicida de Rabin. Pero ocurre que el indicio más clamoroso de que no ha habido esa unanimidad sin fisuras en  Israel, respecto a los palestinos, ha sido la tozuda e ilegal creación de colonias en los territorios ocupados.

¿Para qué esas colonias si se está tan convencido de la existencia del Estado Palestino? ¿Qué tanta posibilidad tienen los palestinos de existir, realmente, bajo un férreo control militar y una, a veces antojadiza, entrega de alimentos? Es ligero decir que hay unanimidad, solidez, en la convicción de que se quiere el Estado Palestino sí o sí.

Simplemente, no es cierto. Como no es cierto que todos los palestinos quieran negociar con Israel. Hay cientos de extremistas que no lo quieren. Pero incluso alguien tan simbólico como Ismail Haniya, el Primer Ministro del gobierno de Hamás, sostuvo, hace cerca de un año, que aceptaría la retirada de Israel a los límites anteriores a 1967.

En cristiano, musulmán o judío, eso quería decir que, finalmente, reconocía que ya no quería todo, que Israel se podía quedar en parte. Pero, claro, a estas alturas del partido, esas declaraciones tan poco difundidas han quedado aplastadas por las bombas y los misiles. Y no conocerlas invita a simplificar todo, en vez de ir a un debate serio.

Termino recordando a Blas Pascal, con su clásica frase: “el corazón tiene razones que la razón no entiende”.  Asociada siempre con la nebulosa experiencia del enamoramiento, la asumo en este caso para  decir, con claridad, que esta bárbara secuencia histórica que hemos presenciado, impotentes, debería haber movido también nuestros sentimientos.

Creo que sólo partiendo de la compasión humana era posible decir algo razonable sobre lo ocurrido en Gaza. Las fotos, o imágenes, de niños muertos no debían matar nuestro análisis, sino impulsarlo, hacerlo vigoroso, justamente para que no se vuelva aséptico y carente de dignidad. Sólo se puede ser lúcido si se es compasivo, solidario, noble.

Y esos más de 400 niños muertos nos reclaman eso: compasión y razón. Como escribía Julio Ramón Ribeyro en una de sus Prosas Apátridas, “la muerte de un niño es un desperdicio de la naturaleza”. Si tantos pequeños muertos, ya sea en Gaza o Sderot, no nos conmueven, o nos llevan a esbozar explicaciones hiper-alambicadas, algo nos pasa.

Allá los que no quieren explicar nada por estos inocentes. O que lo quieren explicar sin explicarlo, para al final justificarlo. No entiendo eso, lo siento. Mi corazón, permítanme la ingenuidad analítica, no puede comprenderlo. Más bien, en medio de mis análisis y reflexiones, me ha ofrecido algunas lágrimas por esos niños y muchas, muchas ideas. 


DEBATE "CONFLICTO HOY EN GAZA" 
 
Participan: Ariel Segal y Farid Kahhat
 
Jueves 22 de Enero, 7 p.m.
 
 
Auditorio de
la Biblioteca Nacional del Perú 
 
(Av. Javier Prado, a una cuadra del Museo de
la Nación)
 
Ingreso Libre

 

VER MÁS:

 http://www.bnp.gob.pe/portalbnp/index.php?option=com_content&task=view&id=931&Itemid=1

 

martes, 13 de enero de 2009

SEGUNDA VUELTA POR GAZA/Ramiro Escobar


En medio de la desolación que nos siguen causando los bárbaros ataques sobre la Franja de Gaza, y sus siniestros misiles de respuesta, resulta alentador que en el Perú, y en este modesto pero afanoso blog, hayamos podido erigir la palabra como arma benigna para cruzar discrepancias. Es lo que debería primar en Oriente Medio, aunque es obvio que, en el mismo escenario del conflicto, es difícil guardar esta suerte de mediana serenidad compartida. Allá –lo recuerdo- hasta una frase mal dicha puede ser explosiva.

Con todo, quisiera permitirme plantear nuevos temas y también referirme a algunos puntos que han surgido de los profusos textos pergeñados, en los últimos días, por columnistas de casa e invitados. El tema nos sigue doliendo y envolviendo….

-         No dejo de asombrarme, y lo digo con gran respeto pero a la vez con alarmada sinceridad, por la escasa capacidad de autocrítica que observo en los miembros de la comunidad judía que están opinando públicamente (y en este blog). Más allá de los importantes argumentos que haya para defender la posición de Israel, me deja tristísimo ver que, por más de que hay civiles y niños muertos en el camino -¡42% podrían serlo, según acaba de reconocer la ONU!-, se sigue defendiendo la, digamos,  “política oficial” del Estado hebreo. La foto de un niño muerto puede matar el análisis, como dice León Trathemberg. Pero no debería matar la indignación, el rechazo, la ética humanista más allá de toda identidad. Sobre todo si esas muertes la causa quién, supuestamente, me defiende. Si el Ejército Peruano, en medio de una estúpida escaramuza, acaso propiciada por el inefable general Donayre, bombardeara civiles en Arica, se volvería indefendible.

