Samuel Abad, Carlos Basombrío, Francisco Belaunde Matossian, Jorge Bruce, Gustavo Carrión, Carlos Iván Degregori (+), Ramiro Escobar, Liuba Kogan, Nelson Manrique, Augusto Ortiz de Zevallos, Luis Pásara, Fernando Rospigliosi, Andrés Solari, Alfredo Stecher, León Trahtemberg, Javier Torres, Sandro Venturo, Celeste Viale, Fernando Villarán.
Debo a Luis Pásara y Alberto Gonzales haber entrado en contacto con este magnífico cuento que circula en la Internet española:
Un señor se dirigió a una aldea donde nunca había estado antes y ofreció a sus habitantes 100 euros por cada burro que le vendieran.
Buena parte de la población le vendió sus animales.
Al día siguiente volvió y ofreció mejor precio, 150 por cada burrito, y
otro tanto de la población vendió los suyos.
A continuación ofreció 300 euros y el resto de la gente vendió los últimos
burros.
Al ver que no había más animales, ofreció 500 euros por cada burrito,
dando a entender que los compraría a la semana siguiente, y se marchó.
Al día siguiente mandó a su ayudante con los burros que compró a la misma
aldea para que ofreciera los burros, esta vez a 400 euros cada uno.
Ante la posible ganancia a obtener la semana siguiente, todos los aldeanos
compraron sus burros a 400 euros, y quien no tenía el dinero lo pidió
prestado. De hecho, compraron todos los burros de la comarca.
Como era de esperar, este ayudante desapareció, igual que el señor, y
nunca más se les vio.
De inmediato, la aldea quedó llena de burros y de endeudados.
Los que habían pedido prestado, al no vender los burros, no pudieron
pagar el préstamo.
Quienes habían prestado dinero recurrieron al Ayuntamiento diciendo que si
no cobraban, se arruinarían ellos; entonces no podrían seguir prestando y
se arruinaría todo el pueblo.
Para que los prestamistas no se arruinaran, el Alcalde, en vez de dar
dinero a la gente del pueblo para pagar las deudas, se lo dio a los
propios prestamistas. Pero éstos, ya cobrada gran parte del dinero, no
perdonaron las deudas a los del pueblo, que siguió igual de endeudado.
El Alcalde dilapidó el presupuesto del Ayuntamiento, el cual quedó también
endeudado.
Entonces se pide dinero a otros ayuntamientos; pero éstos le dicen que no
pueden ayudarle porque, como está en la ruina, no podrán cobrar
después lo que le presten.
Resultados:
Los vivos del principio, forrados de dinero.
Los prestamistas, con sus ganancias resueltas y un montón de gente a la
que seguirán cobrando lo que les prestaron más los intereses, incluso
adueñándose de los ya devaluados burros con los que nunca llegarán a
cubrir toda la deuda.
Mucha gente arruinada y sin burro para toda la vida.
El Ayuntamiento, igualmente arruinado.
Así funciona el libre mercado y así viene a salvarlo la socialdemocracia española.
No se quién es el autor de esta cuento, pero ciertamente ha logrado presentar de manera simple y jocosa, las complejidades de la crisis financiera iniciada en Wall Street, que explotó en setiembre del 2008, llevando al mundo a la mayor recesión desde la segunda guerra mundial.
La moraleja, es clara: los mercados financieros no pueden funcionar solos, sin regulación. Desde siempre han existido vivos que le han vendido el monumento de San Martín, de la plaza que lleva su mismo nombre, a los incautos recién bajados de la Sierra. Sólo tenemos que recordar a Carlos Manrique que embaucó a miles de compatriotas con la promesa de altas tasas de interés por sus “inversiones”. Y desde siempre, también, han existido sonsos que son capaces de embarcarse en supuestos negocios maravillosos sólo para terminar perdiendo su dinero.
En el caso de la crisis actual, el sector financiero entero se prestó como el terreno perfecto de esta gigantesca estafa. Los vivos de los bancos de inversión se aprovecharon de que la mayoría de los ahorristas, inversionistas, especuladores de corazón y “futuros millonarios”, no conocen ni dominan los vericuetos de los instrumentos financieros opacos, que ellos crearon y vendieron a todo el mundo. Los sonsos abundan, como en el caso del cuento, que pensando que van a hacer el negocio de su vida (en este caso comprar los burros a 400 euros para venderlos al precio prometido de 500 euros), son capaces de arriesgar los ahorros de toda su vida, o de endeudarse, comprometiendo sus ingresos futuros.
Tanto los vivos como lo sonsos actúan en el “libre mercado” y son llevados por su “interés particular”, como nos lo dijo desde hace muchos años Adam Smith. Ambos creen que están haciendo un buen negocio, con la diferencia que los sonsos no tienen información de todo el esquema, y los vivos sí la tienen, además de controlar la situación.
Por ello, se necesita una institución que mire el conjunto de la situación, que defienda el interés general, por encima del interés particular; y esa institución es ciertamente el Estado. Un Estado regulador del mercado, sobre todo, del mercado financiero. Esto es lo que está tratando de hacer Barack Obama en Estados Unidos, y por intentarlo, el partido republicano y los conservadores de su país lo están acusando de “socialista”, de querer acabar con la libertad en el mercado, alentados por no pocos medios de comunicación que defienden los intereses de los banqueros (los vivos). Es decir, los sonsos están pidiendo a gritos, que el Estado no se meta, para que puedan seguir siendo engañados por los vivos. En los próximos meses vamos a ver si se salen con la suya.
Uno de los mejores libros sobre la crisis mundial del 2008-2009 es “El origen de las crisis financieras” de George Cooper (subtítulo: “Bancos centrales, burbujas financieras y la falacia de los mercados eficientes”). Vintage Books, New York, December 2008. No solamente está muy bien escrito, con fino humor inglés, toca temas novedosos y relevantes, sino que tiene el mérito de haber sido escrito por un “insider” del sistema financiero. Cooper es presidente de una empresa de inversión (Alignment Investors), ha trabajado durante toda su carrera en Goldman Sachs, Deutsche Bank y JP Morgan.
La tesis central del libro es que el fundamento de la teoría económica liberal y neoliberal: los mercados se autorregulan por una “mano invisible”, son intrínsecamente estables y asignan eficientemente los recursos, es falso.
Si bien no es su propósito principal, durante la primera parte del libro, el autor hace evidente cómo los economistas ortodoxos, convencionales, que algunos llamamos neoliberales, y allá llaman “partidarios del libre mercado”, no aceptan, ni utilizan, los conceptos de “burbujas de precio” (price bubbles), ni “contracciones violentas del crédito” (credit crunch), tampoco los “ciclos de expansión-recesión” (boom-bust cycles). Para ellos todos estos fenómenos son comportamientos naturales, propios de los mercados, fluctuaciones normales de precios y cantidades de dinero que se auto corrigen, por los mecanismos internos del mercado. De estas certezas se deriva su convicción de que es necesario dejar solo y libre al mercado, evitar cualquier tipo de intervención por parte de los Estados. Los problemas en la economía no pueden tener su origen en el mercado, todos ellos vienen por la intervención de los Estados, de manera que nadie puede meterse con la mano invisible que mira todo y maneja todo eficientemente.
