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viernes, 3 de junio de 2011

MALA CONOCIDA O ¿MALO POR CONOCER?/ Luis Pásara

Hay quien se pregunta por qué hemos llegado a la desgraciada opción que los peruanos encaramos el domingo. La respuesta es simple: estos dos candidatos son el resultado de la oferta política disponible en el país.


En esa oferta resalta la mediocridad pero también las ambiciones y mezquindades que mantuvieron en carrera inútilmente a otros candidatos, que en rigor no eran mucho mejores que los dos que nos quedan. Eso es lo que este país puede generar en estos tiempos. No más.

Lo mismo ocurre con los casos de corrupción y los procesos investigativos o judiciales que están en curso contra candidatos electos al congreso. Éstos son pruebas vivientes del proceso de descomposición que atraviesa el país desde hace décadas y que la dictadura fujimorista explotó y potenció. La salita del SIN fue un espejo magnificado de la sociedad.

Estamos, pues, ante un dilema que no sale de la nada sino que viene de nuestra historia, la que nosotros mismos hemos hecho, como protagonistas, cómplices o mediante silencios acomodaticios.VER MÁS

domingo, 29 de mayo de 2011

EL DURO CAMINO A LA SEGUNDA VUELTA/ Luis Pásara

En una encuesta de IPSOS-Apoyo,  la mitad de los encuestados declaraba el año pasado poco o ningún interés en las elecciones ahora en curso. Sin embargo, el país está actualmente enfrentado en torno al dilema Ollanta/Keiko. Luego de la contraposición entre aprismo y antiaprismo, en los últimos cincuenta años no ha habido algo similar.
En este proceso se ha puesto de manifiesto no lo mejor pero sí lo peor de los peruanos. Si se mira medios de comunicación y mensajes vía Internet, prevalece el “todo vale”. Mentiras e insultos plagan los contenidos. Se llega al extremo de atacar ruinmente al único premio Nobel que el Perú ha tenido, y que probablemente tenga durante mucho tiempo.
En la ola de odio que atraviesa el país sobresale un racismo que algunos creímos que era un vergonzoso componente del pasado. Es un racismo selectivo, claro, que se ejerce contra “el cholo” y no contra “la japonesa” porque, en definitiva, lo que importa no es la etnia si no los intereses de quienes se sienten amenazados.
Porque, sobre todo en el camino a la segunda vuelta, ésta es una campaña del miedo. Alentándolo con descaro, los medios están jugando un papel indecente, en su desesperado intento de manipular la opinión. Como en los tiempos del antiaprismo, el ahora poderoso grupo El Comercio sobresale.


¿Cómo se ha llegado a esto? LEER MAS

domingo, 15 de mayo de 2011

LA SINRAZÓN DE ROSPIGLIOSI/ Luis Pásara

En una segunda vuelta la mayor parte del electorado vota en contra del candidato que estima peor. En la decisión acerca de por quién votar concurren en el elector razones y argumentos, pero también prejuicios, miedos, odios e incluso fobias; esto es, factores irracionales que, como en la vida, resultan inevitables.


En el caso peruano, de prejuicios, odios y fobias tenemos hoy abundancia, tanto en los medios de comunicación como en las redes de internet. En éstas sobresale el racismo de una manera que provoca vergüenza nacional también en quienes vivimos fuera.

De los analistas uno espera algo distinto. VER MÁS

sábado, 22 de enero de 2011

PARTIÓ UN MAESTRO / Luis Pásara

En una época caracterizada por la generalizada ausencia de figuras dignas de respeto, Luis Jaime Cisneros fue algo así como un refugio grato para nuestra confianza en los mayores. A millares de quienes fuimos alumnos suyos nos marcó, como me recuerda una amiga, desde la primera clase. Porque LJC fue mucho más que un excelente profesor de lengua que supo enseñarnos el respeto y el cariño por el uso debido del idioma como instrumento de comunicación.

Para muchos, él personificó nuestro encuentro de la universidad. Hallamos en LJC a un maestro siempre digno, que tenía una palabra oportuna para cada circunstancia. Que era capaz de enseñar en muchos y diversos momentos. Por eso, su presencia perdurará más allá del campus de la Universidad Católica, en donde, sin duda –tal como nos prometió en su último discurso público, al serle conferida la condición de profesor emérito el año pasado– seguirá vigilando discretamente lo que allí ocurra.

