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martes, 3 de noviembre de 2009

(CAJÓN DE/SASTRE) / ESTE CUERPO ES MÍO… / Liuba Kogan


Recientemente, el Tribunal Constitucional invalidó la distribución gratuita de la anticoncepción oral de emergencia (píldora del día siguiente). A raíz de ello, hemos escuchado variados argumentos a favor y en contra, anclados en dos sistemas de pensamiento, ciertamente irreconciliables e irrefutables en sí mismos: los credos religiosos y las investigaciones médicas. Las creencias religiosas difícilmente se cambian y las explicaciones científicas terminan exigiendo un acto de fe, pues vaya uno – si no es médico- a entender argumentos por demás complejos. Por eso, la sensación que me quedó fue la de un diálogo de sordos entre sordos. Y cada uno (y cada una) con su propia posición sobre un tema que ciertamente agarra carne.

Curiosamente, la pregunta primordial es la que menos se han hecho quienes han discutido sobre este tema: “¿quién decide sobre mi cuerpo?”; es decir, ¿cuánto negocian los sujetos contemporáneos los límites de su libertad individual?

Lo más disparatado que he escuchado es que…”el cuerpo de la mujer no le pertenece” (Cipriani dixit). ¿Por qué el estado me pregunta si quiero donar mis órganos si sufro muerte cerebral en mi documento de identidad, pero a la vez me niega la posibilidad de decidir sobre mi propio cuerpo con relación a la anticoncepción?

¡Vivan los Estados Laicos! El cuerpo es más que un sistema orgánico, o un instrumento o recipiente ocupado por el alma y disociado de ella. El cuerpo es un vehículo de expresión y de recepción de ideas, sentimientos y afectos; es nuestra base de operaciones en el mundo. Por eso, ¡este cuerpo es mío!… sino, que me regresen a la Edad Media….

domingo, 18 de octubre de 2009

EL MANIFIESTO DE LAS 343 / A propósito de la polémica en torno al aborto / Jorge Bruce


Este artículo fue publicado hace algunos años en la revista Somos de El Comercio, cuando escribía una columna regular en dicho semanario. Lamentablemente, no ha perdido un ápice de su actualidad. Peor aún, en ciertos aspectos hemos retrocedido, como en lo que respecta al acceso a métodos anticonceptivos y de planificación familiar. Ni que decir respecto de la despenalización del aborto, que ni para casos de violaciones o graves malformaciones del feto se quiere aprobar, como se vio esta semana. Por eso me animo a publicarlo de nuevo, tal cual, como complemento al artículo que publiqué este domingo 18 de octubre en el diario La República http://www.larepublica.pe/el-factor-humano/18/10/2009/la-hipocresia-mata . A ver si continúa un debate indispensable que atañe a la salud pública y la libertad individual.

El 5 de abril de 1971, la revista francesa Le Nouvel Observateur publicó un manifiesto firmado por 343 mujeres, en defensa de sus derechos y “por la libertad de disponer de su cuerpo”. El texto decía lo siguiente:

“Un millón de mujeres se hacen abortar cada año en Francia. Lo hacen en condiciones peligrosas debido a la clandestinidad a que están condenadas, cuando en realidad esta operación, efectuada bajo control médico, es de las más sencillas. Se calla sobre esas millones de mujeres. Declaro ser una de ellas. Declaro haber abortado. Al igual que reclamamos el libre acceso a los medios anticonceptivos, reclamamos el aborto libre.”

Entre las 343 mujeres que declaraban haber abortado (acto penado por la ley de entonces) se encontraban algunas desconocidas del gran público, pero otras eran muy célebres, tales como las actrices Catherine Deneuve o Jeanne Moreau, directoras de teatro como Arianne Mnouchkine, escritoras de la talla de Francoise Sagan o Simone de Beauvoir, cuyo libro El Segundo Sexo había sido publicado veinte años antes. El manifiesto tuvo un impacto inmediato y contundente. Resultó decisivo, a la postre, para que se dicte, en 1975, la llamada ley Veil, sobre la interrupción voluntaria del embarazo. Además, la ley francesa sirvió para que el resto de países de la Comunidad Europea fueran progresivamente dando dispositivos legales similares, con excepción de la conservadora Irlanda. Ese manifiesto se inscribía en una gran tradición intelectual francesa que se remonta al asunto Dreyfus. Lo nuevo en ese texto era que se trataba exclusivamente de mujeres, que se manifestaban acerca de un asunto que concernía en primer lugar y sobre todo a las mujeres. A veces se le conoce, con característica ambivalencia, como el manifiesto de las 343 perras (salopes), pero vaya que esas perras fueron valientes y su coraje cambió el curso de la historia.

Conviene recordarlas ahora que en el Perú asistimos a una arremetida del orden moral más hipócrita y conservador, en el que participan ministros, congresistas y autoridades de la iglesia. Si tan solo fuera cuestión de hipocresía y moralismo autoritario, no pasaría de ser un asunto desagradable y en última instancia risible. El problema es que cuando esas actitudes de intolerancia se convierten en leyes, matan. Matan principalmente a mujeres pobres, muchas de ellas adolescentes, que recurren a los execrables abortos clandestinos porque el Estado les ha cerrado las puertas. La inmensa mayoría de las sociedades civilizadas siguen una progresión que va de la ausencia de anticoncepción al aborto clandestino, luego a la anticoncepción y al aborto despenalizado y medicalizado. La lógica consecuencia de ese cambio es que el número de abortos disminuye considerablemente y, por supuesto, también disminuye la mortandad materno-infantil, una de las principales causas de muerte en buena parte de nuestro subdesarrollado continente (América Latina es la región del mundo con más embarazos no deseados en adolescentes, según la OMS).

Diera la impresión que esos señores quisieran castigar a las mujeres por haberse atrevido –imaginan ellos- a gozar de su cuerpo sin fines reproductivos. Parece que quisieran confinarlas a las tres K de los nazis: Kirche, Kinder, Küche (iglesia, niños, cocina). Se diría que la libre expresión del deseo femenino los amenaza y desenmascara. Lo cierto es que cuando atentan contra la libertad de las mujeres, atentan contra las de todos. Por eso este combate es en primer lugar de ellas, pero lo es también de nosotros, los que queremos una sociedad en donde nadie pueda imponerle su moral a los demás bajo ningún pretexto y en donde la Iglesia y el Estado estén claramente separados. Y de mi cuerpo me ocupo yo.

El argumento del aborto como un crimen es insostenible, por lo menos en cuanto certeza. Lo que sabemos con seguridad es a partir de qué momento un feto es viable para sobrevivir fuera del vientre de la madre. Lo demás, el instante del nacimiento de la vida, son especulaciones teológicas o incluso biológicas, pero sobre las cuales no hay acuerdo alguno. Ubi dubidum, ibi libertas: donde hay duda hay libertad, reza un hermoso principio jurídico.

Conozco, por mi trabajo, las consecuencias psíquicas del aborto en las mujeres. Pueden ser traumáticas, incluso devastadoras. Nadie puede sentir entusiasmo por una operación como ésa. Pero nadie puede decidir lo que es mejor para otra persona, para su cuerpo, para su vida, sobre todo cuando en la práctica eso condena a miles de mujeres a consecuencias mucho más terribles todavía, que van desde la esterilidad hasta la misma muerte. La única salida son políticas públicas integrales y multisectoriales de anticoncepción. Y la despenalización del aborto para que se haga bajo control médico. ¿No habrán 343 mujeres valientes en el Perú dispuestas a comprarse el pleito?

martes, 6 de octubre de 2009

(CAJÓN DE/SASTRE) / SEMENYA: LA DIFERENCIA (SEXUAL) Y DEPORTE / Liuba Kogan


Caster Semenya, la ganadora sudafricana de la competencia de 800m planos en Berlín ha puesto en agenda sin querer queriendo un asunto tremendamente silenciado: el de la diferencia (sexual) y el deporte.

