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domingo, 18 de octubre de 2009

EL MANIFIESTO DE LAS 343 / A propósito de la polémica en torno al aborto / Jorge Bruce


Este artículo fue publicado hace algunos años en la revista Somos de El Comercio, cuando escribía una columna regular en dicho semanario. Lamentablemente, no ha perdido un ápice de su actualidad. Peor aún, en ciertos aspectos hemos retrocedido, como en lo que respecta al acceso a métodos anticonceptivos y de planificación familiar. Ni que decir respecto de la despenalización del aborto, que ni para casos de violaciones o graves malformaciones del feto se quiere aprobar, como se vio esta semana. Por eso me animo a publicarlo de nuevo, tal cual, como complemento al artículo que publiqué este domingo 18 de octubre en el diario La República http://www.larepublica.pe/el-factor-humano/18/10/2009/la-hipocresia-mata . A ver si continúa un debate indispensable que atañe a la salud pública y la libertad individual.

El 5 de abril de 1971, la revista francesa Le Nouvel Observateur publicó un manifiesto firmado por 343 mujeres, en defensa de sus derechos y “por la libertad de disponer de su cuerpo”. El texto decía lo siguiente:

“Un millón de mujeres se hacen abortar cada año en Francia. Lo hacen en condiciones peligrosas debido a la clandestinidad a que están condenadas, cuando en realidad esta operación, efectuada bajo control médico, es de las más sencillas. Se calla sobre esas millones de mujeres. Declaro ser una de ellas. Declaro haber abortado. Al igual que reclamamos el libre acceso a los medios anticonceptivos, reclamamos el aborto libre.”

Entre las 343 mujeres que declaraban haber abortado (acto penado por la ley de entonces) se encontraban algunas desconocidas del gran público, pero otras eran muy célebres, tales como las actrices Catherine Deneuve o Jeanne Moreau, directoras de teatro como Arianne Mnouchkine, escritoras de la talla de Francoise Sagan o Simone de Beauvoir, cuyo libro El Segundo Sexo había sido publicado veinte años antes. El manifiesto tuvo un impacto inmediato y contundente. Resultó decisivo, a la postre, para que se dicte, en 1975, la llamada ley Veil, sobre la interrupción voluntaria del embarazo. Además, la ley francesa sirvió para que el resto de países de la Comunidad Europea fueran progresivamente dando dispositivos legales similares, con excepción de la conservadora Irlanda. Ese manifiesto se inscribía en una gran tradición intelectual francesa que se remonta al asunto Dreyfus. Lo nuevo en ese texto era que se trataba exclusivamente de mujeres, que se manifestaban acerca de un asunto que concernía en primer lugar y sobre todo a las mujeres. A veces se le conoce, con característica ambivalencia, como el manifiesto de las 343 perras (salopes), pero vaya que esas perras fueron valientes y su coraje cambió el curso de la historia.

Conviene recordarlas ahora que en el Perú asistimos a una arremetida del orden moral más hipócrita y conservador, en el que participan ministros, congresistas y autoridades de la iglesia. Si tan solo fuera cuestión de hipocresía y moralismo autoritario, no pasaría de ser un asunto desagradable y en última instancia risible. El problema es que cuando esas actitudes de intolerancia se convierten en leyes, matan. Matan principalmente a mujeres pobres, muchas de ellas adolescentes, que recurren a los execrables abortos clandestinos porque el Estado les ha cerrado las puertas. La inmensa mayoría de las sociedades civilizadas siguen una progresión que va de la ausencia de anticoncepción al aborto clandestino, luego a la anticoncepción y al aborto despenalizado y medicalizado. La lógica consecuencia de ese cambio es que el número de abortos disminuye considerablemente y, por supuesto, también disminuye la mortandad materno-infantil, una de las principales causas de muerte en buena parte de nuestro subdesarrollado continente (América Latina es la región del mundo con más embarazos no deseados en adolescentes, según la OMS).

Diera la impresión que esos señores quisieran castigar a las mujeres por haberse atrevido –imaginan ellos- a gozar de su cuerpo sin fines reproductivos. Parece que quisieran confinarlas a las tres K de los nazis: Kirche, Kinder, Küche (iglesia, niños, cocina). Se diría que la libre expresión del deseo femenino los amenaza y desenmascara. Lo cierto es que cuando atentan contra la libertad de las mujeres, atentan contra las de todos. Por eso este combate es en primer lugar de ellas, pero lo es también de nosotros, los que queremos una sociedad en donde nadie pueda imponerle su moral a los demás bajo ningún pretexto y en donde la Iglesia y el Estado estén claramente separados. Y de mi cuerpo me ocupo yo.

El argumento del aborto como un crimen es insostenible, por lo menos en cuanto certeza. Lo que sabemos con seguridad es a partir de qué momento un feto es viable para sobrevivir fuera del vientre de la madre. Lo demás, el instante del nacimiento de la vida, son especulaciones teológicas o incluso biológicas, pero sobre las cuales no hay acuerdo alguno. Ubi dubidum, ibi libertas: donde hay duda hay libertad, reza un hermoso principio jurídico.

Conozco, por mi trabajo, las consecuencias psíquicas del aborto en las mujeres. Pueden ser traumáticas, incluso devastadoras. Nadie puede sentir entusiasmo por una operación como ésa. Pero nadie puede decidir lo que es mejor para otra persona, para su cuerpo, para su vida, sobre todo cuando en la práctica eso condena a miles de mujeres a consecuencias mucho más terribles todavía, que van desde la esterilidad hasta la misma muerte. La única salida son políticas públicas integrales y multisectoriales de anticoncepción. Y la despenalización del aborto para que se haga bajo control médico. ¿No habrán 343 mujeres valientes en el Perú dispuestas a comprarse el pleito?

viernes, 31 de julio de 2009

UN TOQUE DE MALDAD (sobre "Ciudad de los reyes") / Jorge Bruce


Lo primero que salta a la vista en esta colección de 100 dibujos que Juan realizó entre el 69 y el 81 es su pertinencia, su perturbadora actualidad. La verdad, desde el punto de vista del avance de nuestra sociedad, hubiese sido preferible que ya sean obsoletos y nos quede sobre todo su extraordinaria calidad gráfica, ese trazo sombrío, elegante y preciso, en donde la estética funciona como lo que Freud llamaba la prima de seducción, es decir ese placer que nos ayuda a tolerar el impacto brutal de la verdad contenida en estas obras. Ese impacto nos sacude y conmociona, nos despierta como un cachetadón. Nos hace reír, pero es una risa un tanto agria y de circunstancias. Ese humor tan percutante no relaja ni es tierno, a diferencia de otros trabajos del autor, que se caracterizan por esa humanidad entrañable, a lo Derzu Uzala, como los personajes del cuy, que ya pertenecen al imaginario nacional. Este es un humor agresivo, implacable, a lo Swift. Pero Juan lo explica mucho mejor en la introducción que ustedes podrán leer en esta oportuna y necesaria reedición de Ciudad de los Reyes. VER MÁS EN "LA NUEZ"

lunes, 25 de mayo de 2009

EL FUTURO DE KEIKO/ Jorge Bruce


En un documental sobre la fotógrafa Annie Leibowitz, quien fuera pareja de la escritora Susan Sontag, se retrazan las diferentes etapas de su carrera. Inicialmente se dedicaba a personajes del rock. En la actualidad trabaja para Disney, componiendo situaciones basadas en las películas de la trasnacional, recurriendo a estrellas del cine, la canción o el deporte. Pero el hilo que une los diversos hitos de su ya considerable trayectoria, es una capacidad asombrosa para captar la esencia de los personajes retratados (cualidad que ella niega, alegando que se limita a apretar el obturador cuando le parece el mejor momento). Así, cuando tomaba fotos para la revista Rolling Stone, hizo una secuencia memorable de la cantante Patti Smith. Al ver la expresión de su rostro, la intérprete folk comentó que inicialmente –años atrás- le había extrañado y no se había reconocido del todo. Sin embargo, con el paso del tiempo, explicaba al autor del documental, lo insólito es que había terminado teniendo el rostro de la fotografía.