Personalmente, debo agregar que alguna de sus observaciones marcó mi vida profundamente. Por eso es que la partida de Luis Jaime incrementa la lista de “mis muertos”, aquéllos pocos que quisiera reencontrar algún día para reiniciar la importante conversación interrumpida.

martes, 14 de diciembre de 2010

PAÍS DE OPORTUNIDADES PERDIDAS/Luis Pásara

La historia del Perú está llena de posibilidades importantes que se abrieron y luego se cerraron sin dejar mayor provecho. Trátese del descubrimiento de recursos naturales –el guano, el caucho, el petróleo, los minerales o la anchoveta– o de oportunidades de refundar el ordenamiento básico del país –como con Belaunde en 1963, Velasco en 1968, Vargas Llosa en 1990 o Paniagua en 2001–, lo que los peruanos han demostrado que saben hacer mejor es desaprovechar las oportunidades que surgen y tienen ante sí.


Hay países que tienen mucho menos oportunidades en su historia. Algunos, como Guatemala con los acuerdos de paz, tampoco las aprovechan. Otros, como Noruega con el recurso petrolero, parecen saber aprovecharlas. En el Perú, en cambio, las oportunidades han sido relativamente numerosas y han sido sistemáticamente desaprovechadas.

El despilfarro de Fuerza Social es la más reciente de esas historias de pérdida que el país sabe repetir. Habiéndose abierto a este embrión de izquierda una ocasión inmejorable en la campaña municipal de Lima en 2010, el liderazgo de Susana Villarán supo capitalizar en una apuesta esperanzada el sentimiento anti-partidos que prevalece en el país. El electorado limeño creyó ver en ella a alguien distinto, en quien se podía confiar y, pese a la feroz campaña de mentiras y calumnias, derrotó a la candidata de los partidos tradicionales, respaldada en el apoyo del gobierno y los medios de comunicación.

No obstante, en el liderazgo de FS se entreveraban dos visiones del futuro político. Una parecía dibujar los rasgos de una nueva izquierda, democrática y, para ello, libre de categorías y fijaciones del pasado. La otra, por el contrario, propugnaba “reconstruir Izquierda Unida” invocando como tótem a Alfonso Barrantes, como si esa no hubiese sido una historia de fracaso y frustraciones –otra oportunidad perdida–, cuyo mal raigal se halló precisamente en los rasgos esenciales de la vieja izquierda.

La circunstancia de la competencia electoral de 2011 ha forzado una definición pronta y ha ganado la visión conocida en las últimas décadas, plasmada esta vez en una alianza con grupos y sectores que no aportan nada para la creación de una fuerza política de veras nueva y distinta. Detrás de esa decisión probablemente hay un cálculo político, ciertamente equivocado, que llevará a FS, perdido el rumbo, a afianzarse como otro de los grupúsculos de los que está lleno la penosa historia de la izquierda en el Perú.

El empequeñecimiento de FS que resultará de las elecciones presidenciales de 2011 le restará fuerza y perfil para desarrollar exitosamente la grave tarea de gobernar Lima, que tiene en sus manos. Sus dirigentes han regalado a su feroz oposición de derecha un flanco más para ser atacados y denostados. Que no se quejen de lo que les venga por ese lado: esta vez se lo han ganado.

Quien ha perdido, una vez más, es el país. Que hoy en día sigue sin contar con partidos políticos dignos de ser llamados tales. Ni en esa derecha reaccionaria y agresivamente intolerante, atrincherada en los medios de comunicación desde donde siembra confusión y miedo; ni en esa izquierda tradicional, donde las ambiciones personales y grupales, teñidas de autoritarismos tributarios de Lenin, prevalecen sobre cualquier visión de largo plazo. Pese a sus discursos, en las dirigencias políticas muy pocos son los que piensan en el interés general y miran al largo plazo.