Sucede que el sistema deportivo parece condensar en sus procedimientos clasificatorios, una visión binaria y lineal –bastante conservadora- de la realidad. Y su eficacia es enorme. El sistema deportivo naturaliza las diferencias a tal punto que nos parece evidente que los hombres no compitan contra mujeres y que sólo puedan competir entre sí hombres o mujeres que responden a la norma corporal binaria. Claro que hay todo un tema biológico con el asunto de las hormonas, el porcentaje de grasa corporal y demás etcéteras que de algún modo –pero no exclusivamente- están relacionados con la performance física. Es cierto, es un tema debatible, pero ciertamente, naturalizado. Ya lo decía Bourdieu, los genitales no brindan soporte a la clasificación binaria del mundo, sino todo lo contrario: la cultura binaria naturaliza la diferencia tomando como dato las diferencias –aparentemente binarias- de los genitales externos. Por eso, la cultura moderna se olvidó de la realidad: existen personas intersexuales, quienes hoy incluso, luchan por el derecho a portar la ambigüedad sexual con el fin de evitar un sinnúmero de operaciones quirúrgicas que terminan instalando franjas de insensibilidad corporal y problemas funcionales en los órganos urinarios.

En este contexto es interesante observar que Sudáfrica no solo ha luchado por mantener la presea de oro, sino que además ha brindado soporte y afecto público a su medallista. De algún modo -más allá del orgullo nacional que implica ganar una carrera de esa envergadura-, es de anotar que la opinión pública sudafricana no permitió que se convierta a Caster Semenya en un monstruo. Más allá de si los entrenadores o funcionarios sudafricanos sabían que la atleta tenía niveles de testosterona significativamente altos o que era intersexual, se abren preguntas medulares que tienen que ver con la privacidad de esa información y con el derecho a la diferencia, que los sistemas sociales a duras penas reconocen.

Uno de cada dos mil habitantes del mundo es intersexual. Esto es, presenta alguna combinación no usual entre su sexo genético y sus genitales internos o externos. Antes que un “error de la naturaleza” hoy muchos activistas prefieren llamarla “una forma distinta” de organización del sistema biológico. Para ellos, el sistema binario hombre- mujer, excluye y convierte en monstruosidad una condición que podríamos tildar de normal, si la miramos desde una lógica difusa (de la complejidad).

Este debate planteado por Semenya evidencia que el sistema deportivo representa un entramado complejo de clasificaciones que termina excluyendo la complejidad. ¿Es injusto que compita una mujer como Semenya con otras mujeres que encarnan la norma heterosexual? ¿Debe correr contra varones? Finalmente, arrojo una pregunta como quien lanza una jabalina: ¿debe mantenerse la separación entre hombres y mujeres en el deporte y excluir a quienes no encajan en el sistema?

martes, 28 de abril de 2009

RELACIONES “SOTÁNICAS” / Jorge Bruce


Tanto Carlos Basombrío como Liuba Kogan se han manifestado en las pantallas de Espacio Compartido en torno al caso del Presidente del Paraguay. A mi vez, escribí un primer artículo sobre este asunto en el diario La República. Tras haber leído ambos textos, me motiva retomar el debate, esperando que otros se animen a participar en el mismo. 

Comenzaré citando a Anthony Giddens[1]: “La democratización de la vida personal es un proceso menos visible, en parte precisamente porque no ocurre en la arena pública, pero sus implicancias no son menos profundas. Es un proceso en el cual las mujeres han desempeñado hasta ahora los roles protagónicos, aún cuando al final los beneficios logrados, tal como en el espacio público, están abiertos a todos” (la traducción es mía). Basombrío ha recordado que la flamante ministra de la Mujer del gobierno de Lugo, Gloria Rubin, impidió que Daniel Ortega, quien abusaba sexualmente de su hijastra –y sin embargo continúa presidiendo los destinos de Nicaragua y dando lecciones de ética a los gobernantes de derecha- acudiera a la asunción al poder del ex obispo Lugo. Pero ahora resulta que el paraguayo había ocultado a una serie de hijos que, por circunstancias diversas, han comenzado a aparecer en escena. El inconsciente hace las cosas así. La omnipotencia de estos personajes los lleva a actuar como si fueran intocables pero, tarde o temprano, lo reprimido retorna y los desenmascara.

No voy a regresar a la gravedad de los actos del ex obispo, quien abusó de su posición privilegiada con mujeres menores de edad y luego confirmó la índole culposa de esas relaciones, no reconociendo a los hijos nacidos de esas relaciones “sotánicas”. Lo que me interesa subrayar, en la línea de lo señalado por Liuba Kogan, es la escisión entre la corrupción a nivel público, que Lugo prometió combatir, y aquella a nivel privado. Porque lo que han hecho Ortega o Lugo –violar a una menor en un acto de naturaleza incestuosa o seducirla- es un delito, lo cual lo extrae automáticamente del ámbito privado. La diferencia con el pecado es que éste es una cuestión religiosa y personal, mientras que el delito afecta al conjunto de la sociedad. Por eso Luis Bedoya intentó exculpar a su hijo de la acusación de haber recibido dinero de Montesinos para su campaña política, alegando que “era pecado, no delito”. La Justicia peruana no lo vio así y el señor Bedoya hijo pagó con pena de cárcel.

Lo de Ortega es particularmente infame, pero lo más dañino es la impunidad con que continúa detentando las riendas del poder, como seguramente ocurrirá con Lugo. Más allá de la ley, lo que esto indica es una tolerancia extendida respecto de estos comportamientos, cuando no cierta admiración encubierta. No es solo asunto de machismo. Lo licencioso del comportamiento del líder es el precio que las sociedades con institucionalidades frágiles están dispuestas a pagar, con tal de tener un padre omnipotente que las proteja. La biografía de Mao es pródiga en este tipo de historias con mujeres, pero este no es siempre el caso, tal como lo demuestran dictadores como Castro, Pinochet o Fujimori, cuyos abusos, sobre todo de los dos últimos, se manifiestan de preferencia en otros ámbitos. Siempre con la anuencia tácita de sectores de la población que se identifican secretamente con este goce obsceno del poder, confiando estar en el lado de los que no salen perjudicados, en todos los sentidos de la palabra.

Pero tampoco hay que soslayar el perjuicio que estos actos le ocasionan a la izquierda latinoamericana. El silencio de algunos representantes de esta tendencia, en nuestro medio, es atronador y reproduce el pacto perverso por el cual personajes como los citados se sienten por encima del bien y del mal. Si para algo puede servir la historia del obispo que embarazaba a sus feligresas, prescindía de anticonceptivos como buen católico (Carlín lo ha expresado con su habitual maestría) y no los reconocía, es para horadar ese tabique entre la democracia y la ética en la alcoba, el confesionario o el palacio presidencial. Los actos corruptos lo son siempre, sin distinción ni licencia alguna.


[1] The Transformation of Intimacy (hay version castellana), Stanford University Press, 1992, p. 184.

lunes, 27 de abril de 2009

(CAJÓN DE/SASTRE) / VICIOS PRIVADOS, VIRTUDES PÚBLICAS / Liuba Kogan


La vida es compleja. Qué duda cabe de ello. Y la evidencia pública de los hijos del ex Obispo Lugo, nos permite debatir sobre diferentes asuntos: el machismo y la alarmante cifra de hijos no reconocidos en América Latina, la edad en que son aceptadas las relaciones sexuales con “menores de edad”, el abuso del poder para imponer relaciones sexuales, el celibato y la castidad en el catolicismo. Y algo que aún no está claro…. qué estrategias utilizó Lugo para que “las madres de sus hijos” mantuvieran silencio: la violencia simbólica.