Ciertas imágenes tienen esa virtud: capturan la fugacidad de un ser y la inmovilizan para nosotros. Aquello que dicha persona oculta, en ocasiones sin saberlo. O, como se dice en psicoanálisis, lo que no sabe que sabe. En el caso de la Smith, tuvieron que pasar años para que ella se encontrara con esa persona que todavía no sabía que sería, o que acaso ya era. Pero al fin se convirtió en ella misma.

En esta fotografía de Keiko Fujimori es difícil saber si lo que se ve es lo que ella misma no sabe que es o quizás aquello que la aguarda. Haciendo el esfuerzo de abstraer por un momento el contexto en que fue tomada, es decir las acusaciones de corrupción vinculadas al dinero que Montesinos le entregaba en efectivo a su padre, entonces Presidente del Perú, quien a su vez lo repartía entre ella y otros miembros de su familia, es interesante preguntarse lo que la imagen muestra.

Hay cierta malignidad en la expresión, que no suele encontrarse en la cara redonda y por lo general afable de la congresista candidata. Incluso cuando se presenta enfadada, como cuando la condena de su padre, tiene algo de bondad que atenúa la dureza de sus emociones. Pero en esta fotografía hay algo que asusta. Es como si en un instante de inatención, hubiera aflorado algo real que sus rasgos pícnicos suelen disimular entre los pliegues de su cara. Pero los fotógrafos acechan como aves de rapiña y pueden caer sobre sus presas en un segundo fatal (eso que la Leibowitz hace sin pensarlo). Algo análogo sucedió con Eliane Karp en la memorable foto con el puño en ristre, en el Banco de la Nación, ante la mirada consternada de su marido, el entonces Presidente Toledo, o el actual mandatario, Alan García, en ese baile de derviche arrebatado que todos recordamos.

El punctum –como diría Roland Barthes- de la foto se encuentra, me parece, en la parte superior de la misma. Si dividimos la imagen por la mitad, es decir por la línea ecuatorial, la sonrisa sola tiene la afabilidad y el encanto que por lo general configuran una agradable placidez en el rostro de la ex primera dama. Pero si nos concentramos en la parte superior, es decir en los ojos y el ceño, entonces nos encontramos con una impresión que desmiente la anterior. Aquí asoma una ferocidad que no le conocíamos. Este efecto se ve reforzado por lo oblicuo de la mirada y lo inexpresivo de sus ojos. De hecho, la expresión proviene sobre todo de la movilidad de los rasgos. Si se observa el círculo conformado por los pómulos, las cejas y al centro el espacio entre la nariz y los ojos, hay una circulación dinámica perturbadora. Paradójicamente, parece una máscara, solo que ésta muestra lo que suele esconderse. Si se la mira fijamente, puede llegar a ser insoportable. Esto es ajeno a la energía o la firmeza. Es una agresiva determinación en marcha, que este psicoanalista solo puede calificar de anal.

Ahora es preciso retomar el contexto que habíamos hecho a un lado.

Es imposible dejarlo totalmente de lado, a decir verdad. No podemos dejar de asociar esa cara con las acusaciones de corrupción. Entonces parece que nos estuviera diciendo algo terrible. Ahora estamos muy lejos de esa muchachita embarazada que lucha por liberar a su padre, injustamente encerrado por un país ingrato.

Esa presencia del mal es algo que muchos sospechamos tras la  fachada de hijita que se inmola por la liberación de su padre. Como si esa expresión nos advirtiera, amenazante: ni piensen que me van a agarrar con esas cuentas montesinistas (donde nos reencontramos con el aspecto anal retentivo; algo similar comenté, en su momento, sobre la citada foto de Eliane). Admito que esa percepción puede ser una proyección de mis deseos de ampayarla en falta. Pero entonces, ¿por qué lo que siento no es satisfacción ni diversión sino inquietud y turbación? Acaso porque, en este caso, lo premonitorio, como en la foto aludida de Patti Smith, nos atañe a todos. Como si esa foto nos anunciara lo que nos aguarda… si no hacemos algo al respecto.

martes, 28 de abril de 2009

RELACIONES “SOTÁNICAS” / Jorge Bruce


Tanto Carlos Basombrío como Liuba Kogan se han manifestado en las pantallas de Espacio Compartido en torno al caso del Presidente del Paraguay. A mi vez, escribí un primer artículo sobre este asunto en el diario La República. Tras haber leído ambos textos, me motiva retomar el debate, esperando que otros se animen a participar en el mismo. 

Comenzaré citando a Anthony Giddens[1]: “La democratización de la vida personal es un proceso menos visible, en parte precisamente porque no ocurre en la arena pública, pero sus implicancias no son menos profundas. Es un proceso en el cual las mujeres han desempeñado hasta ahora los roles protagónicos, aún cuando al final los beneficios logrados, tal como en el espacio público, están abiertos a todos” (la traducción es mía). Basombrío ha recordado que la flamante ministra de la Mujer del gobierno de Lugo, Gloria Rubin, impidió que Daniel Ortega, quien abusaba sexualmente de su hijastra –y sin embargo continúa presidiendo los destinos de Nicaragua y dando lecciones de ética a los gobernantes de derecha- acudiera a la asunción al poder del ex obispo Lugo. Pero ahora resulta que el paraguayo había ocultado a una serie de hijos que, por circunstancias diversas, han comenzado a aparecer en escena. El inconsciente hace las cosas así. La omnipotencia de estos personajes los lleva a actuar como si fueran intocables pero, tarde o temprano, lo reprimido retorna y los desenmascara.

No voy a regresar a la gravedad de los actos del ex obispo, quien abusó de su posición privilegiada con mujeres menores de edad y luego confirmó la índole culposa de esas relaciones, no reconociendo a los hijos nacidos de esas relaciones “sotánicas”. Lo que me interesa subrayar, en la línea de lo señalado por Liuba Kogan, es la escisión entre la corrupción a nivel público, que Lugo prometió combatir, y aquella a nivel privado. Porque lo que han hecho Ortega o Lugo –violar a una menor en un acto de naturaleza incestuosa o seducirla- es un delito, lo cual lo extrae automáticamente del ámbito privado. La diferencia con el pecado es que éste es una cuestión religiosa y personal, mientras que el delito afecta al conjunto de la sociedad. Por eso Luis Bedoya intentó exculpar a su hijo de la acusación de haber recibido dinero de Montesinos para su campaña política, alegando que “era pecado, no delito”. La Justicia peruana no lo vio así y el señor Bedoya hijo pagó con pena de cárcel.