Una de las pruebas (sutiles) para detectar a un economista (o periodista, que abundan, u hombre de negocios) neoliberal, ortodoxo, libre-mercadista, republicano, conservador, o como quieran llamarlo, es que no acepta el concepto de “especulación”. Para ellos no hay mercados especulativos, actividades especulativas, ataques especulativos a activos, monedas o países, no existe nada de esto. Se trata de movimientos normales de los mercados en los que algunos individuos o empresas crean y aprovechan las oportunidades para generar ganancias extraordinarias; que el final, no son sino premio a su inteligencia.
Habiéndose liberado de todos sus propios prejuicios y falacias que aprendió en las universidades y bancos anglosajones, Cooper encara cada uno de estos conceptos y situaciones (las burbujas, los crunchs, los busts y la especulación) y los explica de manera brillante, con una lógica implacable, diría científica, y al mismo tiempo, con esa cierta desaprensión y distancia que tienen los ingleses.
Una de las ideas centrales del libro (es imposible tratarlas todas), con la que estoy plenamente de acuerdo, es que los mercados no son todos iguales, que como se sabe, es una de las principales premisas, o dogmas, de los economistas liberales y neoliberales. Los mercados de bienes y servicios (sector real) son muy diferentes de los mercados de activos (assets), los mercados de crédito y los mercados de capitales. (Desde mi punto de vista existen tres mercados: bienes y servicios, financiero y de valores, pero este no es el punto central). El punto es que, bajo la premisa de que todos los mercados son iguales y se comportan igual, y que la mano invisible actúa por igual en todos ellos, es imposible prever y menos evitar las crisis como las que hemos vivido. En realidad los economistas de Wall Street se fueron caminando directo hacia el precipicio, en fila india, con los ojos vendados. Y como son tan individualistas, ni siquiera gritaban cuando se caían, para al menos alertar a los que venían detrás.
Una segunda idea es que el aumento del crédito a los trabajadores y la clase media, en lugar de beneficiarlos a ellos (que al final tienen que pagar las deudas o entregar las garantías-casas, como efectivamente ha sucedido), aumenta proporcionalmente las ganancias corporativas. Es la primera vez que veo una relación de este tipo, tan directa; que ciertamente resulta muy relevante en esta crisis, en la que el sobre endeudamiento de la población norteamericana ha jugado un papel central.
Una tercera es que el verdadero peligro en estas crisis son los booms (crecimiento explosivo) del crédito, y no tanto los booms de los precios de bienes y servicios, o incluso, de activos. Las consecuencias de esta tesis son inmensas: la labor principal de los bancos de reserva en todo el mundo debe ser controlar y evitar los booms crediticios; es decir, pinchar y reventar las burbujas cuando todavía están pequeñas, en sus inicios.
Una cuarta idea es que los mercados financieros y de valores son esencialmente inestables. Mientras que en los mercados de bienes y servicios (sector real) las fluctuaciones del precio de un bien (por ejemplo una subida, resultado de un exceso de demanda) atrae inversiones que aumentan la oferta, que hace que luego de un tiempo baje el precio del bien, y de paso generan empleo y desarrollo; en los mercados financieros, los aumentos de precios (producto de un golpe de demanda exógeno) generan más demanda por ese activo, que hace subir todavía más el precio, y lo hace aun más atractivo, hasta el infinito. Esto lo explica con ejemplos muy inteligentes, sólidos y al mismo tiempo, didácticos; por cierto, sin utilizar elaboradas formulas matemáticas a las que nos tienen acostumbrados los economistas neoliberales, y que sólo han servido para oscurecer los fenómenos económicos.
En realidad, Cooper no pretende ser original en esto, reconoce el trabajo pionero del economista norteamericano Hyman Minsky, alumno de Joseph Schumpeter en la Universidad de Harvard y seguidor de John Maynard Keynes; el que desarrollo, en varios artículos y libros, su “Hipótesis de la inestabilidad financiera”.
De esta tesis, a la que le dedica más espacio en el libro, se desprende una quinta idea, que es particularmente atractiva. El autor divide a los economistas en tres grupos: (i) los que creen que los mercados financieros son estables y se autorregulan, y que por lo tanto piensan que los bancos centrales no deben existir (aquí ubica a Milton Friedman como su exponente principal), (ii) los que piensan que los mercados financieros son inestables y que por lo tanto se requiere de la presencia e intervención de los bancos centrales, y (iii) los que creen que los mercados financieros son estables, pero al mismo tiempo plantean que los bancos centrales son necesarios. El se ubica en el segundo grupo, y si bien discrepa con los del primer grupo, los respeta porque son coherentes. A los que no entiende, y yo tampoco, es a los del tercer grupo de economistas, no sólo porque son contradictorios e inconsecuentes con sus propias ideas, sino sobre todo, porque una vez a cargo de los bancos centrales, no saben para qué están allí, no saben qué hacer, y terminan embarrando peor las cosas. Como efectivamente ha ocurrido en muchos países del mundo.
Finalmente, y para no hacer muy largo este artículo, Cooper plantea que la causa principal de la crisis mundial son las ideas económicas equivocadas. En sus propias palabras: “Si la culpa sobre la crisis debe ser puesta en algún lugar, ese lugar tiene que ser la comunidad económica, por haber escogido promover sus equivocadas teorías sobre los mercados eficientes y autorregulados, cuando hay una tremenda evidencia que las contradice” (pag. 171, traducción del autor).
Es de lectura obligatoria para todos los que les interesa sacar las lecciones de la crisis y evitarlas en el futuro; en particular, para los que trabajan en los bancos centrales de todo el mundo. La bibliotecaria del BCRP debería pedir, de inmediato, un lote para todos los directores del banco, todos los gerentes, y paso, unas copias más para regalarlas a los periodistas neoliberales que siguen hablando de economía como si no hubiera pasado nada; sin darse cuenta que, hace rato, están calatos.
Hay unanimidad en el mundo, en reconocer que China fue el país menos afectado por la crisis mundial del 2008-2009, y el que más rápidamente se está recuperando de ella. Las cifras son contundentes, mientras que los países desarrollados tuvieron una caída de la producción de – 4.1% en el 2009 y sólo van a crecer 0.7% en el 2010 (estimados de la OCDE), China ha crecido 8% en el 2009 y espera crecer 9.5% en el 2010.
Esta performance tan espectacular no hace sino confirmar la muerte del modelo neoliberal. La tesis central de esta ideología: la ausencia del Estado, fue la causa principal de la crisis del 2008; en contraposición, fue la masiva y eficaz intervención del Estado la que evitó una recesión más grave a nivel mundial; y, su liderazgo es la explicación principal del éxito chino. Si en algún país del mundo la presencia del Estado es dominante ese es China, y hoy día Estados Unidos y los países europeos se están acercando rápidamente a este nuevo paradigma.