Obviamente, frente a todo este arsenal de problemas, Lugo se presenta como un hombre común y corriente, dispuesto a enmendar todo lo que sea posible para mantener el poder político. ¿Es un síntoma de democracia y/o de machismo que su popularidad no haya caído realmente en picada?

Los problemas sociales latinoamericanos relacionados al machismo no son un asunto novedoso; de modo alguno lo es el de los religiosos que mantienen relaciones sexuales y/o que tienen hijos. Tampoco es un tema nuevo el de los vicios privados y las virtudes públicas en personajes políticos. Qué lo digan nuestros dos últimos presidentes y sus hijos extramatrimoniales. Claro, que en el imaginario popular, el agravante en Lugo era su calidad de Obispo…

¿Vieron la película Vicios privados, virtudes públicas de mediados de los setenta, del cineasta húngaro, Miklós Jancsó, donde recrea el “incidente Mayerling”, (la muerte de Rodolfo de Austria y su amante la baronesa María Vetsera el 30 de enero de 1889, en medio de intrincadas conspiraciones políticas y vicios de la familia Habsburgo)?

¿Los buenos gobernantes son los que mantienen una vida privada signada permanentemente por la rectitud moral? ¿Es suficiente tener un buen hombre o una buena mujer para que sea un buen o buena gobernante? ¿Debe haber coherencia y rectitud entre la vida privada y pública en los gobernantes o simplemente debe cuidarse esa apariencia y dar ese efecto de sentido? ¿No conocemos casos de genocidas que en el espacio privado eran padres y esposos ejemplares?

Revisando algunos casos de políticos que “cayeron en desgracia” por la revelación de conductas impropias (infieles, drogadictos, homosexuales, etc.), lo que parece no perdonarse es la falta de honestidad frente a los ciudadanos y no las debilidades morales (que al final producen más bien, pena o envidia). Hasta las esposas de políticos “perdonan públicamente” las debilidades de sus parejas. Lo que no deberíamos perdonar es la mentira terca al ciudadano, esa mentira que deslegitima al gobernante porque trasgrede la ley, la usa a su favor, la deshace.

Lo que parece costarle a los paraguayos, es la desilusión frente al aura de honestidad eclesial que rodeó a Lugo en su ascenso al poder. Lo de los hijos, parece que los paraguayos, se lo toman un poco con humor… Circula un chiste ¿Estás segura que Lugo no es padre de alguno de tus hijos?

Hoy por hoy, el marketing político, se asegura de construir esos personajes coherentes y honestos en el espacio privado y público que quisiéramos que nos gobiernen (¡adoro las fotos de la familia Obama!). La vigilancia ciudadana debería apuntar hacia otros blancos realmente relevantes de interés público: el cumplimiento de las leyes. Y claro, el escándalo Lugo, debería llevarlo a mejorar sus políticas públicas en torno a la equidad de género.

viernes, 3 de abril de 2009

Los uniformes y las trabajadoras del hogar / Liuba Kogan


La vestimenta, mucho más allá de protegernos de las inclemencias del clima, cumple una función simbólica fundamental: comunica algo sobre nosotros mismos: informa sobre nuestra identidad y sobre nuestra posición social.

Podemos vestirnos para conseguir propósitos distintos o podemos obligar a los otros a vestirse para:

a. Establecer jerarquía de estatus.

b. Mostrar una identidad ficticia (disfrazarnos).

c. Seguir los usos o costumbres.

d. Borrar las diferencias.

e. Expresar autenticidad.

f. Demostrar rebeldía.

El Decreto Supremo 004-2009, que estipula que las trabajadoras del hogar no pueden ser obligadas a usar uniformes en espacios públicos, me despierta una pregunta: ¿es el uniforme el asunto en disputa o más bien, la libertad de negarse a usar el uniforme? Voy por lo segundo.

Hay uniformes que enaltecen y enorgullecen a sus poseedores: las alumnas de enfermería que llevan gustosas un uniforme que anuncia una nueva profesión, los jugadores de futbol que aman sus camisetas, los recicladores que encuentran en el uniforme una fuente de dignidad al dejar harapos como distintivo social de un trabajo devaluado socialmente, etc.

El uniforme como prenda, puede ser distintivo de dignidad, pertenencia y de orgullo; pero por otra parte, puede ser símbolo de opresión (por ejemplo, el uniforme del preso). Es decir, el concepto de uniforme, no es en sí un asunto moralmente bueno o malo, sino que puede representar ambas cosas.

El Decreto Supremo que comentamos no ataca los problemas de fondo del maltrato y discriminación hacia las trabajadoras del hogar. El problema no radica en el uniforme, sino en lo que ese uniforme representa: supresión del rostro, apellido e identidad de su poseedora; a la vez la negación de la ciudadanía o una de segundo orden.

Lo realmente valioso del Decreto, es avalar la libertad de las trabajadoras para negarse al uniforme en espacios públicos; es decir, el derecho a tener un rostro y a no ser tratada como ciudadana de segunda clase en establecimientos públicos. Es un avance: las estadísticas muestran lo difícil que es erradicar la violencia y maltrato en el espacio privado; o asegurar sus derechos laborales.

No olvido algo que escuché hace varios años en la época de oro de la Feria del Hogar: un joven le pedía a una señora dos tiquetes de adulto para el ingreso. Mientras la susodicha le respondía -mirando a su empleada uniformada empujando un coche de bebé-: ¿cómo voy a pagar una entrada por ella, si es mi empleada? El joven le respondió… son dos adultos…. Ella no entendía. Aunque incompleto, el Decreto Supremo, me alegra.

lunes, 16 de marzo de 2009

LA MIRADA VULNERABLE. APUNTES SOBRE LA TETA ASUSTADA/ Sandro Venturo

1.

La película me gustó. Movilizó dentro de mí diversas imágenes y emociones que me llevaron a diferentes momentos de mi vida, situaciones a través de las cuales me he ido haciendo un ciudadano peruano del Perú. La película repasa sin estruendos, pero con filo, tópicos críticos tales como las fricciones entre los rurales y los urbanos, los criollos y los andinos, los de arriba y los de abajo, los integrados y los excluidos, en fin, entre los saberes y las experiencias de distintas tradiciones sociales.

Sin duda, La Teta Asustada propone y uno se expone. Basta con revisar los comentarios que está provocando la película entre quienes no la vieron aún y también, por supuesto, entre quienes ya la han visto. Es una película que está activando regresiones y disrrupciones de todo tipo, y eso hay que agradecerlo. Un primer mérito  de esta propuesta es que trasciende al círculo artístico. El debate nos aviva.

2.

En Madeinusa ya se había hecho evidente la pretensión de un lenguaje propio y, en la Teta Asustada, dicha propuesta audiovisual se aprecia más consistente. Claudia Llosa es fiel a sí misma y viene madurando un estilo singular, de detalles, a veces algo preciosista, aunque sensible y con carácter, algo poco usual en la filmografía nacional y no sé si en la latinoamericana. Sospecho que esa debe haber sido una de las razones para calificar al máximo premio de la Berlinale.

La película propone con frescura temas todavía difíciles de tratar. Lo dominante en el cine nacional de autor fue, hasta la década pasada, referir al mundo social desde la corrección política de las izquierdas. Eso ya se acabó, como se acabó en las artes escénicas y en las artes visuales. Claudia Llosa, destacada integrante de la nueva promoción de cineastas, expone una versión de la sociedad peruana, su versión, desde una creatividad de amplia licencia que le da mucha fuerza a su firma y que, al mismo tiempo, expone su vulnerabilidad.

Si algo no le van a perdonar los tutores del “mundo popular” es esa amplia licencia creativa.

3.