-          La prueba de que esto trasciende el legítimo derecho a defenderse es que, en varias partes del mundo, van creciendo voces judías que toman distancia de la barbarie en Gaza. Ya no es sólo el clásico, y a veces solitario, Ilan Pappé. También son un grupo de judíos británicos publicando un manifiesto en The Guardian, los periodistas Gideon Levy y Amira Haas, que escriben para el diario israelí Haaretz. También los movimientos ‘Paz Ahora’, en Israel;  ‘Otra Voz Judía’, en Francia;  ‘Voz Judía Independiente’, en  Canadá;  así como el historiador Yakov Rabkin, también desde Canadá (&).¿Existen, en nuestro medio, voces similares a estas, que no equiparen el ser judío con la defensa de la violenta política del actual gobierno israelí? Sería interesante escucharlas. Me resisto a creer que no las haya. Hablen, por favor…Psicoanalistas, no abstenerse. Ya Jorge Bruce dio el play de honor…

-          Un elemento común, notorio, en las argumentaciones que, de manera alambicada o abierta, defienden el ataque es ubicarse sólo en el pasado reciente. Es decir, comenzar por explicar el origen de esta escalada a partir del rompimiento de la tregua por parte de Hamás. Si bien es necesario explicar, con ánimo quirúrgico, esta escalada no quirúrgica, sí creo que es menester reconocer el presente y el pasado, no sólo el ayer. ¿La actual situación no fue acaso causada, en enorme medida, por las continuas ocupaciones, ilegales que, como consecuencia de las guerras ganadas, hizo Israel? Egipto y Jordania también pusieron lo suyo, por supuesto, al ocupar Gaza y Cisjordania, pero el consenso internacional es que el gran hilo de la madeja está en los territorios ocupados que Israel no suelta, y además coloniza, desde la Guerra de los Seis Días, en 1967. Sólo devolvió el Sinaí, Gaza y parte de Cisjordania, pero estas dos últimas zonas bajo férreo control militar. El caos en Palestina, en suma, se origina por la alucinante inmadurez política de parte de la clase política palestina, pero también por la sensación de aplastamiento con que se vive en esos territorios ocupados y sometidos. Yo lo he visto, con mis ojos desolados.

-         ¿No vale la pena discutir sobre el papel de la ONU? Dios mío, cuánto se parece esa posición a la política descaminada de George W. Bush. Claro que es cierto que los árabes, de manera díscola e irracional, no aceptaron la Resolución 181, que partía el territorio de Palestina. Y que de allí se derivó parte del problema del que ahora hablamos, pero ocurre que luego Israel ha desconocido por lo menos 30 resoluciones de la ONU, a lo largo de los años. ¿Por qué un país puede darse esos lujos frente a un organismo, que no es un gobierno supranacional, pero sí la entidad que representa a la comunidad planetaria? Eso es peligroso, muy peligroso. La ONU, finalmente, es un intento, pálido pero real finalmente, por alcanzar mínimos consensos globales. Si se le desatiende quiere decir que se cree en el poder fáctico y nada más. Sí, claro, se trata de un organismo dominado por las grandes potencias, pero no lo terminemos de hundir amparados en la prepotencia. No es cierto, por último, que es tan ineficaz. Buena parte de la descolonización de África, por ejemplo, se la debemos a la ONU. ¡Y el mismo Estado palestino es un asunto pendiente en la sede de Nueva York!

-         Convengo en que la discusión sobre la ‘proporcionalidad’ de una respuesta puede ser engañosa, enredada, nebulosa. Sobre todo si se lleva al absurdo terreno de imaginar que si uno reclama por eso es porque quiere que no se haga nada en defensa propia. Pero si la sacamos totalmente de la discusión, perdemos de vista el fenómeno, doloroso y terrible, de la desigualdad. No estamos hablando de sumatorias de cohetes o misiles, estamos hablando de que ninguna ‘razón de Estado’ puede pasar por encima de tantos cadáveres, sobre todo si son de niños. Esa es la desproporción más brutal e inaceptable. ¿Qué no se le reclama a EEUU, China u otros países? Pues muy mal, pésimo, gracias por recordarlo para estar más prevenidos. Aunque tampoco es tan cierto. A EEUU se le ha enrostrado eso por sus abusos en Irak y a China por lo que hace en el Tíbet. Y al Ejército Peruano cuando entraba a sangre y fuego a Ayacucho. Memoria, memoria…

-         También de acuerdo con que Irán, y su impresentable presidente, son un gran problema en Oriente Medio. Hay que meter ese factor en cualquier mesa de negociación y hasta Obama lo ha sugerido (¿lo apoyará Israel si intenta dialogar con este país?). Pero precisemos más el tema nuclear. Detengamos la vocación nuclear de la ex Persia, pero ¿por qué no desnuclearizamos toda, toda la región? No se debe ser atómicamente selectivo. El líder mundial que se atreva a proponer eso debería ser bolo fijo para el Nóbel de la Paz. Irán, además, no se calmará con las amenazas. La experiencia lo ha demostrado clamorosamente. Para cortar el hilo siniestro que une a Hamás con Irán se necesita más inteligencia que bombas.