Ciertamente no se trata de cualquier Estado. ¿Qué rol cumple el Estado en la economía y, sobre todo, qué relación tiene este Estado con el sector privado, extranjero y nacional? Aquí está uno de los secretos del éxito chino.
Como el tema es muy amplio, me concentraré en la Inversión Pública, la poderosa palanca del desarrollo (desde siempre), potenciada por el keynesianismo, y que ha tenido el rol protagónico en los paquetes de estímulo anti crisis en todo el mundo. La habilidad china ha sido la de convertir esta herramienta de reactivación de la demanda de corto plazo en vehículo de cambio estructural y crecimiento de largo plazo.
Los dirigentes chinos (todos ingenieros según Andrés Oppenheimer), han tenido la sabiduría para entender que estamos en la era del conocimiento, que la clave son los recursos humanos, por lo que apuestan por crear y acumular el capital humano en su país. Ellos le dan la bienvenida a la inversión extranjera, siempre que les transfieran la tecnología y el conocimiento que tienen en los países desarrollados. Logran que todo este conocimiento y esta tecnología de punta se deposite en sus profesionales, técnicos y trabajadores calificados, que participan de forma obligatoria, en todos los grandes proyectos de inversión y empresas.
El atractivo del gigantesco mercado chino, y las buenas condiciones para los negocios que existen en el país, además de la ventaja comparativa de su mano de obra calificada y también barata, son argumentos más que suficientes para que todas las grandes corporaciones del mundo, acepten sin chistar las condiciones y exigencias chinas.
Con un ejemplo será más fácil explicar el punto. Dos de las prioridades post crisis del gobierno chino han sido el transporte masivo y las energías limpias. Ambos objetivos se concretaron en el programa: Red Nacional de Transporte de pasajeros de alta velocidad. China va a invertir 292 mil millones (billones) de dólares enlos próximos cinco años, para contar con una red de trenes eléctricos de alta velocidad, que permitan interconectar las principales ciudades del país (donde se está mudando el grueso de su población).
Dos de las empresas que van a participar en este sistema de trenes de alta velocidad son: (i) Bombardier, empresa canadiense, la principal del mundo en la fabricación de trenes, que va a construir 80 de ellos, y (ii) Siemens, la principal empresa alemana de ingeniería, que va a tener a su cargo la obra central del sistema: la línea de 1,318 kilómetros que unirá Beijing con Shanghai. Esta obra va a ser la más grande en toda la historia de China, con 32.5 billones de dólares de inversión; aún más grande que la represa de las tres gargantas sobre el río Yangtze.
Estas dos empresas se van a asociar a otras empresas chinas, así como a universidades y centros de investigación locales, para asegurar la transferencia de la tecnología, el conocimiento, y el entrenamiento del personal. Sólo en el tramo Beijing-Shanghai, que estará listo en el año 2012, se dará empleo a 127,000 trabajadores, la mayoría ingenieros, técnicos y obreros calificados.
La justificación económica del proyecto es contundente. El ministro de transporte de China sostiene que una doble línea de trenes rápidos, de ida y vuelta, puede transportar 160 millones de personas al año, frente a una carretera de cuatro carrilles que sólo puede transportar 80 millones. También afirma, que al ser trenes propulsados por energía eléctrica, producen cero contaminación ambiental.
Yo tuve la suerte de subir a una de estas maravillas tecnológicas, el tren rápido MAGLEV (magnetic levitation) en la ciudad de Shanghai. Recorre un tramo de 30 kilómetros entre el centro de la ciudad y el moderno aeropuerto de Pudong, en menos de 8 minutos, a una velocidad de 430 Kilómetros por hora. Nunca pensé ir a tanta velocidad en mi vida; yo estaba esperando que alguna vez alguien me prestara su Fórmula 1 para pasar los 320 Km/h, y resulta que terminé viajando a mayor velocidad que esa, y sin ningún peligro.
La tecnología del MAGLEV es sencillamente alucinante: no tiene ruedas, no tiene rieles, no hay fricción entre superficies metálicas; por eso puede alcanzar velocidades tan altas. Se trata de un sistema eléctrico que genera un fuerza magnética que logra que (i) el tren se eleve en el aire, sobre dos planchas gruesas de acero que actúan como rieles y guías, en los costados inferiores del tren y (ii) crea una fuerza que lo impulsa hacia adelante, a altas velocidades. Esta tecnología ha sido desarrollada por la empresa alemana Siemens; luego de haber probado su tecnología en este tren experimental, ahora se lanza a la producción en masa.
¿Porqué China atrae a estas empresas de punta, porqué logra transferir tanta tecnología y conocimiento a su país? ¿Cómo consigue que esta tecnología se filtre por toda la sociedad, se expanda a la mayoría de empresas? ¿Porqué tiene tantos éxitos el gobierno chino?
Para comenzar, porque sabe lo que quiere (es decir, se propone explícitamente todos estos objetivos), porque tiene una mirada de largo plazo, porque representa los intereses del pueblo chino, toma decisiones en función a la mayoría de los chinos, porque su cúpula no sólo es honesta sino que combate la corrupción que todavía existe en niveles intermedios e inferiores del Estado.
Ninguna de estas condiciones las cumple el Estado peruano; aquí los altos mandos del gobierno están más interesados en las comisiones de las inversiones que en las propias inversiones, su pertinencia e impacto en el conjunto de la economía. Por eso prefieren reunirse con Canaán y muchos hombres de negocio de cuarta categoría, y son incapaces de atraer a las empresas de punta, los empresarios y empresarias más innovadores, que concentran el talento y a la inteligencia mundiales.
Y no se diga que sólo ocurre en el Oriente y en países grandes; aquí en América Latina, está sucediendo en Brasil, Chile, Costa Rica, Colombia y Uruguay. Por eso, ellos tienen un ingreso por cápita mayor al nuestro y van a crecer más en el futuro.¿Cuándo se va a convencer la gente que corrupción y desarrollo son incompatibles?
La Feria del automóvil de Frankfurt es la más importante del mundo, aunque los especialistas no dudaron en calificar, la realizada en setiembre de este año, como la más importante de la década. Era la primera que se realizaba después de la crisis mundial, y al recorrer sus instalaciones quedaba claro que la industria estaba saliendo de ella. Del pesimismo generalizado de fines del 2008 y la mayor parte del 2009, ahora, a fines del 2009, se había pasado a un optimismo sin atenuantes. Se podía sentir en el ambiente, que la industria automotriz mundial estaba preparándose para dar un gigantesco salto tecnológico. El clima de creatividad e innovación era dominante y contagiante.
¿Por qué ha sido tan especial la Feria de Frankfurt del 2009? La respuesta estaba a la vista: los autos verdes, es decir, los autos 100% eléctricos, y los híbridos (una mezcla de eléctricos con combustión interna). Ellos fueron presentados por todos los fabricantes participantes en la Feria, y subrayo la palabra todos. Los primeros que estaban listos para la venta eran el Volt de la General Motors (nada menos que de la “quebrada” GM!), y el Leaf de Nissan; los dos totalmente eléctricos. Sin mencionar toda la gama de híbridos, encabezados por el Prius de la Toyota, el líder indiscutible en este nuevo mercado, con el 70% de todos los híbridos fabricados en el mundo.