La propuesta de Claudia Llosa es ambiciosa dado que cuenta con un guión sobrio y directo, así como con imágenes simples que pretenden una inmensa carga simbólica (la frontera mercado-mansión, la identificación de las manos, las conversaciones cantadas, las solitarias escaleras cerro arriba, la oscuridad de la burguesía aristocrática, la alegría kitsch del barrio popular, etc., etc.).  Lo que predomina en su trabajo es una audaz búsqueda por ir más allá de la realidad que refiere, apoyada en una dirección de arte a veces delicada y a veces superrealista, así como en una fotografía que subraya ocasos y revelaciones con la misma intensidad.

Si bien La Teta Asustada nos lleva por una historia personal profundamente melancólica –tristeza, silencio y monotonía-, pasa el resaltador sobre los detalles de una realidad social difícil de aceptar. En La Teta Asustada resulta que la protagonista es un ser anónimo, hija de una mujer igualmente sin nombre: nada más fastidioso que proyectar sobre la pantalla la evidencia de que el pasado tanático no ha pasado, que las deudas sociales continúan y son carísimas, que nuestro orgullo nacional en recuperación corre el riesgo de ser frívolo, que nuestra ciudadanía siempre estará amenazada por la precariedad de nuestra incompleta comunidad nacional.

La virtud de Claudia Llosa es que incomoda desde una simpleza aparentemente inofensiva. La película es una emboscada.

4.

En Madeinusa, la protagonista lleva una agenda oculta que los espectadores descubrimos hacia el final de esa película: ella busca liberarse de un mundo tradicional y lo hace de modo instrumental, lo ejecuta de forma perversa y dulce a la vez. Acaso su peripecia ilustra la noción de modernidad de la que hablaba Carlos Franco (La otra modernidad, CEDEP, 1991): la disposición de los actores sociales -personas o colectivos- para romper con las identidades corporativas del mundo tradicional campesino y así lanzarse a un futuro urbano, atractivo e incierto.

En La Teta Asustada se propone un movimiento semejante, sin embargo, la dramaturgia sucede en la urbe y después del periodo de violencia política: Fausta transita del terror que la paraliza, de la violenta herencia que la castra, a una libertad que nada promete, una libertad que le permite vivir con plenitud el luto de su madre y a través de él, un luto mayor. Dicho de otro modo, en La Teta Asustada acompañamos una pasión que va desde la papa podrida que protege porque produce asco, hacia la flor de papa que celebra la posibilidad del amor y de una nueva vida. La papa enferma es muerte, la papa sana es vida.

Los personajes de Claudia Llosa se enfrentan, pues, a las sociedades tradicionales, rurales y urbanas; tanto las sociedades que llevamos dentro como las que nos rodean y de las que formamos parte. La diferencia reside en que Madeinusa tenía un plan que ejecuta de forma teleológica; Fausta, en cambio, es víctima de una herencia, hasta que el hartazgo la obliga a iniciar un camino de transformación personal.

En ambos casos se acompaña un proceso de transformación personal/social impulsado desde una dignidad que crece mientras desvanece sus fantasmas.

5.

El cine de Llosa se propone, entonces, como una reflexión acerca de los grandes cambios de la sociedad peruana, esto es, sobre nuestros procesos andinización. Y lo hace lejos del panfleto, indiferente al realismo comprometido. No es una película política y resulta siéndolo dentro y fuera de la sala.

Claudia Llosa nos ofrece una interpretación, su interpretación, desde una mirada vulnerable. En la búsqueda de un lenguaje personal intenta ir más allá de las referencias convencionales de nuestra inaprensible realidad, y exagera con la discreción de quien se va descubriendo a sí misma. El riesgo de este camino está en quedar en posición adelantada. Pero arriesga. Y nos mueve.

miércoles, 11 de marzo de 2009

DISCIPLINA COMPAÑERAS. A PROPÓSITO DE LAS SANCIONES A CADETES Y POLICÍAS / Samuel B. Abad Yupanqui


Ha sido muy importante la decisión de la Ministra del Interior de acatar la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) según la cual “ninguna autoridad pública o particular puede impedirle a una mujer estudiar normalmente por su estado de embarazo” (Exp. 05527-2008-HC). Por ello, ha anunciado modificar los reglamentos internos de la Escuela Policial para evitar que situaciones similares se repitan. Ha sido un acto positivo que casi coincide con la celebración del Día Internacional de la Mujer. Sin embargo, aún quedan temas pendientes para garantizar los derechos de quienes visten uniforme, pues suele suceder que el propio Estado los vulnera. Ello ha sucedido con las tres policías  cuyas imágenes desnudas se han difundido sin su autorización a través de un video –una “prueba ilícita”- que viene siendo “evaluado” por Inspectoría de la policía.

El TC en la sentencia antes mencionada nos recordó como la propia policía dispuso que la cadete embarazada permaneciera internada sin justificación alguna. El médico policial a cargo impidió su salida, evitando que asista a clases. La finalidad era esperar para darle “de baja” aplicando el reglamento de la Escuela. La madre de la cadete hizo bien en presentar un hábeas corpus pues su hija había sido privada de su libertad increíblemente por el hecho de estar embarazada. El TC cuestionó tal arbitrariedad y sentenció que “ningún manual o reglamento interno de ningún colegio, instituto, universidad o escuela pública o privada, puede, ni explícita, ni implícitamente, tipificar como infracción, falta o causal de mala conducta, el embarazo de una alumna, estudiante o cadete.”   Por ello, resulta importante la decisión de la Ministra de acatar esta sentencia. A partir de ahora deberían olvidarse los certificados de “soltería” y de “no tener hijos” que se exigían como requisitos para postular a las escuelas policiales. Sin embargo, aún quedan temas pendientes.

Por un lado, hacer una profunda revisión de las faltas militares y policiales, asumiendo que el incremento de las sanciones y de las penas no suelen evitar que cunda la indisciplina. De ser así no habría corrupción policial ni militar, pues sanciones elevadas existen hace mucho tiempo. Cabe recordar que aún subsisten sanciones “peculiares”. Así por ejemplo, la Ley del Régimen Disciplinario de las Fuerzas Armadas, Ley 29131, considera como infracción leve “no dar parte de mantener relaciones sentimentales con personal de la misma categoría militar” y, peor aún, “contraer matrimonio sin informar al comando superior”. En ambos casos, según la ley, la sanción es el arresto simple, es decir, la privación de la libertad. Además, constituyen infracciones muy grave: “mantener relaciones sentimentales con personal de distinta categoría militar”, o con “cónyuges de personal militar”. En tales casos, el amor puede conducir al retiro, es decir a la separación definitiva del servicio, o a la baja, si se trata de personal de tropa. Habría que recordar que dicha ley fue aprobada cuando la Ministra del Interior era Presidenta de la Comisión de Defensa del Congreso.

Finalmente, sigue preocupando que un video haya motivado la apertura de un procedimiento disciplinario contra las chicas policías. Se trata de un caso donde la “prueba” se hizo pública sin autorización de ellas. Es decir, si ello no hubiera sucedido jamás nos hubiéramos  enterado de estas conductas que, sin duda, están cubiertas por su derecho a la intimidad. Nada más íntimo que la desnudez de una persona.  El video sólo prueba que los hechos efectivamente ocurrieron; los cuales como tales no constituyen una infracción. A esto suele denominarse “prueba indebida” o “ilícita” cuya valoración debe ser evaluada o ponderada en cada caso concreto siempre que exista un interés público, por ejemplo, la comisión de un delito, tal como ocurrió con los “vladivideos”. En este caso, no existe ningún interés de tal naturaleza. Es más, el sólo hecho de abrir este procedimiento es un maltrato contra dichas policías. ¿Se imaginan a la Inspectoría de la policía, integrada seguramente por hombres, “analizando” la “prueba” obtenida? ¿Ellos luego escucharán los “descargos” de cada una de las policías “infractoras”? ¿Cómo se sentirán esas mujeres cuando las interroguen quienes sin conocerlas las han vistos desnudas?