El panorama de las mejores oportunidades perdidas deja en 2011 al electorado frente a la misma opción –resignada, modesta y carente de ilusión– de los últimos veinte años: cómo elegir al mal menor sin equivocarse.

jueves, 8 de julio de 2010

ANTES DE LA FINAL/ Luis Pásara

Como me observó críticamente un amigo, al entrar a los Octavos de final habría de empezar otro campeonato. Así ha sido, para beneficio de los millones que tenemos puestos los ojos en el Mundial y que, en más de un partido, hemos logrado ver buen fútbol. Pese a todo. Es decir, vuvuzuelas, la pelota adoptada por la FIFA, ciertos vicios ya instalados entre los jugadores y los desaciertos descomunales de los árbitros.

Lo más absurdo del ruido de moscardones que acompaña cada partido, es que según se ha podido saber tarde, proviene no tanto de los espectadores sino de los sistemas de audio de los estadios. ¿Alguien puede explicar esto y, sobre todo, que con las quejas presentadas, la FIFA no haya hecho nada para poner fin a la tortura aplicada a jugadores y espectadores?

Otro desacierto de la FIFA ha sido la adopción de una pelota cuyo peso ligero ha seguido siendo un problema para todos, en los tiros libres que iban en dirección imprevista o a la hora de atajar disparos que rebotaban caprichosamente.

Los jugadores no han dejado de poner la suyo. Los reclamos al árbitro se han generalizado: a cada falta que se sanciona, siguen gritos, protestas o gestos despectivos. No parece que se tratara de profesionales sino de jugadores de barrio. La teatralización que corresponde, ya casi naturalmente, a cada falta recibida, real o imaginaria, también se ha hecho habitual. Aunque la tv permite, mediante las repeticiones, apreciar la magnitud del daño causado, los gestos de dolor que siguen a cada roce corresponden a una lesión que merecería hospitalización.

Además, los forcejeos en el área. Se ha hecho normal que, antes de un tiro de libre o un tiro de esquina, entre los jugadores contrarios ocurra de todo en el área penal. Los árbitros, en el mejor de los casos, detienen la ejecución del tiro y advierten a los contrincantes, quienes no toman en serio la notificación e inmediatamente después vuelven a los agarrones, empujones, pisotones y, por supuesto, insultos que sobrepasan las barreras lingüísticas. En este Mundial se han superado todos los límites. Algo hay que hacer al respecto.

Ese algo tiene mucho que ver con los árbitros, que además pusieron lo suyo. Tanto el gol no reconocido a Inglaterra frente a Alemania como el reconocido a Tévez en posición adelantada, en el Argentina-México, dejaron en todo aficionado un sabor amarguísimo en el primer día de los Octavos. Porque este asunto se repite en los Mundiales una y otra vez. La diferencia consiste en que, desde hace algunos años, existe la tecnología para evitar los errores arbitrales de envergadura. Y la FIFA se empeña en no usarla.

Se especuló con la posibilidad de usar un “chip” en el balón, que advirtiera de su ingreso a la valla. Se probó en algún campeonato europeo la figura del árbitro de área, para contar con otro ángulo en los casos de posiciones adelantadas y penales. Se ha discutido la introducción del recurso que, desde hace años, utiliza el football estadounidense: chequear los videos. La FIFA ha rechazado cualquier cambio de una manera incomprensible.

¿Incomprensible? Algunos creen que hay que mantener en el fútbol el azar que visita el partido con un error de arbitraje. Para aceptar el argumento habría que suponer que decisiones como las que hemos visto en este Mundial corresponden necesariamente a un error. Suficientes denuncias públicas conocemos, respecto a los “arreglos” que hay en éste y otros deportes, como para atribuir candorosamente todo desatino al error. Puede haber mafias detrás. Y la FIFA sería cómplice de ellas.

Antes de la gran final, ya puede concluirse en que la FIFA perdió este Mundial. El asunto se le ha ido de las manos. Como en la economía mundial, la sensación es que no hay nadie a cargo. Menos mal que logramos, a pesar de todo, vimos algo de buen fútbol.

Un fútbol que, como en todo campeonato, tiene algo de justicia y cierta imprevisibilidad. Las tempranas eliminaciones de Italia y Francia correspondieron al renglón justiciero del balance.