El híbrido más destacado de la feria fue el Vision de la BMW, con dos motores eléctricos y un turbodiesel de 1.5 litros; entre los tres desarrollan 356 HP, con los que podía alcanzar los 250 Km por hora. El diseño era sencillamente fabuloso y fue considerado el auto más bonito de la feria. Sus competidores alemanes no se quedaron atrás. Aunque con menor grado de desarrollo (están programados para dentro de varios años), la Mercedes presentó el deportivo SLS AMG 100% eléctrico, con cuatro motores eléctricos, uno en cada rueda; los que generaban un total de 525 HP, sin producir un solo gramo de CO2. Audi presentó el E-Tron, otro auto deportivo, también con cuatro motores eléctricos, con una potencia total de 313 HP; con una velocidad “limitada” de 200 Km/h, y una autonomía (antes de recargar las baterías) de 248 Km.
Otros autos eléctricos, menos espectaculares tecnológicamente, pero más cercanos a los bolsillos de las mayorías, fueron el Volkswagen E-Up de un solo motor eléctrico, con 82 HP, que alcanza una velocidad de 135 Km/h, y tiene una autonomía de 130 Km. Será producido en masa en los próximos tres años. Renault también presentó el Zoe, con un motor de 92 HP, una velocidad máxima de 140 Km/h y una autonomía de 160 Km.
¿Y donde entra la política en todo esto? Pues sucede que a mediados de los 90s la mayoría de fabricantes de automóviles comenzaron a experimentar y producir autos eléctricos e híbridos, en pequeñas cantidades, por razones de demanda, pero, en mucho, alentados por las políticas pro ambientales del presidente Bill Clinton y de su vicepresidente Al Gore. De hecho, la General Motors sacó el primer auto 100% eléctrico producido por un gran fabricante: el EV1 (Electric Vehicle One), en el año 1996. Al mismo tiempo, el Gobierno de California (antes del neandertal Schwarzenegger), influenciado por estos avances tecnológicos, decidió “obligar” a los fabricantes a producir autos con cero emisiones de CO2, si es que querían vender sus otros autos (contaminantes) en California. Al principio, los fabricantes aceptaron esta “tendencia”, que en ese momento parecía inevitable.
Sin embargo, en el año 2001 cambió la situación política en Estados Unidos; salió elegido George W. Bush, tejano e hijo de la industria del petróleo, anti ambientalista a rabiar. La mezcla de estos dos elementos: la llegada de Bush 2 a la casa Blanca y las nuevas regulaciones de carácter “obligatorio” que estaba sacando California, produjeron un cambio radical de actitud en los fabricantes de autos, que, en muy poco tiempo, descontinuaron la producción de sus autos eléctricos, y cerraron las plantas donde los fabricaban. Incluso llegaron a recuperar todos los EV1 producidos de sus dueños (como Tom Hanks y Mel Gibson) para chatarrearlos sin piedad. Una excelente película, Who killed the electric car?, de Chris Paine, da cuenta de esta fascinante historia.
El hecho es que, para el año 2006, no existía ningún auto eléctrico, de serie, circulando por las pistas de Estados Unidos. (Hay algunas excepciones, como el Think noruego, el Reva de la India, el Zenn canadiense, y el Tesla norteamericano; todos fabricados por pequeñas empresas). La General Motors justificó su decisión diciendo que no “había mercado”, que eran “muy caros de fabricar”, que la “contaminación de la centrales a carbón era mayor al ahorro de los autos”, aunque en el fondo querían volver, alentados por Bush, a sus autos petroleros. En esta orgía contaminante GM fabricó una versión para la calle del Hummer, el auto de guerra utilizado en Irak; el más tragón del planeta.
Los otros fabricantes siguieron el ejemplo de GM y descontinuaron sus autos eléctricos, con la notable excepción de Toyota, que optó por la tecnología de los híbridos; en poco tiempo se convirtió en el líder mundial de este mercado, con el innovador Prius. Los argumentos de los otros fabricantes para no fabricar autos eléctricos fueron parecidos a los de GM. Casi todos repetían las mismas letanías que no había mercado, que era muy caro; claro, era mucho más fácil y rentable quedarse con las tecnologías antiguas, y seguir contaminando el planeta, total, nadie les cobraba por esto. Incluso, la crisis financiera mundial del 2008 fue utilizado como argumento para no avanzar hacia estas nuevas tecnologías; se dijo: la gente no tiene dinero y no va a comprar autos, y no hay fondos para las grandes inversiones que se requieren.
¿Qué pasó, entonces, para que todos los fabricantes (vuelvo a subrayar todos), se pusieran a fabricar autos eléctricos y/o híbridos en tan sólo un año, y dejaran de lado todos los argumentos en contra de hacerlo? La respuesta es una palabra: Obama. El presidente Obama salió elegido con un claro mandato ambiental, propuso como política prioritaria el cambio de la matriz energética de USA, se convirtió en el dueño de GM, y lanzó una iniciativa mundial para detener el calentamiento global. Es decir, el principal mercado automotor del mundo, de lejos, al que acuden a vender sus autos todos los fabricantes del mundo, les mandó un mensaje muy claro: no más autos contaminantes.
Al día siguiente, todos ellos se olvidaron de sus argumentos en contra y se pusieron a fabricar autos eléctricos; tan rápido que ha sorprendido aún a los expertos de la Feria de Frankfurt. No será la planificación central soviética, no serán las órdenes que daba Stalin a sus comisarios en la industria, pero esta reacción tan rápida y masiva de la industria automotriz mundial tiene cierta semejanza. La lección es clara: cuando una autoridad política se conecta con el pueblo que lo eligió, gobierna en función a sus intereses y no se deja “influenciar” por los intereses particulares, produce cambios significativos, y algunos dirán, revolucionarios. Otra lección: a pesar de las vacilaciones, de los avances y retrocesos, el futuro es verde y ya está aquí.
Se ha debatido bastante sobre el gobierno de George Bush y su política económica; se le ha criticado su adhesión incondicional al neoliberalismo, la desregulación, la rebaja de impuestos a los ricos, favorecer a las corporaciones, reducir el Estado, empeorar la distribución del ingreso, debilitar las políticas de protección social, entre otras cosas. También se le ha señalado como una de las causas de la crisis financiera norteamericana que devino en la peor recesión mundial desde la segunda guerra mundial, lo que por cierto, no es poca cosa para cualquier gobernante. Casi toda esta literatura se refería a las políticas macro de su gobierno, que en algunos casos significaban también ausencia de políticas.
Sin embargo se ha hablado poco de los cambios estructurales que Bush realizó en la economía de la primera potencia mundial. Por cambio estructural me refiero a las modificaciones en el peso relativo de los sectores en la economía. Típicamente un país subdesarrollado tiene una estructura económica en la que predominan los sectores primarios, como la minería, pesca, agricultura y presenta un sector industrial muy pequeño. La industrialización, primer y principal cambio estructural, significaba el incremento de la participación de este sector en el PBI nacional. Desde este punto de vista, entonces, ¿qué cambios introdujo e impulsó el gobierno de Bush?