En definitiva, la decisión de la Ministra de eliminar la discriminación por el embarazo contenida en los reglamentos internos de la policía ha sido importante; sin embargo, ha actuado mal al disponer que se abra un procedimiento disciplinario en base a una “prueba ilícita” que carece de toda relevancia pública.  Habrá que esperar lo que decida Inspectoría de la PNP. Esperemos que archive el caso. En la lucha por la igualdad el propio Estado no siempre es un aliado.

(CAJON DE/SASTRE) / ¿El día de la mujer? / Liuba Kogan


Tengo que confesar que con los años las diferencias de género entre mis amigas y amigos me parecen cada vez menos notorias. Las mujeres nos masculinizamos, nos volvemos más sujetos que objetos para otros, hablamos con más frescura, disfrutamos el poder y nos importa mucho menos encantar a los hombres (si sucede, bien… y si no, también…). Y mis amigos, pues, se feminizan: descubren que el poder tiene sus bemoles, que es rico cocinar y quedarse en casa, que tiene encanto jugar a las barbies con las nietas, que no siempre son fuertes y que pueden derramar lágrimas.

No exagero. La teoría de género incluso plantea que los hombres la pasan peor en esta trasformación genérica que se produce con el paso del tiempo. Si se definían como hombres por la fuerza y virilidad, el envejecimiento los deja literalmente mal parados. Mientras las mujeres (que vivimos más en promedio) recuperamos terreno: nos empoderamos (¡qué palabreja!).

Por eso, el día de la mujer me deja perpleja… La verdad es que no me gusta recibir un premio consuelo por haber llevado la peor parte en el sistema patriarcal –herido o no, de muerte-.
Hablar de género no es lo mismo que hablar de relaciones de poder: las diferencias de género –creo yo- se van redefiniendo y borroneando en el curso de nuestras vidas e incluso, en la vida cotidiana de la gente de diferentes edades. Ello no excluye -por cierto- que neurobiológicamente seamos diferentes y que además las diferencias de poder entre hombres y mujeres sean aún importantes. En esto último hay que seguir trabajando y tiene poco que ver con las celebraciones acartonadas del día de la mujer.

No es fácil pues, entender el sancochado que tenemos en ciernes: nos parecemos más en términos de género, vivimos relaciones de poder poco equitativas y empezamos a reconocer que la biología sí juega un papel importante en nuestra manera de ubicarnos en el mundo (unos son de Venus y otros de Marte…)

Celebremos juntos, el estar juntos…

lunes, 9 de marzo de 2009

LIBRE ALBEDRÍO/ Mujeres, Hombres, Caricaturas…/Ramiro Escobar


(A propósito del Día Internacional de la Mujer y de todos los días)

Las veo en un cine-club al que suelo ir los sábados, en mi salón de clases universitario, en cualquier eventual curso veraniego (de yoga o budismo, por ejemplo), en talleres literarios,  en un seminario que estoy dictando, en el cine de los martes o de otros días, en el teatro, en la playa, en las marchas callejeras…Siempre, o casi siempre, son mayoría.

Es como si los hombres nos hubiéramos convertido en sombras agregadas del escenario social, en espectros que van perdiendo vigencia –y fuerza, bruta o inteligente- debido a la incursión afanosa, y a veces bulliciosa, de las mujeres. No creo que el mundo se haya ‘feminizado’ por eso, pero sí que la comedia patriarcal se estaría asomando a su lento fin.

O al menos a un intermezzo vigoroso. Que las mujeres comiencen a aparecer por todos lados (con menos intensidad en el ámbito del poder, eso sí es cierto) parece una consecuencia muy clara de que la lucha del feminismo, y de miles de mujeres anónimas sin ‘ismo’, no fue en vano. Allí están los resultados, aunque sean inacabados.

Es como una marea imparable que ocupa cada vez más espacio, con manifestaciones diversas -desde Kina Malpartida hasta Raida Cóndor-, y en clave de sacudir no sólo la sociedad sino la mente, el cuerpo, el alma, la piel, la palabra. Por eso, quizás, abundan en el Día Internacional de la Mujer los discursos y algunas auto-flagelaciones  masculinas.

Si todo estuviera en orden, si la equidad fuera real, no habría tantos especiales periodísticos. Las ministras y ministros no se molestarían en hablar, el Facebook no se llenaría de saludos y las grandes tiendas no invertirían en avisos en los diarios (hay que ver cómo han gastado en este año para ello, colgándose de algunas de nuestras heroínas).

Cierta culpa y autenticidad flotan entre esas proclamas, mezcladas inevitablemente con alguna melosería, pero acaso por una razón que nos baila adentro: las mujeres ya no sólo piensan en sus derechos sino que están cada vez presentes y perseverantes , como enterrando un pasado en el cual los estereotipos más delirantes definían el mundo.

Aun así, me parece que hombres y mujeres seguimos en trance. No nos acostumbramos a la nueva situación, no sólo porque re-inventa nuestro modo de vivir sino porque, más allá del floro y lo ‘políticamente correcto en materia de género’, esta sacudida hace tambalear seguridades, modos de comportarse, formas de reaccionar, maneras de amar incluso.

Los hombres –permítanme auto-flagelarme un poco- seguimos bromeando con el asunto, hablamos del verbo para afuera sobre la igualdad, pero llevamos  aún un rastro ‘machista’.  Y acaso percibimos a las mujeres como una amenaza, sobre todo cuando demuestran que ellas sí tienen triunfos reales y no de suplemento deportivo.

No sé si eso es remediable totalmente. Como han escrito varias amigas, todos mamamos machismo desde la infancia, hombres y mujeres, de modo que sostener, ingenua e inconcientemente, que uno –o ‘una’, vamos- no es machista es como decir que no somos racistas de ninguna manera. Eso sólo se lo creen los locos(as) y algunos(as) políticos(as).

Las mujeres, pasando a la otra tribuna, han avanzado notablemente en la conciencia y práctica de sus derechos, pero no es infrecuente observar en algunas de ellas ciertos impulsos atávicos, acendrados en la infancia. Uno de ellos –no me condenen, chicas, lo suplico- es ceder a la tentación del ‘hombre proveedor’, del macho que ofrece seguridad.

No es algo generalizado, ciertamente. Y la prueba fehaciente y demoledora es que muchas, muchísimas mujeres, mantienen solas a sus familias. Pero decir que ya no es así, que eso está exorcizado completamente, sería pecar de soberbia y de irrealidad. Creo que, al menos en parte de la clase media limeña, ese impulso se resiste a morir de inanición.

Otra cosa que ocurre es que, en el esfuerzo por distinguirnos y construir identidad de género,  hemos inventado teorías, o ideas, que extreman las diferencias hasta extremos ridículos. La versión más desatada de eso, de parte de las mujeres, es sugerir que todos los hombres tenemos ‘pensamiento hormonal’ o que sólo somos tiernos en la infancia.

Heridos en nuestro amor propio, los hombres respondemos diciendo que ‘todas las mujeres son iguales’, ‘que no hay que discutir con ellas’, que ‘manejan mal’, que la ciencia ha demostrado que siempre se demorarán más que nosotros frente al espejo, etc, etc. Al final del día, quedarán nuevos estereotipos mutuos, caricaturas de nuestra especie.

Y para rematar la confusión, desde el poder vendrá alguien, como el presidente García, a decir que se siente orgulloso de que a la ministra Cabanillas la llamen ‘la Thatcher’, ignorante acaso de que la ex primera ministra británica dejó morir de hambre en la cárcel a dos presos del IRA que estaban en huelga seca. Como lo haría un Hitler cualquiera.