En rigor, Francia ni siquiera tenía derecho a ir a Sudáfrica. Pero la eliminación de Brasil fue, hasta cierto punto, imprevisible. Y la de Ghana fue lamentable y casi absurda.

Llegaron a semifinales cuatro buenos equipos y, aunque parecía que la disputa quedaría limitada a dos grandes históricos –Alemania y Holanda– los hechos han puesto a España, por primera vez, en el compromiso de jugar una final del campeonato mundial. Con un equipo que ha ido de menos a más en Sudáfrica, pero todavía no logra el nivel con el que ganó la Copa de Europa hace dos años, imponiéndose a Alemania en la final. En particular, el equipo español exhibe una desproporción entre el dominio del campo que ejerce y la producción de goles que logra.

Holanda es un equipo riguroso y potente, con un estilo que –a diferencia del español, tomado del Barcelona Fútbol Club– parece centrarse en la eficacia. El domingo 11 habrá, pues, no sólo un choque de países sino una competencia de estilos futbolísticos. A disfrutar.

sábado, 26 de junio de 2010

AL ENTRAR A OCTAVOS DE FINAL/ Luis Pásara

Primero, no estoy viendo la calidad de fútbol que esperaba. Esta constatación es aparentemente contradictoria con el hecho de que la globalización ha conducido a que todos los equipos manejen las mismas técnicas, que los estilos nacionales tiendan a disolverse, y que no haya equipos chicos: algunos "grandes" –Francia e Italia– han sido eliminados y varios "chicos" –como Corea del Sur, Japón o Ghana– están en Octavos.  

Segundo, los favoritos se han derretido. Aparte de los eliminados, el caso más claro es el de mi favorito, España, que ha pesado a Octavos con pena y sin gloria. No convenció ni derrotada ante Suiza, ni ganadora en los otros dos partidos. No se entiende cómo el equipo que venía jugando mejor está dando este espectáculo.

Tercero, pobres en goles –pese a los extraños de la pelota que la FIFA introdujo precisamente para que hubiera más goles–, muchos partidos tienden al aburrimiento y transcurren a la espera de que alguna circunstancia especial –como en el primer gol de España a Chile– o algún error de portero conduzcan a un desenlace impredecible. No se ven sino algunos momentos de buen fútbol. Entre ellos, me quedo con el primer tiempo de México-Uruguay.

En medio del creciente hartazgo generado por ese permanente zumbido de abejorros, que obliga a bajar el volumen del tv, hasta aquí el Mundial no llena mis expectativas.

domingo, 11 de abril de 2010

“USTED DIJO PERPETUA” / Luis Pásara

Pese a su carácter aparentemente consagratorio, como sabemos, el Óscar no siempre acompaña a buenas películas. De allí que el premio otorgado este año, como mejor película en lengua no inglesa, a “El secreto de sus ojos” a muchos nos satisfaga y alegre. Para quienes tenemos interés en el tema de la justicia, la ocasión es singularmente significativa por tratarse de una película que es una lección sobre la administración de justicia en América Latina.

Por lo menos tres cuestiones resaltan en la película argentina. La primera está destinada principalmente a no iniciados y consiste en la descripción precisa de la rutina de los tribunales. Esa rutina a la que están confiados la vida, la libertad y los bienes de las personas aparece cuidadosamente ilustrada, tanto cuando se recurre a detalles divertidos –como los modos ingeniosamente desaprensivos de responder el teléfono en el juzgado–, como cuando se plantea un asunto tan serio como la práctica de encontrar un par de culpables sin preocupación alguna porque lo sean de veras.

El segundo asunto es, obviamente, la relación con el poder. Puesto el caso de la historia en la circunstancia de los años setenta en la Argentina, es portador de algún riesgo de despistarnos. Porque, según entiendo, el tema planteado no se limita a la suerte que la justicia corre en épocas de dictaduras y gobiernos militares. Va más allá: el poder permea la justicia y la tuerce hasta donde requiera hacerlo. Como, por desgracia, hemos aprendido a través de la experiencia, también democracias y gobiernos civiles intentan manejar –¡y manejan!– a la justicia según las necesidades del poder. De modo que, no nos confundamos, es la siempre presente relación con el poder lo que está en cuestión y eso es, precisamente, lo que da a la novela de origen de Eduardo Sacheri y a la película premiada de Juan José Campanella su horizonte universal, a partir de una historia localizada en un país y tiempo determinados.