El primer y más importante cambio estructural fue el crecimiento acelerado del sector financiero (incluyendo al mercado de valores), el que llegó a adquirir un inmenso peso en la economía norteamericana. De representar el 3% del PBI pasó a ser el 8%, en un período de 20 años, aunque la mayor aceleración de esta transformación se dio en los últimos cinco años (2003-2008). Estos son cálculos de Paul Krugman, premio nobel de la economía, que por supuesto no se limitaba a difundir estas cifras, sino que también emitía un juicio muy severo sobre lo que este incremento significaba: “estamos hablando de 400 mil millones de dólares anuales de desperdicio, fraude y abuso”. Este liderazgo del sector financiero y de las bolsas de valores, le dio un tono especulativo a toda la economía norteamericana de la era Bush.
El segundo sector que más creció con Bush fue Defensa; lo cual no es de extrañar si se tiene en cuenta la guerra contra Irak iniciada en el año 2003. El sector defensa pasó de representar el 3% del PBI en la época de Bill Clinton, al 6.2% en la época de Bush. Lee Teslik, el periodista del New York Times que realizó estos cálculos, vincula esta escalada militar a la “guerra contra el terror” que desató Bush luego de los atentados del 11 de setiembre del 2001, pero también los relaciona a los intereses privados de la industria de armamentos y proveedores de los militares, muy cercanos al gobierno de Bush. De hecho, en los primeros tres años de la guerra de Irak, la empresa Halliburton, de propiedad del ex vicepresidente Cheney, había obtenido contratos por 16 billones de dólares, sin licitación.
El tercer sector que creció al mayor ritmo fue salud, que representa el 16% del PBI; de lejos la economía con el mayor gasto en salud de todo el mundo. El siguiente país en gasto de salud es Francia con el 11% del PBI. Durante el gobierno de Bush, la contribución del sector Salud pasó del 13% en el 2000, al 16% en el 2008, un incremento de 3 puntos porcentuales. Una diferencia notable entre USA y el resto de países desarrollados es que la mayor parte de este gasto en salud es privado, mientras que el resto de países es público. Las primas de seguros en el sector pasaron del 1.5% del PBI en 1970, al 5.5% en el 2007. El gasto del gobierno en salud siguió creciendo sin parar, lo mismo que el gasto de las familias, sin obtener un mejor servicio a cambio. Mientras que en Estados Unidos se gasta 7,200 dólares anuales per cápita en salud, en la vecina Canadá se gasta 3,900 dólares; y el servicio es mucho mejor en este segundo país. Los intereses privados dominantes en la industria de la salud, representados por los laboratorios gigantes y las compañías de seguros son los que explican las dificultades que está enfrentando el presidente Obama para impulsar la reforma del sector.
En resumen: el sector financiero creció 4 puntos porcentuales, el sector defensa creció 3.2 puntos porcentuales, y el sector salud creció 3 puntos porcentuales. Si a alguien le parecen poco estas cifras, basta tener en cuenta que todo sector agrícola de Estados Unidos representa el 1.2% del PBI; sector que, como sabemos, no sólo alimenta al pueblo norteamericano sino que se da al lujo de regalar sus excedentes a los países pobres del mundo. Es como si tres sectores agrícolas se hubieran trasladado, en pocos años, enteros, al sector financiero. Es un cambio estructural radical, significativo, en un gobierno que decía que no se metía en la economía, que dejaba todo al “libre juego de la oferta y la demanda”. Es falsa, entonces, esta pretendida neutralidad del Estado neoliberal. Por otro lado, esto quiere decir que se puede impulsar desde el Estado cambios estructurales de la economía y la sociedad.
Lo que pasa es que estos cambios deberían tener una dirección diferente. En el caso de Bush, las políticas (o ausencia de ellas) llevaron a incrementar la especulación, engordaron a los contratistas de defensa, y beneficiaron a las grandes corporaciones de la salud. Ciertamente, el pueblo no se benefició en nada con este cambio estructural. Pero las cosas pueden hacerse de manera diferente, como lo hacen la China y la India, incentivando el crecimiento de la industria, de las PYMEs, de las actividades de alta tecnología, de la investigación y desarrollo en las universidades y empresas, de las exportaciones, de la infraestructura digital, de las actividades intensivas en conocimiento. Al final, quién lo diría, el legado de Bush puede hasta resultar positivo para el resto de países del mundo, pues demuestra que el cambio estructural es posible.
Después de haber escrito varios artículos sobre la crisis, que en realidad son miradas parciales, o pinceladas, de este complejo fenómeno, con un carácter más cualitativo, a estas alturas, parece apropiado poner un poco de números. Como es lógico, empezaremos por Estados Unidos y Wall Street, los responsables de esta danza, y terminaremos con los otros países desarrollados y el mundo.
La Tormenta Perfecta
- Monto total de las hipotecas subprime (defectuosas) en Estados Unidos, a mayo 2007: 1.3 trillones (millones de millones) de dólares.
- El 80% de las hipotecas subprime tenían Tasas de interés ajustables (bajas o casi cero al principio y con el paso de los años van aumentando, lo que muchas veces generaba imposibilidad de pago).
- En agosto del 2008, el 9.2% de todos los prestamos hipotecarios habían dejado de pagarse o se atrasaban.
- Entre 1977 y el 2006, el precio promedio de la casa en Estados Unidos subió 124%.
- En el año 2004 se construyeron 2.3 millones de viviendas en Estados Unidos, cuando la demanda “natural” (de acuerdo al crecimiento poblacional) era de 900,000.
- En 1974 la deuda promedio de una familia norteamericana representaba el 60% de sus ingresos, para el año 2008 era de 134% de sus ingresos.
- En el año 2008, el típico propietario de vivienda en USA tenía 13 diferentes tarjetas de crédito.
- En los 90s se inventa un nuevo concepto en el mercado hipotecario: Créditos NINJA (no income, no job, no assets) – que se otorgaban a gente sin ingreso, sin trabajo y sin propiedades.
- Los instrumentos financieros denominados MBS (Mortgage Backed Securities), basados en hipotecas, alcanzaron en el 2007: 7.3 trillones de dólares. El 73% de ellos eran subprime.
- La mayoría de estos MBS fueron calificados como triple A (sin riesgo) por las empresas clasificadoras de riesgo de Wall Street.
- En el 2008, Fannie Mae y Freddie Mac, poseían 5.1 trillones de dólares en hipotecas, el 50% del mercado total de hipotecas.
- Entre al año 2000 y el 2003 la Reserva Federal (el Banco Central USA) bajó la tasa de interés de referencia de 6.5% a 1%. La justificación fue la de reactivar la economía luego del 11 de setiembre del 2001.
- El sistema bancario en la sombra (shadow banking system), no regulado, creció exponencialmente a partir del año 2000; estaba conformado por: bancos de inversión, hedge funds, money funds, los SIV (Structured Investment Vehicles). Sus principales representantes eran: Lehman Brothers y Bear Stearns. En el 2007 este sistema tenía 10 trillones en activos financieros, la misma cantidad que el sistema bancario regulado.