Lo de Ortega es particularmente infame, pero lo más dañino es la impunidad con que continúa detentando las riendas del poder, como seguramente ocurrirá con Lugo. Más allá de la ley, lo que esto indica es una tolerancia extendida respecto de estos comportamientos, cuando no cierta admiración encubierta. No es solo asunto de machismo. Lo licencioso del comportamiento del líder es el precio que las sociedades con institucionalidades frágiles están dispuestas a pagar, con tal de tener un padre omnipotente que las proteja. La biografía de Mao es pródiga en este tipo de historias con mujeres, pero este no es siempre el caso, tal como lo demuestran dictadores como Castro, Pinochet o Fujimori, cuyos abusos, sobre todo de los dos últimos, se manifiestan de preferencia en otros ámbitos. Siempre con la anuencia tácita de sectores de la población que se identifican secretamente con este goce obsceno del poder, confiando estar en el lado de los que no salen perjudicados, en todos los sentidos de la palabra.

Pero tampoco hay que soslayar el perjuicio que estos actos le ocasionan a la izquierda latinoamericana. El silencio de algunos representantes de esta tendencia, en nuestro medio, es atronador y reproduce el pacto perverso por el cual personajes como los citados se sienten por encima del bien y del mal. Si para algo puede servir la historia del obispo que embarazaba a sus feligresas, prescindía de anticonceptivos como buen católico (Carlín lo ha expresado con su habitual maestría) y no los reconocía, es para horadar ese tabique entre la democracia y la ética en la alcoba, el confesionario o el palacio presidencial. Los actos corruptos lo son siempre, sin distinción ni licencia alguna.


[1] The Transformation of Intimacy (hay version castellana), Stanford University Press, 1992, p. 184.

miércoles, 18 de marzo de 2009

¿FUJIMORISMO SIN MONTESINOS? / Jorge Bruce

Las recientes encuestas electorales confirman la posición expectante que ha adquirido Keiko Fujimori como candidata a la presidencia de la república. Más allá del nulo valor predictivo de sondeos de opinión con dos años de anticipación en un país tan volátil como el nuestro, me interesa lo que esta fotografía revela acerca de estados anímicos actuales en la población electoral. Me parece que hay un fantasma detrás de estas preferencias y es el siguiente: démosle una oportunidad a Fujimori de retornar, vía su hija –que solo existe políticamente en la medida de esa filiación- para terminar lo bueno de sus Gobiernos, habiendo extirpado lo malo, léase la corrupción mafiosa encarnada en Montesinos. Lo cual no significa que la mayoría realmente crea que Fujimori “no sabía nada”.

En todo caso es probable que la percepción mayoritaria, a tenor de las más recientes encuestas ya no electorales, sino en torno a la culpabilidad del ex presidente, sea la de una complicidad en la que el socio más maligno, en suma, el gran corruptor, era Montesinos. Esta es una percepción que yo comparto: cada vez más tengo la impresión de que Fujimori cayó en las redes del “asesor”, quien lo atrapó en la clásica trilogía de las madres perversas: seducción-intimidación-chantaje. Una vez que ya lo tuvo, a Fujimori no le quedó otro remedio que la fuga hacia delante. Lo cual condensa las dos hipótesis extremas que se manejan acerca de la sociedad de marras: era cómplice o era cojudo. Todo indica que era las dos cosas.

Gustavo Gorriti ha demostrado de manera convincente en un artículo en Caretas –lamento no tener el link a mano- quién era el titiritero y quién el títere en ese binomio, que se inició como una sociedad de socorros mutuos y terminó como una folie a deux.  Montesinos manejaba el narcotráfico, los medios, el Poder Judicial, el Legislativo, las Fuerzas Armadas, el grupo Colina, etcétera. Él concentraba casi todo el poder en sus manos y no solo como eminencia gris, sino como ejecutor, cajero, director, camarógrafo, sicario, planificador, etcétera. Pero se cuidaba de mantener a Fujimori en la ficción de ser él, el Presidente, el jefe de la organización. En otras palabras, Fujimori sabía casi todo, aprobaba todo lo que Montesinos le “proponía”, pero no tenía otra opción: “firme aquí su excelencia, no se preocupe de nada, yo me encargo”.

Esta peculiar relación que recuerda a esas parejas en donde ella le hace creer a él que –“si amorcito, lo que tú digas”- él es el que manda pero ella maneja el presupuesto y toma las decisiones importantes con su “anuencia”, fue puesta en escena para todo el mundo en el memorable encuentro de los socios, en el tribunal en donde se le juzga a Fujimori. Increíblemente, para desesperación de Nakazaki y la propia Keiko que se daban cuenta de lo que estaba ocurriendo pero no podían evitarlo, la escena de seducción, intimidación y chantaje se desarrolló en público, con guiños, sonrisas y disfuerzos. Solo faltaron besitos volados[1]. A todas luces, el espectáculo fue un desastre para la defensa (aunque no en el sentido psicoanalítico del término), pero el fantasma inconsciente fue más fuerte. Y Montesinos volvió a salirse con la suya.

Pero retornemos a Keiko. Vale decir, a su aprobación en las encuestas. La versión de que ella previno a su padre acerca de Montesinos puede tener una parte de auténtica, por lo que se conoce. Lo que está menos claro es si ella no sabía que su papá sabía. Podemos transar en esos puntos ciegos de los hijos, estilo Lucianita, en donde la hipótesis del padre corrupto y asesino es tan devastadora para la integridad del propio sujeto, que es preferible la negación de la realidad, a niveles que en otra situación serían psicóticos. Incluso podemos aceptar que no se trata de una postura enteramente cínica (la diferencia entre Martha Chávez, que se la cree, y Carlos Raffo, que sabe pero se hace). El problema es el significado de ese elevado porcentaje de aprobación: ¿es a lo Chávez o a lo Raffo? Zizek asegura que en la posmodernidad no vale el “perdónalos porque no saben lo que hacen”; más bien saben y por eso lo hacen. Por ejemplo, entre Lourdes y Keiko la primera aparece, en esa perspectiva, como más apta para lidiar con la corrupción (es decir administrarla) que la segunda.

Por eso la hipótesis de un(a) Fujimori purgado de Montesinos es uno de esos autoengaños que las encuestas, prematuras pero no irrelevantes, comienzan a anunciar y acaso, sin proponérselo, promover. Alan lo sabe y observa, pues su suerte está cada día más ligada a la de Fujimori. Casi, casi como si él viniera a ocupar, en el imaginario popular, el vacío considerable dejado por un Montesinos encarcelado y privado de la mayoría de sus poderes. El aprofujimorismo es más que una alianza de coyuntura: es, para decirlo en el lenguaje musical y gastronómico de la época, una fusión.


