viernes, 27 de febrero de 2009

MUSEO DE LA MEMORIA: DE LA MEMORIA LESIONADA AL FUTURO LACERADO / León Trahtemberg (columnista invitado)


El ABC de la psicología enseña que toda persona tiene su historia, desde el momento que sus padres deciden concebirla. Los genes paternos, el vientre materno y luego la interacción con el medio ambiente harán única a esta persona. Cada una de sus actitudes y acciones tendrán el ADN de su historia y memoria personal, que queda registrada por siempre en su memoria consciente e inconsciente.

Los países tienen una vivencia análoga. El pasado pesa, marca y condiciona el presente y el futuro. Si ese proceso es sólido, acumulativo, autoregenerativo –cada vez que hay una lesión se procesa y cicatriza- la nación será integrada y sus ciudadanos podrán tolerarse con respeto y convivir democráticamente en paz. Si el proceso es discontinuo, reprime o pasa por alto sus lesiones, traumas y fracturas, habrá heridas sangrantes perpetuas que no cicatrizarán, impidiendo la convivencia en paz.

Los países que estudian su historia con la mayor honestidad e inclusive construyen monumentos y museos, no lo hacen con un afán masoquista sino más bien de recuerdo, catarsis, para tener a la vista aquello que quieren recordar para prevenir y para reconocer las huellas dejadas y los costos pagados por estos episodios.

Es lamentable que el gobierno y diversas autoridades locales se hayan negado sistemáticamente a mirarse en el espejo de la historia y hacer algo al respecto. En su opinión, las iniciativas que surgen de sectores preocupados por los Derechos Humanos no responden a la ideología política oficialista. Se resisten a facilitar que haya parques, museos, memorias. Se niegan a aceptar donaciones que hagan que, resuelto el tema económico, se abra el espacio para la ética del recuerdo honesto y necesario. Se asesina por segunda vez a los ya muertos por la demencia terrorista y las sinergias negativas que ésta produjo en algunos ámbitos militares y policiales.

Así, la desconfianza entre peruanos, la siempre latente intención electoral antisistema, la mutua discriminación entre peruanos, la sospecha subyacente contra la prédica o acción de cualquier autoridad, la intolerancia, el dolor y la rabia, serán los ingredientes de la arena movediza sobre la que se intenta construir el futuro del Perú.

Debemos protestar por el intento del gobierno de Alan García de acomodar a su criterio aquello que debe recordarse de nuestra historia, salteándose los episodios de violencia intraperuana de los años 1980 al 2000, rechazando los dos millones de dólares donados por el Gobierno alemán para la construcción de un Museo de la Memoria en homenaje a las víctimas de la violencia política entre 1980 y 2000.

Hay quienes reaccionan con hostilidad ante las iniciativas de recordar a las víctimas civiles, señalando la existencia de una injusta asimetría porque a las víctimas militares de la demencia senderista no se las pondera y recuerda adecuadamente. Sostienen que los defensores de los Derechos Humanos sesgan su foco de defensa hacia las víctimas del lado civil, y orientan su foco acusador no solo hacia los terroristas sino también hacia los policías y militares criminales y violadores.

Lo que quizá no entienden es que así ocurre en todas partes del mundo, no porque no se aprecie la vida de los militares y policías caídos, sino porque el estado tiene la responsabilidad y los medios para velar por la justicia y la legalidad, así como la obligación de ejercer el debido control cuando alguna de sus instituciones o agentes abusan o transgreden los límites del derecho. Esa desproporción de poder y capacidad de control y sanción del estado no la tienen las víctimas civiles individuales, sea que fueron afectados por los terroristas o por excesos criminales de las fuerzas del orden.

Es válido el reclamo de los oficialistas respecto a que debemos ponernos en ambos lados de la cancha. Es importante colocarse en el contexto de la enorme tensión en la que vivieron militares y policías, con muchas víctimas entre sus propias filas, para entender que muchas veces el contexto violento transforma a personas buenas en trasgresores. Pero esa búsqueda de comprensión, entendimiento, consideración y en algunos casos perdón requiere previamente conectarse con los hechos, aproximarse a la verdad sin vendajes, tocar las heridas y cocerlas, para luego sanarlas. El museo de la memoria puede ser un buen instrumento para ello, junto con un debate público alturado, comprensivo, conciliador con un presidente estadista en el rol orientador.

Si Alan García quiere reparar en su segundo gobierno no solo sus errores económicos del primero sino también las ocurrencias violentas de su primer gobierno, puede tener una buena oportunidad liderando esta apertura honesta al pasado. Ojalá tenga la visión de estadista y se rectifique, para que los peruanos finalmente tengan la oportunidad de reconciliarse con su pasado y trabajar juntos por un futuro prometedor.

5 comentarios:

Luis Enrique dijo...

Señor Trahtemberg:

Muy atinado su comentario sobre tan importante y delicado tema. Sobre ello quisiera expresarle al mismo tiempo algunas interrogantes.