Me parece que todos y todas tenemos que hacer un esfuerzo por sacar la cabeza por encima de esta marea cultural que nos aturde, por encima de este trance histórico para que no se convierta en un momento histérico. Me parece que tenemos derecho a la igualdad, precisamente porque somos diferentes, pero no extraños en la noche y el día.

Me parece, finalmente, que los humanos y humanas necesitamos seguridad, afecto, compañía, pasión, compasión. Pero a veces buscamos  eso de manera errática, patética. Y en ese intento fallido podemos inventar cosas tan bárbaras como que un género domine al otro, siendo los dos de la misma especie y llorando con las mismas lágrimas.

Feliz Día, creo, a todos y todas.

jueves, 5 de marzo de 2009

EL PANTALONCITO DE LA DISCORDIA / Celeste Viale Yerovi

No soy partidaria de los deportes rudos que entrañan un alto riesgo de lesiones físicas severas o incluso de muerte.  No entiendo bien el  alpinismo, las carreras de motos, de autos o el boxeo.  Sin embargo, el triunfo de Kina  Malpartida, me provoca un comentario no solo por la corona obtenida a mérito propio, a puños de una mujer joven, audaz y valiente, sino  por los “desaguisados” salidos de boca  de algunas autoridades deportivas como las del Presidente del Consejo Superior de Justicia Deportiva y Honores del Deporte (CSJDHD) del Instituto Peruano del Deporte, Jorge Guisado.

Somos un país destacado en no ganar competencias deportivas. Sí, creo, que somos un país de gente que quiere y puede ganar muchos más lauros de los que se logran si otra cara tuviera la madre del cordero: si existiera una verdadera política de Estado de apoyo al deporte. Pero a este Estado peruano no le interesa el deporte ni la cultura. Ya estamos acostumbrados a leer, ver o escuchar en los medios de comunicación a deportistas o a delegaciones enteras, estirar la manito para que entidades privadas ayuden a financiar su pasaje, su estadía y sus viáticos a los lugares de las competencias, porque el Estado, bien gracias. “El triunfo de Kina y el de la película (La teta asustada), son evidencia de que los peruanos podemos llegar muy lejos y ganar las mejores medallas del mundo” ha declarado recientemente el Presidente García,  sin  añadir  nada más, ni una palabra sobre un mayor apoyo al deporte y a la cultura, ni una  promesa, ni un atisbo de una mayor reflexión sobre el asunto.

Por eso Kina, recia como es, procedió inteligentemente: no esperó nada y dedicó todos sus esfuerzos a entrenar, a competir y a ganar. Ella tenía muy claro que quería ser no solo deportista destacada, sino campeona, y que permaneciendo bajo la tutela del Estado peruano no iba a lograr absolutamente nada. Así que se echó a andar con sus propias zapatillas sin parar ni mirar atrás, hasta conseguir su coronación como campeona mundial.

Pero luego de la competencia le llegó otro derechazo, directo  al corazón,  de parte de un representante del Consejo Superior de Justicia Deportiva y Honores del Deporte, que aunque hablando a título personal, puso en duda la nacionalidad del logro, esgrimiendo como prueba el pantaloncito que llevaba puesto.

Mirándolo bien, quizás tengan razón los del Consejo Superior de Justicia Deportiva y Honores del Deporte al cuestionar la nacionalidad del lauro, porque una cosa es procrear a la criatura, y otra muy distinta darle de comer. Ella, si ostenta las dos nacionalidades, tal vez podría elegir a cuál de los dos países dedica su presea. Su primer impulso fue dedicársela al Perú. Pero quizás mientras los miembros del Consejo piensan y repiensan, ella cambie de opinión. ¿Qué pasaría si finalmente decidieran otorgárselos y ella los rechazara? Estaría en su derecho. Aunque, de todas formas, el primer asalto de esta pelea simbólica ya lo perdió el Perú. 

Lo logrado por Kina, en el fondo, representa más que una banderita rojiblanca con la que nos gusta identificarnos. Ella, ha encarnado el esfuerzo de cada peruano y peruana por tratar de salir adelante, sin esperar ni recibir nada.

 

lunes, 23 de febrero de 2009

(CAJÓN DE/SASTRE) / La complejidad, el poder y las mujeres / Liuba Kogan


En el mundo, el porcentaje de mujeres en puestos legislativos es de 18%; las mujeres ocupan el 16% de las carteras ministeriales o secretarías de Estado, aunque en muchos casos en las mal llamadas “carteras de segunda categoría” relacionadas a asuntos sociales. 15 mujeres ocupan en el mundo la máxima autoridad política.


Un dato interesante: en 22 países las mujeres ocupan más de 30% de las carteras ministeriales; y de esos 22 países, 6 son latinoamericanos.


En nuestro continente, tenemos o hemos tenido en los últimos años a mujeres al frente de carteras de Defensa (no imagino puesto más masculino en la burocracia estatal); y altos porcentajes de mujeres en el poder legislativo. La media continental es de 21%. 11 de las 28 mujeres que presiden parlamentos en el mundo, son latinoamericanas o caribeñas. Tenemos 2 presidentas en América del Sur. (Nueva Sociedad nº218, nov-dic. de 2008,http://www.nuso.org/upload/articulos/3571_1.pdf)


En términos objetivos ha aumentado la participación de mujeres en la esfera pública política en los últimos años. ¿Pero qué significa ello? ¿Se ha inaugurado una nueva forma de hacer política? ¿El asunto del género ha cobrado relevancia en el ámbito público y ha traído cambios palpables en la sociedad? ¿O son otras las fuentes de los cambios que se perciben –sobre todo- en las generaciones más jóvenes?


Como señala Matilde –de modo tan gráfico y acertado- el acceso al poder y el desdoblamiento de las mujeres en múltiples roles, no necesariamente reporta bienestar emocional; y eso, tal vez explica porqué muchas otras mujeres no se atreven o no quieren participar más en política.


Pero vuelvo a la hipótesis inicial de mi entrega anterior (Las chicas Suarez, el género y la política), dicha de modo grueso: el sistema neoliberal tiende a instaurar un modelo de gestión andrógino personificado en la “ejecutiva”, que tiende a la vez a desdibujar las fronteras del género. Me parece cada vez más complicado señalar que una académica, política o ejecutiva, piensan o actúan solo o principalmente “como mujer”; además ¿les gusta esa exclusiva etiqueta? ¿Da o quita prestigio? Quiero, sin embargo aclarar –siguiendo el comentario de Marcos Mondoñedo- que la pérdida de contornos claros en el sistema de género, no implica la desaparición de las relaciones de poder; sino tal vez un nuevo orden más complejo donde le género se diluye junto a otras variables.


Ahora que Claudia Llosa ganó tan importante reconocimiento cinematográfico mundial con el Oso de Oro y que Kina Malpartida se corona campeona mundial de peso pluma; me inquieta la idea acerca de las preguntas que nos hacemos sobre las mujeres y el poder. Por allí he leído comentarios, que increpan a los hombres a imitar a esas mujeres esforzadas. Es decir, “hombres, imiten a esas mujeres y no pierdan su espacio masculino”.


Me atrevo a decir, que el modelo bipolar sexo –género, (tan útil en otros tiempos para empezar a pensarnos como hombres y mujeres); ha perdido eficacia por su simplicidad. Creo que no recoge las experiencias de diálogo, de los vínculos, de lo indeterminado y de las relaciones del género con otras variables vitales como la edad, la clase, lo étnico, etc. No crean que reniego de las categorías género –sexo –cuerpo, sino que creo que ese modelo de la simplificación no nos permite leer la complejidad…. Ahora sí ¿quién podrá salvarnos?


martes, 17 de febrero de 2009

LO UNO Y LO OTRO / Sandro Venturo


El artículo de Liuba Kogan (“Las chicas Suarez, el género y la política” ) y los comentarios a propósito de sus hipótesis me resultan harto estimulantes. Sin duda, volveremos muchas veces más al mismo debate: ¿cómo debemos entender la noción de género?, ¿qué es esto que llamamos lo femenino, lo masculino?, ¿cuáles son los plazos de las transformaciones culturales?