El tercer tema es acaso el más inquietante, debido a su actualidad. Si un espectador escoge refugio en el encuadramiento de la historia en la Argentina de las juntas militares, la justicia por mano propia lo confronta con una alternativa del presente. Alternativa que se ha extendido en las últimas dos décadas –acaso alentada por los medios de comunicación–, indudablemente nutrida por la manifiesta y creciente insatisfacción social con la justicia. Sin embargo, la delicadeza de la historia hecha ficción nos aparta de la brutal violencia del linchamiento. Por el contrario, el ciudadano asume el papel de policía, juez y carcelero, sujetándose a la lógica de una ley que no se cumple. “Ud. dijo ‘perpetua’”, recuerdo de la previsión con base en la norma –que ineficiencias e interferencias impidieron realizar– es una suerte de invocación a la legitimidad jurídica.

Muchas preguntas pueden hacerse a partir de esta magnífica película. Guiado por los cada vez mayores escándalos por los que atraviesa hoy la justicia peruana y el desenfadado desnudamiento del poder que aparece detrás de la justicia española que quiere acabar con Baltasar Garzón, me quedo con la interrogante más turbadora: ¿es posible reformar a esta justicia?

martes, 29 de diciembre de 2009

VISITA A JUECES / Luis Pásara


En 1976 tuve ocasión de participar en una experiencia formativa de jueces peruanos que me proporcionó mi primera aproximación a lo que es un juez. Aunque he encontrado a jueces y fiscales nuevamente en muchas ocasiones, la invitación para exponer en el III Congreso Nacional de Magistrados (Piura, 18 a 20 de noviembre de 2009), cursada por la Corte Suprema, me entusiasmó sobre todo por la posibilidad de escuchar a los jueces peruanos después de tantos años.

Mi breve paso por el congreso me dio tiempo apenas para ofrecer una conferencia (ver en recuadro la síntesis de mi presentación), escuchar y responder las preguntas, asistir luego a dos grupos de trabajo, mantener muchas conversaciones de pasillo y de mesa, y asistir a la ceremonia de clausura. De todo esto sólo salen impresiones, que corren el riesgo de ser superficiales o apresuradas, pero algunas de ellas parecen revestir cierta importancia.

Quizá la impresión de mayor relieve corresponde a la constatación de que el proceso de diversificación del personaje juez se ha profundizado. Era un proceso que apenas asomaba hace 30 años y que sufrió una violenta contención cuando, en la década de los años ochenta, la reinstauración de un gobierno elegido dio paso a una purga de jueces que echó mano a criterios manifiestamente ideológicos, según los cuales pensar distinto no resultaba tolerable en el aparato judicial.

Los jueces de hoy parecen ser más claramente diversos. Esto es, no hay un perfil de juez peruano que podría ser fácilmente retratado mediante unos cuantos rasgos. Mientras unos se hallan claramente preocupados por cuestiones que nos preocupan también a quienes, desde fuera del aparato judicial, abordamos el tema, otros mantienen raíces muy añejas en la visión de su función y sus tareas.

Tómese, por ejemplo, el tema de la opinión social acerca de la justicia. “Que digan lo que quieran”, bramó un supremo en el plenario. Otro miembro de la Corte acudió a respaldarlo con el viejo argumento de “con toda sentencia hay un perjudicado que resulta insatisfecho con la justicia”, lo que ciertamente no explica por qué en el Perú el nivel de aprobación de la justicia es cinco o seis veces inferior al de los países escandinavos, donde también en cada juicio alguien resulta perjudicado.