-         Por último, sería interesante que, además de lo ocurrido en este blog, intercambiáramos puntos de vista públicamente, por una razón filosófica y a la vez práctica: en un debate personal, en vivo, puede surgir, lo que Fernando Savater llama la ‘razón dialógica’. Es decir, la posibilidad de que nuestros argumentos dialoguen y nos enriquezcan mutuamente. Ya hay algunas iniciativas por allí, pero lo importante, lo fundamental, es que se acepte el desafío.

 Ojalá podamos dar una muestra  mínima de la sensatez que no se ve en Oriente Medio. Necesitamos hacerlo por un deber profesional, pero también porque judíos y palestinos viven entre nosotros, son miembros de nuestra comunidad. Las palabras shalom y salam deben seguir  reinando entre nosotros, más allá de nuestras profundas diferencias.

 (&) Al respecto, revisar la BBC de Londres en español (ttp://news.bbc.co.uk/hi/spanish/international/newsid_7821000/7821616.stm) y el diario Público de España (http://www.publico.es/internacional/189928/rebelion/judia/ataque/israel).

miércoles, 7 de enero de 2009

GAZA Y LA SINRAZÓN/ Ramiro Escobar


Qué fácil es, cuando comienzan a sonar los cañones, caer por la pendiente de la sinrazón. Quizás no nos damos cuenta de ello, pero, una vez que se calla la palabra y suena la pólvora, incluso los que estamos lejos del escenario feroz podemos perdernos en el laberinto del absurdo y la desinformación. De allí a decir “desgraciadamente hay que hacerlo” para aprobar un bombardeo desquiciado, inmoral e ilegal hay sólo un paso.

 Ya he escrito sobre lo que ocurre en Gaza y precisado mi opinión clara sobre la violencia (http://www.larepublica.pe/meditamundo/03/01/2009/gaza-sin-cura) y como me niego a entrar por el maniqueo camino de “cuándo pasó esto, nadie dijo nada….” intentaré dar otros argumentos. No sin antes insistir en que no es cierto que la gente o los diarios callen cuando hay atentados contra Israel. Hay que leer la prensa y la historia, simplemente.

Pero viajemos brevemente a los orígenes del turbulento asunto. En el año 1947, la ONU parte el territorio de Palestina, que hasta entonces era un protectorado británico, en dos. Una parte sería para el futuro estado judío y otra para un estado árabe. Al año siguiente, en 1948, Ben Gurión proclama el Estado de Israel, un acto que celebraron los judíos de todo el mundo, pero que los árabes rechazaron por considerar que la partición fue injusta.

Al día siguiente, Israel es atacado por 5 ejércitos árabes (Siria, Jordania, Egipto, Líbano, Irak). De primera impresión, pareciera David contra Goliath, pero más de un historiador ha señalado que, a pesar del número de involucrados, las fuerzas israelíes y árabes eran similares. Israel ganó entonces su primera guerra, pero, como luego señalaría su futuro canciller Shlomo Ben Ami, ganaría todas las otras guerras, pero no sabría ganar la paz.

Posteriormente, hubo –aparte de continuas escaramuzas- guerras en 1956, 1967, 1973 y 1982. La de 1967, la Guerra de los Seis Días, es capital en esta discusión, pues fue entonces cuando el ejército israelí ocupó Cisjordania, Gaza, los Altos del Golán y la península del Sinaí. Desde entonces se habla de  esas zonas como ‘territorios ocupados’, pues fueron porciones de tierra que la ONU no le entregó al nuevo Estado judío.

Israel devolvió el Sinaí totalmente en 1982, tras un tratado de paz que firmó con Egipto en 1978. El resto de territorios siguieron ocupados, en parte bajo el argumento de que se hacía por “seguridad”. Sin embargo, durante años se ha seguido construyendo colonias judías en esas zonas. Si la ocupación era temporal, ¿para qué asentamientos nuevos en esas tierras? La única explicación es clamorosa y escandalosa: para no devolverlas.

En el ínterin, ciertamente Israel aflojó, entró en negociaciones con los palestinos, desde comienzos de los 90 (en Madrid y Oslo) y en 1993 vimos el famoso apretón de manos entre Isaac Rabin y Yasser Arafat, bajo el auspicio de Bill Clinton. Que no significaba el fin del conflicto, sino el comienzo de la ruta para ir al fin, que es distinto. En el camino, quedaban piedras que sacar, por parte de la cerrazón política de ambas dirigencias.