-En el año 2006 los ejecutivos de Wall Street ganaron 23.9 billones (miles de millones) de dólares en bonos (premios).
- El palanqueo (leverage), que es el ratio de préstamos sobre el capital, en muchos bancos de Wall Street, llegó a ser de 50 a 1 (cuando la norma internacional es 12 a 1).
- Las deudas de los bancos norteamericanos pasaron de ser el 39% del PBI en el año 1988 al 111% del PBI en el 2008.
Los resultados
- Los cinco principales Bancos de Inversión quebraron, Lehman Brothers desapareció del mapa, Bear Stearns y Merril Lynch fueron comprados por bancos más grandes, y Goldman Sachs y Morgan Stanley fueron salvados por el Gobierno. Ellos tenían activos totales de 4 trillones de dólares.
- En el 2008, 25 bancos fueron declarados insolventes.
- En el 2009, van 77 bancos los que son declarados insolventes
- La pérdida total de créditos en los bancos de Estados Unidos es: 1.8 trillones de dólares, y en el resto del mundo: 1.8 trillones de dólares (Roubini).
- El salvataje a los bancos costará 23.7 trillones (Neil Barofsky-Jefe del Programa de Activos en problemas de USA).
- la quiebra de la General Motors (GM), la principal empresa de Estados Unidos y el mundo (Número 1 de Fortune 500) durante 77 años consecutivos (empezando en 1930).
La recesión Mundial (en el año 2009):
- La caída del producto mundial: -2.2% (OECD), -1.7% (BM), -1.3% (FMI)
- La caída en los países desarrollados: -4.1% (OECD), -3.8% (FMI)
- La caída de Estados Unidos: - 2.6% (FMI), -2.8% (OECD), -3.5 (NNUU).
- La caída del Producto en América Latina: -0.6% (BM), -1.9% (CEPAL)
- La caída del Comercio Mundial: -6.1% (BM), -16% (OECD)
- La caída del Comercio de América Latina y el Caribe: -13% (CEPAL).
- La reducción en el crecimiento del PBI en el Perú: +2.5% (MEF), +3.3% (BCR), 0% (Centrum)
Los impactos sociales
- Los nuevos desempleados en el mundo, producto de la crisis: entre 30 y 50 millones de personas (OIT)
- Desde diciembre del 2007 han perdido su empleo en Estados Unidos: 6.9 millones de personas, de un total de 14.9 millones de desempleados, que representan el 9.7% de la PEA, el nivel más alto en los últimos 25 años.
- Sólo en el sector financiero se han despedido a 537,000 trabajadores desde que se inició la recesión.
- Proyecciones del Desempleo nacional en Estados Unidos: 11% (2010) y 10% (2011) (N. Roubini).
- En el año 2009, 90 millones de personas regresarán a ser pobres (PNUD); se sumarán a los 1,400 millones de pobres que existían en el 2007.
- 936 millones de personas sufren hambre en el mundo; a los que se les sumaron 40 millones de personas a partir del 2008 (FAO).
- La meta del milenio de reducir a la mitad el número de desnutridos para el 2015 tendrá que postergarse al 2150 (FAO).
- Crecimiento de los países desarrollados: +1.5% (OECD)
- Crecimiento de Estados Unidos: +1.5% (OECD), +0.8% (FMI)
- Crecimiento de la China: +8.5% (FMI), +10.0% (Gob. Chino)
- Crecimiento de América latina y el Caribe: +3.1% (CEPAL)
- Crecimiento del Perú: +5.6% (MEF), 5.5% (BCR),
- Crecimiento del Comercio Mundial: +2.1% (OECD)
- Crecimiento del Comercio en los países desarrollados: +1.0% (OECD),
Los peligros futuros
- Los instrumentos financieros denominados “Derivatives” son actualmente: 203 trillones de dólares (OCC-Treasury Department) y 592 trillones en el resto del mundo (BIS)
- Activos tóxicos en los Bancos de la Unión Europea: 24 trillones de dólares (más que todo el PBI combinado de los países miembros) (fuente: UE).
- En Estados Unidos hay más de 9,000 bancos, pero sólo 5 de ellos concentran el 95% de los “Derivatives”.
En realidad el mayor peligro para una recuperación de la economía mundial que permita retomar una senda de crecimiento sostenible en el largo plazo, es el dogmatismo ideológico de los neoliberales y neoconservadores, que frente a una importante recuperación de la bolsa de Nueva York en los últimos meses y unas ganancias extraordinarias de Goldman Sachs, se apresuran en afirmar que ya se superó la crisis y que volvemos a lo mismo de antes. Esta actitud fue calificada por El País, de España, como “la codicia vuelve a Wall Street”. En nuestro país, como sabemos, no estamos muy lejos de este dogmatismo que nubla la visión.
Como parte de las discusiones sobre la crisis mundial, uno de los temas más debatidos en los países desarrollados, y especialmente en los Estados Unidos, es el del futuro de las grandes empresas. Como sabemos, el rol de los monopolios y los oligopolios ha sido estudiado desde Aristóteles, pasando por los economistas clásicos, llegando hasta los actuales. Cualquier estudiante de economía sabe que estas situaciones de privilegio y de exceso de poder en el mercado son indeseables desde el punto de vista del bienestar general. Sin embargo, como hemos sido testigos, estas convicciones y consensos sobre los monopolios, alcanzados durante siglos de debates e investigaciones, fueron dejados de lado, o más propiamente relegados a un tercer o cuarto plano, por la ideología neoliberal (o neoconservadora, para utilizar el término gringo) que dominó las mentes, los gobiernos y las instituciones internacionales desde la caída del muro de Berlín.
Al mismo tiempo que se vendía, como pan caliente, “El fin de la historia”, los norteamericanos elegían a los Reagan y los Bush, los ingleses a la Tatcher y los italianos a Berlusconi, las grandes corporaciones, sobre todo las financieras, tomaban control de las economías del primer mundo, con el beneplácito de una mayoría de medios de comunicación, que sistemáticamente cayeron bajo la propiedad de esos mismos intereses. Los monopolios y oligopolios se convirtieron en los buenos de la película, los eficientes, los competitivos, los “representantes de los intereses de la nación”, los engreídos de los políticos de turno, que desregularon sus economías con gran entusiasmo y les pusieron alfombra roja para hacer lo que les daba la gana. Ellos sabían lo que hacían, eran responsables, se autorregulaban.
Ya sabemos lo que hicieron con ese poder ilimitado: se llenaron los bolsillos y generaron la más grande crisis económica y social desde la gran recesión de los 30s. Como vimos en las pantallas de TV y los diarios, una a una fueron desfilando estas grandes corporaciones por el banquillo de los acusados, como responsables de a crisis: Fanny Mae, Freddy Mac, las dos dueñas del mercado de hipotecas, AIG, la principal empresa de Seguros de USA, Lehman Brothers y Bear Stearns, las estrellas de Wall Street, Bank of America y CitiBank, los mayores bancos comerciales, y la principal empresa industrial de Estados Unidos: General Motors. La mayoría de ellos han sido salvados con dinero de los contribuyentes, por decisión del “ogro” Estado.