Parece claro que sigue habiendo jueces que prefieren pensar que existe una vasta conspiración contra ellos y, seguramente, así se van a dormir tranquilos. Aunque, como dice el famoso cuento breve de Monterroso, al despertar el elefante siga ahí. Ver más...

lunes, 6 de abril de 2009

IMÁGENES ANTES DE LA SENTENCIA / Luis Pásara


La teoría dice que juzgar a un personaje como Alberto Fujimori tiene una función pedagógica. El ciudadano de a pie debería aprender mediante el proceso que, también en el caso del pez grande, la responsabilidad se establece y la condena se dicta a través de un proceso justo. No es exactamente esto lo que sugiere la encuesta aplicada por la PUCP en Lima a fines de marzo, días antes de que el reo procediera a su defensa.

Importa detenerse en tres de las respuestas obtenidas. Dos de ellas se refieren a la imparcialidad del tribunal y al respeto al derecho del procesado a una buena defensa. Respecto al tribunal, dos tercios de los encuestados a fines de marzo (67%) lo consideran imparcial, pero llama la atención la notoria baja respecto del mes anterior (76%). En relación con la defensa, la última encuesta rebaja a 75% el porcentaje de quienes creen que se ha respetado el derecho de Fujimori, cuando el mes anterior esa pregunta obtuvo 81% de respuestas afirmativas. Antes de la sentencia, uno de cada cinco encuestados piensa que no se ha respetado el derecho a la defensa.

Pero la respuesta de mayor interés se refiere a los términos de la probable condena. La encuesta encuentra que sólo 18% de los entrevistados prevé ahora que el tribunal lo declarará “culpable de todos los cargos”, mientras que 72% anticipa que será declarado “culpable sólo de algunos cargos”. Estas proporciones casi se han invertido a lo largo del último año y medio.

En octubre de 2007 –cuando la Corte Suprema de Chile aprobó la extradición y un par de meses antes del inicio del juicio en el tribunal peruano– 34% de encuestados imaginaban que sería condenado como “culpable de todos los cargos”, mientras 49% creían que la condena correspondería al ser declarado “culpable sólo de algunos cargos” (El porcentaje que apostó a “Inocente de todos los cargos” se ha mantenido constante en 6%).

El transcurso del juicio ha llevado, pues, a disminuir, casi a la mitad, la proporción de limeños que anticipaban una condena de Fujimori por todo aquello de lo que se le ha acusado en este proceso. Esta respuesta –que corresponde a la percepción ciudadana del proceso judicial– podría ser leída como anuncio de un cambio en la convicción respecto a la culpabilidad del ex presidente. No es así. Ahora, 64% de quienes responden consideran que Alberto Fujimori “es culpable de los delitos de violación a los derechos humanos de los que se le acusa”; en octubre de 2007 ese porcentaje llegaba a 67%. De modo que casi no ha variado el porcentaje de quienes consideran humanamente responsable al reo; lo que ha cambiado es la expectativa de una condena por todo lo que hizo.

El juicio, pues, no ha servido para robustecer jurídicamente el convencimiento existente. Y la percepción del tribunal como imparcial ha decrecido.

No sólo los defensores de derechos humanos sino quienes trabajamos con el derecho como objeto de estudio deberíamos preguntarnos por qué.