Arafat siempre fue ambiguo con las negociaciones y con los grupos integristas, acaso por temor a ocasionar una guerra civil al interior de su propio pueblo. Rabin, en cambio, sí estaba más decidido a cruzar el desierto y soportar críticas en nombre de la paz. Pero ya sabemos lo que le ocurrió: en noviembre de 1995, el extremista judío Yigal Amir lo mató de un balazo. ¿Hablamos también de ese fundamentalismo o sólo del musulmán?

Los palestinos y el mundo árabe han cometido graves errores, como el de no preservar su unidad. Y sus sectores integristas (Hamás, la Yihad Islámica) han cometido, a su vez, grandes y feroces crímenes, como los atentados suicidas. Israel, por su parte, ha incurrido frecuentemente, y de manera desvergonzada, en represalias furiosas, y ha hecho algo injustificable: ha vulnerado, muchas veces, el Derecho Internacional.

Es cierto que, si se mira al Estado de Israel, desde el punto de vista del sistema político, es el único Estado democrático de Oriente Medio. Pero, ¿eso basta? ¿Es plenamente “democrático” un Estado que pasa por encima de la legalidad internacional desoyendo numerosas resoluciones de la ONU, vulnerando los Convenios de Ginebra, como ahora ocurre en Gaza cuando se ataca población civil o no se deja entrar ayuda a hospitales?

Recuerdo, incluso, haber conversado en el 2001, en Israel mismo, con un militar de alto rango. Para sorpresa mía, y la de los periodistas que me acompañaban, en un momento nos explicó cómo, en determinados casos, la ley israelí permitía torturar a un detenido. No sé si esa norma sigue vigente, pero es difícil llamar ‘democrático’ a un Estado que admite eso o que se niega a firmar la Convención contra las letales bombas de racimo.

Que al parecer se estarían utilizando en este momento, como se hizo en el Líbano en el 2006. ¿¡Se justifica esa barbarie!? Entre los mismos israelíes hay voces lúcidas que apuestan por otro camino, pero de los que, eso sí, casi “nadie habla”. Cito nombres, para que los bloggers se deleiten en la búsqueda: Dany Baremboim, Ilan Papé, el grupo pacifista B’Tselem. O, más antes, Isaac Deustscher, citado ya por Nelson Manrique (&) 

No puedo extenderme más en este espacio. Sólo quisiera añadir que encuentro un tenebroso parentesco entre este ataque contra Gaza y el caso El Frontón. En ambas situaciones, se trata de un grupo de terroristas atrincherados, a los que, finalmente, se les aplica la fórmula del arrasamiento, lanzando bombas en un espacio cerrado, donde casi no hay escapatoria y donde, en aras de extirpar el mal, caen cientos de personas más.

Gaza no es una prisión formal, pero en los hechos se parece mucho. En sus escasos 360 kilómetros cuadrados, viven apelotonados 1 millón y medio de personas, muchas de las cuales están allí porque tuvieron que refugiarse luego de que Israel ocupó sus territorios.

Entre ellos hay innumerables personas que no tienen nada que ver con Hamás y también extranjeros (españoles, por ejemplo). ¿Sus vidas son el costo de una ‘razón de Estado’?

Israel tiene derecho a existir, plenamente; Palestina también, justamente. No me cansaré de decir que los atentados suicidas, o los misiles de Hamás contra civiles, son salvajes, crueles, estúpidos. Pero reconocer eso no me puede hacer callar frente al ataque deproporcionado contra Gaza, donde incluso ha sido bombardeado un hospital regentado por la ONU. O donde han muerto decenas de niños. ¿Eso es culpa de los árabes?

Todos los muertos nos pertenecen. Le pertenecen a la humanidad sufrida y a estos dos pueblos semitas que, quiero creer, algún día podrán sentarse juntos en la misma mesa. Pero, si reducimos todo a que la culpa absoluta es de unos cuantos musulmanes orates y fundamentalistas, llevaremos hacia el despeñadero a la dignidad humana e incluso a la razón. Propongo entonces que nos declaremos todos locos y que siga la matanza…

(&) Leer su ‘Columna en Construcción’ en La República 7/1/09 http://www.larepublica.pe/columna-en-construccion/07/01/2009/el-martirio-de-gaza

martes, 23 de diciembre de 2008

MÁS NAVIDAD QUE TELETÓN/ Ramiro Escobar

¿Se puede criticar la caridad pública, léase la Teletón, sin ser considerado un malagracia, un intelectual alejado de las masas, un ‘caviar’ irredento o un izquierdista circunspecto y sin alma? Juzgo que sí, que sí se puede y se debe. Primero, por respeto a la libertad de expresión y emoción. Y, segundo, porque  no creo que la limosna sea tan tan cristiana.