[1] Las evidentes alusiones homosexuales son intencionales, no como denigración ni en sentido literal, sino en referencia a un fantasma que sostiene el vínculo entrambos, más allá de la mutua necesidad en términos de encubrimiento.

lunes, 9 de marzo de 2009

RECUERDO, REPETICIÓN, ELABORACIÓN / Jorge Bruce

No solo el Gobierno, círculos militares y “las pandillas sobrevivientes del fujimorismo” se muestran renuentes al trabajo de la memoria y la elaboración consiguiente, tal como lo afirma Mario Vargas Llosa en su artículo de hoy, domingo 8 de marzo, en El Comercio (“El Perú no Necesita Museos”).

El escritor se refiere a la negativa a aceptar el Informe de la CVR, pero lo extiende, con razón, a la negativa de aceptar la donación alemana para la construcción del Museo de la Memoria. Su aporte es valiosísimo, viniendo de quien viene y gracias a la persuasiva y brillante argumentación que plantea a favor de los lugares de memoria, por supuesto, a la par que denuncia la intolerancia e incultura de políticos que no pierden una ocasión de expandir las tinieblas, tal como el ministro de Defensa, Ántero Flores-Araoz. Pero ese comportamiento indigno y dañino para la salud mental de la sociedad ya no sorprende a nadie. El problema es más complicado, sin embargo, pues además de los sectores retrógrados que se sienten amenazados por su propia participación en los crímenes detallados en el Informe, existen núcleos de resistencia entre la población que van mucho más allá de los directamente implicados. Esto no puedo demostrarlo con ninguna encuesta: es, por un lado, el fruto de mi experiencia clínica –materiales que escucho en el consultorio de personas que sin haber tenido ninguna vinculación directa con los perpetradores de las atrocidades que sabemos, se identifican por razones ideológicas con variantes de “no se puede hacer tortilla sin romper huevos” o “en toda guerra hay excesos y bajas colaterales”. Pero lo mismo escucho a diario en mi reciente experiencia como conductor de Radio Capital, donde el formato del programa permite que ingresen centenares de llamadas de oyentes de toda laya a expresar su opinión. Así, cuando he planteado el debate sobre la construcción del museo citado, mucha gente llamó a expresar sus dudas acerca de la “imparcialidad” de ese lugar de memoria, más que aquellos que lo apoyaban y no creo que esto haya sido producto de alguna concertación de activistas, pues esas cosas se sienten de inmediato.

Mi impresión, repito, es que esto va mucho más allá de grupos partidarios de encubrir la verdad terrible de esos años en que las peores partes de nuestra colectividad se potenciaron y recibieron licencia para el desenfreno absoluto y abyecto. Esto último no aplica a las atrocidades de los senderistas, quienes obraron por propia iniciativa y fueron los principales responsables de la tragedia. Pero sí para las Fuerzas del Orden, que durante años, mucho antes de Fujimori y Montesinos, durante los gobiernos de Belaúnde y García, tal como lo detalla el Informe citado, obraron en nombre de los prejuicios y lacras más destructivos y discriminatorios de nuestra Historia: desigualdad social y económica, racismo, violencia étnica y de género, etcétera. El asunto es que hoy todavía muchas personas se niegan a admitir ese periodo de oscuridad durante el cual se dio rienda suelta a nuestros demonios más salvajes. Más aceptable para muchos es la versión distorsionada arriba esbozada, en donde unas Fuerzas Armadas heroicas combatieron en defensa de todos, contra unas hordas de terroristas fanáticos y enloquecidos. Las cerca de setenta mil víctimas fueron, en esa mirada desculpabilizadora, un número puesto en duda, primero, luego consideradas como el fruto inevitable de una confrontación sangrienta y brutal en una guerra civil o de guerrillas, en donde se combate casa por casa contra enemigos difícilmente reconocibles por estar mimetizados con la población. Y quien no ha “puesto el pecho” para combatir por la patria no tiene derecho a enlodar esa gesta valerosa y sacrificada. Hasta ahí la versión ideal, de película, que a todos nos hubiera gustado sea la auténtica y que los enemigos de la verdad aprovechan con el descaro desvergonzado de personajes impresentables como el ministro citado o el aprista Núñez.

Desgraciadamente para ellos, los hechos son testarudos. La verdad desilusiona y confronta con la realidad de nuestra sociedad, en particular, del alma humana, en general.

El punto es que para muchos peruanos la construcción de un lugar destinado a la preservación de la memoria de esos tiempos aciagos es sentida como una amenaza para la integridad de su estructura psíquica, la cual se ha acomodado con ese relato grotescamente distorsionado pero asimilable con facilidad. En cambio la verdad que se abre paso en el Informe de la CVR nos coloca frente a un escenario dantesco de abusos masivos, injusticias sin cuento, torturas, violaciones y asesinatos, atrocidades sin límites, en donde los senderistas no eran los únicos malos sino que en cierto sentido -lo que hace las cosas todavía más difíciles de procesar-, acaso no fueron los peores. Explicar que esta resultante no es responsabilidad exclusiva de los militares sino de las autoridades civiles que se hicieron de la vista gorda, y del resto de la sociedad que desvió durante años su atención para no “enterarse” de lo que ya sabía, no es algo que se pueda lograr sin un trabajo paciente de lo que Freud resumía en un célebre artículo sobre el tratamiento psicoanalítico: repetir, recordar, elaborar. Solo así se podrá aislar y conmemorar el verdadero heroísmo de militares y civiles, que los hubo y no merecen ser licuados en la coartada de la lista de crímenes cuyas huellas no terminamos de desenterrar.

Por eso la negativa a recibir el donativo alemán no genera demasiado rechazo entre muchos peruanos de a pie y, más bien, resulta más fácil estigmatizar a quienes reclamamos su construcción como una tarea indispensable, viéndonos como grupos de elites privilegiadas que, por tener nuestras necesidades básicas satisfechas, nos preocupamos de asuntos superfluos en un país con gravísimas dificultades de supervivencia. Es obvio que el principal irresponsable en todo este malentendido es el Gobierno y ya Carlos Basombrío ha explicado en este espacio (http://compartidoespacio.blogspot.com/2009/03/mi-me-parecen-bastante-coherentes.html ) porqué esto es coherente con su trayectoria de maltrato a los derechos humanos, respecto de lo cual su rabo de paja intenta barrer cualquier intento de trabajar en pro de una memoria que nos permita comprendernos y crecer no solo en el sentido de las inversiones extranjeras, sino como seres humanos y colectividad.