Uno de los nuevos conceptos que han surgido con la crisis es el de “demasiado grande para quebrar” (too big to fail), utilizado como el principal argumento para el salvataje, pues los costos económicos y sociales de la quiebra de estas empresas son mayores al subsidio para mantenerlas a flote. De esta forma, si uno es dueño de una empresa suficientemente grande podrá hacer lo que le da la gana, sabiendo que en última instancia vendrá el Estado a salvarlo. Con lo cual llegamos a la siguiente paradoja: los responsables de esta crisis mundial, no solamente son salvados de su irresponsabilidad, sino que se les asegura vida eterna, cheque en blanco para hacer lo que quieran. Ciertamente el prestigio de las grandes corporaciones está por el suelo. Se ha llegado al punto en que muchos se preguntan ¿cuál es la justificación económica de estas grandes corporaciones, si al final tienen que ser salvadas por el Estado? Más de uno debe estar pensando: limitemos el desarrollo de las empresas, limitemos las ganancias, los beneficios y los sueldos de los ejecutivos; en otras palabras, eliminemos a las grandes corporaciones de las economías para evitar futuras crisis.
Probablemente algunos piensen que yo estoy en este grupo de personas, sobre todo teniendo en cuenta que desde hace mucho tiempo vengo defendiendo a las micro y pequeñas empresas; pero se equivocan. Hay algunas actividades que requieren de una gran escala de producción, o que son demasiado complejas, o necesitan altas inversiones en activos, o altas inversiones en investigación científica y tecnológica. De manera que el punto no es si deben existir las grandes empresas, sino qué tipo de grandes empresas son las que debenpoblar el futuro. Claramente, teniendo en cuenta el gran poder que tienen (como es el caso de la corrupción), deben ser empresas éticas, que cumplen las normas y leyes nacionales, que sean socialmente responsables, que respetan a sus trabajadores, las comunidades vecinas y el ambiente, y sobre todo, que sean innovadoras, creando cada vez nuevos y mejores bienes y servicios para los clientes, aumentando la riqueza y el bienestar general de la población.
Una de estas empresas es General Electric (GE), que produce los mejores motores jet del mundo, con el menor consumo de combustible y menor ruido; las mejores centrales nucleares, con la mayor seguridad de funcionamiento y manejo de residuos; los equipos para aprovechar las nuevas fuentes de energía, como es el caso de los molinos de viento gigantes que empiezan a multiplicarse en el mundo. Actualmente hay 11,600 de estos molinos, que producen 18,000 Mega Watios, reduciendo la contaminación del petróleo y el calentamiento global. Fabrican paneles solares de alta eficiencia, capaces de producir toda la energía eléctrica para Estados Unidos cubriendo sólo el 7% del Estado de Arizona, desértico y con mucho sol. Recorrer su página web es un verdadero placer; todos los productos que fabrican, las investigaciones que realizan, las innovaciones que exploran, los recursos humanos que tienen y que tratan de captar. Lo mismo ocurre con otras grandes corporaciones innovadoras, como es el caso de Toyota, Apple, Boeing, Benetton, entre otras.
El presidente de GE, Jeff Immelt, es un tío muy listo (como dicen los españoles), y tiene una interpretación acertada sobre la crisis mundial:
“En las últimas dos décadas Estados Unidos se transformó de una economía liderada por la industria y las exportaciones a una economía dirigida por las finanzas y el consumo. El primer paso para superar la crisis es reconocer que no podemos regresar a ese estado de cosas; no vamos a salir con medidas fáciles, se requiere una profunda reingeniería de la economía y la sociedad norteamericana.
Algunos creen en una evolución ‘natural’ que va de la agricultura a la industria, a los servicios, pero esto no es así; pierden de vista que el motor siempre ha sido, y seguirá siendo, la innovación tecnológica. Veamos el caso de China, que nos muestra cómo se deben hacer las cosas. Lo que necesitamos hoy día es una estrategia industrial que colabore con las empresas hacia la innovación, la alta tecnología y las exportaciones. Nuestra empresa ya está comprometida con este camino, pero necesitamos que todo Estados Unidos lo siga. Las mejores empresas serán aquellas que se concentran en el verdadero valor, en las verdaderas necesidades, e invierten mirando el largo plazo”.
Estos paraísos financieros nacieron a principios del siglo 20, aunque recibieron un impulso importante en los sesentas, en plena guerra fría, como una respuesta frente al peligro latente del ascenso de gobiernos socialistas hostiles a la propiedad privada, o simplemente progresistas, no demasiado amigos de las empresas y los capitales particulares. Comenzaron a crearse en la propio Europa, Luxemburgo, Andorra, Liechtenstein, Mónaco; siguieron en el Caribe, Islas Cayman, Las Bahamas, Islas Vírgenes, luego América Central, Panamá, y más recientemente Costa Rica; en Asia, Singapur, Hong Kong, Macao; y en Medio Oriente, Líbano, Bahrein, entre los principales.
Sus principales atractivos han sido, desde su nacimiento, (i) la protección del capital privado, (ii) el no pago de impuestos (o impuestos muy bajos), (iii) la garantía del secreto en la identidad de los dueños del dinero, (iv) nulo control sobre el movimiento de capitales, y (v) facilidades para constituir razones sociales diversas (y ocultar identidades). Con el debilitamiento de la Unión Soviética, la conversión de China, y la consolidación del capitalismo a nivel mundial, la primera razón perdió peso, aunque se mantuvieron vigentes las otras.
Los montos involucrados en los paraísos financieros se conocen sólo parcialmente. Hay varias investigaciones, hechas con metodologías y alcances diferentes, que tratan de responder a la pregunta ¿cuánto dinero se mueve en estas localidades? Sus resultados fluctúan entre 1.7 millones de millones de dólares (trillones en el mundo anglosajón) para los capitales invertidos a través de estos territorios, calculado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) en el año 2000, hasta 11.5 millones de millones de dólares (trillones) en activos mantenidos offshore por los individuos, calculado por la Tax Justice Network (TJN) en el año 2005. El cálculo más reciente es el de Oliver Wyman Group que arroja 8 millones de millones de dólares en riqueza offshore de los individuos más ricos del mundo (High-Net-Worth Individuals).
El reparto de estos montos entre los diversos paraísos financieros es también complicado; aunque el estudio del FMI daba cuenta que la proporción entre las diversas regiones en las que operan los centros offshore, es la siguiente: 19.5% en la zona del Caribe (incluyendo Panamá y Costa Rica), 21.7% en el Asia y el 58.6% en Europa y el resto del mundo.