El debate nos obliga a distinguir diversos planos. Una cosa es la dimensión cultural: el lenguaje a esta altura de la historia de la humanidad sigue siendo "masculino" y como bien anota Marcos Mondoñedo citando a las teorías lacanianas, la noción de feminidad se construye desde la masculinidad hegemónica (recomiendo a los interesados explorar en la etimología de la palabra “humano”). Más aún: hombres y mujeres transitamos por ambos géneros, por ambos significados culturales, a pesar de nuestro imbatible sentido común. En esta dimensión del debate, las cosas se juegan en el largo plazo. Está claro.

Otra es la dimensión, digamos, política-cultural, que es en la que Liuba y Matilde se ubican. Aquí sí podemos entrar en los detalles como si fueran evidencias de alto contrate. En un sentido, la forma en que participan muchas mujeres hoy en el ámbito público político es menos "maternal", menos de "asistente", menos de "la que está detrás de un gran hombre". Ejemplos sobran en las sociedades de todos los continentes, tanto en el mundo de la política como en las industrias culturales. Pero también es cierto que este proceso está lleno de frenos y regresiones (por eso Matilde invita a compartir las turbulencias que muchas mujeres llevan a su consultorio).

Es significativo que en la década de Fujimori las mujeres que le seguían se hayan aliado con el movimiento feminista para provocar valiosos avances para las mujeres -no siempre para lo femenino- en diversos campos de la sociedad: familia, salud, educación y participación política. Las fujimoristas, imperativas y defensoras de la democracia dictatorial; las feministas, progresistas y defensoras de la democracia en el hogar, la sociedad y el sistema político. Así son, pues, los procesos de transformación: lo que buscamos no siempre se cumple y lo que se cumple suele ser lo inesperado, lo que buscamos nunca sucede entre puros y no hay camino valioso si no estamos dispuesto a lidiar con el fango. Entonces celebramos el azar-que-no-es-casual porque resulta mejor que el estático proyecto ideal.

Hay algunas cosas claves y cada vez más compartidas en este in-nombrable proceso. Que lo femenino no es exclusivo de las mujeres, y lo masculino de los hombres. Que una cosa es el sexo-biológico (valga la redundancia) y otra la forma de andar por el mundo con ese sexo. Que las mujeres no son mejores ni peores que los hombres, y  viceversa. Que los hombres no somos los que dominamos el mundo sino lo masculino y que eso nos favorece sin duda y también nos condena. Que lo femenino tiene otros poderes tímidamente reconocidos y que, sin embargo, las mujeres tienen la responsabilidad invisible/visible de la reproducción social, pero no sólo ellas. Que en las últimas décadas han sucedido cambios radicales en la sociedad y que esos cambios han sido causa y consecuencia de avance de las mujeres, del inmenso avance de las mujeres. Que este avance es a todas luces insuficiente para hacer más vivible nuestra humanidad. Que los hombres, aunque no lo aceptemos, nos sentimos amenazados y, sino, estresados con la competencia. Etecétera.

La transformación es, como dice el sicoanalista David Gutman, un proceso de zig zag que dibuja nudos indeseables y nunca líneas siquiera sinuosas. Para muestra el siguiente botón: cuando este blog inició su periplo contenía la firma de varones de distintas promociones y de ninguna mujer. Liuba fue la primera que se incorporó a este colectivo sin fronteras y no es casual que sea ella la que ponga el tema de la participación de las mujeres en el espacio público político. Tampoco viene de carambola que Matilde responda con amable sonrisa. Nos estamos moviendo.

Cuando nos sentamos a pensar a qué mujeres invitar a este espacio compartido nos sucedió lo de siempre: ¿a quiénes? (bueno a mí me sucede de forma regular cada vez que quiero convocar colegas a un proyecto y me descubro intentando un Club de Tobi). Las pocas mujeres que venían a nuestra mente ya escribían en otros blogs y en los diarios de circulación nacional; y las demás, aquellas que habitan en el mundo profesional y académico, no las imaginábamos haciendo periodismo en la red de redes. Ya sé que parece una tontería y que la cosa se puede resolver muy fácil pero esa tontería ha hecho que en esta web las chicas sean una escandalosa minoría. Y así, estamos hablando de estos temas.

En fin, después de leer el artículo de Liuba me quedan algunas preguntas de siempre: ¿cómo comprender este proceso de transformación de los significados de lo femenino y de las mujeres desde una visión más amplia, incluyendo también las mutaciones del sentido de lo masculino y la interpelada experiencia de nosotros los hombres?, ¿cuáles son las nuevas formas de agencia política y cómo ellas expresan el transcurso de los géneros?, ¿cómo conviven y hacen sinergia las formas tradicionales de concebir y vivir los géneros con las novedosas y balbuceantes maneras que venimos descubriendo? Y todo esto, ¿cómo se está realizando en las y los jóvenes que no van a leer este artículo?

miércoles, 11 de febrero de 2009

CON NOMBRES Y APELLIDOS / Celeste Viale Yerovi

En uno de los tantos envíos que recibo vía correo electrónico me llega la estupenda intervención de la Doctora  Denise Dresser, en el foro “México ante la crisis: ¿Qué hacer para crecer?”,  realizado en ese país el 29 de enero pasado. La analista política a pocos minutos de iniciar su discurso,  lanza a la concurrencia, compuesta por senadores y diputados, una pregunta “altamente impertinente”: ¿quién gobierna este país? ¿Las autoridades elegidas o los intereses de pequeños grupos dominantes que cada vez con mayor codicia imponen condiciones para que las políticas públicas los privilegien? 

Los organizadores no imaginaron una intervención tan “a boca de jarro”, hecha por la única mujer a la que habían tenido la deferencia de invitar. Los rostros de los padres de la patria hacían esfuerzos por ocultar su asombro a medida que la experta señalaba sin ambages, lo que a su criterio eran las causas principales de la grave crisis por la que atraviesa hoy ese país. México no crece, dijo, por la forma como se usa, se ejerce y se comparte el poder, favoreciendo intereses particulares que convierte a los representantes del interés público en simples empleados de las personas más poderosas del país. Por  un sistema político que funciona muy bien para sus partidos pero muy mal para sus ciudadanos. Porque este modelo de gobierno coludido y mafioso comienza a producir monstruos, los monopolios, los oligopolios que hacen que  el tan ansiado y alabado crecimiento de la economía termine siendo más un juego de palabras que reales estrategias destinadas a una mejor distribución de la riqueza para la construcción de un país más humano y equitativo.

Usando expresiones duras, dando nombres y apellidos, fue  demostrando cómo México había quedado atrapado en manos de intereses perversos que dictan las leyes e incumplen las sanciones, ante la inoperancia y permisividad de los gobiernos de las últimas décadas. Cómo el Estado estaba siendo devorado hoy por seres monstruosos, criaturas que él mismo había creado.

No fue una exposición rabiosa sino más bien mesurada, casi con dulzura maternal, sin palabras complicadas para que los jóvenes lo puedan entender, para que los ayude a orientarse en su búsqueda desesperada de modelos.

Al finalizar, los asistentes aplaudieron  de  pie,  quién sabe si conmovidos por su honestidad y valentía o para  aparentar  no ser parte responsable de lo que señaló con tanta claridad.   Solo dos de los legisladores permanecieron impávidos, quizás para no ser parte del cinismo de sus colegas o, tocados por una ráfaga de sinceridad, quisieron dejar sentada su desaprobación a  tan  impertinente invitada.