No obstante, también es importante que escuchemos lo que acaso nos resulte difícil de tolerar. Esa, pienso, es la verdad que nos cuestiona a quienes estamos decididamente a favor del trabajo de conocimiento y memoria. La propuesta del Gobierno alemán revela nuestras escisiones internas. Si bien ese museo estaría destinado precisamente a lograr que nos pongamos en contacto con aquello a lo que somos reacios porque nos cuestiona íntima y grupalmente, es también por eso que genera resistencias no solo en quienes se oponen a la verdad que temen porque los denuncia, sino también entre quienes no quieren despertar del sueño dogmático y el autoengaño. Y estos no son pocos ni están aislados, me parece. El museo se hará en el futuro, estoy seguro, pero hasta entonces deberemos seguir intentando escuchar esa verdad que nos incomoda a nosotros, quienes sabemos que es indispensable pero acaso no hemos hecho lo suficiente para convencer a una masa crítica de peruanos acerca de la necesidad, la conveniencia de esa exigencia ética que preserva tanto nuestro futuro como nuestra salud mental.

martes, 13 de enero de 2009

AMNESIA AGRESIVA / Jorge Bruce


Me felicito por el conjunto de opiniones que se han publicado en nuestro Espacio Compartido, en torno a la tragedia de la Franja de Gaza. Que yo sepa, es la muestra más variada y de mejor calidad que se haya podido leer al respecto en nuestro medio. De hecho, es una práctica que podríamos institucionalizar: invitar a columnistas concernidos y especializados cada vez que surja –y desgraciadamente es seguro que va a continuar ocurriendo en nuestra atribulada convivencia- una controversia tan violenta, dolorosa y compleja como ésta. En mi reciente experiencia como conductor de radio Capital, en donde el formato del programa consiste en proponer temas de interés común, invitar especialistas y solicitar una participación masiva del público a través de las líneas telefónicas, se me ha ocurrido una metáfora para dar cuenta de la dinámica que a diario se establece, en unos casos con más éxito que en otros, pero siempre con la misma tónica de fragmentos múltiples que buscan una forma que los contenga: es la imagen, nada original pero útil para mis designios, del rompecabezas.

Esto es comparable a la tesis central de la psicología de la Gestalt: la pregnancia de las buenas formas. Los humanos no toleramos la dispersión informe y por ende procuramos darle una forma reconocible, una identidad a lo que de otro modo aparecería como un magma borroso, incierto y amenazador. Ni siquiera todo un siglo (el XX) de arte abstracto, no figurativo –la música incluida-  ha conseguido liberarnos de esa afanosa búsqueda de formas tranquilizadoras y, en particular, familiares. Hace poco tuve el privilegio de visitar en el DF de México el museo de la Revolución Mexicana, guiado por el propio director del establecimiento. La avidez con que escuché sus explicaciones y pregunté todo-lo-que-usted-siempre-quiso-saber-sobre-la-revolución-sin-osar-preguntárselo-a-Pancho-Villa- obedecía a esta urgencia humana de dar sentido, pues no solo somos un amasijo de pulsiones eróticas y agresivas, a un gran acontecimiento histórico que, como le dijo Hamlet a Horacio, era una de esas cosas entre el cielo y la tierra que mi “sabiduría” ignoraba. Muy bien. Al punto. Lo que creo estar entendiendo en la radio y espero sea de alguna utilidad para el presente debate, es que todas las opiniones, incluidas las erradas y sesgadas, integran el rompecabezas. Me atrevería a decir que hasta las mentiras deliberadas y cínicas son piezas del mismo. Hay, sin embargo, un matiz, una sutileza importante que diferencia esta idea del puzzle del principio rector guestáltico. Aquí no se trata de darle una forma a como dé lugar, sino de admitir que todas las piezas son necesarias para alcanzar una comprensión, un sentido, ante una situación cuya extrema complejidad va a requerir unos esfuerzos intelectuales y afectivos muy intensos, a fin de poder encontrar puntos de equilibrio aceptables para la mayoría de las partes.

Permítanme aclarar, en este punto de mi intervención en el debate, que no pretendo practicar la neutral benevolencia del psicoanalista. Sencillamente, no podría. Mi posición, como bien indica León Trahtemberg al inicio de su artículo, está sesgada, como la de todos los participantes. Mi apellido materno es Mitrani, por mi abuelo Lázaro, judío sefardí nacido en Turquía. Sin embargo, no recibí una formación judía, dado que mi abuela Carmen Rojas era cristiana, de Chepén. Pero sí siento un apego irracional por las cosas judías. El psicoanálisis, después de todo, es considerado por sus enemigos como una “ciencia judía” (en realidad no es ni una cosa ni la otra), y este agravio discriminatorio yo lo recibo con una sonrisa y una secreta complacencia: es mi manera solapa de ser un judío honorario. Dicho lo cual, en este ataque devastador a la población de Gaza estoy persuadido que la decisión del Gobierno israelí, con el apoyo exasperado de dos tercios de la población de ese Estado, es un crimen. Y que la prioridad absoluta es el cese del fuego y el ingreso inmediato de la ayuda internacional.

Quisiera aclarar que el párrafo anterior no es una estratagema retórica del tipo “me hago pasar por judío para luego emitir la opinión contraria a la esperada”, para de esa manera obtener un efecto sorpresa y darme el aire de una gran independencia de criterio. Por el contrario, lo que intento demostrar es la tesis inversa. Es precisamente el hecho de no ser un judío auténtico lo que me coloca a cierta distancia respecto de las trampas ideológicas o afectivas que esta situación nos tiende a todos. Pero tampoco hay cómo escapar al sesgo. Dado que ese lugar de libertad absoluta no existe, hay que asumir dicho sesgo con la mayor honestidad intelectual que uno pueda lograr (en donde recojo puntos de vista tanto de León Trahtemberg como de Farid Kahhat). Menos aún pretendo imponer un relativismo gaseoso ni un consenso blando. Estoy convencido de la justicia de mi punto de vista pero sé que la verdad es algo mucho más vasto que éste. Intentaré explicarme. Como carezco de la erudición especializada de los especialistas que se han manifestado en Espacio Compartido, voy a recurrir a una de las tradicionales herramientas del judío ateo Freud para procurar explicar mi pieza[i] de este intrincado rompecabezas: un chiste. Es, además, un chiste de psicoanalistas.

“Un paciente acude a su primera entrevista. El terapeuta le pregunta por el motivo de su consulta. El paciente responde:

-         Doctor, padezco de amnesia agresiva.

-         ¿Amnesia agresiva?- Umm (piensa), es la primera vez que escucho hablar de ese cuadro clínico. -¿Y desde cuándo lo tiene?

-         ¿Desde cuándo tengo QUÉ, concha tu madre?”

 El chiste me sirve para aventurar un diagnóstico respecto de las atroces decisiones del Gobierno israelí ante el desafío de Hamas. Abimael Guzmán afirmó en la autodenominada Entrevista del Siglo, en El Diario de Marka, que el diálogo era lo que transcurría entre el vencedor y el vencido, después de la batalla. El Gobierno de Israel parece pensar que esta bárbara incursión en un territorio atiborrado de civiles obligará a Hamas a negociar o ceder el poder a la Autoridad Nacional Palestina, tal como Al Fatah terminó plegándose a los pedidos de la comunidad internacional de reconocer la existencia de Israel, tras la feroz persecución a la que los sometió Tsahal con las masacres que sabemos… solo para dar paso a otro grupo aún más fanático y violento como Hamas. Pero la amnesia agresiva no para mientes en estas consideraciones de la experiencia histórica. Sus recuerdos son selectivos y especializados en la fuerza bruta. Israel está perdiendo la batalla más importante de todas: aquella de la legitimidad moral de su causa. Esta última masacre no solo ha horrorizado a buena parte del mundo, sino que nos ha recordado (pues los no directamente concernidos padecemos otras amnesias) las inhumanas condiciones en las que tienen sometidos a los habitantes de Gaza. Si a eso se añade la colonización de los territorios ocupados, el expediente resulta abrumador para la causa de Israel.