Sé que muchos de los que pertenecen a la Confiep son importantes miembros de la comunidad judía peruana. Por eso me sorprende que, teniendo la influencia que ahora tienen en el gobierno, no hay habido quiénes le susurren al oído al presidente la similitud que existe con el Holocausto.

Hasta donde tengo entendido, la memoria del Holocausto no es para “homenajear” ni para resaltar a nadie sino para que el ser humano no olvide lo que ocurrió. Corríjame si me equivoco. Por eso me llama la atención que el presidente de dicho organismo, Confiep, insista por todos los medios en su tesis de: “No hay que vivir recordando el pasado. Los peruanos tenemos que unirnos todos mirando solo hacia delante, hacia el futuro. ¿Para qué recordar hechos funestos? Dejémonos de mirar hacia atrás…”, etc., etc.

¿No hay nadie, ni un Pepito Chlimper (tan rápido en sacar su pistola) que le diga al señor Cáceres Sayán que recordar masacres y asesinatos no son cuestión de “borrón y cuenta nueva”? ¿O tal vez para muchos existe la infamia de admitir que los judíos sí son personas pero que los negros, los cholos, los mestizos, los chinos no, y por eso no merece la pena recordar sus muertes, de la manera en que éstas se hayan producido? ¿Qué está pasando entre estos señores, que han estudiado en las mejores universidades del mundo? ¿Basta con tener dinero y egresar de Harvard para que uno se vuelva un cretino?

Muchas preguntas me saltan y no quisiera creer que existe un cómplice silencio de estos empresarios que callan ante un hecho de esta naturaleza (sabiendo por experiencia propia que la memoria debe estar presente en todo pueblo) pero gritan como niñas adolescentes cuando les hablan de rebajarles los precios de sus productos?

Muchas gracias por su atención.

AguilaX dijo...

Muy atinado comentario.
Quiza Alan no quiere el museo porque verá algunas fotografías del fronton u otros latrocinios cometidos durante su primer gobierno.
Saludos.

Leon dijo...

Luis Enrique

Creo que cada peruano tiene que asumir su responsabilidad ante los hechos de trascendencia nacional de modo libre y personal. Ser empresario, trabajador empleado, funcionario público, ejecutivo, político, religioso, ama de casa, no debería ser una categoría por la cual unos tengan más que decir que otros, así como tampoco debe atribuirsele más responsabilidad al cristiano, judío, blanco, negro o cholo. Todos somos iguales en nuestra capacidad, derecho y obligación de actuar como ciudadanos preocupados por el país.

Es cierto que cada cual tiene mayores simpatías o susceptibilidades por ciertos temas en función de su historia personal, pero eso no genera obligaciones diferenciales entre unos y otros que impliquen que unos tengan que hacerse notar más que otros.

En cuanto a los datos que Ud. menciona sobre las membrecías de la Confiep y los allegados al gobierno, no coinciden con los que yo dispongo. Sin embargo, no nos perdamos en los detalles frente a lo esencial de mi reflexión que alude a la importancia de decir algo frente al valor de la memoria que se confronta con el intento del olvido de cosas tan importantes commo las ocurridas entre 1980-2000

Alfredo P. dijo...

¿Alguien cree que en Alemania o en Israel se les ocurriría levantar un monumento en donde se rinda homenaje a judíos y nazis por igual?; ¿creen que alguién podría meter el rollo de que tanto nazis como judíos son ambos víctimas y se les debe por eso homenajear”?.
¿Se imaginan que el pueblo judío acepte que un juez extranjero les diga en una sentencia que los nazis son como "Juanas de Arco que luchan por la justicia" y que por eso debe indemnizar a sus verdugos con variios miles de dçolares?
Hay algunos que no tienen ni idea de qué fue el Holocausto judío en la Segunda Guerra Mundial y ahora tratan de hacer un forzado paralelismo con lo ocurrido en nuestro país para justificar su hiperideologizada visión de la historia.
Me gustaría ver a la gente que piensa como Luis Enrique explicandole al pueblo judío que los nazis también eran víctimas o hacer ese malabarismo verbal de los victimarios que se convirtieron en víctimas para justificar la inclusión de nazis en monumentos conmemorativos.

Luis Enrique dijo...

Señor Trahtemberg:

Muchas gracias por su respuesta y me parece muy respetable. Por otro lado con el señor Alfredo P. ya he tenido un intercambio de ideas en otro blog que no pienso repetir. Solo le recordaré lo que ya le dije una vez: los monumentos a la memoria no son a los vencedores o vencidos, a los blancos o negros, a los judíos o nazis. Son recordatorios de la barbarie, del dolor, del fracaso humano a la convivencia. El Monumento a los Caídos no es a los que ganaron; es a todos los españoles que perdieron la vida fratricidamente por sus ideas. Es el recuerdo a un hecho doloroso. Solo quienes tienen temor a recordarlo rechazan su mención.

Espero que con esto el señor Alfredo P. entienda por fin lo que es un monumento a la memoria (no a un bando en especial. ¿Comprende? Espero que ahora sí).

Muchas gracias.