martes, 18 de noviembre de 2008

“HEMOS VUELTO A LA NORMALIDAD” / Luis Pásara

Sesenta años después, la frase atribuida a Martín Adán, al enterarse del golpe de estado encabezado por el general Manuel Odría, vuelve a cobrar sentido. El descabezamiento de la experiencia de Perú. 21, liderada por Augusto Álvarez Rodrich, nos regresa a la normalidad del periodismo peruano.
Perú.21 representaba en el país la avanzada de una definición moderna de la empresa periodística, bastante distinta a la tradicional. El primer rasgo de esa definición consiste en concebir la empresa periodística como negocio autónomo; esto es, dejar de ser medio auxiliar o instrumento de apoyo de intereses políticos o económicos posicionados principalmente en otras esferas de actividades –agropecuarias, industriales, financieras o comerciales–, como es típico de la definición tradicional del negocio periodístico, que lo subordina a otros fines.
La razón de éxito de una empresa periodística como fue la conducida por Álvarez Rodrich está cifrada en su capacidad de competir eficientemente en la tarea de obtener, procesar y transmitir información objetiva y opinión plural, y no en la de respaldar eficazmente determinados intereses económicos o políticos. Ese cometido requiere, conforme se ha probado en este caso, que la empresa periodística deje de ser una tarea familiar y, conforme exige la organización de una empresa moderna, a los efectos de reclutar personal y directivos se guíe por criterios basados en el mérito y las capacidades profesionales en periodismo.
Esa opción de autonomía como negocio y de modernización como organización empresarial –que en varios países latinoamericanos ha ido produciendo el surgimiento de nuevos medios, la renovación completa de otros y el decaimiento o la desaparición de algunos tradicionales– no hubiera sido posible de no existir un contexto internacional que lo ha propiciado y, en ocasiones, forzado. En todo el mundo, la comunicación se ha desarrollado de un modo espectacular en las últimas décadas y las empresas eficazmente dedicadas a este negocio han cobrado un peso que hace unas décadas hubiera sido inimaginable. La transformación tecnológica ha hecho posible la aparición, desde el mundo de la comunicación, de protagonistas de primera importancia: los medios de comunicación son parte de la noticia misma, en el sentido de que, en apreciable medida, los hechos sociales son tales o importan en la medida en que alcanzan lugar en los medios. Esa evolución de la comunicación en el mundo ha inducido un proceso de cambio acelerado en los medios de comunicación latinoamericanos, que han debido transformarse para desarrollar el nuevo papel. En un contexto de crisis en otras instituciones, algunos de estos medios han asumido cierto protagonismo a través del desempeño de sus nuevas tareas y han logrado un respaldo ciudadano notablemente mayor al de otras actividades. Ése fue el caso de Perú.21.
Y lo fue, pese a que la trayectoria del Perú, en las últimas décadas, ha conocido aires más bien malsanos. El periodo de los medios de comunicación “parametrados”, en la década de los años setenta, y la siniestra innovación de la compra –o, más bien, el alquiler– de diarios, televisión y radio en los años noventa han dejado una huella profunda en la tradición de hacer periodismo. La corrupción periodística existió siempre, bajo forma de lunares y la denominación de “mermelada”, en la jerga del gremio. Pero el sometimiento sistemático y permanente a los dictados del poder, mediante la publicidad, el chantaje o la coima directa, ha envilecido a los medios peruanos de una forma que carece de precedentes. Este encanallamiento no es sólo parte de nuestras vergüenzas históricas; dista de haber concluido. Lo demuestra tanto la línea editorial e informativa de algunos medios como lo recién ocurrido con Perú.21.
Ciertamente, la decapitación de este diario no es el primer caso en el que una experiencia periodística resulta bruscamente interrumpida por decisión de quienes tienen el poder de hacerlo. Muchos hemos pasado por trances similares. Lo distinto de Perú.21 con Augusto Álvarez Rodrich fue la solidez que alcanzó el producto, su afianzamiento en tiraje y publicidad, y el impacto que logró en términos de opinión pública. Para tales logros, en los cimientos del diario, prevaleció una notable pluralidad de opinión que, sin embargo, no fue contaminada por quienes defienden desfachatadamente la inmoralidad en los asuntos públicos. En eso, el director fue inflexible.
La cancelación de la experiencia exitosa de Perú.21 corresponde a esa intolerancia de los que mandan, que se ha mostrado una y otra vez en la historia nacional para cercenar lo nuevo y lo distinto. Intolerancia con quien piensa de otra forma, con quien disiente de la verdad oficialmente proclamada, con aquél que se atreve a pensar que las cosas pueden ser encaminadas de una manera diferente a como son manejadas por los “de arriba”. Es cínico decir, a falta de otra excusa, que la decapitación de Perú.21 se ha hecho en búsqueda de pluralidad. La verdad es exactamente la contraria.
Precisamente, porque era exitoso, los que mandan decidieron que era hora de concluir con este esfuerzo. Si bien el final de esta experiencia es de lamentar, que un Perú.21, libre al informar y plural al opinar, haya subsistido algo más de seis años es de celebrar. Significa que, como empresa, en el Perú de hoy y pese a todo, un esfuerzo así es viable, sobre todo porque tiene audiencia. Y que sólo ha podido ser segado, como otros esfuerzos innovadores, por una decisión de los dueños, partícipes ahora de maniobras del poder que, por cierto, nada bueno traerán al país.