Una muchacha del Sur israelí, después que cayera uno de los también criminales cohetes de Hamas, respondió lo siguiente a un reportero: “Igual estoy en contra de la intervención militar en Gaza”. Ante la pregunta sorprendida del periodista, la joven respondió: “Por lo menos nosotros tenemos alarmas y refugios. Ellos no tienen adonde ir”[ii]. La entereza de personas como ella, Daniel Baremboim o su fallecido compinche, el palestino Edward Said me deja pasmado. Lamento que mi admirado Amos Oz haya aflojado, pero eso hace que respete aún más el coraje de Gideon Levy en el diario Haaretz (citado este domingo en El Comercio por Mario Vargas Llosa): cuando todos comienzan a ceder, personas como las citadas sostienen el mundo. Mis amigos judíos saben que aludo a la antigua tradición talmúdica de los Lamed-Waf: 36 justos que nacen en cada generación y resisten al mal[iii], cuando todo parece perdido. Esta es la única pieza que puedo aportar.

[i] Admitiendo incluso la posibilidad de que cada pieza sea un pequeño rompecabezas a su vez.

[ii] El reportero asombrado no era de Al Jazeera o TeleSur sino de CNN en inglés.

[iii] Los interesados pueden buscar la novela Le Dernier des Justes (El Último Justo) de André Schwarz-Bart, de 1959. Es de notar que el protagonista apellida Levy, como Gideon. Cierto, es un nombre muy común, pero no deja de llamarme la atención la coincidencia.

viernes, 26 de diciembre de 2008

¡FELIZ VANIDAD! / Jorge Bruce

En ocasiones basta intercambiar el lugar de dos letras para que las cosas se ubiquen, paradójicamente, en su sitio. Lo menciono a propósito del debate que se ha venido dando en estos días a propósito de la manera responsable no solo de manejar la crisis, sino de cómo perifonearla (o no). Las posiciones extremas serían la del ministro de economía, quien nunca ha hecho tanta gala de su apodo –“el mago”, en honor a su padre, taumaturgo de las canchas de fútbol- como en estos días. En reunión con el ex presidente Toledo, ha afirmado que el único problema con el plan anticrisis del Gobierno es el nombre, porque en el Perú no hay crisis. Se requiere de una magia que dejaría a David Copperfield como un principiante para lograr desaparecer una catástrofe de esas dimensiones, ante los ojos estupefactos del público mundial: sala cadula mágica bula y ¡zas! ¿dónde está la crisis? ¿ah? Salva de aplausos atronadores. En la platea, como dijo John Lennon en el Royal Albert Hall con los Beatles, pueden agitar sus joyas.

Por otro lado, Toledo aparece en plena temporada de fiestas a enmendarle la plana a sus “amigos” Simon y Valdivieso. Como diciendo: yo sé lo que se necesita hacer para enfrentar la situación de manera eficiente, coherente y responsable, cualidades que, salvo alzheimer indetenible, no le recordamos como sus principales atributos. Además, fiel a su estilo, ha dicho que está estudiando la situación y en los próximos días hará los anuncios respectivos, con las recetas salvadoras que nos han dejado en un suspenso intolerable. Esto último, más bien, suena más familiar. Yo lo sé, pero todavía no se los voy a decir, lo haré cuando sea el momento. Te conozco, pescao, aunque vengas disfrazado con tus jeans y esas ojeras delatoras (que compartimos).

García no se iba a quedar callado, como es de suponer. Fue en Manchay, en compañía del cardenal Cipriani, que en medio de una serie de reflexiones optimistas y religiosas que ni el papa –quien en su mensaje navideño urbi et orbi ha amenazado al mundo con la ruina si no se cambia el manejo económico mundial- se atrevería a proferir con tan megalómana certidumbre:

“Tengan confianza que este año 2009, Dios nos va a dar una buena sorpresa. No es posible que nuestra patria retroceda, ni sufra más dificultades, será al contrario, nuestra patria avanzará en empleo, crecimiento y dará los títulos a todos los que no tienen”.

¡Uf! Ya me siento mejor. No contento con insuflar esa dosis de energías positivas a los pobladores del arenal, arremetió contra el mensajero venido de lejos, que no es el Niño Jesús, sino, modestamente, el de Cabana:

“Hacia adentro no nos confortamos, no nos serenamos y a veces cunde el miedo, rápidamente, el rumor y también la mala fe del que llega y habla mal. Entonces, tenemos que desterrar eso de nosotros”.

¿Entendieron? No escuchemos a esos profetas del Apocalipsis, todo está bajo control. El 2009 no solo no habrá crisis, sino que nos irá mejor. No importa que, por una vez, los dirigentes sindicales estén de acuerdo con los empresariales, los economistas, los periodistas, toda la oposición política y hasta los metiches de los psicoanalistas como el suscrito (en sintonía con la inmensa mayoría de opiniones del mundo entero). En presencia del prelado representante del Papa y por ende Del que reina arriba de todos, el presidente garantizó que la crisis devastadora no causará desempleo, alzas ni menos hambre, sed o más injusticias, con sus correspondientes correlatos de violencia social. El 2009 el Perú seguirá su irresistible carrera ascendente y los aguafiestas tendrán que tragarse sus palabras con su amarga poción de preferencia (¿qué tal una botella de cicuta azul?).

Si se tratara del discurso de un paciente, mi primera hipótesis sería la de un delirio. Pero entonces, ¿qué me hago con el discurso del ministro de economía? ¿será una folie a deux? ¿y el premier que amenaza a los empresarios con drásticas represalias si no bajan los precios, adónde lo ubicamos en el espectro psicopatológico? (no por amenazarlos, que en otras circunstancias a lo mejor sería lo que correspondería ante casos probados de monopolios, oligopolios o especulación perniciosa, sino por lo irrisorio de su mensaje: ¿quién le va a hacer caso a estas alturas?) Mi impresión es que estamos, más bien, ante un caso de alucinación negativa causada por un inminente ataque de pánico en la persona del Jefe máximo (su escena temida podría formularse así: ¿y si todo se repite y en lo que me resta de Gobierno nos vamos cuesta abajo, cómo quedará mi imagen de estadista omni y ventripotente?). Sucede que su liderazgo, a diferencia del de Toledo que era inconsistente y poroso, es monolítico. Si el Presidente dice que no hay crisis sino gran oportunidad, entonces hay que corregir la economía, la política, la semántica y la psicología de las masas para que se adecuen a la visión grandiosa e infalible del maestro y guía.