Me explico, a riesgo de ser excomulgado por aguafiestas. En rigor, lo que se ha hecho estos días es –por más que el presidente, en curioso arrebato bíblico, llamó a dar “hasta que duela”- ofrecer lo que, en mayor o menor medida, sobra. Puede ser que alguien haya esgrimido un ay por lo que dejó en las cuentas bancarias, pero no mucho más.

Y menos aún en los predios donde, literalmente, el dinero es la divisa. Ya Humberto Campodónico ha explicado en La República (edición del 20/12/08) cómo la rebaja de los impuestos a los bienes suntuarios equivale a una pérdida tributaria equivalente a más de 10 teletones. Los ricos también lloran, dan, se conmueven; pero, al final, nunca pierden.

La manera cómo se ha organizado el evento, además, desde las alturas políticas (con una poco cristiana cena en Palacio de a 2,000 dólares el cubierto), sinceramente ruboriza. No hacía falta, no lo reclamaba nadie; todo lo contrario: al subir esta loable colecta pública al estrado del poder se le ha revestido de un glamour innecesario, excesivo.

Qué diferencia, por ejemplo, entre esta faraónica celebración, con fuegos artificiales casi de Olimpiadas como fin de fiesta, con la espontánea ola de solidaridad que se generó tras el terremoto de Pisco, en octubre del 2007. Eso sí le salía más del alma a la gente, acomodada o modesta, quizás por una razón que ahora quedo enterrada por el show.

Los sismos, como otras tragedias provocadas por la naturaleza, derrumban seguridades ficticias, hacen que se desplomen nuestras miserables diferencias. Nos igualan a todos frente al espanto, ante la presunción de que pudimos ser nosotros. Una Teletón por todo lo alto, en cambio, pronuncia las diferencias, erige a la limosna como símbolo social.

Deseo que la Clínica San Juan de Dios siga adelante, pero me he sentido poco navideño al ver la fiebre teletónica, tan llena de caridad pero tan poco asociada con la justicia. Con la justicia que el Estado y la sociedad deberían promover como permanente, y no como dependiente de las dádivas públicas, cada vez que las arcas de beneficencia se vacían.

Cierto: la Biblia llama a dar al necesitado, a no olvidar al desvalido. Pero siempre resalta a la mujer pobre que dio de lo que tenía, al samaritano que no le importó a quien ayudaba o al Niño que nace en un lugar pobre, pobrísimo. Y que luego, a lo largo de su vida, se juega, hasta la muerte, por los más ninguneados, por los apestados, por los marginados.

Quizás, entonces, necesitamos más Navidad auténtica que teletones. Sobre todo si a esta fiesta occidental se le sacude de esa episódica caridad que no exalta al Cielo ni cura a la Tierra. Especialmente si se asume que el amor que uno puede dar a sus allegados, o a los más pobres, necesita de estos días para reciclarse, pero de toda la vida para ser real.

Conozco el pesebre donde, presuntamente, nació Jesús y, acaso por el tumulto político que lo rodea (Belén es una zona palestina rodeada de soldados israelíes), sigue siendo un recinto pobre, algo desvencijado. Pero sospecho que el lugar guarda, a su vez, una secreta austeridad que ni los siglos, ni las luchas fratricidas y necias, han podido arrebatarle.

Cada vez que se acercan estas fechas, lo recuerdo intensamente y siento que, más allá de la poca o mucha fe que uno tenga, o incluso si no tiene ninguna, ese modesto espacio está allí para recordarnos que, en el principio de la vida, todos somos iguales. Y que, si hay una redención en el imaginario humano, pasa necesariamente por una mayor justicia.

¿Cómo se logra? No lo sé, ha habido tantos desvaríos por conseguirlo que es pecaminoso aventurar una fórmula. Pero algo me dice que la caridad desprovista de perspectiva, o envuelta en lentejuelas y discursos, no conduce hacia esa entelequia. Y que más bien la paz y la buena voluntad de nuestra especie crecen entre la humildad y el sacrificio.

Feliz Navidad, a pesar de todo y de lo poco, desde este espacio sincero y compartido.

jueves, 18 de diciembre de 2008

EL MUNDO SIN ZAPATOS/ Ramiro Escobar

Acaso sin proponérselo, el pasado 15 de diciembre el periodista iraquí Muntazer al-Zaidi se convirtió -al menos en Oriente Medio- en un serio rival de Barack Obama en la carrera hacia el título de ‘El hombre del año’. Su epopéyico gesto de arrojarle a George W. Bush, en pleno corazón de la ‘zona verde’ de Bagdad, un par de zapatos talla 44, lo ha catapultado, al filo de cierre, como uno de los hombres ilustres de este 2008 que fenece.