 Más allá del contenido impecable del discurso que los analistas políticos sabrán comentar muy bien,  no deja de emocionar y alentar  la valentía de esta mujer joven a la que probablemente no volverán a invitar más a un evento oficial (ya había sido descalificada en uno anterior de empresarios petroleros) No es sencillo en países  como el nuestro, decir lo que se cree ni  actuar como se piensa, parafraseando  a Eduardo Galeano en uno de sus hermosos relatos incluidos en El libro de los abrazos. Porque la rabia e impotencia llega sola, producto de tanta desmesura, de tanta impunidad, de la corrupción que va  envenenando a entidades privadas, a instancias del Estado, instituciones religiosas, asociaciones civiles. Pero la valentía de la denuncia, ésa… hay que elaborarla.  Requiere de esfuerzo y decisión. Tanto en  quienes tienen acceso a los medios de comunicación  o a espacios públicos, como es el caso de la Dresser, como en quienes no lo tienen, aunque para estos últimos resulta mucho más oneroso.

"El discurso que a todos nos gustaría decir...” lo han titulado en la página de Indigo donde ha sido colgado, porque logra identificarse muy bien con  los sentimientos  de  personas comunes y decentes. Como los miles de peruanos y peruanas que pagan sus impuestos, que trabajan 15 horas al día, que lloran a sus hijos atrapados en el socavón, los que bajan trescientas gradas del cerro en la mañana y suben otras trescientas por la noche, los que taxean bajo el sol delirante del verano, los que esperan ser atendidos en el hospital, los que toman su combi asesina. Los que se cansaron de protestar y pedir explicaciones a los que ya ni se toman el trabajo de disimular su desverguenza.

Para quienes quieran alivar el nudo de sus gargantas les recomiendo disfrutarlo en el  siguiente enlace: www.reportebrainmedia.com

martes, 3 de febrero de 2009

ALGUNOS AÑOS POR CAMINAR… / Matilde Caplansky (columnista invitada)

El excelente artículo de Liuba Kogan primero me hace sonreír, y luego pensar que habla de las “mujeres que se atrevieron”…y estas son las que, osaremos decir, tienen “un falo internalizado” que les ha permitido entrar a la política y creo que allí radica la diferencia entre los géneros, la mayoría de las mujeres prefieren no hacer política en el espacio público (aun prefieren hacerlo en el espacio privado), ni tampoco forman parte, aun ,de la 3ra mujer descrita por Lipovetsky . Prueba de ello es la gran cantidad de patología que encontramos día a día en la consulta psicológica: los trastornos psicosomáticos, depresiones, crisis de pánico, angustias, temores por doquier.

Se extrañaría Kogan de verificar nuestros consultorios.

Es interesante pensar que se está transitando del modelo de complementariedad al de las similitudes y no creo que esto sea aun cierto, ni mucho menos. El poder económico y político sigue estando en manos masculinas de manera evidentemente mayoritaria. Si esto es así, las “fintas” del sastre y los discursos y la entrada en el terreno de la política con aretes puestos son aun precarias e insuficientes. Además, todo esto no significa, para nada que las mujeres más exteriores y políticas no estén en conflictos internos con ellas mismas, por el contrario.

Para terminar otro elemento que está presente en la clasificación de Liuba Kogan es la belleza, la que sigue siendo un valor único en nuestra cultura, qué duda cabe, esto no sería nada malo per se, pero siendo un valor tan apreciado y determinante entra en juego en todas las relaciones humanas, entonces, quedarían aun algunos años por caminar para postular que las similitudes entre los géneros son ya cosa del pasado, es más bien un wishful thinking, como se dice en ingles. Es decir, un buen deseo pero no todavía una realidad tangible en nuestro colectivo humano. Para mi gran pena debo confesar.

lunes, 2 de febrero de 2009

(CAJÓN DE/SASTRE) / Las chicas Suarez, el género y la política / Liuba Kogan


El importante acceso de las mujeres al ámbito político de los noventa –en el fujimorato- despertó en nuestro país grandes expectativas. ¿Serían las mujeres capaces de hacer política de un modo distinto al de los varones? ¿Podrían limpiar la política?

En los últimos tiempos dos chicas Suarez nos han mostrado  asuntos importantes: que los estereotipos de género no han desaparecido y que las mujeres no son de por sí y necesariamente, más honestas que los hombres en el ámbito político.

Las chicas Suarez son por supuesto, Leysi Suarez -–modelo y vedette-  encarnando un estereotipado y chabacano desnudo sobre la bandera patria y la casi Contralora General de la República, Ingrid Soraya Suarez.

A inicios de los noventa, se podían identificar diferentes modelos de femineidad en la política. Transcribo una clasificación que elaboré a inicios de los noventa (Quehacer/ DESCO http://w3.desco.org.pe/publicaciones/QH/QH/qh121lk.htm)

 

  • LAS YUPPIES FEMENINAS: mujeres de edad mediana, cuyo arreglo corporal es impecable y que se presentan como mujeres eficientes profesionalmente y bellas. Usualmente no están casadas, aunque translucen una intensa vida afectiva. Por ejemplo, Sonia Goldemberg y Susana de la Puente.
  • LAS SEÑORAS DE CLASE MEDIA: mujeres de edad mediana, que se acercan en gran medida al rol tradicional de mujer. Aparecen como mujeres profesionales de clase media que han incursionado en política, pero que no han olvidado ser madres y esposas. Se visten de forma más o menos conservadora. Por ejemplo, Luz Salgado.
  • LAS MUJERES MASCULINIZADAS: son mujeres que aparecen encarnando agresividad, escasa coquetería y una actitud que, desde los estereotipos de género, podríamos llamar masculina. Aquí lo que prima no es el arreglo en la vestimenta, sino los gestos y la actitud personal. Por ejemplo, Martha Chávez, Luisa Cuculiza y Martha Hildebrandt.
  • LAS CARICATURAS DE LA FEMINEIDAD: Mujeres como Susi Díaz, que convierten su corporalidad en el kitsch de la femineidad.
  • LAS DISCRETAS ANDRÓGINAS: Mujeres que mantienen un equilibrio entre una asertividad masculina y una gracia femenina. Su vestimenta y sus gestos son discretos. Por ejemplo, Anel Townsend.
  • LAS MUJERES SOLTERAS: son mujeres de edad mediana, todavía en «edad casadera»,  profesionales eficientes, que lamentan haber dejado pasar la posibilidad del matrimonio. Por ejemplo, Lourdes Flores Nano y Beatriz Merino.
  • LA MATRONA: especie en extinción. Antiguas primeras damas de la nación, funcionarias o parlamentarias. Al margen de su eficiencia, su presentación corporal corresponde a la de la maternalidad exuberante. Recordemos a la Dra. Kanashiro.

Después de casi dos décadas, esa clasificación queda muy grande: los estereotipos de femineidad se han ido transformando. Nuestras políticas y funcionarias en altos cargos públicos se parecen mucho más a la TERCERA MUJER que propone Lipovetski: profesional y madre moderna, conyugalidad incierta. Por ello, la preeminencia mediática de yuppies femeninas o mujeres técnicas de alto nivel y una que otra  vocera de partido político. El saber experto parece opacar cualquier otra característica que secundariamente encarnan las mujeres: estado civil, clase social, ideología, edad, maternidad, etc.

El sistema neoliberal, las nuevas tecnologías de la información y la cultura global, parecen marcar el nuevo derrotero del sistema de género en estos años. Varios estudios empíricos nos muestran que los y las jóvenes se parecen cada vez más es sus  planes de vida: las diferencias de género van pasando a un segundo plano frente a otros roles más relevantes en la actualidad: acceso a información, conectividad, clase social, edad, profesión, etc.

Por ello, pensar hoy que las mujeres –por una condición biológica o cultural- son más limpias que los hombres en la política, parece poco acertado. Mujeres y hombres empezamos a parecernos cada vez  más, en las buenas y en las malas artes. ¿Quién podrá salvarnos?