La discusión sobre las medidas anticíclicas ya fue (exit jerga tecnocrática eufemística). La del blindaje, ídem. Ahora estamos en una época de fe, esperanza y caridad. Pero sobre todo el debate de fondo, es decir el modelo de sociedad al que queremos llegar ahora que han colapsado los dogmas de fe económicos post caída de los muros de Berlín y Wall Street, eso se lo dejamos a los amargados, los escépticos, los caviares, los parásitos, los perros del hortelano. A más calumnias, más capitalismo.

martes, 9 de diciembre de 2008

PINTOR DE BROCHA GORDA / Jorge Bruce

No queda otro remedio que evocar el manido cliché de los gustos y colores para aludir a la alucinante fraseología racista del Presidente en Acho: “No me gustan los pitucos metidos a izquierdistas, me gustan los hombres de color cobrizo que son los verdaderos peruanos y pueden luchar por la justicia social.” Habrá que creerle en lo que respecta a los hombres, porque en lo que respecta a las mujeres no se ha notado esa inclinación por las verdaderas peruanas, según la peculiar clasificación cromática del Presidente, de trazos muy gruesos, por decir lo menos. Pero sus gustos no son materia pública, claro está, si no fuera porque el propio Alan García, para congraciarse con un público integrado por dirigentes populares que lo recibió a botellazos –de plástico, felizmente- improvisó esa clasificación que parecía una condensación del “pensamiento” Eliane Karp con el de Isaac Humala. De acuerdo, las botellas que llovían de las graderías recordaban irresistiblemente la falta de respeto a la investidura presidencial de la época de Toledo; eso explicaría la identificación con madame. En cambio, esa exaltación de los tonos ocres que conllevaba la descalificación de los blancos o beige, tenía el sello del populismo primario del patriarca de los Humala.

Una vez más, el mandatario demuestra su incapacidad de tolerar el rechazo, la frustración y la consecuente agresión (tan inaceptables como las suyas cuando ofende a los dirigentes, en la serie de agravios sintetizados en la filosofía del perro del hortelano). De inmediato recurre a desviar esa rabia hacia “blancos” elegidos. En este caso las ONG, que en su imaginario son unos lounges donde se concentran los pitucos para repartirse los fajos de dólares venidos del exterior. El Presidente no puede evitar tener los fantasmas que su historia personal engendre. Lo que sí puede y debe hacer es ser responsable y cuidadoso en sus presentaciones públicas. Fomentar el racismo inverso es una práctica tóxica que alimenta una espiral de violencia contenida, en donde se amalgaman injurias narcisísticas históricas. Es exactamente lo que un líder responsable debe evitar a toda costa. Cuando John McCain pronuncia su discurso de aceptación de derrota electoral, dio una lección extraordinaria de dignidad y respeto por la institucionalidad democrática. En vez de decirles a sus partidarios lo que esperaban escuchar, a saber que Obama ganó porque tenía más dinero o porque era negro, o cualquier pretexto para rebajar la victoria de su oponente (y de paso al oponente), celebró la contundencia de la expresión popular y, acallando las pifias de su público, aplaudió la conquista del poder que su rival había conseguido, marcando un hito en la Historia de su país, signada por la segregación. Fue un discurso a contrapelo de la expectativa de la masa –asumiendo en su persona todo el costo del fracaso- y por eso fue valiente y verdadero.

La lección de McCain es lo que García no quiere entender.

Si la masa lo rechaza, sus razones tendrá. Es muy grave manipularla a cualquier precio, recurriendo a los expedientes más radicalmente primitivos, como el racismo o la xenofobia. El odio al otro es una de las peores lacras de nuestra sociedad. Atizarlo es profundamente irresponsable y peligroso. Pero el Presidente vive continuamente amenazado por la sombra de la pérdida, ya sea del amor o del temor. La experiencia de Acho puede haber sido muy regresiva para el jefe del Apra. Debe haber sentido que se estaba poniendo en escena, en un ámbito en donde la muerte ronda, su angustia de castración más letal. Entonces agitó el espectro de sus rancios temores infantiles: esos blanquitos que se quedan con la plata, las chicas más lindas, los mejores sitios en los toros, el trato privilegiado, qué se yo. Y los lanzó al coso para que los leones –o las ratas, en su zoología fantástica- los despedacen, bajando el pulgar imperial.

Ya estábamos advertidos: le interesa un pepino el desarrollo mental de los peruanos. Por el contrario, lo desprecia. Esta intervención retrógrada es una más en una larga lista que comienza con la propuesta de pena de muerte. Pero faltaba un discurso racista y hemos tenido uno de antología, de esos que marcan la estirpe de un régimen. Ahora que Alan García ha presentado su plan anticrisis, vamos a tener que preparar el nuestro: ese que nos proteja -nos blinde, si se quiere- de la crisis afectiva del Presidente de la República.

lunes, 1 de diciembre de 2008

YEHUDE HA VUELTO A PRISIÓN / Jorge Bruce

Las declaraciones un tanto precipitadas de los primeros días del flamante premier podían, cómo no, atribuirse a su inexperiencia en ese nivel de responsabilidad política. Incluso, no faltaron quienes vieron en esas metidas de pata un signo de espontaneidad que contrastaba con la habitual palabrería hueca pero calculada de los políticos mañosos, capaces de proferir cualquier disparate con tal de no decir nada inteligible. Las últimas decisiones del primer ministro, sin embargo, dejan poco lugar para la duda respecto de lo que está sucediendo en las más altas esferas del poder. Acaso la más grave de todas sea la última: el proyecto de ley que ha firmado al lado de Alan García, por el cual se modifica el Código Civil y la Ley General de Sociedades, es de un talante tan autoritario y retrógrado que parece redactado por los fujimoristas, pero los más recalcitrantes. Hay que frotarse los ojos para creer que un hombre con su trayectoria –aunque ya es hora de preguntarse al respecto- esté dispuesto a enviar un proyecto que permite clausurar cualquier sociedad que amenace el orden público o las buenas costumbres.

Lo que impide considerar esa iniciativa como un error es el hecho de que se inscriba en una serie de actos que van en la misma línea. Como diría Umberto Eco, hace sistema. Ahí está la propuesta del ministro Hernani de meter a la cárcel a un grupo de dirigentes izquierdistas, Ollanta incluido. Pese a que éste la desmintió, eso sonó a negación más que a aclaración. Luego el retroceso en la posición inicialmente firme de excluir a procuradores apristas, para dar garantías de transparencia, tras una reunión con los dirigentes partidarios. Sin olvidar el reciente nombramiento de dos ministros apristas, una de los cuáles, Nilda Vílchez, es lo que se llama un cuadro orgánico -es decir antes, antes que todo no el Perú sino el partido- en un sector tan delicado como Vivienda en donde se encuentra el proyecto Agua para todos (¿para todos... los que tengan carnet?). En suma, una serie de evidencias muestran que el ímpetu moralizador y democrático con el que Simon asumió el cargo, catapultado por el escándalo de corrupción de los petroaudios, ha cedido en pocas semanas y se ha plegado a lo que en el mejor de los casos sería un violento aprendizaje de realpolitik.

Pero la sospecha más grave es que todas esas muestras de debilidad se deban a que se encuentra en situación de arresto ministerial. Esto es irónico, tratándose de un hombre que pasó ocho años en la cárcel por sus ideas revolucionarias. Porque más allá del hecho indiscutible que no tuvo un proceso justo con esos indignos tribunales sin rostro, lo cierto es que profesaba una ideología de izquierda, acaso incluso cercana al MRTA. Pero eso lo pagó con creces y parece claro que cuando salió de la cárcel era una mejor persona que cuando entró, lo que le da aún mayor mérito porque no lo encerraron en aplicación de la justicia sino de la arbitrariedad autoritaria. La prueba de su “redención” es su reconocida gestión al frente de la región Lambayeque, así como los resultados obtenidos en el combate contra la corrupción. Pero entonces, ¿cómo se explica que esa misma persona esté ahora tomando decisiones macartistas como las que hemos mencionado?