Todo indica que el joven reportero de la cadena Al Bagdadia no tiene objetivos políticos o de figurettismo global. Al parecer, sólo lo movió una auténtica ira santa (según su hermano Dargham, plenamente premeditada), lo que le ha granjeado simpatías en todo el planeta, tan deseoso de ver que alguien, en el nombre del Cielo, exhiba algún gesto simbólico que despida, con merecidos anti-honores, a tan controvertido presidente.

Cierta cortesía epitelial llaman a ver este arrebato genuino con distancia pudorosa. Pero no neguemos que a muchos -a millones de personas en el mundo probablemente- el hecho nos ha producido una secreta fruición: Bush, el que pisoteó el derecho internacional, el que pasó por encima de las Naciones Unidas, el que no se quitó sus No. 43 para entrar violentamente en Bagdad, finalmente humillado por un par de tabas.

Curiosamente, el episodio trae a la memoria otro momento en el cual el calzado humano puso al descubierto el discutible estilo del gobierno más poderoso del mundo. En enero del 2007, Paul Wolfowitz, una de las eminencias grises de la cofradía gobernante ahora saliente, mostró sus calcetines agujereados al tener que entrar descalzo en una mezquita turca. Hizo uno de los papelones de ese año, por culpa de un par de zapatos, justamente.

Mucho antes, en 1952, se dice que el candidato demócrata Adlai Stevenson perdió la elección porque Bill Gallagher, un sagaz fotógrafo, le tomó una foto en la cual su calzado derecho exhibía, impunemente, un notorio orificio en la planta. Stevenson, en efecto, fue derrotado por ‘Ike’ Eisenhower y Gallagher ganó el Pulitzer con la instantánea. No hay que despreciar, por eso, la trascendencia de un zapato. Roto o no, puede hacer historia.

También viene a cuento recordar el arrebato de Nikita Kruschev en la Asamblea General de la ONU de 1960, cuando el representante filipino lo acusó de negarse a la ‘desnuclearización’ del mundo. El dirigente soviético golpeó su escaño con un zapato, causando la sorpresa general. En el caso iraquí, paradójicamente, es el mandatario de otra gran potencia quien, en vez de manipular un zapato, tiene que esquivarlo raudamente.

Hay que reconocer que, en tan memorable momento, Bush sacó de algún sitio sus dormidos reflejos de ex soldado, pero ¿qué hubiera pasado si, acaso para felicidad de algunos devotos del antiimperialismo más furioso, al-Zaidi daba en el blanco? Quizás la algazara global hoy sería menor, quizás se hubiera pensado que, mucho mejor, hubiera sido un pastel, al estilo de Moe atacando sin piedad al indefenso y desprevenido Curlie.

Porque un zapato, sobre todo de esa talla, le hubiera causado cierto daño al mandatario, haciéndolo sangrar incluso, lo que hubiera cargado de dramatismo esta especie de gag geopolítico. Quedémonos entonces con lo que ocurrió, pero a la vez saquémonos los zapatos en son de protesta por los presuntos varios años (hasta 15, se afirma) de prisión que podrían darle al colega, por el simple hecho de haber expresado su rabia con los pies.

Está bien que sea una descortesía. De acuerdo con que no se debe tratar así a un presidente de visita, por extraviado que sea. Pero, ¿meter en prisión, durante más de un lustro, a esta especie de ícono de la ira planetaria contra unas políticas que pusieron de cabeza al mundo durante 8 años? Reporteros sin Fronteras ha pedido clemencia para al-Zaidi, aunque ha reconocido que la única arma de un reportero “son sus palabras”.

Suscribo esa afirmación, pero si la condena se produce se comprobará, precisamente, que, en ocasiones, las palabras son inútiles. Y que, dependiendo del poder que se tiene, resulta ‘lícito’ no sólo tirar zapatos sino, además, bombardear con ‘efectos colaterales’, lanzar ofensivas poco quirúrgicas y, encima, hacer malabarismos verbales y conceptuales para justificarlo. En suma: pisotear, con ganas, la ética y los derechos más elementales.

Ojalá el proceso anti-zapatos no avance porque, sino, tendremos que sacar de la tumba a Maxwell Smart para que nos ayude. Si un poderoso puede agarrar a patadas a un ciudadano (acá en Lima lo hemos visto en vivo), o lanzar misiles que dejarán en muletas a miles de personas, y no pasa nada; mientras que un reportero, por un gesto brusco pero sin consecuencias, va preso, es que este mundo está tristemente descalzo y sin rumbo.

martes, 9 de diciembre de 2008

MANUS ARRIBA (Y ABAJO)/ Ramiro Escobar

Un paseo alucinado, y terrible, por el Parque Nacional del Manu.

Con un gesto natural, desprovisto de dramatismo, Rodolfo Champi, un joven originario de la provincia cusqueña de Urcos, me cuenta cómo, ante la falta de transporte público optó por una solución a lo Robinson Crusoe: se construyó él mismo una balsa y dejó que el río Alto Madre de Dios lo arrastrara.