Esta danza de millones fue aceptada, de alguna u otra manera, por los gobiernos, pues durante mucho tiempo los paraísos fiscales fueron vistas con buenos ojos por el público. Tenían la imagen positiva de proteger a los ciudadanos y ciudadanas de la voracidad de los Estados izquierdistas, populistas o excesivamente benefactores; los que no encontraban mejor idea que echar mano a los bolsillos ajenos. Proteger el dinero y los capitales ganados por los profesionales y las clases medias era vista como una tarea encomiable. De paso, es verdad, se beneficiaban las corporaciones y los más ricos, que también tienen el derecho de proteger su dinero y de minimizar sus contribuciones al fisco. La propaganda para atraer los capitales, en algunos de estos paraísos, se centraba en resaltar los peligros que acechaban el dinero de las personas, como por ejemplo, las ex esposas demasiados celosas o codiciosas. Más en serio, protegían el dinero contra los delincuentes y secuestradores que suelen seleccionar como víctimas a la gente con signos exteriores de riqueza, o con cuentas muy abultadas.
Economistas neoliberales como Daniel Mitchell del CATO Institute afirman que los paraísos fiscales son muy buenos para las economías y las personas en general. Sostiene que mientras más bajos sean los impuestos, mayor será la inversión y el empleo; y que estos centros offshore mantienen la presión hacia los gobiernos para que los impuestos vayan para abajo. “La economía de hoy (2008) es mucho más fuerte (sic) a la que era en 1970, en parte gracias a los paraísos financieros, y a las leyes que son menos hostiles al trabajo, los ahorros y la inversión. Como lo planteó el profesor Richard Teather de la U. de Bournemouth ‘los paraísos fiscales nos benefician a todos, aunque no los utilicemos directamente para nuestras inversiones’”
Casi desde sus inicios, estos paraísos fueron utilizados por el narcotráfico y el terrorismo. Sin embargo, en los últimos años estas dos instituciones se han transformado radicalmente, convirtiéndose en narcotráfico global y el terrorismo internacional. El primero ha ido evolucionando de un negocio pequeño y local, administrado por mafias nacionales cercanas a los campos de cultivo de las drogas, a empresas multinacionales con mayor poder que muchos Estados productores y consumidores. En este tema, la política represiva de los países más desarrollados ha sido ambigua y poco transparente. Por un lado, desde hace tiempo le vienen echando la responsabilidad del problema a los países productores de la droga, generalmente pobres, como si la demanda no tuviera nada que ver en ello. Y por otro lado, algunos gobiernos han utilizado los flujos de dinero del narcotráfico para financiar actividades encubiertas, como salió a luz con el caso de Iran-Contra en 1985. Algo similar ha ocurrido con el terrorismo que se ha internacionalizado.
En esta actividad, las autoridades mundiales y los países comprometidos en la lucha contra estas dos fuerzas (narcotráfico y terrorismo) han tenido éxitos parciales, y la mayoría de países en donde existen paraísos fiscales y centros financieros offshore, colaboraron con las medidas. Este éxito parcial (y total en algunos casos) sumado a la ambigüedad de algunos países desarrollados (en el caso del narcotráfico) y de algunos países en desarrollo (en el caso del terrorismo), hizo que se llegara a un cierto equilibrio de fuerzas que auguraba una larga vida para los paraísos fiscales.
Sin embargo, la cuenta regresiva para los países fiscales comienza con la crisis financiera mundial. Uno de los casos más emblemáticos de la crisis financiera fue el de Bernard Madoff, un conocido financista de Wall Street, respetado, y hasta admirado por medio mundo, que manejaba el dinero de las mayores fortunas del planeta, y de muchas instituciones públicas y privadas. Su esquema Ponci de 170,000 millones de dólares, nombre técnico de la vulgar pirámide financiera, fue la mayor estafa de todas las que se registraron en este proceso. Cuando se descubrió que Madoff utilizaba cuentas secretas en la Sociedad Financiera Clearstream del paraíso financiero de Luxemburgo, como lo descubrió el periodista francés Denis Robert, para realizar todos sus enjuagues, los reflectores del mundo se enfocaron sobre los paraísos financieros, y empezó a hablarse de su final.
Ya no era cuestión de unos cuantos ricachones que dejaban de pagar impuestos, de unos cuantos narcotraficantes que blanqueaban su dinero, o unos cuantos terroristas que financiaban sus operaciones, sino que se trataba de que en la oscuridad de los paraísos fiscales, en donde la falta de regulación es absoluta, se podían gestar las peores desgracias para la economía mundial. Porque no es poca cosa tener la capacidad de desatar la mayor recesión desde la crisis del 29. Los países más desarrollados no podían seguir tolerando la existencia de estos desagües financieros, pues mientras sólo despedían mal olor de vez en cuando, no pasaba mucho; pero si se reconoce que tienen la capacidad de fabricar verdaderas bombas atómicas en la oscuridad, capaces de paralizar al planeta entero, la cosa cambia.
Muchas voces de la sociedad civil, entre las que destaca OXFAM Internacional, que desde hace años viene señalando este problema, habían planteado la conveniencia de regular, o eventualmente cerrar, los paraísos financieros por varias razones: (i) la evasión de impuestos, (ii) el desfinanciamiento de la lucha contra la pobreza, (iii) el empeoramiento en la distribución del ingreso, (iv) el financiamiento de actividades perniciosas como la drogadicción, la prostitución, la trata de niñas y niños, entre otras. Ciertamente no tuvieron mucho éxito; tuvo que venir la crisis financiera, y descubrirse el rol de estos paraísos para que recién se reaccionara a escala global.
No faltaran los gobiernos y los políticos que seguirán planteando que los paraísos son necesarios y convenientes, que representan la libertad económica, la defensa del individuo frente a la voracidad fiscal, aunque esperamos que sean pocos.
Dos de las grandes lecciones de esta crisis fueron planteadas por sendos premios Nóbel. Stiglitz nos demostró que la teoría del trickle down (bajarle los impuestos y darle todas las facilidades a los ricos para que generen desarrollo) es un completo fracaso. Krugman demostró que el sector financiero desenfrenado (sin regulación) no crea valor, lo destruye. Justamente los principales argumentos a favor de los paraísos fiscales (atraer los capitales de los ricos y fortalecer los sectores financieros desregulados).
Si a pesar de estas evidencias, algunos gobiernos y políticos insisten en fomentar o proteger a estos paraísos financieros, los ciudadanos y ciudadanas de a pie tendremos todo el derecho de pensar que no son los valores ni el bienestar general sus consejeros, sino el dinero y la corrupción.
* Esta es una versión resumida del Artículo "Paraísos perdidos" publicado en la Revista Economía Exterior No. 49, Madrid, Julio 2009.
Es una iniciativa conjunta de Samuel Abad, Carlos Basombrío, Francisco Belaunde Matossian, Jorge Bruce, Gustavo Carrión, Carlos Iván Degregori, Ramiro Escobar, Liuba Kogan, Nelson Manrique, Augusto Ortiz de Zevallos, Luis Pásara, Fernando Rospigliosi, Andrés Solari Vicente, Alfredo Stecher, Javier Torres, León Trahtemberg, Sandro Venturo, Celeste Viale y Fernando Villarán.
Somos un grupo plural de profesionales interesados en los acontecimientos de nuestro pais y el mundo, que queremos contar con un blog compartido para dar a conocer y discutir nuestras opiniones.
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