Sería ingenuo pensar que lo está haciendo solo porque Alan y el Apra no le dejan alternativa. Es obvio que si le pusieron una trampa, ha caído de lleno en ésta. Pero muchos analistas advirtieron que, a pesar de las circunstancias auspiciosas para el cambio en las que llegó a la Presidencia del Consejo de Ministros, su margen de maniobra era estrecho y la urgencia de tomar medidas de limpieza, grande. En vez, asistimos a un proceso de sometimiento público, rayano en la humillación. Alan debe, una vez más, desternillarse de risa al pensar en quienes se alegraron por este retorno de la izquierda al poder, incluso entre los escasos integrantes de su partido que todavía albergan alguna ilusión a babor. Al ver a Yehude firmar dócilmente ese proyecto dictatorial que permite disolver (como apunta Carlín) a quienes atenten contra la seguridad del Estado –esos son los terroristas o los narcos y, como es obvio, no se requieren más leyes para combatirlos sino armas y estrategia- debe haberse solazado con el éxito obsceno de su plan: tranquilo Jiménez, que adentro la tienes.

Uno siempre puede preguntarse qué le impide a Simon aceptar que se ha equivocado, que la posibilidad de cambiar las cosas se ha desvanecido y que ha cometido un terrible error al asumir ese cargo envenenado. La respuesta, intuyo, tiene componentes tanto políticos como personales (cierto, este es siempre el caso, pero esta vez la tensión interna del conflicto es más dramática que de costumbre, me parece). El dirigente del partido Humanista parece estar enfrentado a un desafío narcisista digno de Edipo y la Esfinge. Reconocer tan rápido que se equivocó lo dejaría mal parado de cara a las elecciones del 2011: un estadista no puede cometer errores tan gruesos de apreciación. Esperar unos meses antes de hacerlo podría ser más táctico, si no estuviera firmando barbaridades como las reseñadas. A este paso, su imagen de profeta redimido se va a incinerar con la voracidad de un fuego haciendo presa de un algarrobo reseco en un desierto lambayecano. Pero entonces, ¿qué espera? Si de todos modos habrá daño, lo mejor sería impedir que siga aumentando.

Mi hipótesis es que, por esos caminos intrincados de la mente, el buen Yehude ha vuelto sin saberlo al calabozo. Lo que se presentaba como una escalera dorada hacia palacio, de pronto ha tornado a ser una cárcel… dorada. Freud hablaba de los que delinquen por sentimiento de culpa. De hecho, formulaba una paradoja, la de un sentimiento inconsciente de culpa. Este es tan devastador que resulta preferible hacer cualquier acto punible para aliviarlo y así restablecer una suerte de equilibrio interno. Acaso para Yehude –pero esto, lo admito, es mera especulación- la tentación del poder disimulaba una ardiente voluntad de expiación. Si eso era lo que buscaba, regresar para arreglar algunas cuentas pendientes, entonces hizo bien en aceptar la propuesta de Alan García. No podía haberse conseguido un mejor Caronte, el barquero que llevaba a las sombras errantes, previo pago, a través del río Aqueronte. Dirección: el infierno.

lunes, 24 de noviembre de 2008

CRISIS BIPOLAR/Jorge Bruce

La bipolaridad a la que alude el título no es la de dos bloques económicos o políticos antagónicos, pues vivimos la tranquilizadora era del “pensamiento único”. Aquel que no se inscriba en esta corriente hegemónica deberá ser embarcado en la balsa de los locos, la stultifera navis del medioevo[i], ha sentenciado el gran Otro que nos gobierna. Como entonces no había lugares ni técnicas adecuadas para tratar a los enfermos mentales, se les expulsaba en esas naves a las que alude nuestro inspirado líder y se les enviaba a la deriva. No, enajenado lector, la bipolaridad que tenemos en mente tampoco es la de nuestro mandatario, quien hace poco invocaba la consistencia psicológica, tal como han recordado Fernando Rospigliosi y Nelson Manrique en este Espacio Compartido, en el que nos hemos agrupado –tristes pero resilientes- ante la decapitación “empresarial” de Perú 21. Me refiero a aquella “crisis de crecimiento” que solo Él ha identificado. Ahí donde la mayoría de analistas del orbe, sin importar su pertenencia ideológica, han observado una grave recesión -que en psicopatología sería el equivalente a una depresión estuporosa- el gran psicoanalista político de la posmodernidad ha detectado la realidad que se encuentra más allá de lo evidente.


Esto recuerda al artículo que publicó –me parece que en Caretas- al final de su periodo precedente, cuando las palabras caos o burdel eran pálidos eufemismos para describir lo que se vivía en nuestro país. Su título: El Desorden Aparente. Alguna vez Alan García me ha reprochado por televisión el opinar sobre esa época sin haber vivido aquí. Es cierto, entonces vivía en París, donde me rompía el alma –y no me quejo pues lo disfruté y aproveché a fondo- trabajando para mantener a mis hijos, ya que esa ciudad siempre ha sido de altísimo costo y nunca me quedó claro cómo hacía él para residir en el exilio en un elegante apartamento del barrio 16, el más chic de la capital francesa. Me alegro de haberme “perdido” ese periodo de gobierno aprista y es obvio que el argumento de la extraterritorialidad no es más que una maniobra descalificadora excluyente. Con lo que veo ahora me basta y sobra. Pero volvamos a la bipolaridad, cuyos estados alterados y alternos son, como se sabe, la depresión y la euforia. Donde el mundo teme recesión, desempleo y hambruna, AGP ve crecimiento, oportunidades excepcionales y escucha atronadoras fanfarrias de júbilo que los amargados y derrotistas ignoramos, tal como en la década del 85 solo él veía el orden superior que se disimulaba tras la hiperinflación, la corrupción y el terrorismo. Y a quienes osen criticar esta visión de estadista inspirado en el largo plazo (18 meses durará la crisis, según nos informa con alucinante clarividencia), se les destierra de un manotazo imperioso: a eso, supongo, le llama tener consistencia psicológica.

El problema es que el inconsistente es el nuevo (des)orden mundial. La realidad contumaz se resiste a la omnipotencia de pensamiento del gran líder emponchado de los países de APEC. La sensación embriagadora de esos días histéricos ha pasado pero nosotros no tenemos porqué preocuparnos, pues la crisis que recorre el planeta será detenida en la frontera por la mano –digna de Moisés en el Mar Rojo o Miguel Ángel en la capilla Sixtina- del hombre que volverá para rescatarnos de sí mismo en el 2016. Para entonces, es cierto, la psicofarmacología habrá seguido desarrollándose: nada detiene el progreso.


[i] Esta práctica es analizada por Michel Foucault en su Historia de la Locura y pintada de manera genial por Hyeronymus Bosch (La Nave de los Locos).