Por fin, después de 7 horas de torrentosa travesía, llegó hasta la comunidad de Diamante, donde los nativos yines lo esperaban para que prosiguiera con su oficio de profesor. Rodolfo dice que sólo “hace su trabajo”, y complementa su vida con un afanoso estudio de las plantas medicinales de la selva.

Mientras caminamos por una trocha, me va indicando qué planta sirve para qué (una de ellas huele, fuertemente, a frotación Charcot). La vegetación de la Reserva de Biosfera del Manu, entretanto, nos acompaña, nos abruma, por momentos casi nos traga. Y los mosquitos nos atacan con gusto despiadado.

Las historias similares abundan por acá, casi como los bichos que nos circundan. No obstante que estamos en los alrededores de uno de los lugares más turísticos del Perú y acaso del mundo (el Parque Nacional del Manu, que es parte de la Reserva de Biosfera) la vida de los “normales”, no turistas, es durísima.

También la de los guardaparques, cuyo día de homenaje, en el Perú, se celebró por primera vez el pasado 6 de diciembre: hay muy pocos para los 1’716,295.22 hectáreas de extensión que tiene el Parque Nacional; ganan sueldos magros; y, por último, algunos de sus beneficios están en peligro de extinción.

Hace poco, por ejemplo, el Estado les recortó la dotación de víveres que les daba, por lo que ahora se los tienen que buscar ellos mismos. Y aunque algunas fundaciones u organizaciones privadas, como la Sociedad Zoológica de Frankfurt, los ayudan, con las justas llegan a ser un serenazgo de la selva.

Todo esto ocurre por un corredor fluvial por donde penetran, sobre todo entre mayo y octubre, un flujo importante de turistas, monitoreados por unos siete u ocho operadores autorizados. Que pagan una cantidad importante de dólares (mínimo 500 para ingresar, a lo pobre, al Parque; 3,000 si se usa avioneta).

El negocio es bueno, da recursos al erario público, y a los empresarios, pero, increíblemente, casi no “chorrea” a los lugareños, nativos o colonos, que con suerte venden algunas artesanías y polos u ofician de guías o motoristas de bote.

El único chorreo que reciben viene del Alto Madre de Dios.

A diferencia de la parte alta del Parque (el Manu va de los 4,000 metros de altura hasta los 100 metros), en la parte baja, no hay transporte público. Los peques-peques tienen dueño y sirven para transportar gente y plátanos, pero no hacen ningún servicio interdistrital, ni tienen paraderos, ni boleteros.

Se sube quien puede, como cuando, en el poblado de Itahuanía, se trepó a nuestro bote, de propiedad del DRIS/ZA-MANU (1), una profesora, también de Diamante, que llevaba mochilas y, en una especie de balde, los exámenes del colegio primario. Si se le pasaba este bote se le iban la vida y las aulas.

Más allá, en Boca Manu, un pueblo vecino al aeropuerto donde aterrizan las avionetas turísticas, y a la desembocadura del río Manu, se me ocurre hacer una pregunta cargada de ingenuidad citadina: “¿Y se quedan acá los viajeros”, consulto, esperanzado. “No –me responde un colono-, pasan sólo a orinar”.

Las avionetas llegan allí solo en ‘temporada alta’ y, por caridad, pueden llevarse a un enfermo grave hacia el Cusco, surcando el hermoso cielo en tan sólo una hora y algo más. Pero ha ocurrido que a un niño intoxicado se le fue la vida sobre un peque-peque, mientras luchaba contra el tiempo y los elementos.

Incluso, Edgar Muñiz, un hombre adinerado de la zona y notable defensor del Parque, no pudo llegar a un hospital decente tras sufrir la rotura de una úlcera. Murió camino al Cusco, a donde se llega desde Pillcopata, un pueblo al final de la selva alta, en por lo menos 8 horas de viaje subiendo por la montaña espesa.

El Manu, en suma, es bello, incomensurable. Pero también es difícil, demoledor. Sobre todo si no se cuenta con avioneta. Especialmente si se vive al día, de los recursos del bosque, cuando el cielo no se viene abajo por una lluvia que lo inunda todo. Cuando el infierno verde se quiere parecer al paraíso.

El DRIS/ZA MANU hace algo útil: promueve la agroforestería, mejora la nutrición y reforesta algunas zonas. El Estado también, no hay que ser mezquinos, aun cuando los otorongos reales de estos lares llaman a recuerdos políticos ingratos (2). Sin embargo, un paseo por este lugar deslumbrante deja también sombras.

El turismo, digo yo, no debiera ser sólo un pasacalle de ricos que circulan, como en un ‘mirabus’, en medio de la selva, para ver fauna y también, con curiosidad salvaje, a los nativos. Si Boca Manu sirve, mayormente, para que se detengan a miccionar es que algo, en nuestras políticas públicas está francamente desquiciado.

(1) Sigla que designa al serpenteante nombre del ‘Programa integral para el fortalecimiento de capacidades locales de las familias de pequeños productores de la Reserva de Biosfera del Manu (RBM)’.
(2) En defensa de los otorongos o jaguares de verdad (Panthera onca) hay que decir que son animales que se ganan su sustento con sacrificio y astucia, aunque a veces parezcan ser crueles. Lo que nunca hacen es zurrarse en la ley, de la selva.

martes, 25 de noviembre de 2008

APEC Y EL SUSTO POR LA DEMOCRACIA/ Ramiro Escobar

Está bien: no vamos a decir que Lima no pasó la prueba de las cumbres, que no curó algunas de las profundas heridas de sus pistas o que nuestro arte culinario no se lució en las relucientes bandejas del Pentagonito. Tampoco vamos a desconocer que, en efecto, es posible que las inversiones en nuestro suelo engorden, al ritmo del rap del APEC.

No hasta la alucinógena cifra de los 100 mil millones de dólares anunciados, pero sin duda algún empresario ensayará su huida hacia este territorio que, según nuestro mandatario, es algo así como la zona liberada de la crisis financiera mundial. Lo que me parece sorprendente es la manera en que la ‘Cumbre’ ha fondeado la palabra ‘democracia’.

He buscado el término en las declaraciones, documentos, anuncios, informes, etc., pero no lo encuentro. Por supuesto que no ignoro que APEC es un foro básicamente económico, no vinculante, que procura fomentar la cooperación económica y el intercambio comercial. Pero, ¿el mundo está para hablar solamente de negocios?

Según la Declaración de Lima, no se debe desvincular las gestiones empresariales o comerciales de las urgencias sociales, laborales y ambientales. Responsabilidad social, que le dicen. Pero qué tal si, además de eso, y en la medida que los ‘apecos’ se proponen enfrentar la crisis mundial, se da aunque sea una puntada sobre otros asuntos.

Me temo que va a ser difícil porque hay ropa tendida, sobre todo en el contingente asiático de este foro (pero no sólo allí). En los territorios donde están las 21 economías de APEC, hay 11 en los cuales se aplica la pena de muerte con más o menos intensidad. Y países como China, en donde no se nota que haya una mayor recesión de las ejecuciones.

A Somchai Wongsawat, el primer ministro de Tailandia, lo espera una revuelta popular de proporciones a su regreso de Lima. En el mismo país, se han cerrado unas 300 emisoras de radio y bloqueado algunos sitios de Internet.

El anterior Primer Ministro, Samak Sundaravej fue destituido por participar en un programa culinario de TV. Lo hizo sin autorización y cobrando dinero, algo prohibido por la Constitución del país (como si Yehude Simon hubiera cobrado por participar en la ‘aventura culinaria’ de Gastón Acurio). En Vietnam, para continuar por el sudeste asiático, se ha encarcelado a numerosos disidentes políticos y también se ha reprimido a bloggers y sitios de Internet.

En Singapur, hay detenciones sin cargos ni juicio, según Amnistía Internacional. A su vez, unos ocho objetores de conciencia al servicio militar fueron encarcelados en el 2007 y otros 12 continúan cumpliendo condena. Por añadidura, en el mismo año se ejecutó a 5 personas, por delitos de narcotráfico, lo que provocó alarma en funcionarios de la ONU.

La lista continuaría con los ataques a disidentes o brotes de xenofobia en Rusia, la Ley de Seguridad Interna en Malasia (que permite encarcelar a alguien sin juicio hasta por dos años) o la impunidad por las violaciones a los derechos humanos en Indonesia. Para no hablar del silencio de George W. Bush, en su despedida mundial, sobre Guantánamo.

Claro, se puede levantar, tras este recuento, el viejo truco de las ‘cuerdas separadas’, que sirve para poner distintas velocidades en la negociación comercial con países diferentes. Pero que, puesto en el gran escenario de las relaciones internacionales, suena a la resurrección, a nivel global, del penoso adagio que dice que ‘la democracia no se come’.

Ha sido Barack Obama, al precisar que el TLC con Colombia no se firma aún debido al asesinato de sindicalistas, quien parece estar señalando otra ruta. Y también las autoridades de Papuá Nueva Guinea, país al que casi no se le ha dado pelota en este foro de APEC, las cuales han señalado que trabajarán para abolir la pena de muerte.

Pero no hay que entusiasmarse demasiado: en el ecosistema de los negocios internacionales, o en algunas sedes de gobierno, hay quienes deben soñar con un mundo convertido en un gran chifa, que tiene que seguir funcionando aunque haya crímenes en la cocina. Un ‘mundo feliz’, que desconoce mayormente la crisis moral de este siglo.